el chocolatero / en er mundo

3 noviembre 2017 by




EL COCOLATERO


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R. Wagner: El ocaso de los Dioses / Maarcha fúnebre de Sigfrido

28 octubre 2017 by

https://www.youtube.com/watch?v=tsS2zuFLOB0

https://youtu.be/tsS2zuFLOB0

Richard Wagner: El Ocaso de los Dioses, Marcha fúnebre de Sigfrido

fotos diversas… todas agradables menos la última, que es prueba de estulticia “separatista”

5 octubre 2017 by

 

…Esta fotografía…de mal gusto… que pretende hacernos creer que R**** da un beso en la boca al General F*****  es una muestra más de la ignorancia política  y la estulticia moral de las personas jóvenes que han sido miserablemente adoctrinadas en los centros de educación y por los medios de incomunicación…   De forma implícita, esa caricatura es una forma más de dar legitimidad moral a un obsceno y antiviril besuqueo…

…Yo he vivido en Valls (Tarragona)… Allí hice mi “Primera Comunión”, por cierto, con un librito devocionsrio escrito en catalán… Era el año 1948… Muchas iglesias de Vals todavia tenían huellas de haber sido incendiadas durante la entonces llamada “dominación roja”… Recomiendo leer lo que escribe Pio Moa ( “Sonaron gritos y golpes a la puerta”) sobre la Barcelona de Companys…

…yo viví en Cataluña desde 1948  a 1964… y amo a Cataluña, tierra que , según parece, quienes dicen ser “catalanistas” quieren una Cataluña llena de moriscos, gente con turbante y quizás con ojos oblicuos… con tal que hablen catalán…

…decia Cicerón que hay que amar a Dios, a la Patria y a los padres… por este orden… Mi patria grande es Europa y dentro de Europa está Grecia, Roma y la Hispanidad… y dentro de la Hispanidad esta España o Iberia y también Portugal…

En defensa de una Señora y del que fue su marido, el General Francisco Franco

25 septiembre 2017 by

Un muerto no puede defenderse.

Paul Preston insulta a la mujer de Franco

por sus injurias a la esposa de Franco. Carta a Paul Preston, un muerto de hambre inglés con visos de pseudo historiador al que jalean todos los palmeros del Sionismo visceral

 

 

CARTA  A  PAUL PRESTON,  QUE INJURIO A LA ESPOSA DEL CAUDILLO FRANCO:

“PAUL, ERES UN INGLES MUERTO DE HAMBRE,LO MISMO QUE GIBSON Y OTROS DE LA CUADRILLA”.

Por Antonio Parra

Amigo Paúl, te escribo a cuenta de tu libro sobre las mujeres españolas que participaron en nuestra guerra civil: la mujer de Onésimo Redondo, la Pasionaria y otras cuantas más. Todo está muy en totum revolutum, las churras con las merinas, halcones y palomas, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, donde a ti te mandaron de becario de intercambio por el gobierno al colegio de irlandeses, ciudad de las que volviste diciendo pestes y metiendote con los cazurros de Delibes, pues entras a sangre y fuego contra Carmen Polo de Franco, una ovetense de pro, que tendría sus defectos como todo mortal, porque ya sabes aquello de “quien no perdona sus defectos no ama a los humanos” o “ni yantar sin desperdicio ni hombre sin vicio”, pero que fue mujer de gran corazón, afable y sencilla, esposa de un militar. Una verdadera señora de Oviedo. Como doña Jimena, doña Urraca la Asturiana o doña Gonterodo. Como mi mujer, como alguna de mis novias.

Incurres en un defecto imperdonable a un historiador objetivo la saña, la vesania, el empecinado rememorar desde el desmelenamiento del vencido.

Merezcante, hombre, respeto los muertos. Además te metes con las mujeres por lo que incurrirías en algo muy corriente a la sazón en el acoso. Un acosador te llamarían aunque claro está en tu caso no tendría el sentido que se le suele dar, pero te expones en este país, donde no se permite a maltratar verbal o físicamente a las mujeres, a que algún hidalgo te rompa la cara. Por atentar contra el honor de alguien que no se encuentra entre los vivos y no se puede defender de tus especiosos y contumeliosos veredictos que descubren tu violencia y tu impotencia contra España. Una y otra vez insistes machaconamente desde tus delirantes entregas, pues no se podrá calificar de libros a tanta carnaza con refritos de medias verdades, morcillas que no vienen a cuento y otras butifarras, en el mono tema. Más de lo mismo. Parece que sangras por la herida. Joder ¿qué te pasa?

Me acuerdo de un Paul Preston al que yo di clases de pronunciación y conversación castellana en el Marist College de Hull curso 1966 con un acento cerrado de Liverpool que pugnaba por ganar una plaza en Oxford.   Era un pelitaheño de cabellos rizosos en melena leonina, muchas pecas, la pupila verde y algo de ectropión que se movía con andares de teddy boy, menos partidario de los Beatles que de los Rolling Stones y que en español, a pesar de que el director del centro me había encomiado su alto nivel, estaba pez. Si eres tú el Paul Preston de Liverpool al que yo traté de entusiasmar con la lengua y la cultura de Cervantes, tengo que decir que como estudiante pertenecías sino al pelotón de los torpes, al menos a los del montón. Para más inri, eras  gamberro a morir con alevosía y provocación. Hasta en una lección me soltaste sin venir a cuento de que Valladolid era un burdel, un inmenso cuartel y un enorme convento. Que todos los españoles eramos maricas, las chicas todas putas y que los únicos machos los había metido Franco en un campo de concentración. Traté de aparejarte a razones pero no hubo manera. La cabra tiraba al monte, fui incapaz de hacer gavilla de ti. No así de otro que se llamaba Sean, un irlandés, que consiguió el A level con proficiency lo que equivale a matricula de honor  “In Spanish”.

No te me despintas. Tú no puedes ser otro que aquel Paul Preston que hablaba con aquella voz cavernosa de los barrios del puerto de Liverpool. Era la misma dicción que la de Paul Mac Cartney, Ringo Star y John Lennon. Al igual que ellos tú tuviste que pulirte en la universidad aquel pelo de la dehesa y conseguir el inglés melifluo de la Bibisi. El mismo que viste y calza.

Tengo que decir que este sí que es mi Paúl. No me lo cambiaron. Vuelves por donde solías. Haciendo el burro. Diciendo paridas contumaz y procaz hasta que te cansas pero sin pensamiento original pues eres uno de esos escritores que hablan por cartapacio. Piquitos de piñón y boca de ganso repitiendo aquello que oyen o recogen sus antenas. Volviendo a los lugares comunes y los manidos tópicos de la “Collares”, la “Franca”, la “cabeza de chorlito con menos inteligencia que un ratón” etc.

Sin demostrar que ni una sola vez echase la mano al cajón como hace ahora tanta gente ni incurriendo en los cohechos y peculados ahora tan habituales. Ni a ella ni a su marido les habéis podido coger en un solo renuncio de un afer secreto o un hijo entenado o extramatrimonial  los porno cronistas que no historiadores, los jornal/listos, retrateros mirones, la tribu cursi de la prensa sural, cotillas del con quién se acuesta ésa y con quién se levanta la otra, que no periodistas oportunistas de la revancha. A moro muerto gran lanzada. Desde luego, pero eso no tiene poco mérito. Os han dado una chifla, y todos capadores. Lo fácil es aullar con el lobo, lo difícil es enfrentarse a la muta. Y vosotros más que muta sois jauría que arrasa con más ahínco que las manadas de gochus que bajan a estos valles desde la Cerceda y la Rondiella o el Picu la Puerca con los recios plenilunio de enero hozando como rayones detrás del morueco. No quedará títere con cabeza ni quintana ni corral que no se abrasen acusando los destrozos de vuestros colmillos envenenados.

“Yo siempre estuve reservada para Paco”, afirmaba en una de las escasas entrevistas que concedió por su cuenta  ya fallecido el Caudillo. No le gustaban los protagonismos y fue la mujer de un soldado, su sombra fiel, desde que se conocieron en un baile por San Mateo del año 17 recién incorporado Francisco Franco al Regimiento del Príncipe – venía convaleciente de una bala que casi le perfora el hígado en Tiduf- hasta el 20 de noviembre de 1975.

 

 

Sin ningún altibajo. Juntos del principio al fin.

A doña Carmen Polo Martínez Valdés, digan lo que quieran las lenguas viperinas, tanto en el Pardo como la Calle Uría siempre se la conoció por el cognomen de la “señora”. Con esto está dicho todo: la elegancia, la casta, el linaje de una asturianía apacible y bondosa sin otras pretensiones que las del concepto del deber y la vocación de servicio a España. Era aquella eterna sonrisa con que aparece retratada el día de su boda saliendo de la iglesia de San Juan en 1923 y con la que acompaña a su marido a los actos oficiales nunca en primer plano.

La ceremonia tuvo que ser aplazada en dos ocasiones (“Carmencita bien puede esperar; España no”) la primera cuando tuvo que salir zumbando para ayudar a Millán Astray a organizar los cuadros de la Legión con mehalas marroquíes y voluntarios internacionales y la segunda cuando lo de Annual en 1921. Ya se sabe lo que decía Mola “la bala que te ha de matar no la sentirás venir, pero todas ellas, como las cartas tienen un matasellos, una fecha y un destinatario, hay que abrir el correo”.

Con el laconismo que le caracterizaba aquel discreto oficial gallego, pequeño y de infantería, cuando recibe el telegrama ordenando rápida incorporación al Ejército de Tareas del Rif bajo las ordenes de Sanjurjo, que le saca de su “Oviedín”,  no disimula su sorna “Otra vez a torear”.

Y parte raudo a presentar batalla contra Abdel Krim.

Las personas que se quieren llegan a parecerse físicamente.  El roce hace el cariño y Franco y su mujer, si no enamorados y acaramelados a la tontuna, debieron de sentir un amor profundo el uno por el otro. Se parecían en la sonrisa. Nunca lo dejó solo. Incluso durante las operaciones bélicas lo acompañaba de un frente a otro.  Hicieron la guerra en una rulot.

Creo haber oído decir a un periodista, José María Zugazaga, que perteneció a la Casa de Su Excelencia, que Franco el humor que le gustaba no era tanto el gallego como el de la calle Uría. Llevaba a Asturias en el corazón. Quería profundamente a esta región donde fue feliz donde estudió a conciencia. Por eso venía a pescar aguas arriba del Narcea todos los años.

En una ocasión le preguntaron cuáles habían sido los mejores soldados de su escuadra y dio la siguiente réplica: “La guerra me la ganaron los gallegos y los moros; los navarros echaron el resto, ninguna tropa más segura que la de los castellanos, pero los más valientes no te quepa la menor duda, José Mari, los asturianos. Los de Simancas y los del Cerco de Oviedo”.

Cerca de Oviedo se sentía radiante y hasta recuperaba la buena forma física. Allí nació su única hija Mari Carmen a la que llamaba “mi nenuca” y la “morucha” por ser muy morena. Hay una entrevista que concede a Life en  abril de 1937 en la finca de los Polo en San Cucufate de Llanera.

Allí se muestra al matrimonio Franco como un paradigma de armonía conyugal. Carmen y Paco sonríen sin parar y por allí anda la “Morucha” que aparece escalando un manzano de la frondosa pumarada. Y este artículo ganó la guerra para la causa nacional. El general se metió a los americanos en un puño – he ahí la fuerza de los medios de la imagen – sacando a relucir sus encantos de seductor en los primeros años. Oviedo era el sitio donde regresaba al cabo de las campañas africanas a lamerse sus heridas, el descanso del guerrero. La ciudad lo transformaba.

Parece ser que se impregnó de esa bonhomía del asturiano de buen carácter a veces irónico y teñido de orbayus y borrinas, exponente de civilidad. Ni muy pobre ni muy rico. Sólo quería una vida decente, un buen pasar. Aura mediócritas bajo las torres caladas de la catedral de Vetusta. Al tiempo que una espiritualidad profunda. Los golpes que  más le dolieron fueron los que le dio la Iglesia de los obispos trabucaires como Mr. Añoveros que quiso excomulgarlo y en 1948 cuando ONU decreta la expulsión de España de la comunidad internacional merced al veto de Israel. Precisamente, a él que tanto había hecho por Israel y que tantos judíos salvara, a él que dio instrucciones al embajador Sanz Briz para que concediera pasaporte español a todos los sefardíes de Salónica. El propio Ben Gurión cruzó los Pirineos en valija diplomática dentro del portamaletas de un coche.

Esos son zonas oscuras de la biografía de Franco poco esclarecidas o silenciadas a propio intento. Como por ejemplo sus relaciones con Inglaterra que visita sólo una vez con motivo de las exequias en Londres del rey Jorge V pero al cual admiraba por su pragmatismo y buenos modales, justo lo que a ti te falta, Paul Preston.

Era un anglófilo dentro de un orden. No tanto como Julián Marías. Pero le gustaba tomar el te de las cinco con su señora y rodeado de sus hijos y de sus nietos. No le gustaba demasiado la política y leía a autores ingleses Woodhouse, Agatha Christie, Chesterton y al plomo de Azorín. Siempre dentro de unos niveles discretos de modestia confortable.

Nunca consiguió aprender inglés aunque hizo lo que pudo por reanudar aquella clase particular interrumpida en Tenerife el 14 de julio de 1936 por causa mayor. Sin embargo la figura de Franco hay que analizarla bajo la influencia británica. El movimiento se fraguó en Londres mediante los dineros del banquero Juan March y al socaire de otras trastiendas internacionales. No era él el general designado en principio sino Emilio Mola Vidal. Luego se alzó “Franquito” con el mando único. ¿Por qué? Nadie supo explicarlo.

Quedan por aclarar y por patentar los correos De Philby el gran maestro del espionaje del Circus londinense, las mañas del embajador  Lord Templewood o Sir Samuel O´Hara en Madrid y las del Marques de Santa Cruz en Londres.

Los británicos sois algo anecdóticos y periféricos al abordar un hecho tan complejo como es el de aquel estallido que fue un ensayo general para algo más gordo. A chip on your shoulder como soléis decir.

Con semejante petulancia que nos mira por encima del hombre y que bajo cuerda revela una carencia y uno de vuestros muchos complejos de inferioridad nos habéis estado vendiendo “guerra civil” contadas por vosotros y nos despachasteis libros como roscas alcanzando tiradas millonarias que os han situado en el poder y la gloria. A ti me consta que el “Spain bashing” labróte todo un capital a ti, tío.

Cito a Hugh Thomas, Brian Crozier, Elliot, Ian Gibson y a ti mismo, habéis encontrado una mina mientras que aquí muchos andamos lampando. Esto tiene que ver con el papanatismo de nuestras clases pudientes con su flexibilidad de vertebras ante todo lo inglés.

Nos habéis colocado la burra y, soberbios traficantes, nos la habéis vendido bien. El “English teaching” es una industria y una picaresca en la Piel de Toro que mueve cifras de diez dígitos. Para colmo, ostentáis la exclusiva de nuestra historia reciente.

A pesar de todo algunos no podéis esconder al hooligan que lleváis dentro. Al “teddy boy” de aquellos años saltados a la fama desde sitios como Hull o Liverpool que son el culo del mundo.

Vuestra interpretación de la historia es freudiana. Todo un gran problema de bragueta. En los libros hay que echarle más testosterona que en la guerra y algunas novelas hay que escribirlas con el clítoris como hacen no pocas novelistas inglesas que remedan algunas de las pánfilas nacionales que montean por nuestros periódicos y que de una navaja en la liga han pasado a ser rosas insatisfechas.

“Please no sex. We are British” era el titulo de una comedia de los setenta.  Sin embargo aquí como se ha perdido el pudor el mundo gira en torno a los tamaños, las pesas y las medidas. Tengo entendido que la honra no la llevan los hombres y mujeres en las partes menos nobles de su fisiología sino en la mente y en la corazón. Y Carmen Polo de Franco Martínez Valdés era una asturiana de pro mujer de honor como lo era su esposo, el de Dar Akoba y Acila, el del Gurugú. No se explica cómo sobrevivió a aquel tiro mortal de necesidad que le perforó el vientre. Tampoco sé si tal percance influyó en su capacidad reproductora aunque dudo que afectase para nada a su higiene sexual.

 

De lo que sí estoy seguro es que los cojones, como piensas tú o la Fallaci, y nada se diga de doña Magdalena Albright, la que bombardeó Belgrado la noche de Pascua y que no sabía decir otra cosa en español, a question of balls, no los llevemos los hombres donde los animales. Cuelgan de otra parte.  Tanta obsesión fálica es subliminal síntoma de vuestra impotencia. Sois flojos. Y Franco tuvo un par de pelotas. Eso decían los moros de la cabilas mirandolo como a un dios que tenía lo que hay que tener y “baraka”. Muchos le adoraban  como si fuera un profeta. Y también los tuvo en abundancia para hacer feliz a aquella mujer, a la asturiana. ¡Ya quisieran muchos!

 

ANTONIO PARRA, periodista y escritor

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FUENTE:

https://antonioparragalindo.blogspot.com.es/2017/09/ub-muerto-no-puede-defenderse-paul.html

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 El fraude ‘histórico’ de Paul Preston

por                                  

ROBERTO CENTENO

 

 

 

 

 

09.11.2015 – 05:00 H.

Tenemos ante nuestros ojos una España arruinada por la mayor deuda de su historia, dividida por la dejación criminal del presidente del Gobierno y del monarca, que han dejado pudrirse hasta el límite un golpe de Estado, con la mayor tasa de paro juvenil del mundo desarrollado y los que consiguen empleo con salarios que no permiten salir de la pobreza, con la más injusta distribución de la renta y la riqueza de Europa, y “donde los bancos controlandesde el Constitucional hasta los hospitales”, según Luis Garicano, coordinador del programa económico de C´s. Que un demagogo propagandista como Paul Preston, que se denomina a sí mismo historiador cuando no es más que un manipulador que utiliza los hechos a su antojo y realiza afirmaciones sin prueba alguna que las sustente, analice así ciertos episodios es algo que resulta pura y sencillamente repugnante.

Su último ‘remake’ alimenticio de la biografía de Franco es un insulto a la inteligencia y al rigor histórico. Como señala el más prestigioso historiador inglés de las guerras del siglo XX, Antony Beevor, en su obra ‘La guerra civil española’ (Critica, 2015), “la guerra civil española es la única excepción al hecho de que la historia la escriben los vencedores, en este caso la han escrito los vencidos”. Preston es un propagandista entusiasta aunque nada desinteresado de los vencidos, a quienes solo su “autodestrucción compulsiva y odio mutuo mayor que el que profesaban a Franco” y “la desastrosa conducción de la guerra que llevaron a cabo los comandantes comunistas y sus consejeros soviéticos” les llevaría a perder la guerra, algo que magistralmente documenta y describe.

Beevor termina su obra con una pregunta clave. ¿Qué habría ocurrido en caso de una victoria republicana? “Con un gobierno autoritario de izquierdas o abiertamente comunista, España habría quedado reducida a un Estado similar al de las repúblicas populares centroeuropeas y balcánicas hasta después de 1989”. Aunque esto a Preston le trae al pairo, ha encontrado en el odio a Franco un modo de vida especialmente lucrativo, no tanto por la venta de libros más bien escasa sino por las numerosísimas conferencias que los gobiernos de izquierdas y los separatistas le pagan con enorme generosidad. Negocio que ahora extiende a la defensa del separatismo catalán, que presumiblemente paga mejor.

Las grandes mentiras de la ‘memoria histórica’

No vale la pena molestarse en refutar las patrañas de Preston, pero para desmontar las grandes mentiras de la ‘memoria histórica’ del indigente mental Rodríguez Zapatero retomadas ahora por los perroflautas, resulta adecuado utilizar cuatro grandes descalificaciones que aparecen en una hagiografía de Preston publicada aquí el pasado miércoles. La primera: que “Franco (no) ganó la guerra con estrategias dignas de Napoleón”. Ninguna historia seria, empezando por la obra cumbre de Salas Larrazábal y terminando por el modesto Pío Moa, a quien la izquierda quiere encarcelar y quemar sus libros, ha comparado jamás a Franco con Napoleón. Solo el sectario Preston le degrada a “buen jefe de batallón”.

Franco no era Napoleón, pero jamás perdió una batalla. Su conducción de la guerra fue deliberadamente lenta, en razón a consolidar su liderazgo primero (renuncia al asalto directo a Madrid en septiembre de 1936 y desvío para liberar El Alcázar, “la defensa más heroica de Occidente”, en palabras de Henry Kissinger, el mítico secretario de Estado norteamericano), lo que le permitió pasar de ‘primus inter pares’ entre los generales alzados a la jefatura suprema del Estado. Y a reducir al máximo las destrucciones después, como explicó al embajador italiano Roberto Cantalupo, que lo relata en su libro ‘Embajada en España’ (Caralt, 1951). Las destrucciones en España fueron mínimas –40 de 50 capitales no sufrieron daño alguno y el resto, excepto Teruel y Oviedo (ambas por la República), escaso, las comunicaciones sufrieron daños pero las instalaciones industriales y agrarias no.

La principal crítica fue su conducción de la batalla del Ebro, la mayor de toda la guerra. En contra de la opinión de sus generales, Franco se negó a lanzar una ofensiva desde Lérida y ocupar Cataluña dejando cercado al grueso del ejército de la República que había cruzado el Ebro. No lo hizo por una razón contundente: el temor a provocar un ataque francés (poco probable pero no imposible) por el que clamaban muchos miembros del Gobierno del Frente Popular en París, en cuyo caso se hubiera encontrado en una trampa mortal con Francia atacando desde el norte y el ejército del Ebro desde el sur. Prefirió destruir al último gran ejército de la República para después ocupar Cataluña sin oposición y llegar a la frontera francesa sabiendo que sin nadie a sus espaldas el Gobierno francés tendría que estar loco para atacarle.

“Que durante la segunda guerra mundial, Franco salvó a España al resistir valientemente las exigencias de Hitler para que entrara en el conflicto”. ¡Pues claro que salvó a España de entrar en la guerra! ¿Quién si no? Este tema está ampliamente documentado y zanjado por los historiadores. Franco no resistió “valientemente” sino ganando tiempo con la habilidad y sangre fría que le caracterizaban, ante 160 divisiones alemanas de élite en los Pirineos, y solo la suerte -la ‘baraka’ que le atribuían los moros- le salvó (nos salvó) por la mínima. Como demuestra Luis Suárez, un historiador con mayúsculas, en su reciente libro ‘Franco y el III Reich’ (La Esfera de los Libros, 2015), la orden de invasión estaba firmada y solo la intervención en los Balcanes para ayudar a Mussolini evitó el ataque. Franco salvaría además a 45.000 judíos, algo que no hizo ningún otro país.

Lo hizo no dejándose intimidar (“al otro lado de los Pirineos hay un millón de bayonetas”, diría), pidiendo la luna y diciendo que sí, que por supuesto se sumaría a la guerra cuando estuviera preparado (sic), pero exigiendo tales compensaciones territoriales (casi todo el imperio colonial francés del Norte de África) y materiales (trigo, petróleo, armás, etc), que Hitler no podía dar ni de lejos. Tan claro lo tenía, que en su entrevista con Mussolini en Bordhiguera desaconsejó a este su alianza con Alemania. Pero no solo Alemania, impidió también con la misma habilidad la ocupación de las Canarias por Inglaterra. Solo los demagogos propagandistas como Preston o Viñas mantienen esta y otras patrañas inauditas, ya que es mucho más rentable con izquierdistas, separatistas y perroflautas con acceso al presupuesto.

“Franco no es el autor del milagro económico”

“Franco (no) es el arquitecto del milagro económico de los años sesenta”. ¡Realmente grandioso!. O sea, que Franco, cabeza del régimen autoritario -el régimen fue ‘autoritario’ no ‘dictatorial’, algo que está zanjado también desde hace años por historiadores y sociólogos-, permite poner en marcha un Plan de Estabilización en 1959 que supone un giro político y económico de 180º con la liberalización interna y exterior, con una estructura y un sistema económico extraordinariamente gestionados que dan lugar a la “gran era de crecimiento de España”, en palabras de mi maestro y mejor economista de la segunda mitad del siglo XX Enrique Fuentes Quintana, y Franco ni se entera. Es el colmo del despropósito.

“La economía siempre es economía política, y la política económica que orienta la vida económica del país es parte siempre de la política general”, según apuntó Fuentes Quintana. Franco sabía de economía lo que Rajoy y ZP; o sea, cero. Pero tenía el buen sentido de encargar el tema a quienes sí sabían y no al hatajo de ignorantes de la última década, que más parecen sacados de una escombrera. Pero sobre todo, y esa es la diferencia esencial, el único objetivo de Franco era el crecimiento y la creación de una poderosa clase media que evitara para siempre cualquier conflicto civil. Todo lo contrario que la oligarquía nacida en la infausta Transición, cuyo objetivo es el enriquecimiento personal y el poder como sea, no para mejorar España sino para consolidar y enchufar a dos millones de familiares y amigos, el cáncer que está devorando España y destruyendo a la clase media.

Franco, aconsejado por Carrero, eligió a los competentes López Rodó, Ullastres y Navarro Rubio para dirigir la economía, que a su vez se rodearon de los mejores profesionales con total independencia de su credo político. Sardá, de ERC, y Fuentes Quintana fueron los autores del Plan de Estabilización. Cuando uno los compara con la basura de los Solbes, Montilla, Salgado, Sebastián, Álvarez, Pepiño, Chacón (que nombró JEMAD a un perroflauta para quien la política debe estar por encima de la ley) o los caraduras e ineptos Guindos, Soria, Mato, Báñez, Pastor (¡que ha llevado el AVE a su pueblo, Zamora! ¡Si será por dinero!), a uno le entran ganas de llorar. Fuentes me contaría entristecido cómo en los sesenta les dejaron gestionar la economía sin interferencia alguna. En 1977, los ‘demócratas’ le llamaron a gritos para solucionar el desastre que habían organizado, y nada más arreglarlo con los Pactos de La Moncloa, fueron a lo suyo (enriquecerse) y tuvo que dimitir.

En 1975, después de 15 años de crecimiento anual acumulativo en el entorno del 7%, a España no la conocía como diría Guerra “ni la madre que la parió”. De nación subdesarrollada en 1959 a octava potencia económica del mundo. De una renta per cápita igual al 59% de la media de los países centrales de la UE (CEE-9), a un 81,4%, que 40 años después la oligarquía política ha reducido al 73,2%. “En solo 15 años consiguen un aumento de la renta per cápita muy superior al de los 100 años anteriores”, según el Banco de España; un logro único en Europa, y Preston ni lo menciona. Esto es lo que despectivamente llaman la izquierda y los ineptos y cobardes de la derecha, culpables ambos del desastre actual, “desarrollismo”. ¡Pues a ver si dejáis de robar y traéis un poco de desarrollismo, que buena falta nos hace!

Y por último, el otro mito es que “Franco previó y fomentó la transición a la democracia”. Pues no, porque Franco creía (y acertó de pleno) que un sistema que temía oligárquico de partidos, hundiría todo lo que el pueblo español había conseguido levantar con sangre, sudor y lágrimas. Y sí, porque tenía la cabeza muy clara y sabía que la única alternativa a su muerte era una democracia. Hay dos hechos esenciales que lo prueban y que Preston ignora, como todo lo que no avale su rentable odio a Franco: el primero contado por el rey Juan Carlos y el segundo por Suárez. Juan Carlos le pidió un día consejo sobre cómo gobernar España y Franco le respondió: “En eso no puedo ayudaros, alteza, porque vos sois muy diferente a mí y porque el mundo actual nada tiene que ver con el que yo conocí, así que gobernad según vuestro mejor criterio, pero sobre todo mantened la unidad de España”.

A Suárez, siendo secretario general del Movimiento, un día Franco le pregunta: “Oiga, Suárez, me dicen que usted cree firmemente que a mi muerte solo será posible la democracia, ¿es cierto?”. “Así es, excelencia. Y no es que lo crea, es que no existe otra alternativa”, respondió. Franco guardó silencio unos momentos y luego dijo: “Es también lo que pienso y crea que he meditado mucho sobre ello, pero bueno, si ha de ser así, al menos procuren ustedes que ganen los nuestros”. Esto me lo relató personalmente Fernando Abril, el hombre que mejor podía saberlo. Franco nunca creyó en la democracia, pero era un pragmático que no se dejaba llevar por ensoñaciones y sabía que en un mundo de democracias otra forma de gobierno era imposible. Que los golfos de la Transición afirmen que ellos trajeron la democracia, es un insulto a los españoles.

Por cierto, Preston ha donado parte de sus archivos a los separatistas catalanes, el nuevo objeto de su devoción, que los han depositado en el Monasterio de Poblet como si fueran textos sagrados (!!!!). Desconozco si a cambio de un generoso pago, pues como me explica mi gran amigo César Vidal desde su exilio, “es muy habitual entre ciertos autores entregar los libros y documentos que estorban o ya no caben en casa a una institución pública a cambio de una generosa contraprestación económica con cargo al presupuesto”.

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FUENTE:

https://blogs.elconfidencial.com/economia/el-disparate-economico/2015-11-09/el-fraude-historico-de-paul-preston_1089042/

 

…milagro en KÖLN / COLONIA

10 septiembre 2017 by

CUANDO LOS SANTOS REYES MAGOS SALVARON A LA CATEDRAL DE COLONIA

Colonia es la antigua y gran ciudad, situada cerca de la frontera oeste fue sentenciada. En el bombardeo a esta ciudad intervinieron casi todas las fuerzas disponibles de la aviación británica, el 28 de mayo de 1942 mil bombarderos fueron sacados de todas las bases y concentrados en una sola zona para realizar este magno este ataque aéreo sobre la gran ciudad alemana. Al principio la cifra de los bombarderos disponibles era de 400 aviones. A pesar de ello Churchill está de acuerdo con el plan de Harris de realizar un gran golpe contra Colonia, empleando mil bombarderos. Los 600 bombarderos que faltan son reclamados de todos los lugares; se reúnen allí todos los aviones de diferentes unidades y servicios. Para esta acción se ponen a disposición de Harris todos los bombarderos de la reservan, los que están todavía en las fábricas, aparatos nuevos que incluso todavía no han sido probados, los prototipos de aviones de las escuelas de vuelo, los bombarderos de los comandos de cazas que persiguen a los submarinos, en fin, todos los aparatos de que dispone Inglaterra son concentrados para este magno ataque que ha de realizarse contra la ciudad de Colonia. Churchill también consigue que le sean entregados, incluso, los aviones que luchan contra los submarinos. Todos son necesarios.
Es una operación muy arriesgada la que emprende Harris. Ya lo es nada más por el hecho de que en ella habrán de intervenir todos los aviadores que están en periodo de entrenamiento y el resto de personal, no totalmente preparado, es sacado de las escuelas de pilotos, pues de otra forma no es posible que puedan intervenir en la operación los mil aviones programados. Si este ataque falla, si son demasiados los aviones que la artillería alemana consigue abatir, supondrá un durísimo golpe, que incluso podría ser mortal para la R.A.F. que no volverá a rehacer su flota aérea en mucho tiempo.

La ficha fijada para el ataque es la del 27 de mayo. Las rutas, el horario de vuelo, el tiempo que cada avión ha de permanecer sobre Colonia, su regreso a las bases, las posiciones de los objetivos, todo esto y muchos más detalles más han sido calculados personalmente por Harris. Pero el 27 de mayo el tiempo reinante en Europa es pésimo. Hay frentes lluviosos que se trasladan sobre el continente y negras nubes tormentosas cubren el cielo. Por lo tanto, no puede contarse con la visión del terreno, y esto era muy importante todavía para los aviadores británicos por aquellas fechas.

El sábado, día 28 de mayo, los meteorólogos informan de un ligero cambio de tiempo. El jefe de meteorología del comando de bombarderos es quien lleva personalmente el parte a Harris.

Harris toma la decisión:
Esta noche se realizara la operación del siglo. En los hangares y en las pistas se controla el buen funcionamiento de los bombarderos y de los cañones de bombardeo, así como también las ametralladoras de a bordo. Los ingenieros vuelven a examinar detenidamente todos los aparatos; las dotaciones reciben las últimas advertencias e instrucciones previstas para un ataque nocturno bajo tiempo poco favorable, y la forma de actuar en la tormenta. Pero en realidad los aviadores ignoran aún cual es su destino. Tampoco saben en sus bases aisladas cuantos van a ser los que tomen parte en esta acción que estará compuesto por la mayor flota de toda la historia bélica. Hasta las 18 horas no se entregan las últimas instrucciones. Hasta esa hora no se enteran de la magnitud del ataque. ¡Mil bombarderos para atacar la ciudad de Colonia!

El objetivo central que les ha sido asignado es el punto más sobresaliente de Colonia: una iglesia. Esta iglesia está muy cerca de la estación principal y tiene dos agujas apuntando al cielo. Será muy fácil reconocerla.
-¿Es sobre esa iglesia donde hay que soltar las bombas? –pregunta alguien que sabe perfectamente que dicha iglesia no es otra que la mundialmente famosa catedral de Colonia donde se encuentran las reliquias de los Santos Reyes Magos que adoraron al niño Jesús recién nacido.

La expedición aérea, compuesta por mil bombarderos, en vuelo hacia Colonia, cumple su misión. Los cálculos realizados por Harris con anterioridad decían: El objetivo de la destrucción de Colonia habrá sido alcanzado cuando sobre la ciudad se hayan dejado caer 1800 Tn de bombas explosivas e incendiarias. La proporción es abrumadora: aproximadamente, cien kilos por cada 80 habitantes, aun suponiendo que solamente un cincuenta por ciento de las bombas sean efectivas y caigan en el objetivo.

Durante la noche del 29 al 30 de mayo de 1942 caen sobre Colonia 2000 toneladas de explosivos y fósforo incendiario. Este ataque infernal dura 90 minutos. Todo el cerco de baterías antiaéreas que rodean Colonia es insuficiente para repeler semejante bombardeo global que nadie podía ni siquiera imaginar.

En estos noventa minutos la antigua Colonia sucumbe bajo un fuego aterrador. Los primeros bombarderos solamente lanzan bombas incendiarias y de fósforo. Finalmente, son lanzadas también sobre la desventurada ciudad las bombas pesadas y las minas aéreas.

Colonia se ha convertido en un mar de llamas. Todo está ardiendo: viviendas, almacenes, cines, iglesias, hospitales…

También la iglesia más antigua de Colonia, la iglesia de de San Gereón, con los 300 tesoros más antiguos de Europa, está envuelta en llamas. Esta Iglesia tenía ya mil seiscientos años, era la más antigua casa de Dios del mundo cristiano. La emperatriz Helena la hizo construir en el año 400 después de Jesucristo, para honrar a San Gereón, que murió martirizado en Colonia.

Más de dos mil incendios cumplen su tarea destructora, destruyendo casi 20.000 viviendas y más de 2.000 locales comerciales. Hay 469 muertos y 5.000 heridos.
¿Pero…Harris ha vencido? Antes de este ataque ya se habían realizado 70 bombarderos sobre la ciudad de Colonia y la Catedral había salido siempre indemne. En conjunto ya habían bombardeado la ciudad más de dos mil aviones. Pero todos estos aviones no habían logrado realizar ni la cuarta parte del daño que produjo este ataque, con lo cual Harris ha demostrado que la doctrina del general Douhet era el verdadero sistema de hacer la guerra aérea. Y así es como esta táctica queda establecida y se siguirá llevando a cabo. Esta táctica de bombarderos en masa sobre las ciudades, estos ataques en masa sobre la población civil recibe el nombre de “Bombardeo de Alfombra”.

Sin embargo, pese a que todo a su alrededor fue arrasado, la Catedral casi logró salir indemne del conflicto.

Solo cayó una única bomba en una torre para demostrar su impotencia puesto que aunque esta sufrió severos a daños, no fue caoaz de derrumbarla. Lo que si causaron las ondas expansivas de las explosiones fue la pérdida – irreparable- de numerosas vidrieras que saltaron en pedazos durante aquellas noches terribles. Harris había sido vencido por los Magos.
De la obra de David Irving, “Wie Deutschlands Städte starben” (Cómo murieron las ciudades de Alemania)

 

LA CRISIS MODERNA DEL AMOR

2 septiembre 2017 by

GUSTAVE THIBON

LA CRISIS MODERNA DEL AMOR

Introducción

1. El problema de la fidelidad

ARGUMENTOS EN FAVOR DE LA INFIDELIDAD
LAS FALSAS FIDELIDADES
LA FIDELIDAD ADAPTABLE
RESPUESTA A LAS OBJECIONES
FUNDAMENTO RELIGIOSO DE LA FIDELIDAD
DIOS, ALMA DE TODA FIDELIDAD

II. La crisis moderna del amor

LAS MUERTES VAN DE PRISA
ABSTRACCION E IDOLATRIA
RUPTURA CON LA ESPECIE
RUPTURA CON DIOS
EXCLUSIVISMO DE LA PAREJA
¿EL PORVENIR DE LA PAREJA?

III. Sexualidad y vida espiritual

¿PUEDEN EXPLICARSE EL HÉROE Y EL SANTO POR LA SUBLIMACION?
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
¿A DONDE CONDUCE LA SUBLIMACION?
VERDADERA Y FALSA SUBLIMACION
RELACIONES ENTRE LA VIDA SEXUAL Y LA VIDA ESPIRITUAL
CONCLUSION

IV. La indisolubilidad del matrimonio

QUE EL HOMBRE NO SEPARE…
RAZONES PROFUNDAS DE LA INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO
¿COMPAÑEROS DE ETERNIDAD?
OBJECIONES CONTRA LA INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO
LA LEY Y LA VIDA
EL PROBLEMA DEL AMOR «LIBRE»
SI EL GRANO MUERE…

Introducción

Los cuatro ensayos que van a leerse gravitan, bajo diferentes aspectos, alrededor del mismo problema: el de la construcción armoniosa de ,ser humano.

En los capítulos sobre la crisis moderna del amor y sobre las relaciones entre la sexualidad y la vida espiritual, consideramos el problema bajo el ángulo de la unidad.

En los estudios de la noción de fidelidad y de la indisolubilidad del matrimonio, nos interesaremos ante todo por el aspecto continuidad.

Por otra parte, estas dos preocupaciones no son sino una, puesto que sólo en la medida exacta en que el hombre es capaz de realizar su unidad interior puede también dominar e integrar el cambio. La díscontinuidad, la inconstancia, proceden del desmenuzar miento de la personalidad. El ser que no es uno en sí mismo no permanece uno en el tiempo. Bernanos hacía observar a los amantes de la novedad y la variación, que el cadáver, por el hecho mismo de no tener unidad interna, es la sede de metamórfosis sensacionales en las que la rapidez podría «avergonzar a la relativa estabilidad del viviente». De hecho, la «vida» del cadáver nos ofrece un ejemplo perfecto y poco atractivo de «la aceleración de la historia».
En último análisis, este doble problema es de orden religioso. Puesto que la fuerza* que asegura la unidad y la continuidad del hombre, reside más allá del hombre. Del mismo modo, el poder atractivo del sol es el que logra la cohesión del globo terrestre y el que regula su curso armonioso en el cielo. Los aerolitos, que no tienen un campo gravitatorio determinado, trazan en el abismo un surco de fuego antes de estallar y sepultarse en la noche definitiva. Son la imagen de las pasiones y los ideales del hombre que no teniendo a Dios como centro, pasan como destellos cuyo esplendor efímero y devorador agrava el espesor de nuestras tinieblas y la angustia de nuestra soledad.
Dios es el sol de los espíritus. Estas páginas no tienen otro fin sino mostrar una vez más que el orden temporal está sometido a la atracción de lo trascendente y que el infinito es el guardián de lo limitado.

1. El problema de la fidelidad

Si queremos definir la fidelidad en su esencia, diremos que consiste en el rechazo del cambio. El comerciante que firma una letra pagadera en un año proclama implícitamente: dentro de un año, mis intenciones sobre este punto serán las mismas: tendré, como hoy, la voluntad de pagar esa suma. De igual modo, el esposo, el amigo, el sacerdote fieles son los que no cambian nunca.
En todas partes, el sentido común sitúa espontáneamente la fidelidad entre los valores humanos más elevados. No es casual que epítetos tales como «voluble», «variable», «inconstante», aplicados a un hombre, revistan un sentido peyorativo. El ser víctima del devenir es considerado como un tipo inferior de humanidad.

¿Definiremos, pues, la fidelidad como la negación pura y simple del devenir? Señalemos sin demora que el sentido común no es más sensible para ciertas formas de la fidelidad que para la inconstancia. Cuando tratamos a alguien de «fósil» o de anticuado, estas expresiones poco halagadoras sobreentienden que el hombre en cuestión habría obrado mejor cambiando, adaptándose al devenir. Así pues, la resistencia al cambio no podría considerarse como un valor absoluto y universal; hay casos en los que es un defecto y en los que el abandonarse al cambio es una cualidad.

Y esto se concibe muy bien si se considera que el hombre es a la vez víctima de lo eterno y del devenir. Precisando más, el hombre es parte de lo eterno en devenir. Así pues, no podía sacrificar absolutamente el devenir a lo eterno ni lo eterno al devenir bajo pena de renegar de su propia naturaleza. La verdadera fidelidad no consiste en la detención del cambio, consiste en impregnar de eterno el cambio. Y por ello su noción se hace muy vaga y elástica. Entre las realidades temporales (y englobo en esta expresión todo lo que se desarrolla en el tiempo, y por consiguiente, todo lo que es humano), algunas pueden y deben impregnarse de eterno hasta la saturación mientras que otras no soportan sino una dosis muy débil de fidelidad: el peso de la eternidad que se quiere meter en ellas, en lugar de liberarlas las aplasta. Así una vocación religiosa exige la eternidad; aquí el cambio aportaría la ruina y el infierno del alma. Pero tal o cual capricho superficial llama al cambio y al olvido: querer eternizarlo sería la ruina y el infierno: la verdadera fidelidad hacia las cosas que pasan, consiste en no intentar retenerlas…

Desde ahora tengamos en cuenta dos puntos de vista muy importantes que nos servirán para distinguir la fidelidad auténtica de las falsas fidelidades:

1) Toda fidelidad verdadera implica un intercambio vivo.

2) Toda fidelidad verdadera implica un elemento de orden supra-racional y místico; está hecha de fe.

El primer punto se establece por sí mismo. Se es fiel a alguien o a alguna cosa: a una esposa, a un ideal, a una patria, a un Dios, etc. Pero esta fidelidad exige una contrapartida. Un hombre de estado firma un tratado de paz, un hombre joven se cas a o entra en religión; todos estos «compromisos» suponen, a su modo, más o menos implícitamente, afirmaciones de esta clase: Nuestro contrato es bilateral… Tendré esto a cambio de aquello… no iré a buscar esto a otra parte porque te creo capaz de dármelo, con esta inclusión inevitable: si tú me faltas, yo tendré derecho a faltarte… En todas partes, la idea de reciprocidad y de cambio acompaña a la idea de fidelidad y la domina. El firmante de un tratado pide a la otra parte que vele con él en la ejecución de dicho tratado, el esposo exige de la esposa los mismos derechos que le da y el cristiano dice al Dios a quien jura fidelidad: por mediación de vuestra santa gracia…. Sólo puedo aceptar un compromiso respecto a ti si estoy persuadido de que, sea por tu parte, sea por la mía, las cosas permanecen de tal forma que la fidelidad a este compromiso será compatible no sólo con mi existencia, sino también con las exigencias profundas de mi naturaleza.

Dicho de otro modo: la noción de fidelidad se funda en la noción de organicidad o, por lo menos, de simbiosis; y la fidelidad sin compensación, la fidelidad al parásito no puede ser sino una forma de consentimiento al suicidio…

Las cosas serán de tal manera -ya lo he dicho antes- que será posible un intercambio vivo y fecundo entre nosotros; dicho en otras palabras: no cambiarán hasta el punto de hacer imposible este intercambio. Pero este intercambio que condiciona la fidelidad está sometido, como toda realidad viva, a la ley del cambio. Desde el momento en que yo acepto un compromiso sé, de antemano, que los seres y las circunstancias implicadas en él cambiarán, y en una medida que me resulta absolutamente imprevisible. Por lo tanto, si yo he prometido ser fiel: ¿cuál o cuál capricho superficial llama al cambio y al olvido: querer podrá ser mi actitud frente a este cambio inherente a la vida misma?

Son posibles tres actitudes:
a) la infidelidad;
b) la falsa fidelidad, que a su vez puede revestir múltiples formas;.
c) la fidelidad adaptable.

ARGUMENTOS EN FAVOR DE LA INFIDELIDAD

Hemos dicho que la fidelidad es un intercambio vivo. Veamos qué ocurre si te digo: «mi compromiso está siempre subordinado a la confianza en la perennidad de un cierto modus vivendi entre nosotros. Pero si las cosas han cambiado hasta tal punto que yo no pueda darte nada más, o no puedo recibir nada más de ti (o lo uno y lo otro a la vez), si se demuestra que este intercambio que hemos prometido mantener es imposible o contrario a las aspiraciones más legítimas de mi naturaleza, estoy en el derecho de ser infiel: nadie está obligado al imposible ni al suicidio». Ejemplos. Yo soy filósofo y he prometido a mi maestro fidelidad en el arte de pensar. Pero llega un día en que, bajo la influencia de mi reflexión personal, las ideas de mi maestro me parecen inadmisibles: yo sólo podría ser fiel en detrimento de lo que creo que es la verdad; dicho de otro modo: si el intercambio está muerto mi fidelidad ya no es viable. Soy un hombre de estado y he firmado un tratado con un pais vecino que delimita con bastante justicia nuestras fronteras metropolitanas y coloniales. Pasan cincuenta años: debido a su gran natalidad mi país se ahoga dentro de las fronteras que he aceptado, mientras que el país vecino, cuya población ha decrecido, abunda en bienes y tierras y ni siquiera puede explotar sus territorios. El modus vivendi consagrado por el tratado ya no existe; así pues, tengo el derecho de denunciar el tratado, y, en última instancia, de hacer la guerra. Soy un cristiano ferviente y en el entusiasmo de mi juventud he hecho un voto al Señor; por ejemplo, el de la castidad. Pero mi fervor disminuye con el tiempo, ya no recibo de lo alto las mismas gracias, y me doy cuenta de que no podré seguir siendo fiel a mi voto más que al precio de una lucha vana y extenuante contra mi propia naturaleza. En estas condiciones, considero como un derecho y un deber hacer que la Iglesia me desligue del voto…. En estos distintos ejemplos, la abolición del modus vivendi inicial, la supresión de las posibilidades de intercambio orgánico, parecen exigir y legitimar la infidelidad.

Aquí el caso límite es el de la muerte, siendo por esencia el cambio absoluto. Por otra parte, los problemas de la fidelidad y de la muerte están trágicamente conexos. A primera vista, la muerte es lo que reduce definitivamente a cero todas las posibilidades de intercambio. Yo te habría jurado fidelidad (el «te», al que me dirijo, puede ser una persona amada, una agrupación, un partido, o una concepción política o religiosa … ), había decidido entregarme a ti hasta la muerte, lo que según opinión general, es el testimonio de una comunión absoluta. Hasta la muerte; esta expresión es ambigua, sin duda quiere decir: hasta mi muerte; en otras palabras, que debo estar dispuesto a morir por ti, pero también quiere decir: hasta tu muerte, o sea que sólo estoy dispuesto a morir por ti a condición de que tú estés vivo. Pero he aquí que, sin que yo tenga nada que ver con ello, tú estás muerto. Yo estaba dispuesto a sacrificarme por ti porque me sentía vivir en ti más que en mí mismo, pero ¿qué sentido tendría ahora mi sacrificio?; ¡sería absurdo que me perdiera sin la esperanza de salvarte!

La muerte, ruptura absoluta del intercambio, traza el límite supremo de la fidelidad. Querer ser fiel a las personas y a las cosas muertas, es matarse a sí mismo y extender la muerte a su alrededor, y es el espectáculo que ofrecen, por ejemplo, tantos esposos o padres «inconsolables» y todos los que mantienen las viejas fórmulas políticas o religiosas eliminadas para siempre por el mismo movimiento de la vida.

LAS FALSAS FIDELIDADES

Pero también puede ocurrir que yo diga en el momento del cambio: no soy dueño de los acontecimientos, pero sí de mí mismo. Puedes transformarlo todo a mi alrededor, pero, en lo que a mí respecta, no cambiaré porque no quiero cambiar. Una sola cosa cuenta para mí: la palabra dada, el compromiso aceptado por mi parte. Así pues, continuaré fiel a este tratado ruinoso, a este voto de fidelidad insostenible, hecho a esta mujer que me ha traicionado y a quien ya no amo a esta persona o a esta idea muerta, porque quiero permanecer fiel a mí mismo. Mi compromiso no está subordinado, como decís, a un intercambio vivo; tiene para mi un valor absoluto, se basta a sí mismo, y lo mantendré cueste lo que cueste. En el fondo poco me importa el objeto al que he jurado fidelidad: lo que rechazo absolutamente es traicionarme a mí mismo.

Esta es la forma más profunda de la pseudofidelidad, porque la verdadera fidelidad implica, en todo ser finito, un esse ad, una relación, un intercambio, mientras que este heroísmo puramente objetivo, esta fidelidad sin objeto, derivan necesariamente de la reclusión del yo en sí mismo y del culto del yo por sí mismo, radicalmente opuestos a las exigencias esenciales de la naturaleza humana.

La pseudofidelidad puede revestir también formas menos elevadas. Pero todas estas formas tienen como característica esencial o la negación de la reciprocidad, es decir del intercambio, o la negación de la vida en el intercambio. Por ejemplo, hay seres que se creen fieles porque continúan obstinadamente ligados a un contrato de que son los únicos beneficiarios. Es el caso de la nación que tras la conclusión de un tratado, por una serie de circunstancias nuevas, llega a verlo dirigido a su provecho exclusivo; es también el del esposo que agotado en cuerpo y espíritu, ya no ofrece ninguna satisfacción a su cónyuge, pero que se apoya en la fe jurada para exigirle una fidelidad sin compensación; en última instancia es el parásito que proclama muy alto su fidelidad hacia su huésped y que denuncia como la más incalificable de las traiciones cualquier intento de emancipación por parte dé éste. Aquí, la «fidelidad» se dirige pura y simplemente al egoísmo… Pero se encuentra también, y aún más frecuentemente, la fidelidad por agotamiento vital, por hábito. Así, aunque su amor esté muerto o no haya existido nunca, muchos esposos permanecen fieles el uno al otro por inercia pasional, porque no tienen ni la fuerza ni el deseo de cambiar; muchos hombres cultos continúan ligados a fórmulas científicas o políticas en desuso desde hace mucho tiempo por ser incapaces de «realizar» los cambios sobrevenidos y de adaptar a ellos su espíritu. Se hallan, también, padres que, prolongado una devoción que ya no tiene sentido, se empeñan en mantener a sus hijos en una atmósfera de incubadora para la que ya no están hechos, y acusan de infidelidad la menor tentativa de ruptura moral del cordón umbilical (madres castradizas de Freud).

En todos estos casos, la fidelidad procede en gran parte del agotamiento de nuestras facultades de renovación interior, el cual entraña, como consecuencia, la imposibilidad de comprender e integrar los cambios exteriores. El mismo hombre que, viudo a los treinta, podrá rehacer su vida si pierde su mujer a los sesenta, se inmovilizará en la pena y en el culto al pasado, no porque el sentido de lo eterno haya crecido en él, sino porque se habrá vuelto impotente para renovarse, para reponerse…

LA FIDELIDAD ADAPTABLE

Además de estos aspectos negativos de la virtud de fidelidad, existe por último lo que denominaría, a falta de tun término más preciso, la fidelidad adaptable. Ésta se puede definir como una forma de hacer explícito lo eterno a través del tiempo, lo inmutable a través de cambio. Simultánea y correlativamente es renovación y profundización: una especie de captación de drenaje de lo nuevo por lo idéntico, la eclosión perpetua de lo nuevo en el seno de lo idéntico (o pulchritudo semper antiqua et semper nova … ), un renacimiento continuo. En efecto, la verdadera fidelidad consiste en hacer renacer indefinidamente lo que ha nacido una vez, estos pobres gérmenes de eternidad depositados por Dios en el tiempo, que la infidelidad rechaza y que la falsa fidelidad momifica. Los amantes de cambio dicen que sólo tienen encantos el nacimiento, pero lo que no es capaz de renacer no ha nacido nunca (en este mundo hay más abortos que nacimientos … ).

El gesto de coger la flor es tan virgen como el de echar la simiente, y el que no sabe esperar la cosecha tampoco ha sabido nada de la alegría y amor del sembrador: simplemente ha extendido sus manos y se ha embriagado con su gesto, no ha sembrado.

Así aquellas realidades a las cuales he prometido fidelidad se me aparecen como líneas de fuerza en el campo de mi destino: cada vez que obro según mis promesas, realizo, por así decirlo, la recuperación de un valor eterno dilapidado en el tiempo. Dar la fe a alguien equivale a decir: en tal dominio determinado, nuestros cambios futuros se insertan en la línea de esta promesa, que será entre nosotros lo que el cauce es para las aguas del río; ciertamente cambiaremos, pero nuestros cambios no traspasarán los límites fijados por nuestro contrato. Es una objeción sutil, delicada, terriblemente tentadora.

Tal es el sentido de la fidelidad adaptable. El problema central que se plantea es el siguiente: Cómo un intercambio vivo entre dos seres y, por consiguiente, aprovechable a ambos, que está en la base de sus promesas de fidelidad recíproca, puede, a pesar del cambio, permanecer vivo y aprovechable,- digo aprovechable no forzosamente en la línea del interés inmediato o material, sino en la de los votos profundos de la naturaleza, donde un ser termina por encontrar siempre su bien, a través de las limitaciones y los sacrificios que la fidelidad puede imponerle; por otra parte, está allí lo peculiar de toda relación orgánica, y claro está, nadie quiere su propia destrucción, ni bajo el pretexto de fidelidad. La respuesta es sencilla: se trata de perpetuar el intercambio orgánico y, para ello, es necesario orientar todo cambio en el sentido de una renovación de la fidelidad. Indiquemos aquí algunas condiciones de esta «asunción» del cambio por lo eterno.

a) Hemos dicho asunción del cambio. La verdadera fidelidad no se resiste al cambio. Tiene presente esta flexibilidad y paciencia que son necesarias para con un ser al que se domestica o educa. El movimiento es esencia a la vida y, por consiguiente, a esta forma superior de la vida que es la fidelidad. Ésta no consiste en negarlo sino en dominarlo. La fidelidad que niega el cambio se niega a sí misma, puesto que rechaza la materia a la que ha de vencer y amar; es como un escultor que para salvar la pureza de su arte renegara de la piedra…

b) La fidelidad -no me importa repetirlo, puesto que ahí está la clave del problema-, siendo ante todo un intercambio,, implica una doble integración del cambio. Yo te he dado mi fe y he recibido la tuya. Para que nuestro contrato permanezca vivo, se me imponen dos deberes. En primer lugar, es necesario que- adapte a nuestro amor los cambios que se operan en mí, de modo que mi fidelidad respecto a ti no conduzca a una ruptura en el interior de mí mismo, a una infidelidad hacia mí mismo que entrañaría más pronto o más tarde una ruptura entre nosotros o una constancia puramente formal, y, en los dos casos, la muerte del intercambio. Pero además, es necesario que adapte mi fidelidad a los cambios que se operan en ti, de modo que el bien que te quiero pueda coincidir con el bien que te falta. Si no, el intercambio morirá de la misma manera; es inútil continuar dándote lo que he prometido, si, debido a tu evolución interior, este don ya no responde a tus necesidades; ligándome a ti, yo sería sin duda «adherente», pero no fiel.

Estas consideraciones nos demuestran -y aquí tocamos el centro del problema- que en todo compromiso hay, junto a la letra material del contrato, un elemento espiritual que, por así decirlo, es el principio vital.

Materialmente, todo pasa y todo muere, y ningún contrato puede ser mantenido indefinidamente al pie de la letra (piénsese por ejemplo en las reglas de las diversas órdenes religiosas), pero en toda realidad, incluso en la más material, hay una semilla de eternidad, y la verdadera fidelidad no es otra cosa que el reconocimiento y el cultivo de esta semilla divina. Ser fiel al espíritu de un compromiso es actuar de forma que se salve, a través del cambio y de la muerte, esta posibilidad de intercambio orgánico que hemos definido como la esencia del contrato. Por otra parte, el problema de la fidelidad a las cosas y a los seres muertos se sitúa en esta perspectiva; hay en ellos un principio que continúa viviendo en este presente que han preparado: en este sentido, alimenta nuestra alma, pero la aniquilarían sin compensación si nos comportáramos con ellos como si aún existieran materialmente.

En efecto, el drama de la fidelidad reside en la concepción material que los hombres se forman de ella. Aquí, la materialización llama automáticamente a la negación -y la fidelidad se encuentra retenida entre estas dos formas de faltar a la verdad. El «maestro» que exige a su discípulo una fidelidad intelectual que merma las facultades de creación personal de ese último; la esposa que al morir pide a su marido que no rehaga su vida, la nación que oprime a un pueblo vecino en virtud de un tratado que ya no responde a las necesidades del momento, todos estos seres que faltan al espíritu de contrato puesto que no dan nada a cambio de lo que piden, no pueden pretender que su compañero la observe literalmente. Y además, esta pretensión no tarda en ser alterada por los hechos: los individuos y los pueblos a los que no se quiere desligar, en el sentido de una realización propia compatible con la fidelidad, se desligan ellos mismos en el sentido de la infidelidad absoluta, con todas las amenazas de anarquía y conflicto que ello comporta.

Las aguas de devenir, a las que se niega el cauce por donde han de discurrir, arrastran fatalmente los diques que les oponen una jurícidad o un moralismo demasiado estrechos y, no teniendo más orillas para conducirlas hasta su fin, se convierten en pantano y se pierden. Un espectáculo semejante se encuentra con demasiada frecuencia en la historia, y a nuestro alrededor, para que sea necesario insistir más.

El conflicto entre los primeros cristianos y los judíos nos ofrece el ejemplo más notable de la oposición entre la fidelidad material y la fidelidad del espíritu. La tradición de Moisés, extinguida en el conservador Caifás, vivía y se extendía en el revolucionario Pablo. La verdadera fidelidad hacia una flor no consiste en cortarla para colocarla seca en un herbario, sino en regarla para ayudarla a convertirse en fruto. La mejor forma de fidelidad es la que quiere la maduración de su objeto. Los pensadores ante su doctrina, los padres y los maestros ante sus hijos y sus discípulos, ganarían si se impregnaran de este principio…

Por consiguiente, en toda fidelidad verdadera existe una simbiosis constante entre el sentido de lo eterno y el del cambio. Sin el cambio que la vivificara, la fidelidad se seca como esas orillas desoladas de los riachuelos muertos, pero el cambio, sin la fidelidad que lo contiene y guía, degenera en vicio y anarquía. Además, esta disociación entre lo eterno y el devenir, con el doble proceso de desecación y podredumbre que lo acompaña, muy a menudo se realiza en el interior de los seres mismos. Se halla en ellos una capa rígida de observancias exteriores, paso de lo eterno, y, bajo esta corteza de fidelidad liberal, un bullicio pasional que sólo es cambio degenerado. Éste es precisamente el tipo de fariseo a quien se aplica íntegramente la expresión de «sepulcro blanqueado».

Pero puede ocurrir también que llegue a producirse un cambio tan profundo entre las partes que se han prometido fidelidad, que incluso excluya la fidelidad en espíritu y sea necesaria la pura y simple ruptura del contrato. Esto es legítimo porque el contrato se ha malogrado, y no puede perpetuarse mediante ningún plan. Sobre esto pueden presentarse muchos ejemplos.

En primer lugar, es posible que el intercambio -y por consiguiente el contrato- no haya tenido nunca existencia real. Yo he podido equivocarme dándote mi fe: me conocía mal, no sabía a qué me comprometía (es el caso de los compromisos juveniles … ), he creído comprometerme. Pero también he podido equivocarme con respecto a ti: me he ligado a una imagen tuya que no tiene relación con la realidad que ahora se me presenta: he creído comprometerme a ti. También es posible que haya reunido estas dos ilusiones.

Pero en los dos casos me siento tan desligado que efectivamente no ha habido contrato. Cuando el compromiso es ilusión; la ruptura no es infidelidad. Despertarse de un sueño no es traicionar.

También puede haber existido efectivamente el intercambio entre nosotros, pero he aquí que este intercambio se ha vuelto no sólo ajeno sino, además, opuesto a mi necesidad anterior, a mi vocación profunda, que ignoraba al darte mi fe y que me aparece ahora. En estas condiciones, yo no podría permanecer fiel más que llegando a ser infiel a mí mismo; y, por otra parte, ¿qué valdría esta fidelidad sin impulso? ¿Qué podría apostarte un ser separado de la mejor parte de sí mismo? Amicus Plato… Éste es el caso de los «convertidos» de cualquier orden.

Amicus Plato… Tenemos aquí el gravísimo problema -casi insoluble en lo abstracto- del conflicto de las fidelidades. Yo estoy ligado a ti por un contrato, una fe o un amor. En última instancia, estoy dispuesto a sacrificarte, si es preciso, mi propia existencia (además, los sacrificios se sitúan en la línea de la solidaridad orgánica). Pero no estamos solos en el mundo. Explícitamente o no, puedo traicionar a estos otros seres que tengo la misión de defender y salvar. .Si el lazo que me une a ellos es para mí más vivo y más esencial que nuestro intercambio recíproco, ¿no estoy en el derecho de repudiar este intercambio? El hecho mismo de que exista una jerarquía de las infidelidades, implica, en caso de conflicto irreductible, la inmolación de la fidelidad anterior.

Un solo compromiso implica fidelidad incondicional, la promesa hecha a Dios, que no puede morir ni engañar y a quien se le puede sacrificar todo sin perder nada. Pero por una trágica antinomia, este compromiso de orden absolutamente espiritual e íntimo, escapa por su misma naturaleza a todo criterio objetivo de validez. ¿Dios quería verdaderamente esto de mí? ¿Es verdaderamente Dios quien me ha llamado? ¿No he sido el juguete de un sueño que he confundido con Dios?

Estos análisis nos permiten entrever cuán difícil es fijar in concreto el alcance y los límites del deber de fidelidad. El hombre, situado por su naturaleza y su vocación en la confluencia del devenir y de lo eterno, corre perpetuamente el peligro de traicionar a uno de ellos en provecho del otro, lo que equivale a decir, tal como ya hemos señalado, traicionar a la vez al uno y al otro. Ciertamente un compromiso ilusorio o caduco no compromete, pero también es demasiado fácil -por otra parte- establecer un compromiso ilusorio o imposible de mantener (fuera del caso de impedimento material absoluto, la palabra imposible tiene un sentido muy elástico), para así eludir las obligaciones que comporta, y, la mayoría de las veces, para contraer otros compromisos también ilusorios o predispuestos a la misma caducidad; en definitiva, unos compromisos simplemente conformes al egoísmo anárquico de un ser desprovisto de verdadera unidad, y, por ello, incluso incapaz de una vinculación verdadera.

En relación a lo que hay de fidelidad en el espíritu de adaptación de lo eterno en el devenir, ¿quién no ve que, sin un mínimo -infinitamente variable según la naturaleza de los contratos y la mentalidad de los individuos- de fidelidad literal, sin el control y testimonio de los actos, la fidelidad en el espíritu degenera en fantasma inerte y en mentira? Sin el espíritu que la anima, la fidelidad exterior está muerta, pero ¿qué valor tendría una fidelidad al espíritu, que no se manifestara exteriormente? El espíritu está pronto; tiene buenas condiciones para forjar gloriosas e incontrolables coartadas a nuestro instinto de pereza y deserción; no obstante, la fidelidad demasiado encarnada no vale más que la fidelidad demasiado casual. Por ejemplo, ¿qué pensar de un esposo que dijera a la esposa abandonada y engañada (por otra parte, esta conversación ha sido mantenida muchas veces en términos menos filosóficos: «Te he sido fiel, te amo tanto como el primer día, ocurre simplemente que he situado nuestro amor en un plano espiritual superior»? Pero ¿cómo definir el límite concreto a partir del cual la fidelidad en espíritu se convierte en infidelidad?

Aún hay otra cosa. Hemos dicho que la muerte del intercambio suprime ipso lacio la obligación de fidelidad: el organismo se desembaraza de un miembro muerto. De acuerdo, pero también el organismo entero se dedica a salvar a un miembro enfermo; ¿y cómo puedo afirmar que está muerta toda posibilidad de intercambio entre yo y el objeto al que he dado mi fe? Pase aún cuando se trata de personas, pero ¿y cuando se trata de un ideal, una patria, una religión?

Lo que me parece como una ruptura definitiva quizá sólo sea una prueba, una tentación, que fielmente superada, desembocará en una comunión superior.

Los verdaderos amantes y los verdaderos artistas, los santos, los grandes dirigentes de las guerras, todos, han conocido fases de aridez o de desastre en las que su vocación les parecía una mentira y —contrastando- sus realizaciones más elevadas han surgido precisamente de su fidelidad heroica a cosas que parecían muertas o a causas que parecían perdidas. Entre Leopoldo III, que rompió el pacto que lo unía a los aliados para ahorrar a su pueblo los horrores de una batalla que él juzgaba sin solución, y Alberto 1, animando a este mismo pueblo a un sacrificio que creía fecundo, ¿cuál sirvió mejor a Bélgica? ¿En qué punto termina la fecundidad y empieza la vanidad del sacrificio? ¿Cómo distinguir el heroísmo y la locura? Sin duda, el mejor criterio es el de los resultados pero precisamente es el que falta en el momento de la acción. Creo con toda mi alma en la santidad de Juana de Arco y en la autenticidad de su misión, pero la misma Juana de Arco, ¿sería hoy venerada públicamente si los ingleses no hubieran sido «arrojados de Francia», después de la hoguera de Ruan? El traidor o el faccioso que triunfa (César en el Rubicón, Bonaparte en el 18 Brumario) es incensado bajo el nombre de héroe; el héroe que fracasa a menudo es infamado como traidor. El general Malet respondió a los jueces que le interrogaban sobre quiénes eran sus cómplices: «Si yo hubiera triunfado, ustedes y toda Francia.»

No es posible responder desde fuera a todas estas preguntas. En esto, cada uno sólo juzga y decide por sí mismo, de forma que todo depende, no diré de la sinceridad o insinceridad del sujeto (estas palabras no tienen ningún sentido en psicología profunda), sino de la cualidad de la sinceridad o insinceridad de su alma. El compromiso que me une a ¿me sitúa en la alternativa del sacrificio o la negación; no tomaré mi decisión en abstracto; me será dictada desde dentro por el modo como vivo mi relación con X, y, según el grado de pureza, de profundidad, de necesidad, de este sentimiento, aceptaré o rechazaré el sacrificio. Puesto que la fidelidad no crea el amor, sino que el amor crea la fidelidad.

Además, el hecho de que rechace este sacrificio, no significa forzosamente que yo sea incapaz de una verdadera fidelidad (estamos demasiado predispuestos a considerar a nuestros semejantes como desprovistos radicalmente de una virtud determinada, porque no la han manifestado en una circunstancia dada, en particular en sus relaciones con nosotros: por ejemplo, una mujer abandonada difícilmente creerá que su amante pueda ser fiel a alguien y en lo que sea); puede ocurrir, simplemente, que el objeto al que me he ligado no sea capaz de suscitar o retener mi capacidad de afecto. Así, a lo largo de la última guerra, a muchos franceses les faltó entusiasmo e ímpetu, no por cobardía esencial, sino porque el ideal por el que se les pedía morir y la atmósfera moral que les rodeaba no estaban adaptados a su espíritu de sacrificio. Señalemos que, a pesar de la impresión, de vanidad que me asedia, puedo perseverar en la fidelidad y el sacrificio, pero entonces esta voluntad de sacrificio será la señal de que el amor aún está vivo en mí y que persiste el intercambio orgánico. En efecto, no se ha dicho que la fidelidad debe excluir necesariamente el desgarramiento interior y la lucha consigo mismo: este renacimiento perpetuo se acompaña también MUY a menudo de los dolores de parto.

En cuanto a decidir si debo permanecer fiel a la letra de mi promesa, o bien si sería mejor adaptarla al cambio, o incluso repudiarla, nadie me puede aconsejar -a este respecto- con pleno conocimiento de causa, puesto que aquí la causa es mi alma y su libertad que sólo Dios conoce. Y nadie me puede juzgar, cualquiera que sea la decisión que tome. Supongamos que haya cambiado de amor y de fe. ¿Quién puede saber si he pasado de una mentira a mi verdad, ,o bien de una mentira a otra? ¿Cómo discernir, cómo distinguir desde el exterior la renegación y la conversión? Incluso en el interior de mí mismo, ¿tengo un criterio infalible?

Después de todo, un compromiso pasado que parece agotarme inútilmente, ¿es una verdad a la que es preciso que defienda, o bien es una ilusión que debo dejar disipar? Y este nuevo amor que me llama, ¿es tentación o vocación? Libre de obrar a mi antojo, ¿dónde encontraré una luz de orden puramente intelectual y objetivo que me muestre la verdad con una certeza absoluta? Reconozcamos que una luz semejante no existe y que precisamente la grandeza y la tragedia de esta facultad creadora que es la libertad humana consiste en no poderse guiar en su elección por ningún criterio absoluto, exterior al acto mismo de la elección. Ciertamente las reglas de la moral y de la prudencia tienen un papel que desempeñar, pero el argumento que la decide es ella misma quien lo crea, y precisamente por el mismo ímpetu que la lleva hacia su objeto. Por ejemplo, si decido serte fiel, esta decisión se confunde con mi grito de fidelidad; no es una causa que preceda y determine mi elección, es un signo que me. indica que esta elección ya está hecha. De ahí la importancia extrema de esta disposición benéfica de la libertad que los místicos llaman pureza de intención.

Mis intenciones son puras: lo cual significa: están de acuerdo, más allá de mis intereses superficiales o inmediatos con mi verdadera naturaleza, con mi verdadera vocación de hombre, con aquello para lo que estoy hecho, con lo que exige de mí el ser o el ideal que me rebasa y sobre el cual quiero trazar mi destino.

A pesar de las incertidumbres y las tinieblas que pesan sobre nuestras acciones, pueden ir en paz los que sienten vivir en ellos esta «buena voluntad» de la que habla el Evangelio, la cual inclina espontáneamente sus corazones hacia la fidelidad, a lo que el hombre lleva en sí de más verdadero y más profundo.

RESPUESTA A LAS OBJECIONES

Verdaderamente, la teoría de la fidelidad-intercambio exige una doble objeción cuyo examen nos permitirá elucidar el segundo puesto de nuestra definición.

a) Cuando os planteáis esta pregunta : ¿cómo adaptar mi promesa a los cambios acaecidos en mí y en el objeto al que me he ligado?, puede parecer que tendéis a considerar estos cambios como una materia extraña que os sería suministrada desde el exterior y sobre lo cual debería ejercitarse vuestra fidelidad como el espíritu del escultor sobre la piedra, cuando en realidad dichos cambios dependen ante todo de vosotros.

Cuando os preguntáis si tal contrato es lo suficientemente viable para que le permanezcáis fiel, olvidaos que sólo vuestra fidelidad lo hace viable, y lo que os parece caducidad de contrato no es otra cosa sino la decadencia de vuestra propia fidelidad.

Habláis de cosas que mueren: a vosotros os corresponde mantenerlas en la vida. Esta mujer, este amigo, están a vuestro cargo: permaneciéndoles fiel, no solamente salvaréis vuestro propio amor, sino que vuestra constancia quizá llegará a crear en ellos una nueva alma, y así vuestra unión habrá aumentado en fuerza y pureza. La verdad aún será más cierta si se trata de realidades espirituales que no existen más que en vosotros: esta causa, este ideal, esta patria, no permanecerán vivos si no les permanecéis fieles: todas estas cosas no pueden morir más que en vosotros, no pueden desaparecer más que por vosotros. En el caso de estos franceses que en la última guerra se lamentaban de sufrir por un ideal muerto, dependía de ellos -y sólo de ellos hacer vivo este ideal.

b) Racionalizar, vulgarizar y empobrecer indebidamente la noción de fidelidad, ¿no es reducirla a un intercambio, a una especie de «do ut des» de tipo jurídico en el que todo estaría subordinado a la nivelación de los egoísmos? La verdadera fidelidad está en la base de la fe (fides-fidelis, se habla de los fieles de una religión … ): por consiguiente, implica un elemento de orden irracional y místico, una adhesión incondicional y sin correspondencia, una especie de salto amoroso hacia lo desconocido. En última instancia, conduce al olvido y a la inmolación de sí mismo en provecho del objeto amado. La fidelidad de los héroes y los santos es precisamente la que no pide nada a cambio, y, precisamente, darlo todo sin esperar recompensa, ¿no es la forma suprema de la grandeza? ¿No lo hacen así estos seres de piedad y de sacrificio que consagran su vida a aliviar a los desgraciados de los que nada reciben, y esas grandes almas que, sin preocuparse de los límites de la validez de los contratos, permanecen hasta la muerte fieles a alguna causa perdida? Ante tales hechos, ¿en qué se convierte vuestra estrecha teoría de la fidelidad-intercambio?

Estas objeciones –con todo- son válidas en gran parte. Sin embargo, llevadas al extremo, correrían el riesgo de abrir la puerta a un objetivismo particularmente peligroso para los más altos valores humanos, puesto que los disuelve bajo el pretexto de exaltarlos. Equivale a comportarse del mismo modo como lo haría un jardinero que para «liberar» sus flores las separara de sus raíces…

a) El problema de la fidelidad creadora» ha sido tratado por Gabriél Marcel en un análisis que no creo pueda ser superado. Limitémonos solamente a señalar estos puntos: Es cierto que, si el intercambio siempre está en la base de la infidelidad, ésta, a su vez, dominando el cambio, fortalece y perpetúa el intercambio. Pero es necesario no confundir esta fidelidad creadora con una especie de poder divino que aislaría al sujeto humano en una autosuficiencia absoluta (siempre se habla de poder creador de un ser creado existe el peligro de este equívoco). Al igual que toda creación humana, la fidelidad creadora presupone un contacto fecundante, y por consiguiente una presencia, un objeto. El hombre no crea nada, si no es en colaboración: una fidelidad que sólo quisiera salir de su propio fondo sería seca, dura y muerta como el bosque privado de raíces duradero pero no eterno, y pronto o tarde entregado a la carcoma.

No podemos mantener vivo en nosotros sino lo que aún vive fuera de nosotros y que nos llama (poco importa que sea del otro lado de la felicidad o de la muerte), puesto que no podemos ser fecundados por lo que ha muerto.

Y la más creadora de las fidelidades, «la fe que mueve las montañas», es precisamente la que requiere el sentimiento de la presencia más profunda y del contacto más íntimo: la experiencia. de un Tú absoluto. Así, la objeción desaparece por sí misma. Mi fidelidad puede jugar un papel creador respecto al intercambio que la condiciona y al cambio que la amenaza, pero este papel no es absoluto, implica una reciprocidad creadora, una colaboración del objeto. En otros términos: no puedo dar sin recibir: mi fidelidad necesita ser creada al mismo tiempo que crea; ¿cómo puedo ser fiel si este objeto que mantengo vivo en mí me deja morir en él? Tendremos que volver sobre la naturaleza de esta colaboración -o más bien de este Colaborador- esencial a toda fidelidad.

b) Han objetado: ¿en qué se convierte la fe con la superación y el olvido de sí que ella comporta, según vuestra teoría de la fidelidad-intercambio? Yo respondería que la idea de la fe se encuentra precisamente en la base de esta teoría. En efecto, ¿qué es sino un intercambio orgánico? Es un intercambio en el cual las dos partes subordinan su interés recíproco a un interés común que los engloba y los supera y que pertenece al conjunto del organismo. Igualmente en la verdadera fidelidad: si te amo de verdad, te seré fiel, no sólo porque me das esto a cambio de aquello, sino también porque creo en nuestro amor, porque creo en ti.

Pero ¿qué es creer en ti? No es -a menos que yo, estúpido de mí, me erija locamente en centro del mundo y en criterio absoluto de todos los valores- tan sólo creer que me amas y que buscas mi bien; sobre todo es percibir y querer en ti una cualidad de alma, una orientación afectiva y una actitud ante la vida que, en un cierto sentido, nos son comunes; es, pues, sentirme ligado a ti por un mismo impulso hacia una misma realidad -vivida más que definida- que desborda hasta el infinito nuestros seres efímeros y limitados, y que es el fundamento y la esencia de nuestro amor: por consiguiente en mi fidelidad existe este olvido de sí y esta apertura al misterio que son constitutivos del acto de fe.

En efecto, ¿qué es creer en un objeto cualquiera sino adherirse a este objeto, es decir, sostener una relación orgánica con él? Cuando te digo: creo en ti, esto significa que nuestras almas son tan inseparables en el orden afectivo, como lo son dos miembros del mismo cuerpo en el orden. biológico. Si por el contrario te digo: no creo en nada, entiendo por ello que no me adhiero vitalmente a nada y que para mí no hay realidad que merezca un compromiso o sacrificio; por esencia, el que no cree en el ser separado. Y el hombre que no es capaz de fe, no es capaz de fidelidad…

Por ello se comprende que nuestra teoría de la fidelidad intercambio orgánico no excluye este elemento heroico y místico que subrayaba la objeción. En efecto, el intercambio orgánico no tiene, en verdad, nada en común con el intercambio de tipo jurídico o comercial, es decir, con el intercambio de cosas reconocidas equivalentes, efectuado entre dos partes consideradas como aisladas del resto del universo y persiguiendo únicamente cada una su propio interés. Quien dice organismo dice también conjunto y jerarquía y así todo el carácter de equivalencia matemática y transacción entre dos egoísmos es eliminado en la noción de intercambio orgánico.

Dos miembros de un mismo organismo son «fieles» el uno al otro en la medida en que ambos colaboran en la salud y desarrollo de todo el cuerpo. Lo mismo ocurre en la escala espiritual y humana. Si tú me amas, la mejor manera de testimoniarme tu fidelidad, no es devolverme matemáticamente lo que te doy, sino darte tú mismo, según te conforma tu naturaleza, tu rango o tu vocación a tal realidad que sostiene y nutre mi existencia y que me es más querida que yo mismo. Aquí no hay reciprocidad absoluta: Por ejemplo, en un Estado, la fidelidad del sujeto consiste en morir para salvar al Príncipe si es preciso, pero la reciprocidad no es absolutamente cierta, ya que el príncipe paga al sujeto por su sacrificio dedicándose totalmente a la nación y no individualizando su entrega en cada sujeto. La realidad nacional constituye el tertium quid a través del cual el príncipe y el sujeto comulgan y permanecen fieles el uno al otro, a pesar de la diversidad y desigualdad de sus deberes mutuos.

Un tal tertium quid (cuya naturaleza puede variar infinitamente: puede ser una persona, una agrupación, un ideal, una religión, etc.) se encuentra en la base de todas las fidelidades verdaderas, siendo a la vez la piedra angular y la piedra de toque.

No hay compromiso humano digno de este nombre cuyas partes no estén ligadas por deberes recíprocos (hace poco he dado a esta ley el nombre de principio de tercero incluido). ¿Qué es lo que más me une a mi amigo? ¿Es saber que puede prestarme ciertos servicios personales, o es sentir que amamos las mismas cosas y que perseguimos los mismo fines? ¿Y a mi esposa? ¿Es el placer que me da, o la colaboración que me aporta? ¿Y a este partido político? ¿Son las ventajas y honores que podría sacar de mi adhesión’ o bien es mi convicción de que servirá mejor que otro mi ideal de justicia y armonía social?

Eadem velle, eadem nolle… En todas partes la comunidad procede y condiciona la reciprocidad, y donde se niega la colaboración no es posible el intercambio?

Por otra parte, ¿decimos por azar: ya no hay nada en común entre nosotros, para significar la supresión radical de los intercambios, la ruptura absoluta con alguien? Allí donde no existe el eadem amare, no es viable el invicem amare… Señalemos de paso que esta concepción del órgano que, por definición, no puede realizar su propio bien sino sirviendo un bien que le aventaja, basta para eliminar toda sospecha «de egoísmo» de nuestra teoría de la fidelidad intercambio.

Metafísicamente no existe ninguna antinomia entre el egoísmo y el amor. Para un ser finito, el único egoísmo sano consiste en amar. El egoísmo, en el sentido moral (o más bien inmoral) de la palabra, no es más que este proceso de degeneración y anarquía por el cual el órgano se convierte en átomo, y aislándose de todo lo que lo vivifica, se destruye él mismo. En este sentido, nuestra capacidad de egoísmo mide nuestra capacidad de suicidio…

Subrayemos también que la noción de organicidad se opone con gran fuerza a cualquier intento de racionalizar la virtud de fidelidad. En el orden de las cosas sensibles, el dominio de las funciones vitales es aquel en que los esquemas del pensamiento abstracto se revelan más impotentes;* por otra parte, observarnos, también, que los hombres con un instinto profundo de la analogía siempre han recurrido a las comparaciones orgánicas para expresar las realidades más místicas, las más rebeldes a la razón pura. Piénsese por ejemplo en el Corpus Christi mysticum.

Por último, la noción de intercambio orgánico nos servirá para elucidar el problema irritante de las fidelidades unilaterales. Se ven esposas o madres que permanecen unidas a su marido o hijo indignos, muchachas que consagran su existencia al servicio de enfermos que no conocen, sujetos que continúan sirviendo sin la menor esperanza a un monarca definitivamente destronado. Todos estos seres que, movidos por el deber, la piedad o el honor, se sacrifican así sin compensación aparente, parecen sacar toda su fidelidad de su propio fondo y darse más allá de todo intercambio. Pero incluso en estos casos límites, ¿está excluido verdaderamente el intercambio? Inmolándose así al deber, a la piedad o al honor, ¿no sale el hombre de sí mismo? ¿No se abre a alguna cosa más grande, más verdadera que él? ¿No recibe nada a cambio de lo que da? ¿No se siente transportado y alimentado por una fuerza misteriosa? Un órgano puede ser mal servido o traicionado por otro órgano: le queda el todo, el alma que lo vivifica. ¿Ocurre lo mismo con las cosas del espíritu? ¿Existe un universo espiritual que integre y desborde el espíritu del hombre, como el mundo sensible integra y desborda su cuerpo? ¿0 bien este universo no existe sino en nosotros, y estas palabras de deber, de honor, de piedad sólo son destellos que nacen y mueren con el alma fugaz de los hombres, pobres desafíos lanzados a la nada y que la nada ahoga siempre? Pero si el hombre crea estas cosas por las cuales sufre y muere, ¿por qué se siente así creado por ellas?

La única pregunta es ésta: nuestra persona y nuestros ideales, ¿forman parte de un organismo espiritual? y este organismo, ¿tiene un alma que piensa y ama, y a la que se puede decir Tú?; ¿y no sería este Tú el que, explícitamente o no, vuelven a encontrar todas las fidelidades heroicas a través de sus objetos indignos, caducos o abstractos? En último caso, se trata de saber si la fidelidad se puede asentar sobre esta base objetiva absoluta; en otros términos, se trata de dilucidar si cuando somos fieles más allá del intercambio aparente y sensible, nos encerramos en nosotros mismos o bien nos abrimos, dando, a un tiempo, testimonio de Alguien que es la fuente y la seguridad de las cosas del alma.

Y, por ello, el problema de la fidelidad se abre de lleno al problema de Dios.

FUNDAMENTO RELIGIOSO DE LA FIDELIDAD

Ninguna fidelidad, si no tiene a Dios por principio y por fin, puede ser pura. Solamente el contacto divino confiere a la fidelidad humana las dos perfecciones esenciales exigidas por su naturaleza:

a) Permite la síntesis perfecta de lo eterno y del devenir, impide a la fidelidad oscilar entre el anquilosamiento que es su caricatura y la inconsciencia que es su negación.

b) Perfecciona el intercambio orgánico; limpia la fidelidad de cualquier huella de cálculo y de cualquier sospecha de locura.

Ya hemos indicado cómo en un clima material la virtud de la fidelidad corre el riesgo de degenerar en esclerosis o ser barrida par la inconstancia. Sabemos también que estos peligros están conexos. A menudo el hombre-veleta y el hombre-fósil coexisten en el mismo individuo: todos conocemos estos seres que no se renuevan nunca por necesidad interior, pero que, al mismo tiempo, cambian de gustos y convicciones según los azares exteriores que los agitan, al igual que la veleta cuyo metal enmohecido, siempre idéntico a sí mismo, gira sin cesar empujado por todos los vientos. Por otra parte, esta afinidad entre la inercia y la movilidad se explica muy bien: aquel que no tiene esta fuerza interior que echa raíces (la verdadera fidelidad no es otra cosa) no puede ser fiel más que en virtud de su gravedad, o, dicho en otras palabras, de su rapidez adquirida, y siempre -por tanto- está a merced de una nueva noción exterior.

Pero precisamente esta inercia y esta movilidad son las dos características esenciales de la materia. Por el contrario, el espíritu es a la vez firmeza y renovación: reside en él el doble sentido de lo eterno y del cambio (y estos dos sentidos nunca van separados, sólo son uno) sin el cual la fidelidad se corrompe o desaparece. Pero este sentido doble y único, ¿dónde encontrarlo sino en Aquel que es eterno y que ha creado todo lo que cambia? Fuera del clima religioso, parece inevitable una cierta materialización de la fidelidad, con todas las amenazas de endurecimiento y olvido que comporta. Sólo aquel que se apoya en Dios pone en El la suficiente eternidad para impregnar las cosas del tiempo: es fiel a lo que pasa. Pero precisamente porque bebe en la verdadera fuente de lo eterno, sabe aceptar el cambio: no necesita pedir a las cosas del tiempo este Dios que todas prometen pero ninguna puede dar; su fidelidad no es una idolatria. Lleva en su corazón el surco de eternidad en el que encuentran su cauce las aguas del cambio; no se deja llevar por ellas, tampoco opone a su curso los vanos diques de un culto vano. No olvida estas cosas finitas, como la inconstancia, no las adora como la falsa fidelidad, las ama y las ama por lo que son: parte de lo eterno en devenir que se nutren en el eterno absoluto. Ahora bien, es propio de la locura humana hacer estas cosas, ya un ídolo, ya un juguete, y siempre alternativamente, lo uno y lo otro, puesto que todo lo que el hombre diviniza por el hecho mismo de que lo separa de Dios, lo impregna de nada.

Sólo podemos creer en la profundidad de las cosas finitas en la doble medida en que las sabemos salidas de Dios y no las confundimos con Dios.

De este modo sólo se resuelve el problema de la fidelidad que se adapta y de la fidelidad en espíritu. En Dios podemos ser fieles a lo que cambia, puesto que Dios no cambia y todo cambio se realiza en el interior del círculo de su eternidad. En Dios no podemos ser fieles a lo que muere, puesto que Dios no cambia y todo cambio se realiza en el interior del círculo de su eternidad. En Dios podemos ser fieles a lo que muere, puesto que Dios no muere y todo permanece vivo en él, pero más allá de la materia y del tiempo.

También únicamente en esta atmósfera espiritual y divina se disipa la objeción de los que, al modo de Gide o de Nietzsche, ven en la fidelidad una amputación y una esclavitud. Ser fieles, dicen, es ligarse a una realidad, es pues ya no ser libres para abrirse, para darse a otra cosa, y es la situación de tantos seres que, unidos a una esposa, a una profesión, a un partido, a una idea, a una religión, etc., ya no tienen ojos ni corazón para el resto del mundo. Es claro que existe un plan material en el cual la vinculación se identifica con el exclusivismo y la indisponibilidad. Pero, en el mismo plano material (es decir, en todos los sitios donde no sopla el espíritu de Dios), lo que se llama apertura o disponibilidad no puede ser más que ligereza o prostitución.

En efecto, ¿qué es esta disponibilidad donde el hombre, bajo pretexto de abrirse a todo, no deja entrar nada en él, y qué vale el don de ese corazón que, temiendo reducirse a alcoba, se extiende en jardín público? El amor se encuentra en la profundidad y no en la superficie, y el que ha dado la vuelta al mundo, no se ha acercado ni un pelo al fuego central. Pero aquel que, en lugar de correr de una apariencia a otra, profundiza en la menor realidad hasta llegar a su centro (es más fácil correr que profundizar, puesto que cualquier profundización es estrecha al principio, pero es preciso comenzar siempre con esta estrechez que no es más que una forma de concentración), creo que verá a su amor extenderse en relación a su profundidad y este amor’ creando en él una libertad y una disponibilidad superiores le inducirá a abrirse a otros amores, a otros deberes que, situados en niveles espirituales y materiales diferentes, en lugar de excluirse o enturbiarse como los afectos superficiales, se armonizarán en la unidad.

En efecto, sólo hay una manera de abrirse a todo, y es ligarse a Aquel que lo es todo: esta vinculación, en vez de obturar el alma, dilata hasta el infinito su capacidad de acogida.

Pues el amor y los corazones verdaderamente abiertos son siempre los corazones verdaderamente llenos.

DIOS, ALMA DE TODA FIDELIDAD

En un organismo, todo intercambio entre dos miembros es también, en un plano más profundo, un .intercambio de cada uno de esos órganos con el todo, con el alma del organismo. Del mismo modo, no hay compromiso humano auténtico que no tenga a Dios por motor y por fiador, y por tanto que no sea un intercambio con Dios.

Este intercambio con Dios, cuando es puro, excluye necesariamente el egoísmo. Para un ser finito, el egoísmo consiste en abstraerse efectivamente del mundo y persigue su propio bien en el olvido, incluso en detrimento, del bieni de los otros, del bien común: el egoísta es el ser reposado por naturaleza. Pero el amante de Dios es, por naturaleza, el ser religado: no persigue más que el interés de su alma, y el alma» puesto que ante todo es facultad de comunión y de ofrenda, no puede encontrar su propio bien sino en el bien de los seres que ama y con los cuales se identifica por amor. Por otra parte, proceso interior, está exento de cualquier cálculo personal. Lo primero que le lleva hacia su objeto es la atención, la apertura al otro, y el resto -su propia felicidad- le es dado según la promesa del Evangelio, por añadidura, y en la medida en que no lo piensa. Aquí, el interés supremo del hombre coincide con su sacrificio supremo: el alma sólo se halla en el seno del acto por el cual se pierde. Es una cosa que el hombre sólo encuentra no buscándola nunca: él mismo.

Por lo demás, toda sospecha de egoísmo se disipa por sí misma si se piensa en la atmósfera de fe que envuelve la fidelidad a Dios. En efecto, la realidad divina se presenta, se entrevé aquí abajo, pero sólo se manifiesta abiertamente más allá de la tumba. La muerte, con todo lo que esta palabra comporta de ruptura y desconocimiento, de subversión total de nosotros mismos, es el obstáculo que se ha de franquear para ir a Dios. ¿En qué se convierte aquí este cálculo de las recompensas materiales y próximas que determinan a las fidelidades egoístas? La fidelidad a Dios, por su superación de los objetos más queridos por el homo animalis del que habla San Pablo, por su impulso en pos de bienes que trascienden el pensamiento y el corazón del hombre, aviva al máximo el elemento de riesgo y sacrificio inherente a todos los compromisos profundos.

Por otra parte, si se piensa en lo que es el hombre, nos parece evidente que solamente esta pérdida de sí y este abandono en las tinieblas que implica la fe, son capaces de purificar el intercambio entre el hombre y Dios. Si Dios fuera visible como un monarca carnal, si las recompensas y los castigos que nos prepara pendieran sobre nuestras cabezas al modo del sol que se levanta o de las tormentas que se fraguan, el culto a Dios sería una cosa muy trivial. Y sin duda para ahorrar al hombre esta trivialidad, esta parodia del amor que arrastra hacia los poderosos de este mundo, Cristo, hablando de los fariseos sin amor, ha dejado caer estas palabras en apariencia tan terribles, -pero que son tan misericordiosas en su profundidad: por medio a que no se conviertan y a que no los cure. . – Está bien que Dios se disimule bajo el velo de la debilidad y del silencio: este velo es un filtro que retiene los ojos y los corazones de carne y sólo permite que lleguen a él las almas.

Es esencial subrayar que esta interioridad absoluta de la presencia divina, aunque condicione el contacto más desnudo, el más íntimo, no por ello se produce sin un nuevo peligro. Dios, puesto que se nos opone como un objeto sensible, puesto que nunca nos habla desde fuera, siempre corre el riesgo de ser confundido con otras mil voces interiores que limitan la suya.

La paradoja de la libertad humana consiste en estar arraigada en Dios y totalmente impregnada de su influjo creador, y, al mismo tiempo, por su misma naturaleza, ser capaz de obrar al margen de Dios y contra Dios. En este doble abismo de interioridad, ¿dónde encontrar una luz infalible que delimite lo que Dios crea en nosotros y la nada que añadimos a su obra? La Escritura responde: «Nadie sabe si es digno de amor o de odio … » El hecho mismo de ser creado por Dios expone al hombre, si en él no es todo puro, a crear, es decir, a traicionar a Dios. Para medir la realidad de este peligro no hay más que observar en la historia y alrededor nuestro lo que el nombre de Dios puede encerrar en el corazón de los hombres. Pero esto también forma parte del peligro de la fe. Cada nueva incertidumbre debe suscitar en nosotros un nuevo abandono. Nos hace creer por la noche no sólo en Dios en sí sino también en Dios en nosotros. También es preciso -y esta amenaza perpetua de confusión está para recordamos duramente esta necesidad- que trabajemos sin cesar para purificar nuestra vida interior. Los santos escapan al riesgo de confundir nada con Dios puesto que todo es sólo alma en su alma en la que únicamente vive Dios y se refleja sin impureza.

Bienaventurados los corazones puros, porque ellos verán a Dios.

Así pues, la fe purifica la fidelidad: es la locura divina que mata al egoísmo humano. Pero esta locura también es la prudencia suprema: salva y eterniza al hombre. La fidelidad a Dios mata el egoísmo, no mata el ego. En un organismo carnal, una célula, un órgano, puede morir para el conjunto, este conjunto mismo es caduco, y, en definitiva, más pronto o más tarde, el todo y la parte son iguales ante la muerte. Pero no es lo mismo para un organismo espiritual. Aquí, la menor de las partes lleva en sí el pensamiento y la exigencia de una comunión eterna, y esta promesa del amor es falsa si el yo va a morir. Es necesario, pues, que la parte y el todo sean iguales ante la inmortalidad. El yo, tan vano, tan culpable por otra parte y dedicado, aquí abajo o en la tumba, a purificaciones que se parecen a la nada, merece y exige ser salvado como soporte del amor.

En efecto, la inmolación no debe, no puede, ser un suicidio. El hombre tiene el derecho de decir al objeto supremo de su amor, yo muero por ti, pero si tú no me tuteas como yo te tuteo, si yo no te soy necesario como tú me lo eres, si tú no eres lo suficientemente fuerte o bueno para salvarme, si tú me dejas morir, nuestro amor es el que muere conmigo, puesto que todo amor es un intercambio y todo intercambio supone dos elementos vivos.

Yo he ido al amor porque el amor es vida y el egoísmo muerte, pero si mi inmolación es un suicidio, si el amor al matarme se mata a sí mismo, ¿qué me queda que no mienta? ¿Estoy, pues, retenido entre estas dos formas de la muerte que son el egoísmo y el suicidio? Señalemos aquí -contra los adoradores del heroísmo gratuito- que el suicidio se opone tanto al amor como el egoísmo. El suicida muere para sí mismo como el egoísta vive para sí mismo: el suicidio es el egoísmo en la muerte. Pero todas las resonancias afectivas que la noción de inmolación puede despertar en nosotros, se rebelan contra esta asimilación sacrílega.

Psicológicamente y metafísicamente, la inmolación se sitúa en las antípodas del suicidio. Inmolarse, no es saltar más allá de la vida, sino más allá de mi vida en todo lo que tiene de limitado y cerrado. El sacrificio. El sacrificio supremo sólo puede ser concebido como una ruptura de los límites, una apertura absoluta, no la muerte del yo, sino su transmutación total en amor.

Sólo Dios –el Dios de los cristianos, el Dios de los vivos- es capaz de sustraer el amor a esta doble amenaza del egoísmo y el suicidio: tan sólo El es lo suficientemente puro para salvarnos de nosotros mismos, y lo suficientemente fuerte para salvamos de la muerte. Y en ello reside la perfección del intercambio orgánico. Todas nuestras restantes fidelidades son relativas. Esposa, amigos, patria, ideal, sólo estamos unidos a estos seres y a estas cosas por una parte de nosotros mismos; el intercambio no es absoluto entre ellos y nosotros, su desaparición nos dejaría mutilados pero no destruidos, en una palabra, podemos separarnos. Pero ¿quién nos separará del amor de Dios? Sólo hay un tú más profundo que el yo: aquel que crea el yo, el tú por el que digo yo. Y sólo hay un objeto más precioso que el sujeto, y este objeto no se opone al sujeto para limitarle, se abre a él para absorberle y el sujeto se encuentra en él dilatado hasta los orígenes y confines de la vida.

Sólo podemos morir por Aquel para el que vivimos; no podemos ser fieles sin reserva ni condición más que a Aquel que crea en nosotros la fidelidad. Lo repito: solamente aquí son absolutos el intercambio, el acuerdo: el acto de abandono total de nosotros mismos es como el reflujo armonioso de la onda divina que nos crea. El hombre sólo puede consentir en ahogarse en su fuente….

Y en esta fuente es donde beben secretamente todos aquellos cuyo amor es más grande que su objeto, todos aquellos que sufren y mueren por lo que se fosiliza o traiciona. Sólo Dios, presente o no a la conciencia, simplemente presentido o ya poseído, constituye el tertium quid absoluto a través del cual nuestras restantes fidelidades pueden dominar el tiempo y la muerte. Referidos a El, todos nuestros compromisos terrestres toman un sentido y un alcance supremos. El eterniza nuestros intercambios verdaderos; en cuanto a los demás -aquellos cuya alma unida a objetos vanos o muertos se entrega sin recibir nada los vuelve fecundos en el plano celestial…

Pues la fidelidad puede equivocarse de objeto, como a veces la limosna se equivoca de pobre. Pero igualmente que la limosna, cuando procede de un corazón puro, nunca equivoca a Dios.

II. La crisis moderna del amor

LAS MUERTES VAN DE PRISA

Basta abrir los ojos para darse cuenta de que el amor del hombre y la mujer, origen de la vida y fundamente de cualquier otro amor, atraviesa en este momento una crisis terrible. Esclerosis y fragilidad de la pareja clásica (nada es más quebradizo que una instítución que se endurece: la verdadera vida es a la vez firme y flexible), poligamia vergonzosa o cínica, pérdida de sentido de hogar, descensos de la natalidad y aumento de los abortos, mecanización de los gestos y sentimientos del amor son, entre otros, síntomas de un mal que poco a poco se insinúa en todas las capas de la sociedad.

Pero esta crisis del amor no es específica del amor. Todos los elementos de nuestro destino sufren un trastorno análogo. La crisis es universal: el mundo moderno se encuentra, por así decirlo, situado en el interior de una revolución permanente. Las costumbres, las instituciones, las doctrinas, los ideales, han perdido toda estabilidad. Y no solamente se conmueven los fundamentos del orden antiguo, sino que también se ponen en discusión los rudimentos apenas concebidos en un orden nuevo: no asistimos a nacimientos seguidos de evoluciones armoniosas, sino a series continuadas de abortos.

Atribuir esta crisis a causas de orden exclusivamente psicológico y moral sería dar prueba de una culpable pereza de espíritu. Puesto que el hombre no es solamente espíritu, sino que es además animal, y sobre todo animal social, la influencia del medio en que vive juega un importante papel en la determinación de sus sentimientos y de su conducta. Más que la libre elección del espíritu, lo que forma la inmensa mayoría de los individuos es el clima de la ciudad. Y si el hombre moderno vacila y busca su camino a través de las ruinas de las costumbres y de las instituciones milenarias súbitamente derrumbadas, ello es debido mucho menos a causas derivadas de su malicia y su locura que apenas varían a lo largo de los años, que a causa del cambio prodigioso que desde hace un siglo se ha operado en las condiciones de existencia.

Las relaciones esenciales del individuo con su medio han sido sensiblemente las mismas en la Francia de Napoleón y en la Grecia de Alejandro. Descartando la imprenta, las posibilidades de comunicaciones e intercambios apenas estaban desarrolladas. Después, todo se ha transformado según un ritmo vertiginosamente acelerado. Imaginemos el habitante actual de una gran ciudad. Vive en un gran edificio, trabaja en una empresa gigante, frecuenta a hombres de todas las razas y de todos los países, recibe por el periódico, la radio, el cine y la televisión noticias e imágenes de todos los rincones del universo. La publicidad, la propaganda, acosan incesantemente su espíritu en las más opuestas direcciones. No dispone de un rincón solitario para relajar su cuerpo ni de unos minutos silencios ‘ os para recoger su alma: nada protege su intimidad de los asaltos del mundo exterior. ¿Cómo podría responder profunda y totalmente a solicitaciones tan numerosas y tan contradictorias? ¿Cómo podría dar una gota de sangre verdadera a todos estos insectos devoradores que zumban a su alrededor? No teniendo ya tiempo para asimilar cualquier cosa vitalmente, se convierte en espejo y eco. Como un estómago sobrecargado por excesivo alimento, elimina en vez de digerir; en él todo está de paso, nada se detiene. De ahí el carácter impersonal y la inconcebible inconstancia de sus opiniones y sentimientos.

La crisis de costumbres que agita el mundo moderno no es otra cosa que la reacción servil de las almas a la multiplicidad y a la rapidez de excitaciones que les impone la corriente de una civilización material prodigiosa, desprovista de contrapesos biológicos y espirituales: es la adaptación impura y forzada del mundo interior al mundo exterior. Y esta adaptación es tanto más perfecta cuanto m s se mecaniza el ser vivo, es decir, cuanto más se inclina hacia la muerte. Pues la rapidez indefinida es más bien obra de las cosas muertas que de las cosas vivas: vuela más deprisa la hoja muerta arrancada del árbol, que crece la rama joven de llena de savia. El hombre moderno ya no está ligado a su medio por lazos vivos: muertos van solos. Y sus reacciones son más fáciles y más rápidas cuanto más solo y muerto está: los muertos van de prisa.

ABSTRACCION E IDOLATRIA

Así pues, la vida moderna es de tal forma que el hombre ya no es capaz de responder con todo su ser a las excitaciones que lo asaltan: responde con sus facultades más rápidas, con las más fácilmente excitables: aquellas que dependen del centro (el espíritu está pronto … ); piensa y sueña cosas, pero no las vive. Evoluciona en un mundo de abstracciones; para él, la vida es un espectáculo en el cual nunca se siente plenamente comprometido: la abstracción y la distracción se corresponden.

La crisis del amor sólo es un caso particular de esta crisis universal. El amor, cerebral, mecanizado por muchos hombres, apenas traspasa la zona superficial de la atracción. Es cierto que alcanza la carne, pero ignora la encarnación. El ideal no pasa al corazón ni a los gestos: permanece en el cerebro en estado de puro ideal. En cuanto a la carne, se la abandona a su inercia e inestabilidad naturales. De esta manera, el hombre está escindido en dos partes: el espíritu y la carne, el cerebro y el bajo vientre: dos abstracciones. El amor sólo pone de relieve la imaginación pura o la emoción carnal pura; según las palabras de Chamfort no es más que «el intercambio de dos fantasías o el contacto de dos epidermis».

El alma, principio de unidad y trazo de unión natural entre el espíritu abstracto y la carne impersonal, se halla eliminada del ejercicio de la sexualidad. El desarrollo paralelo de un idealismo vacío (standarización de la belleza y del encanto, degradación del «eterno femenino» en imágenes de cine o de music hall, etc—.) y de un materialismo exangüe (el amor concebido como deporte, expansión física, sacudida nerviosa, y acompañándose de una indiferencia casi absoluta para el compañero), es testimonio suficiente del carácter anónimo de la sexualidad moderna.

La elección concreta y personal, la fusión total e indisoluble de dos seres y de dos destinos están terriblemente ausentes de estos juegos que sólo interesan a la superficie del hombre.

Pero este fantasma exterior a la vida también es un ídolo. La acción, el compromiso auténtico, que requiere la colaboración de todas las facultades humanas, se encarga de volver a poner en su sitio, de reinsertar en su contexto vital, los elementos desunidos por la abstracción. La prueba de la vida, el matrimonio indisoluble, hacen que el amor alcance sus proporciones relativas más reales, mientras que la ideal y la imagen puras, por el hecho mismo de estar sustraídas a todos los criterios de la encarnación y de lo posible, se dejan distender impunemente hasta el absoluto.

Al igual que la yegua de Rolando, el amor idólatra puede poseer todas las cualidades; pero también como ella sólo tiene un defecto : no existir.

El amor no sufre por haber estado abandonado (quizá nunca había sido más vivido que en las épocas en que no era soñado ni expresado); sufre por haber sido divinízado; agoniza bajo el peso del ídolo que le ha dado una carne sin alma y un espíritu descamado: su fantasma devora su realidad. El amor está tanto más enfermo, cuanto que la civilización se ha hecho más afrodisíaca, según la expresión de Bergson.

Uno de los slogans del irrealismo romántico (del cual los hombres modernos están impregnados hasta la medula, y los que más lo vomitan no son los menos afectados … ) es la proclamación, repetida hasta la saturación del espíritu como las fórmulas publicitarias, de los derechos absolutos y de la religión del amor. Así, el amor se convierte en su propia ley y en su propio fin: como Dios, vive de sí mismo. La pareja constituye un mundo cerrado donde los dioses, iguales el uno al otro, se adoran recíprocamente. A mayor opresión, mayor encuadramiento biológico, social o religioso… ¡He aquí que ya empezamos a conocer los frutos de esta nueva religión! Como ciertos venenos, ha podido dar al hombre cierta embriaguez, pero esta embriaguez tiene despertares dolorosos. La mentira es dulce en la boca, amarga en las entrañas. Vespasiano decía al morir: «siento que me vuelvo Dios». Es lo mismo para todas las cosas creadas: se suben a la cabeza como ídolos cuando abandonan el cuerpo como principio de vida; su divinización es el primer síntoma de su agonía. Es fácil gritar a una mujer: te adoro. Pues basta para adorarla un cerebro turbado por los vapores de una pasión anárquica, y la palabra no compromete a nada. Es más difícil decirle: te amo. Pues el amor implica la apertura y la donación de sí mismo.

Nada nos interesa tanto como analizar en sus diferentes aspectos este divorcio entre el amor moderno y las diversas realidades que-constituyen su clima normal.

RUPTURA CON LA ESPECIE

Por de pronto, está ya claro que el amor tiende a separarse de su clima biológico, es decir, a excluir el hijo. Existe sin duda, aún en las sociedades más sanas, una cierta tensión entre la llamada ciega de la especie y las exigencias de las personas que forman la pareja. Esta tensión es inherente al dualismo de nuestra naturaleza (el hombre, ser espiritual y social, no sabría procrear, como los animales, abandonándose solo a las fuerzas biológicas) pero actualmente reviste una agudeza que en muchos casos equivale a la ruptura. Examínese la literatura específicamente «amorosa» desde la historia de Tristán e Isolda hasta las novelas rosas que deleitan a las modistillas; sorprende constatar el pequeño lugar que en ella ocupa el hijo. Los héroes de esta literatura viven, se unen, sufren y se separan como si el hijo no fuera la consecuencia natural y común del amor: leyendo esto, se piensa en unos trabajos botánicos en los cuales se describieran extensamente los árboles sin hablar nunca de los frutos. Se podrán objetar que la literatura no es el reflejo fiel de las costumbres pasadas y presentes, pero, en otro sentido, modela las costumbres futuras: el pescado se empieza a podrir por la cabeza. ¿Y quién osaría pretender que el niño permanece hoy tan deseado o incluso aceptado como antes?

Su aparición eventual, ¿no la consideran muchas parejas como un accidente enojoso, como un desgarrón en la trama frágil del amor, como una especie de expiación de la voluptuosidad cuyo pago es legítimo esquivar?

Por otra parte los progresos actuales del neo-maltusianismo y del aborto se explican muy bien por el repliegue idólatra de la pareja sobre sí misma. Es evidente que, si la pareja es Dios, si no persigue otro fin que un pequeño bienestar y una pequeña seguridad para dos, el niño, que viene a romper el cerco donde la aísla su doble egoísmo, sólo puede ser tratado como un intruso y un aguafiestas, estando permitidas contra él todas las medidas de defensa y de expulsión. Este estado de cosas justifica la frase del moralista: el peor enemigo del niño aún es el amor.

El amor moderno también tiende a sustraerse a su ambiente social. Se sabe el papel que jugaban -inhumanamente a veces- en las uniones de antes, las consideraciones de casta, fortuna, categoría social, religión. Un viejo adagio de Lorena expresaba así la primera condición de un buen matrimonio: «en tu puerta y de tu clase» («á ta porte et de la sorte»).

Hoy todo ha cambiado. La mayoría de la gente se casa sin consultar otra cosa que su corazón…, a su capricho, y se generalizan las uniones entre personas de diferentes razas, tradiciones y medios sociales y culturales. ¿Es esto un progreso? Seguramente, pero en un reducido número de casos. En una región donde las tradiciones sociales aún son relativamente vivas, me he tomado la molestia de seguir a un cierto número de matrimonios llamados de razón, y un cierto número de matrimonios llamados de amor. En el primer caso, los jóvenes se casaban sin esperar que «el corazón hable», bajo la presión de un imperativo social obscuro, y la elección del cónyuge venía determinada ante todo, por conveniencias de situación, fortuna, tradiciones políticas o religiosas. Bastaba -y ésta era la única concesión hecha a las inclinaciones personales que el novio no disgustara abiertamente a la novia. En el segundo, la unión, provocada sólo por la atracción mutua, se realizaba fuera de toda preocupación social y muy a menudo contra la voluntad de las familias. Pues bien, en verdad debo constatar que estos matrimonios «de amor» han proporcionado la mayoría de los divorcios, trastornos familiares, y hogares sin hijos. La paradoja tan sólo es aparente: la misma idotatría del amor, la misma sed de una felicidad anárquica e inmediata, primero acerca a los esposos y después los separa.

No se trata de resucitar esa pobre caricatura de las viejas costumbres, consumida y endurecida, que fue el matrimonio de interés del siglo pasado: las instituciones, las tradiciones sólo pueden ayudar a los individuos en la medida en que permanecen- vivas. Pero es necesario confesar que la fragilidad actual de los lazos sociales constituye un peligro inmenso para la unidad de la pareja. La miseria humana se ha dado en todos los tiempos y en todos los lugares: las querellas, las tentaciones, los adulterios, nunca han dejado de amenazar el equilibrio conyugal, pero hubo un tiempo en que la fuerza de las instituciones era tal que los peores conflictos individuales no llegaban a dislocarlo. En los instantes peores, los esposos sacaban, suministradas por el organismo social del que formaban parte, la paciencia de permanecer fieles a su vocación. No estaban solos en su amor: el alma colectiva que había presidido el nacimiento de su unión también impedía que se disolviera. Hoy, los enamorados, privados de estas tutelas, no tienen otra garantía de fidelidad que el ardor y la duración de su pasión. Ahora bien, la pasión personal sólo puede suplir durante mucho tiempo el encuadramiento social en algunos seres selectos. Más vale tener este peso de las costumbres, estas fatalidades del medio, como lazo de unión que como barrera. En las uniones socialmente convenidas, todo el pasado personal y hereditario de los esposos tiende a acercarles. Alguien decía que se habla mucho de los príncipes que se casan con pastoras, pero nadie dice nunca cómo han terminado, estos matrimonios..

No negamos que en algunas parejas excepcionales puede existir un amor que trascienda, no sólo las afinidades sociales, sino además las sanciones de la ley de la moral; nos contentamos afirmando que no se gana nada queriendo generalizar las cosas extraordinarias. Y además, en amor como en todo, la cualidad del pecado sigue a la cualidad de la virtud: sólo el buen vino da lugar al buen vinagre. La firmeza de la institución matrimonial purifica y realza «el amor libre». La pasión anárquica sólo conserva alguna grandeza en un clima virtuoso, valor humano de un quebrantador de las formas sociales se mide por la solidez de dichas formas: no se necesita fuerza ni valor para derribar una puerta abierta.

La peor desgracia en que puede incurrir el pecado, es estar al alcance de todos. Cuando Tristán e Isolda en lugar de errar por el bosque inhóspito sostenidos sólo por su amor, consumen burguesamente su adulterio sin riesgo ni castigo, ya no ofrecen ningún interés.

RUPTURA CON DIOS

En fin -y quizás ahí está el mal supremo-, el amor se separa cada día más del ambiente religioso en el que se bañaba desde la aurora de la humanidad. La mayoría de las civilizaciones han hecho del matrimonio -con un sentido profundo de las exigencias del hombre total-, una sustitución no sólo social, sino también divina. El vínculo espiritual corría paralelo con el encuadramiento biológico y social; así, el amor, apoyado por abajo y coronado por arriba, se insertaba armoniosamente en el conjunto de la vida: era una pieza maestra en un edificio acabado que encontraba sus fundamentos en la institución y las costumbres y su bóveda en la consagración religiosa.

El hombre que, rechaza la religión no deja de ser un animal esencialmente religioso: entonces traspone su sed de absoluto en objetos relativos. La «religión» y, correlativamente, la degradación del amor surgen en la medida en que el amor y la religión se separan. Pues cualquier cosa creada que pretende elevarse por sus propias fuerzas por encima de su nivel natural, vuelve a caer automáticamente por debajo de este nivel:. Icaro expira en el barro por haber querido rozar el cielo. Cuándo sobre una cosa finita se abate un deseo infinito, no tarda en reducirse a la nada: el que de la libertad hace un ídolo se inclina ya hacia la esclavitud, y el que adora un amor está maduro para la decepción y la inconstancia.

El amor nunca está tan cerca de la profanación absoluta como cuando pretende ponerse en lugar de lo sagrado, en vez de buscar humildemente la consagración. Está hecho para adherirse a la religión y no para ser su propia religión.

EXCLUSIVISMO DE LA PAREJA

El amor, desarraigado y destronado de esta forma, se reduce al exclusivismo de una pareja separada del resto del universo. Esto se puede bautizar como «amor libre». Pero ¿libre de qué? ¿De lo que lo oprime y de lo que lo nutre? Sin duda cuando las civilizaciones declinan, las pautas sociales, morales o religiosas se transforman en cargas exteriores al hombre, sorprendidas por una especie de rigidez cadavérica. Pero no por ello han desaparecido los vínculos vitales. Entonces, no conviene destruirlos, sino renovarlos. La anarquía no es el remedio, sino la consecuencia y el último estadio del conformismo: es la embolia lo que sigue al endurecimiento del conformismo: es la embolia lo que sigue al endurecimiento de la arteria. La explosión, la mutilación, no son liberaciones.

Así pues, el amor de la pareja cerrada sobre si misma procede de una mutilación. Dos ramas pueden estar tan estrechamente enmarañadas como se quiera: si no están unidas al mismo tronco y alimentadas por la misma savia extraída de las mismas raíces, no tardan en secarse. Esta pareja aislada está condenada a la asfixia como los pulmones privados de aire. Y es incapaz de poseer nunca esta plenitud recíproca a la cual lo sacrifica todo. Los poetas pueden cantar «el instante supremo en que el universo no es nada». Pero la realidad universal es indivisible como un cuerpo vivo, y el gesto idólatra, por el cual los enamorados se separan del universo, separa también el uno del otro. Cada uno permanece cautivo de su yo solitario, no ama en el otro a un objeto exterior que se ha hecho realmente presente a su alma por una especie de transfusión misteriosa, sino a un instrumento adaptado a su deseo o la proyección idealizada de sí mismo. Este amor no es más que un subjetivismo apenas extendido, en egoísmo traspuesto: el ardor del abrazo y las humaredas de la imaginación hacen creer en la comprensión mutua, pero los corazones y los espíritus permanecen esencialmente separados. «El hombre dice: mi ángel; la mujer suspira: mamá, mamá, y estos dos imbéciles están persuadidos de que piensan lo mismo» (Baudelaire). La pareja verdaderamente unida no es la pareja cerrada, sino la pareja abierta.

De esta fragilidad del amor procede el aislamiento de la pareja. Basta la menor prueba física o moral para sumergir en su soledad esencial a los enamorados que sólo están unidos por la carne o por el sueño. Sólo nosotros… Esta máscara ligera puesta sobre el «sólo yo» no tarda en rasgarse y en poner al desnudo el egoísmo esencial que disimula. En la hora de mi deseo te he preferido al mundo. ]Éste sólo es el primer estadio del proceso de separación que me llevará a preferirte a cualquier cosa en la hora de mi lasitud. Pues un ser elegido por la pura arbitrariedad individual no podría suplir durante mucho tiempo el universo que ha usurpado. El desmenuzamiento de la pareja sigue a la adoración del amor, como la repugnancia sigue a la embriaguez. Es el mismo fenómeno de desintegración que continúa: después de haber arrancado la piedra de la unidad del edificio, la deshace en polvo. Don Juan, Lovelac, Valmont y el seductor de la mesa redonda son los hijos, cuánto más degradados más legítimos, de Tristán de rodillas ante Isolda divinizada.

¿EL PORVENIR DE LA PAREJA?

¿Y en la actualidad? El pesimismo es un diagnóstico necesario, pero no un remedio: es más importante reconstruir que llorar sobre las ruinas.

Precisamente por respeto al pasado y porque creemos en la huella indeleble que la historia deja en el hombre, juzgamos imposible volver a las épocas pasadas en el que la pareja era sólida porque la personalidad humana apenas emergía de las comunidades y las instituciones. Para desear volver a tal forma de civilización, es preciso imaginar que se puede borrar con un trazo de pluma todo el intervalo que ha transcurrido entre el momento presente y la época que se añora. Puesto que estamos ligados por todo nuestro pretérito, no podemos volver a tales épocas pasadas.

Pero si bien es locura adorar el pásado como tal, en cambio es bueno y necesario buscar en la experiencia del pasado y en las lecciones que nos da la historia de las civilizaciones y de las decadencias, los puntos de tangencia de lo eterno, es decir, las condiciones generales de equilibrio que corresponden a las necesidades inmutables de la naturaleza humana y fuera de las cuales se disuelven las personas y las sociedades.

Así pues, no se trata de renegar de la civilización moderna, sino de expurgarla de su veneno, de dominarla a fin de adaptarla a las exigencias del hombre eterno. Solamente una selección de hombres, conscientes del camino sin salida en que se ha perdido nuestra civilización, podrá desempeñar esta tarea, se opondrá al proceso paralelo de concentración y aislamiento que amenaza la esencia misma de la humanidad y restituirá, lúcida y voluntariamente, el equilibrio que poseían nuestros antepasados entre el individuo y su medio. Será necesario que el hombre se coloque de nuevo «ante el espejo de su natividad» y que su libertad, su genio creador, extraviado durante tanto tiempo en la persecución exclusiva de lo artificial y, de lo cuantitativo, se despliegue en la línea de sus nécesidades profundas, al fin reconocidas. La humanidad no puede, no debe, pararse en su camino: basta que cambie de dirección. El renacimiento de una civilización, sin duda nueva en cuanto a su estilo temporal, pero esencialmente orientada hacia la profundización de lo eterno al modo del humanismo hindú, griego o medieval, sólo puede aportarnos el contrapeso necesario a las conquistas casi exclusivamente técnicas: por ella adquiriremos este «suplemento de alma» reclamada por Bergson, que permitirá al hombre completo reunir y asimilar los procesos de un cerebro que ha funcionado aislado demasiado tiempo.

Depende de nosotros el que la fiebre que atormenta al mundo moderno sea el indicio de una crisis de crecimiento o el síntoma de una agonía. Tenemos que rehacer hombres completos, es decir, hombres en los que todas las potencias se equilibren en la unidad.

El amor es una de estas potencias. No hemos de adorarlo ni maldecirlo sino volverlo a situar en su contexto general, hacerlo solidario de los otros elementos de nuestro destino. Ciertamente, sería ridículo querer suprimir este carácter fatal e irreductible a cualquier regla fijada de antemano, cuya huella lleva todo amor verdadero. Ni la comunidad de las costumbres, de los gustos y de los intereses, ni el sentido moral o religioso podrían reemplazar la elección misteriosa que une para siempre a dos seres únicos. Pero conviene recordar que, así como la atracción ciega y espontánea puede nacer en cualquier lugar y entre personas cuales quiera procediendo sólo del egoísmo que entraña, el amor sólo puede crecer y desarrollarse normalmente con la ayuda de otras facultades. Para no morir de asfixia necesita ser atizado desde fuera: el aire no crea el destello, pero la llama más ardiente se extingue en un vaso cerrado.

El remedio más seguro para la desencarnación del vínculo sexual es una profunda adhesión del espíritu a los orígenes y fines biológicos del amor. Si la llamada de la especie no es oída y seguida por todo el hombre, degrada a la vez el alma y la carne. El hijo, este fruto del amor tan exterior a los dos seres que lo han creado, este fruto que sólo existe verdaderamente a partir de la hora en que se separa de la rama, rompe el exclusivismo de la pareja: sustituye la adoración recíproca que encadena por un fin común que libera.

También es necesario, para la salud y la continuidad del amor, un modo de vida social a la vez estable y más aireado. Un hecho de experiencia corriente es que la vida de la pareja es más sana y más duradera en los medios en los que los hombres están protegidos contra la dispersión y el anonimato del siglo por un retículo orgánico de tradiciones familiares, locales y profesionales. El hecho de estar arraigado y de pertenecer a una célula social viva, en que los individuos empujados por un mismo destino guardan entre sí un contacto estrecho y permanente, contribuye eficazmente a estrechar y a prolongar los lazos del amor No se trata de inmolar las personas a las instituciones, sino de poner las instituciones al servicio de las personas. La comunidad protege la comunión.

En cuanto al espíritu religioso, cuyo renacimiento todavía frágil pero universal constituye uno de los raros signos felices de nuestra época apocalíptica, al elevar el amor hasta el cielo, también lo fortalece en la tierra. Tan sólo para él, la palabra «siempre», pronunciada con tanta imprudencia en la aurora del todo amor, deja de ser la traducción mentirosa del éxtasis de un instante.

En definitiva, los esposos tienen tantas más oportunidades de realizar un gran amor recíproco cuanto más unidos están en todos los dominios por una comunidad de vida, es decir, por un amor común. La vinculación a los mismos hijos, la adhesión al mismo grupo social, el servicio al mismo ideal, constituyen, en planos diferentes, este lazo común sin el cual la atracción recíproca sólo es una ilusión efímera.

Amar es menos contemplarse y saborearse el uno al otro que entregarse ambos a las mismas realidades que comprenden y rebasan el valor ontológico de la pareja considerada en sí misma.

Incluso pensamos que en el estado actual de las cosas la plenitud del amor descansa, infinitamente más que antes, en la elección recíproca y el fervor personal.

Pero esta elección, este fervor, a pesar de que primero parecen tan profundos, sólo pueden alcanzar la plena medida del amor a través de una purificación larga y severa.

Hablar de las ilusiones del amor naciente es un lugar común. Y por lo tanto no es todo mentira esta llama efímera que promete la eternidad. Claudel describe magníficamente: «La ilusión es el presentimiento de lo que es, a través de lo que no es.» Todo el problema consiste en despojar el amor de su ganga de ilusiones, librar el oasis del espejismo, lo que es de lo que no es. La tarea es dura, puesto que nada se adhiere más al hombre que su propia nada.

Cuando la pasión se despierta en nosotros, el ser que amamos permanece en gran parte imaginario: es nuestro sueño proyectado más allá el que nosotros estrechamos en él. Ahora bien, todos los sueños tienen en común conducir al despertar, y a un despertar tanto más amargo cuanto más hermosos eran aquéllos. Alguien decía, se ama a una muchacha, se casa con una mujer: ya no es la misma persona. Las quimeras se desploman al contacto de la vida cotidiana y el ser adorado como único se convierte poco a poco en un hombre o una mujer «como los otros». Entonces, para salvar el amor es necesario pasar de lo falso a lo verdadero y absoluto; es necesario traspasar el lado «realista» de lo real y volver a encontrar el alma solitaria e inmutable del ser amado bajo el sedimento de los días y los disfraces de la vida social.

Respecto a esto, el matrimonio indivisible posee un valor único. En todos los tiempos, los hedonistas han gemido alegando su dureza y barbarie. Pero éstas sólo son el precio de su virtud purificadora. En los amores transitorios son posibles todas las ilusiones, pero el matrimonio, por su contacto íntimo y cotidiano, siempre llega a usar las quimeras más tenaces. Ningún disfraz resiste el hilillo de agua de la costumbre: en el matrimonio, el ideal ya no puede ser falseado, es necesario que se encarne o que desaparezca. Así pues, el matrimonio, por su exigencia de compromiso total y perenne, constituye la prueba del amor, y, como toda prueba, implica esfuerzo y dolor. Pero para dos seres que verdaderamente aspiran a la unidad, lo esencial no es gozar, sino compartir. Por consiguiente, los sufrimientos comunes son vínculos más profundos aún que las alegrías. Llega una hora en la vida -la hora de la madurez de la pareja- en que el sufrimiento y la alegría ya no sirven como realidades opuestas, sino como los dos polos inseparables de una realidades única que se llama amor.

Pero esta fusión, esta unidad, sólo pueden realizarse en un plano superior al de la pasión. Es preciso que el amor pase de la carne al alma, del yo al espíritu, y lo que sólo era un deseo se convierta en una ofrenda. Para amar totalmente al otro como a sí mismo. Sin esta purificación, el amor no escapa en el presente a la ilusión, ni en el porvenir a la muerte. El espectáculo de los innumerables fracasos de amores y juramentos «eternos» comprueba amargamente esta ley.

El poeta desengañado suspira en presencia de una pareja de enamorados felices:

«Ellos eran el presente, y yo el pasado.
Y yo sabía la palabra final de la quimera.»

Nosotros sabemos demasiado bien que la decepción y la nada son quienes pronuncian esta palabra final de la quimera entregada a sí misma. Solamente el amor verdadero, él amor que transporta al hombre más allá de sí mismo y domina el instinto avaro de una felicidad vulgar e inmediata, comulga lo suficiente en la eternidad para desafiar la usura de las horas. La pasión sólo es una promesa; únicamente el amor sabe mantenerla.

Sin embargo, es necesario prevenir ahora cualquier ilusión. El amor del hombre y de la mujer es, de todas las cosas humanas, aquella cuya evolución armoniosa requiere las condiciones más difíciles. En efecto, la vida de la pareja constituye el punto de convergencia de las exigencias más diversas -y a veces más opuestas de la naturaleza humana: llamada de la especie biológica, necesidad de plenitud personal de los dos seres que componen la pareja, leyes y prejuicios de la sociedad, ideal moral y religioso, etc. Es necesario persuadirse de que, en este dominio, el éxito más hermoso todavía es como una costa relativamente mal recortada entre necesidades tan divergentes. Aquí, la ley de la mezcla y de lo relativo, que es la ley central de la creación, desempeña más papel que en ninguna otra parte.

Pero nosotros encontraremos su realidad, tomando conciencia de esta relatividad del amor. El amor humano ha sido el objeto de una idolatría positiva o negativa; durante demasiado tiempo, se ha parecido a una vejiga que se hincha y se vacía alternativamente. Ahora se trata de dirigirla a sus proporciones relativas, pero reales. El hombre y la mujer tienen tantas más oportunidades de realizar en ellos la plenitud del amor, cuanto más solidario hacen este amor de todas sus otras facultades. Así pues, es preciso sanar al hombre completo, igual su cuerpo que su alma, sus instintos que sus ideales. Pues aunque se puede desmontar una máquina usada o averiada para salvar ciertas piezas, ocurre lo mismo con un todo vivo.

Cada aparte depende del conjunto; la salud y la enfermedad, la vida y la muerte son indivisibles. La salvación del hombre.

III. Sexualidad y vida espiritual

¿PUEDEN EXPLICARSE EL HÉROE Y EL SANTO POR LA SUBLIMACION?

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

En primer lugar se constatan analogías muy sorprendentes entre el instinto sexual y los móviles que animan al héroe y al santo. En primer lugar, la fuerza del impulso que acapara completamente al hombre y, sacando de él energías insospechadas, lo hace capaz de acciones que traspasan el potencial de la vida normal. Sófocles canta: «La diosa Afrodita, invencible, se burla de nosotros.» Asimismo los héroes y los santos son presa de otro amor que los empuja más allá de ellos mismos. La sexualidad y la vida espiritual tienen en común desbordar los intereses temporales y egoístas del hombre: le hacen correr riesgos y aceptar sacrificios que en otras circunstancias le anonadarían. A partir de un cierto grado de exaltación, uno y otro tienden a poner en guardia el instinto de conservación. En el período de celo, el gallo silvestre, cuya desconfianza es proverbial entre los cazadores, deja que se le aproximen y le abatan muy fácilmente. Leandro expone todos los días su vida para volver a ver a Hero y los santos afrontan, sin temblar, las peores pruebas y la muerte para rendir testimonio a Dios.

La naturaleza de las fuerzas que entran en juego en los dos casos, explican muy bien estas analogías La sexualidad tiende a la conservación de la especie, es decir, a la prolongación indefinida de la vida temporal, a la perpetuidad. Por el contrario, la vida espiritual nos relaciona con el mundo inmóvil de la eternidad. Pero una y otra nos empujan más allá de los límites de nuestra miserable persona: ambos constituyen una especie de desafío a la muerte y representan en relación al individuo limitado y relativo, algo infinito y absoluto.

Pero estas semejanzas entre la vida sexual y la vida espiritual también explican su antagonismo. Este antagonismo no afecta la esencia del hombre; la sexualidad y el ideal espiritual constituyen dos tendencias fundamentales de nuestro ser, que, en sí, pueden y deben coexistir; pero, en el estado concreto de nuestra naturaleza limitada y caída, es bastante raro que dos fuerzas tan ávidas de totalidad y de absoluto puedan coincidir armoniosamente, puesto que si ambas nos arrojan más allá del tiempo individual, es para sumergirnos una en el futuro de la especie biológica y la otra en la eternidad del puro espíritu La sexualidad alarga el ser en el tiempo mientras que la vida espiritual lo eleva más allá del tiempo. El abismo que los separa es el que se extiende entre lo perpetuo y lo eterno, entre lo indefinido y el infinito.

Este antagonismo nunca ha dejado de ser experimentado por los místicos de todos los tiempos y de todos los lugares. Contra este sentimiento tradicional, reacciona vivamente una cierta corriente actual de espiritualidad, que, entre otras cosas, se caracteriza por un laudable esfuerzo de «redención» de la carne y de integración de la sexualidad en la vida religiosa. Y, sin duda, nuestra época tiene razón al combatir una concepción de la «pureza» falsa y pueril que degradó y emponzoñó durante demasiado tiempo las relaciones del hombre con Dios. También conviene recordar que no es enteramente casual que, desde la aurora de la humanidad, la mayoría de los seres llamados a la concepción religiosa se han impuesto una abstinencia carnal absoluta, y que, aunque es bueno allanar al máximo los caminos del Señor, también existe cierta presunción y peligro en menospreciar una experiencia de siglos. Si tantos místicos han sentido tan vivamente esta incompatibilidad entre el impulso religioso y la voluptuosidad camal, ha sido porque es necesario que un sentimiento tan profundo y universal descanse en algún fundamento ontológico. Sin embargo, otros apetitos también materiales (por ejemplo, la gula) no crean este desgarramiento interior, siendo, por otra parte, limitados en función de la sexualidad por ascetismo tradicional; el ayuno se prescribe sobre todo para domeñar el instinto genital: sin Ceres y sin Baco, Venus se hiela… En verdad, es muy claro que esta exigencia de castidad ha dado lugar a muchas exageraciones y criaturadas (fobia obsesiva de las cosas de la carne, catálogo de los pecados elaborados en función de la lujuria, piedad puerilmente dirigida a la abstinencia carnal, etc.); a través de sus desviaciones y sus degradaciones, también expresa un estado de hecho cuya importancia no se puede subestimar. El místico siente amenazado por la llamada de la especie su contacto íntimo con Dios y sus reacciones, a veces excesivas o torpes, proceden de la intuición de una necesidad auténtica.

Seamos más precisos. No se trata de pretender que haya la menor incompatibilidad entre la vida sexual normal y la vida religiosa, en tanto que virtud, e incluso en tanto que santidad. Incluso convenimos de buen grado en que el cumplimiento de todos los deberes del matrimonio exige, al menos tantos esfuerzos de devoción y de abnegación (y por consiguiente de santidad auténtica) como la vocación religiosa. La tensión de la que hablamos solamente existe entre la vida sexual y la piedad propiamente mística, es decir, esta especie de tacto interior, de sensibilidad espiritual, que nos pone en contacto inmediato y continuo con las realidades sobrenaturales. La embriaguez de los sentidos rompe la intimidad de esta comunión; el impulso hacia el porvenir, inherente a la sexualidad, desvía al hombre de la pura contemplación de lo eterno presente. No se puede olvidar -y este hecho sencillo tiene el valor de un ejemplo- que el único testimonio absolutamente puro de lo eterno en la humanidad, Cristo, no ha saboreado el goce carnal y que, nacido de una virgen, murió virgen.

Platón, en Timeo, expresa de forma mística las relaciones entre el sexo y el espíritu. Dijo que existía en nosotros al modo de un ser vivo, la semilla sobrenatural en substancia, es decir, la facultad que nos hace capaces de acceder a lo eterno. Al igual que nosotros, este ser está hecho de cuerpo y alma, y su cuerpo gira en su cerebro a la manera de un astro: sigue el ritmo de las resoluciones celestes, único movimiento cíclico que reproduce en el tiempo la inmovilidad de lo eterno, mientras que respira por los orificios del cráneo. Pero si a causa de la inercia y materialidad de los pensamientos, el movimiento giratorio del cerebro ya no lo entraña, cae en la columna vertebral, y allí, la necesidad de respirar lo empuja a los órganos sexuales de donde quiere salir para vivir. Sólo puede hacerlo por la emisión de semen en el hombre y por el parto en la mujer. Así la perpetuidad imita a la eternidad: lo sexual es lo espiritual degradado. Antes que Freud, Platón había observado este carácter anárquico de la sexualidad en relación a la persona espiritual. «Lo que es de naturaleza sexual es congénitamente imposible de persuadir y tiránico como un ser vivo que no escucha las palabras y que, bajo el aguijón de la necesidad, intenta dominarlo todo. Cuando no puede hacerlo, se revuelve, se indigna, oprime la voluntad.» Todo lo que hay de cierto en Freud sobre la coartación de la libido y la etiología de los nemosis (si flectere superos nequeo, Acheronta movebo … ) ya está contenido un germen en Platón, con la diferencia de que Platón explica el fenómeno sexual partiendo del espíritu, mientras que Freud tiende sin cesar a explicar cosas del espíritu a partir del sexo.

Se halla la misma divergencia de interpretación a propósito de los fenómenos llamados de sublimación. Entre ciertos seres selectos (artistas, héroes y santos), es un hecho que el apetito sexual, coartado y desviado de sus fines normales, en vez de manifestarse por perturbaciones del psiquismo y de las transposiciones impuras, parece purificarse, cambiar de nivel y poner su energía al servicio de un ideal espiritual que lo capta en su órbita. Desde Platón, todos los espiritualistas piensan que es un fenómeno normal el retorno completo del hombre a sus orígenes y a sus fines divinos. Los materialistas responden que es el simple cambio de estado de una energía sexual que permanece cualitativamente idéntica a sí misma, como el agua transformada en vapor continúa siendo agua.

Digamos claramente que esta última interpretación encierra una contradicción radical. Explicar lo superior por lo inferior, el espíritu por la materia, ni significa absolutamente nada. En efecto, el materialista sólo puede desarrollarse su sistema, elevándose por encima de la misma materia, hasta una idea de la materia que considera como la traducción válida y fiel de lo real. Así pues, si, como pretende, todas las ideas, en lugar de tener como función expresar la verdad, sólo son simples estados de la materia; a su vez esta afirmación sólo es un simple estado de la materia y no contiene más verdad que cualquier otra idea. El materialismo se sirve del espíritu para negar el espíritu, y de la verdad para destruir la verdad: por consiguiente sólo puede ser verdad en tanto que mentira.

Para que la carne se ponga al servicio del espíritu, para que el instinto se adapte al ideal: uno no se prende a la nada. Si todo se dirige a los juegos del instinto, la misma noción de sublimación pierde todo su sentido: todo no es más que torbellino de la misma arena o remolino en la misma agua…

¿A DONDE CONDUCE LA SUBLIMACION?

Tal como se presenta ordinariamente, el problema de la sublimación se nos aparece como un problema mal planteado. Se habla adecuadamente de adaptación, de integración del instinto sexual en ideal espiritual. Muy bien, pero ¿qué es lo que se adapta?, ¿qué es lo que se integra?

La distinción freudiana entre lo genital y lo sexual reviste aquí una importancia externa. Lo genial es el instinto animal que tiende hacia el acoplamiento carnal anónimo; sólo existe un estado puro en la bestia donde se ejerce de un modo irresistible, pero intermitente (época de celo). Lo sexual, patrimonio del hombre, es algo infinitamente más vasto, más complejo y más continuado: en la persona humana, todo puede recibir un colorido o una orientación dé orden sexual; dicho de otro modo,” todo, sin ser específicamente sexual, puede estar impregnado y dominado por la sexualidad: imaginación, sentimientos, pensamientos, voluntad de poder, amor, arte, ideal, etcétera.

Los hombres cuya vida sexual se limita puramente a lo genital, es decir, que les satisface una cópula cualquiera y sin mañana constituyen un caso límite. En realidad, incluso los amantes más vulgares aman un poco con su alma; tienen emociones y sentimientos que rebasan el deseo de la simple unión carnal; los esfuerzos y los sacrificios que se imponen para verse y poseerse, la esperanza misteriosa que los habita y que transfigura su vida un instante, con su lenguaje y sus promesas de fidelidad, demuestran una aspiración tan confusa y desviada como se quiera, hacia una clase de absoluto que la carne sola no puede dar. En el hombre, el impulso genital constituye un núcleo alrededor del cual se agregan mil elementos extragenitales. Incluso el inconstante y el libertino sueñan obscuramente en poseer el alma única e inmoral, a través de la carne común y fugaz. De lo contrario, ¿qué significarían estas exclamaciones: tú y siempre, que los amantes no dejan de repetir y profanar?

Si la pasión del hombre no desbordara la necesidad animal, un enamorado engañado o abandonado olvidaría su pena en brazos de la primera cortesana. Por consiguiente, todos saben que las cosas no ocurren tan sencillamente.

Esta distinción nos ayuda a comprender mejor el mecanismo de la sublimación. Lo genital como tal, no podría ser realzado ni transfigurado; nuestra vida sexual comporta una faceta animal irreductible; no se «sublima» más la necesidad elemental del coito que la de comer o beber. Según los temperamentos, lo puramente genital puede exasperarse o atrofiarse por la privación, pero no transformarse. En la sexualidad lo que se puede sublimar, pasar al servicio del espíritu, es lo que no es específicamente sexual; este halo de imágenes, de sentimientos y de deseos que se polarizan alrededor del sexo, estos elementos, biológicos si no psicológicos, que, por sí mismos, son neutros e indeterminados con respecto al sexo, pero que éste puede siempre movilizar en su provecho. Tomemos un ejemplo brutal: no se sublima una erección como tal, sino las imágenes y las emociones que la provocan o la acompañan. Por otra parte, dado el papel del psiquismo en nuestras emociones carnales, esto es muy significativo.

No se trata, pues, de una especie de transmutación misteriosa, de un golpe de varita mágica por el cual el instinto se convertirá en ideal, sino simplemente de un desplazamiento del centro de la síntesis humana, de un retorno a la verdadera jerarquía de nuestras .tendencias. Como todas las grandes pasiones, la sexualidad tiende sin cesar a hacerse exclusiva; tiene apetitos totalitarios; se apodera de elementos que por derecho no le pertenecen. Así pues, la sublimación devuelve al espíritu, lo que la carne le había quitado: facultades y energías que, por el hecho mismo de su indeterminación respecto a todos los móviles, pueden ser sucesivamente explotados por cada uno. Es una restitución del equilibrio más que una metamorfosis.

La imaginación, con todas sus resonancias en la afectividad sensible, constituye el terreno de elección de la sublímación. A priori, no se inclina ni hacia el instinto ni hacia lo ideal; solamente se adapta a las tendencias dominantes del individuo. El enamorado sueña mujeres, el avaro riquezas, el ambicioso honores y poder, mientras que la fantasía del artista está poblada de formas ideales, y la del santo de imágenes sagradas.

Resumamos: el apetito sexual, por poco que se le abandone a sí mismo, tiende a convertirse en el centro, en todo del hombre. ¿No es normal que esta exigencia de absoluto, usurpada por la carne, vuelva al espíritu? (1). La sublimación no es otra cosa.

VERDADERA Y FALSA SUBLIMACION

Hasta aquí sólo he hablado de la verdadera sublimación. Desgraciadamente, ésta es muy rara mientras que los ersatz (N. E. C.) de sublimación adulterados, cuyo lamentable espectáculo confiere un inmenso alcance concreto a las críticas de los ideales espirituales y religiosos formulados por un Nietzsche o un Freud, son innumerables. Todo el problema está en saber, ante estas personas cuya sexualidad no se despliega normalmente y que ante todo pretenden vivir para el espiritu, si estos elementos psicológicos de los que hablábamos ahora, tan pasado verdaderamente del servicio del instinto al del ideal, si hay descentración, integración auténtica, o bien solamente transposición, si el espíritu ha recuperado su bien o si está simplemente engañado por la carne, que obra con astucia y se disfraza.

Después de Nietzsche e innumerables psicólogos, la escuela freudiana ha observado que muy a menudo coincidía un cierto estado de privación, de tensión y a veces incluso de anomalía de la facultad sexual, con el nacimiento o desarrollo del ideal espiritual o religioso, y, después de haber analizado las carencias y las perturbaciones del sentido genital en un cierto número de artistas, héroes y místicos, han sacado la conclusión de que su ideal no era otra cosa que la reacción compensadora de una sexualidad alejada de su vida normal.

Esta afirmación descansa sobre un postulado inaceptable: el sexo concebido como realidad suprema, e incluso como realidad única. En la buena psicología, el análisis de las relaciones entre la inhibición sexual y la manifestación de la espiritualidad, en un buen número de casos, demuestra simplemente que las dos tendencias no pueden desenvolverse simultáneamente y que para entregarse completamente a una de ellas, es necesario sacrificar más o menos la otra. Ni elección, ni exclusión, son forzosamente sinónimos de compensación. Cuando un jardinero está obligado a arrancar o podar una planta para que otra pueda desarrollarse, esto no significa que la segunda sea un vástago de la primera. Dichos psicólogos, ignorantes del pluralismo y de la jerarquía de las facultades humanas, han confundido con excesiva facilidad la noción de causa y la de condición. Para que aparezcan las estrellas, es necesario que se’ oculte el sol y que se extiendan las tinieblas. Por lo tanto, la noche no crea los astros. Del mismo modo, el ayuno sexual puede favorecer la elevación espiritual. Pero las alas vienen de todas partes: para que el pájaro se dirija al cielo no basta con abrir la puerta de la jaula… El que ha sentido un solo soplo de heroísmo o de santidad, sabe para siempre que esta experiencia no se puede reducir a las cosas de la carne y de la fantasía.

Sin embargo, hay -y aquí el freudismo recobra sus derechos- bastantes estados llamados «espirituales» que apenas son otra cosa que transposiciones sexuales. Son más frecuentes las falsas sublimaciones que las verdaderas. Aquí, los impulsos cambian de color y de etiqueta, pero no de naturaleza y de nivel, y lo que se llama ideal no es más que la coartada y el disfraz de un instinto que, a pesar de ser rechazado y desviado, conserva todas sus exigencias y busca, por otros caminos, una satisfacción disimulada y bastarda. Se observan tales compensaciones en muchos estados de ánimo cuya efervescencia imaginativa se impone a la profundidad espiritual: entusiasmos «idealistas» de la pubertad (que ciertos hombres nunca abandonan completamente), devociones turbias (por otra parte más frecuentes en la mujer, cuya sexualidad menos localizada y menos brutal que la del hombre en sus manifestaciones, se presta más a las ilusiones, supuestas amistades espirituales, etc.). Basta excavar hasta las raíces estos sentimientos equívocos, o seguirlos hasta sus frutos, para darse cuenta de que ante todo están motivados por la privación y por la espera de voluptuosidades más sólidas. Un día, una mujer joven me decía, ingenuamente: «Es raro, desde que me casé no encuentro en la oración las mismas dulzuras.» ¡Y con motivo! Una cierta literatura y una cierta música religiosa traducen admirablemente el sentimentalismo vulgar y adúltero, la «Schwármerei» de mala ley de esta devoción impura que en realidad sólo es un residuo y un ersatz del amor humano.

(1) En realidad la carne sólo es un símbolo y un pretexto. El pecado de lujuria únicamente reside en el espíritu, pero en el espíritu que hace de la carne el instrumento de su sed de infinito extraviada y degradada. La «lucha espiritual» no es entre el espíritu y la carne: es entre el espíritu de lo alto que tiene a Dios por aliado y el espíritu de abajo que tiene la carne por cómplice.(N. E. C.) Ersatz = satisfacción. En alemán en el original.

Las imágenes y los sentimientos verdaderamente sublimados, aparecen integrados en la síntesis espiritual; participan de su profundidad y de su trascendencia; el simbolismo es semejante al de la pseudosublimación, pero el alma divina juega a través de los símbolos como el sol en las nubes, y les confiere una pureza, una transparencia, un reflejo de eternidad que no equivocan (2). Para comprender a fondo la diferencia, basta comparar la imaginación amorosa del Cantar de los cantares o de los poemas de San Juan de la Cruz con un canto religioso que nos ha legado la devoción degenerada del siglo XIX (por ejemplo el cántico: Corazón de Jesús, dulce encanto de mi vida… o bien: Dueño de mi vida… o, Tú nuestro encanto por siempre serás.) Por aquél nos sentimos transportados por una ráfaga más allá de la carne y de la fantasía: las palabras copiadas del amor humano, tienen resonancias que exceden este amor; dejan en nuestro espíritu una especie de rastro misterioso que es la señal del artista divino sobre los materiales humildes que utiliza. Por el segundo, al contrario estamos en el lado del amor humano: quien ha vivido a fondo la verdadera plenitud y el verdadero vacío de las pasiones terrestres sabe bien -de tal modo el lirismo pseudorreligioso suena a hueco y falso- que sólo se trata de manifestaciones abortadas de un instinto enfermo que disimula su miseria bajo un garabato místico. Si se compara la vida sexual normal con la luz solar, conviene distinguir, entre los que caminan en la «noche de los sentidos», los verdaderos místicos que se dirigen al resplandor de las estrellas y los compensadores impotentes que alumbran lamparillas cuya luz obscurece las estrellas y no reemplaza al sol.

El criterio diferencial entre la espiritualidad verdadera y la falsa sólo puede establecerse por la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Hay ascensión, es decir cambio de nivel?, ¿o solamente desviación en el mismo nivel? Los elementos y los símbolos sensibles, ¿están verdaderamente ligados a un contexto espiritual que los realza? ¿0 bien conservan su naturaleza y su finalidad inferiores bajo la máscara con que se recubren? Más exactamente: ¿hay síntesis (es decir asunción de los elementos que permanecen exteriores los unos a los otros)? El vino más generoso contiene agua. Pero esta agua es vino. Por el contrario, en un vino aguado, el agua es agua, y echa a perder el vino. Del mismo modo, la piedra es una estatua, ella, continúa siendo piedra pero al mismo tiempo es una obra de arte: el cincel del escultor le da un alma. Mientras que el mal escultor sólo estropea la piedra, ésta, bajo el cincel, pierde sus aristas naturales y no adquiere la belleza de la forma ideal. Estas imágenes se aplican de maravilla a la falsa sublimación que desfigura todo lo que en vano trata de transfigurar. Doble yerro: el hombre falta a la vez a la tierra y al cielo.

Pero, ¿cuáles son los indicios concretos que nos permiten responder con un sí o un no a las preguntas planteadas anteriormente? Desgraciadamente, ninguno es irrecusable; todos los signos exteriores e interiores de la santidad son susceptibles de una imitación imaginaria, y no podemos juzgar a los otros ni a nosotros mismos con una certeza absoluta: solamente Dios sondea la carne y los corazones. Sin embargo, existen ciertos criterios psicológicos y morales cuya convergencia nos permite distinguir, con bastante probabilidad, la sublimación auténtica (esta «metanoia», este «cambio de alma» exigido por el Evangelio) de sus innumerables falsificaciones humanas.

(2) Cf. la frase admirable de Santa Mónica explicando a su hijo la diferencia entre la experiencia religiosa auténtica y las fantasías de la imaginación: «Distingo, por no sé qué sabor imposible de traducir con palabras, la diferencia entre Dios cuando se revela, y mi alma cuando sueña.» (San Agustín, Confesiones, traducción del R. P. de Mondadon.)

a) Si la compensación, en el sentido freudiano de la palabra, es decir, la transposición de los instintos sin cambio de alma ni de nivel, constituye la ley central de la falsa sublimación, la verdadera se reconoce ante todo por la repulsa de esta forma de compensación. En psicología, se aplica a fondo el adagio de la vieja psique: la naturaleza tiene horror al vacío. Todas nuestras pasiones no satisfechas tienden automáticamente a saciarse en otro plano. Así, el ambicioso desengañado, reacciona con la misantropía, el menospreciado aparenta honores, etc… Pe igual modo, el apetito sexual contrariado en su ejercicio normal, ya por su defecto de evolución (narcisismo, pubertad mal terminada, etc … ), ya por contenciones sociales y morales, intenta colmar este vacío insinuándose bajo otras formas, en otros dominios. Aquí se produce una necesidad rigurosa: la obediencia a las leyes de la gravedad que, como lo ha demostrado admirablemente Simone Weil, son válidas para. la parte inferior del alma y para el cuerpo, siendo sólo dominadas por la gracia. Por ejemplo, cuando, espontáneamente, de una mujer que ha pasado la edad del amor decimos: ha caído en la devoción, esta humilde fórmula expresa perfectamente el carácter «pesado» y por consiguiente demasiado humano de su conversión. San Juan de la Cruz analiza admirablemente tales fenómenos en su descripción de la «lujuria espiritual» de los principiantes. Pero mientras la piedad impura se esfuerza sin cesar por tapar con fantasías este vacío de la naturaleza no satisfecha, la devoción verdadera lo acepta con toda su amargura.

Es la «nada» de San Juan de la Cruz, la «noche de los sentidos». El santo no busca ninguna compensación imaginaria a la extinción de sus apetitos naturales: en el silencio y la obscuridad de la fe espera la compensación sobrenatural.

b) Este rechazo de las compensaciones, también se llama desapego. La pasión carnal exige, más que ninguna otra, la presencia sensible del ser amado; a diferencia de otros sentimientos como la amistad y la admiración, soporta muy mal la distancia entre el deseo y su objeto. Todo lo que es sexual, por naturaleza, es adhesivo, «pegajoso». La sexualidad mal sublimada y desviada hacia la religión, presenta las mismas taras: se aferra a las formas sensibles (devociones particulares, consuelos y «dulzuras» en la plegaria) y a las personas (confesores, directores espirituales). La distancia y el desapego son el criterio de la pureza; cuanto más sublimados son los elementos sensibles de la piedad, más los acoge el alma y los sacrifica con libertad: Dominus tulit, Dominus abstulit.

c) La sexualidad y el orgullo tienen afinidades profundas y misteriosas. El amor humano no purifica, dilata el yo al mismo tiempo que agita la carne. Los amantes vulgares no sólo desean poseer, sino además deslumbrar al ser amado; quieren ser preferidos a todo, y su susceptibilidad aumenta en función de su vanidad. Este engreimiento del yo se traduce por la fatuidad en el hombre y la coquetería en la mujer. En general el mismo orgullo afecta la pseudosublimación. Hacer constar que los falsos místicos están devorados por la sed de destacar, es una trivialidad: necesitan que el afecto y la estimación de los demás apoyen continuamente su ilusión debilitada. De ahí proceden los refinamientos de una susceptibilidad a menudo más aguda que la del común de los mortales. El yo es eminentemente vulnerable porque las compensaciones de que se alimenta son ilusorias, y por consiguiente siempre amenazadas por el áspero contacto de la real. Nietzsche decía: «No te hinches, el menor pinchazo te reventará.»

d) En fin, el mayor signo de una síntesis auténticamente centrada en el espíritu es la unión, en un plano superior, de elementos psicológicos que en un plano inferior se demuestra que son radicalmente incompatibles. Las pasiones de la carne y del yo (y las falsas sublimaciones que sólo son proyección disfrazada) siempre permanecen sometidas a lo que los hindúes llaman «el delirio de los contrarios». Por ejemplo, una mujer de mala vida que al convertirse se vuelve cerrada e inexorable a las cosas de la carne, no ha ascendido verdaderamente hacia el espíritu: el proceso de su conversión se parece al andar de un viajero que, caminando por la ladera de una montaña, pasa de una vertiente a otra sin cambiar de altitud. Pero si su conversión se acompaña de una comprensión y una piedad más aguzadas respecto al pecado del que se ha despojado, verdaderamente hay ascensión: ha alcanzado la cima de la montaña, desde la cual su ojo abarca las dos vertientes con la misma mirada. Cualquier contradicción es el indicio de una ascensión: fuera de allí, el cambio de nivel es ilusorio. Por consiguiente, respecto a las realidades carnales, las falsas sublimaciones casi siempre se acompañan de rencor, injusticia y susceptibilidad: no estando superada la sexualidad, sino solamente disfrazada, se opone ásperamente a todo lo que podría arrancarle su máscara; reacciona como una «virtud» estrecha y agresiva, de la misma clase que el pecado correspondiente que el alma no ha superado realmente y hacia el cual se inclina en secreto. Nietzsche decía: «Wer verfolgt, folgt» (quien persigue, consigue). El Don Juan de Rostand ríe burlonamente: «Mira con qué ojo luciente me detesta la virtud.» Aquí la virtud caza exactamente en el mismo terreno y con las mismas armas que la pasión. Por el contrario, el santo, puesto que está perfectamente libre de la carne y del pecado, se inclina con más compasión que nadie sobre esta carne y este pecado, rotas las cadenas que a ellos le ataban. Es necesario ser libre para visitar a los prisioneros.

RELACIONES ENTRE LA VIDA SEXUAL Y LA VIDA ESPIRITUAL

Ya hemos dicho que el ejercicio normal de la sexualidad frena innegablemente el impulso espiritual, si no en tanto que virtud, al menos en tanto que experiencia vivida de las cosas de Dios. Pero correlativamente, limita las posibilidades de ilusión. Aquel que vive las realidades del amor humano en toda su densidad y plenitud terrestres, corre menos riesgo de confundirlas con Dios que aquel cuyo ideal o vocación no dejan a las pasiones una salida confesable más allá del amor sobrenatural. Una mujer joven -el ejemplo hace contrapeso al que he citado antes- me* decía poco después de su matrimonio: «Ahora encuentro mucho menos ardor y dulzura en la oración, pero lo poco que me queda me parece más verdadero que antes.»

Sin embargo, no olvidemos que la sublimación de las pasiones no es privilegio exclusivo de los seres consagrados a la castidad. La sexualidad vale lo que vale el hombre completo: un alma naturalmente elevada trasciende, espiritualiza siempre más o menos las imágenes y los deseos que se refieren al sexo. En la vida conyugal hay igualmente una sublimación progresiva que es tan normal como necesaria. A la efervescencia carnal e imaginativa del «primer amor», a la vez tan embriagador y efímero, normalmente debe suceder una ternura más tranquila y más pura, una comunión más espiritual. Si no se produce esta evolución, la unidad de la pareja no resiste los golpes del tiempo. Esta sublimación es menos completa y total que la de las almas consagradas a la vida religiosa; en cierto sentido, también es más difícil, puesto que las cosas de la carne, aceptadas y vividas en toda su realidad, son difíciles de levantar. Pero donde la operación tiene éxito, esta dificultad es una garantía de solidez.

Igualmente, ya hemos hecho observar que la abstinencia sexual completa, al facilitar la libertad y la soledad interiores, al alejar de nosotros los lazos más fuertes y los deberes más absorbentes de aquí abajo, favorece poderosamente la elevación espiritual. Su papel no es menos importante por ser negativo: al barrer el terreno delante del ideal, hace más fácil el «despegue» hacia el cielo. La historia de la santidad muestra claramente que es una de las mayores condiciones para la conquista de lo absoluto. Pero esta ventaja comporta terribles inconvenientes: el camino empinado expone a los vértigos más graves y a los peores riesgos de caída. Si el ser consagrado a la continencia no sabe aceptar el aislamiento y el vacío interiores, si no cambia en sí, mediante un sacrificio incondicional y total, la dirección y el nivel del ardor pasional, su sensualidad se insinuará por caminos torcidos en otros territorios del alma, del mismo modo como un río parado en su curso hacia el mar transforma a su alrededor las tierras en pantanos. Nunca hay que olvidar: «Aire gracioso con que la avara sensualidad sabe mendigar un trozo de espíritu cuando se le niega un trozo de carne« (Nietzsche). Obsérvese que ésta es la tendencia de tantos ideales y devociones equívocos, impuros y estériles como los pantanos, y que por su falta de densidad y realismo humano, se sitúan psicológica y moralmente muy al margen de la vida normal. Los «espirituales» creen demasiado fácilmente que han superado la plenitud terrestre cuando ni siquiera la han alcanzado. Sé bien que se puede superar sobrevolando, es decir, sin contacto casual y directo con la tierra, al igual que los santos. Pero también se puede, al igual que los iluminados, soñar que se vuela, y permanecer por debajo del realismo humano, es decir, en el sueño y la mentira. La continencia es un medio de perfección que sólo vale según el uso que de él se hace. Y si se usa mal, cuanto más noble y sutil es el instrumento, más grave el daño.

Una nota falsa sorprende más en el arco de un violinista que en los labios de un niño que se divierte con una flauta; una fórmula llana, aceptable en prosa, es imperdonable en poesía…

La verdadera sublimación, poniendo al servicio del amor más alto las inmensas reservas de energía sensible de ordinario destinadas a los apetitos carnales y egoístas, confiere al ideal espiritual esta potestad y esta continuidad de acción que nos asombran en los héroes y en los santos. Éstos pueden hacer por su ideal o por Dios lo que todos nosotros hacemos tan espontáneamente por nuestros ídolos, puesto que han desplazado su centro interior de atracción; siguen el camino ascendente con tanta facilidad como nosotros seguimos el camino descendente (3); son atraídos hacia el cielo como nosotros, hacia la tierra; invierten las leyes de la gravedad: caen hacia arriba.

CONCLUSION

Así, la sublimaci6n no explica el heroísmo y la santidad: la caridad y el don de sí no proceden más del instinto que la música del ruido o la arquitectura de la piedra. Es más bien necesario invertir los términos y decir que el heroísmo y la santidad son los que explican la sublimación. Aquí el instinto suministra la materia, pero el soplo que vivifica y reúne viene de otra parte. La tesis materialista sólo es cierta para las falsas sublimaciones. E incluso lo que se llama correctamente «engaño. de instinto», fluye, en un cierto sentido, de un ideal y de un amor superiores. Tan sólo que este ideal y este amor ya no son vividos en su propio nivel como en la sublimación verdadera, sino soñados, es decir, rebajados al nivel de una imaginación que se erige en reina, en lugar de permanecer sirviente. Hace poco escribimos: «Aquellos que refieren los ideales al simple juego de las necesidades animales, se contradicen en sus propias expresiones.» En efecto, ¿qué significan las fórmulas «astucias del instinto» o «sexualidad disfrazada» que sin cesar salen de su pluma? ¿Por qué se obra con astucia sino para engañar a alguien? ¿Y por qué se disfraza uno, sino para no ser reconocido por nadie? Si el instinto fuera la única realidad humana, no habría que recurrir a estos subterfugios: el hecho mismo de que haya necesidad de obrar con astucia, implica la existencia de un amor que lo trasciende.

Nietzsche decía: «La forma y el grado de sexualidad de un hombre lo impregnan hasta las cumbres del espíritu.» Esta frase, rigurosamente conforme con la doctrina de Aristóteles y de Santo Tomás sobre el compuesto humano, encierra, a la vez, el germen y la reputación de todo freudismo. Pues Nietzsche ha dicho: «lo impregnan»; y no ha dicho: «lo constituyen». Todas nuestras facultades arraigan en la misma substancia; son rigurosamente solidarias una de otras; una corriente ininterrumpida de intercambios orgánicos, las reúne y las modela. Y aun en este caso, la fórmula puede y debe cambiarse: incluso es justo decir que la forma y el grado de espiritualidad de un hombre lo impregnan hasta las profundidades del sexo, por otra parte se está enamorando con el espíritu: un hombre noble y delicado no tiene una mujer con los gestos, las palabras y sobre todo los sentimientos de una bruta. Pero si todo está tan íntimamente relacionado, es importante saber alrededor de qué centro se organiza esta corriente de intercambios, si la síntesis humana se trata por arriba o por abajo, si. la carne ennoblecida es la que se eleva hasta el espíritu o bien el espíritu prostituido se rebaja hasta la carne. San Agustín decía: «Aquel que no es espiritual hasta en su carne (esta frase define admirablemente la verdadera sublimación), se vuelve carnal hasta en su espíritu.» La sublimación realiza, dentro de lo que es posible en esta vida imperfecta, la verdadera unidad del hombre, al llevar esta influencia de la carne y del alma y que pueden llegar a ser la prueba del uno o del otro, bajo el dominio del espíritu: transforma en profundidades a los elementos sensibles que, en lugar de abrirse a los rayos de lo alto, con excesiva frecuencia permanecen siendo bajos fondos.

(3) Aquí sólo examinamos los casos límite de sublimación perfecta, sin pretender en absoluto que todos los héroes y todos los santos realizan su vocación sin esfuerzos ni dificultades.

Precisamente la gran tara del freudismo -al menos en la medida en que su psicología se extiende y degenera en metafísica del sexo- es haber explorado ilimitadamente estos bajos fondos del alma sin la ayuda de otra luz ni de otro amor. El freudismo, puesto que juzga al hombre a través del sexo y no el sexo a través del hombre, está impregnado hasta el fondo por el prejuicio hiper-espiritualista que pretende combatir: el sexo concebido como una cosa irreduciblemente vil y baja. Al reducir el espíritu al sexo, envilece el espíritu sin salvar el sexo: conduce a todo el hombre al mismo nivel de bajeza.

Por el contrario, la sublimación, tal como aparece a la luz de la psicología tradicional, dirige la sensibilidad humana al fin divino del hombre. Y Por ello la dirige también a su verdadera fuente, puesto que ninguna cosa podría tener por destino lo que no tiene por origen. Hólderlin ‘escribe magníficamente: «Los ríos tienen su fuente en el mar.» La metafísica moderna del sexo padece la estrechez de miras común a todos los materialismos: no ascienden lo suficiente por la escalera de las causas.

Los ríos surgen de la tierra obscura y pesada, y las estructuras geológicas determinan el lugar de su origen y los meandros de su cauce. Por lo tanto, su verdadera fuente es la lluvia del cielo que procede del mar. Del mismo modo, nuestra vida sensible toma su origen en las profundidades de la materia Y hasta la muerte permanecerá cautiva de esta materia, como un río de su lecho. Pero su principio supremo está en el cielo. Es necesario que se cumpla el ciclo: es necesario que los ríos, nacidos del mar, vuelvan al mar y que el hombre, salido de Dios, vuelva a Dios, La sublimación de los santos sólo es la respuesta positiva a esta exigencia suprema.

Depende de nosotros el que encontremos el espíritu en la carne y la eternidad en el tiempo. A alguien que se lamentaba de estar obsesionado por las cosas temporales, Santa Catalina de Siena le respondía: «Nosotros somos quienes las hacemos temporales, ya que todo procede de la bondad divina.» Cuando Dánte pide a Beatriz que lo guíe por el cielo: «Enséñame cómo se eterniza el hombre», plantea el problema de la sublimación en su forma más absoluta. La solución está en el misterio de la Encarnación.

IV. La indisolubilidad del matrimonio

No tenemos la intención de exponer aquí con detalle la enseñanza de la teología católica sobre la indisolubilidad del matrimonio. Suponemos que esta enseñanza es conocida por nuestros lectores, y sin dejar de recordar los grandes trazos, nos dedicaremos a hacer hincapié en el lado psicológico y «existencial» del problema. Sobre este punto, como sobre muchos otros, el catolicismo, que posee una teología y una moral tan completas como equilibradas, quizá no ha hecho el esfuerzo suficiente para justificar sus principios sobre el terreno de la experiencia psicológica y para responder a las críticas que precisamente le reprochan desconocer al hombre de carne y alma y las condiciones concretas de su existencia.

QUE EL HOMBRE NO SEPARE…

El principio de la indisolubilidad del matrimonio está contenido por completo en este texto del Evangelio: «Se le acercaron los fariseos y para tentarle le dijeron: ¿Le está permitido a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? tl respondió: ¿No habéis leído que el Creador hizo al principio el hombre y la mujer diciendo: dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y ellos serán una sola carne? Así ellos ya no son dos, sino una sola carne. Por consiguiente, que el hombre no separe lo que Dios ha unido.» Y San Pablo, haciéndose eco de la enseñanza del Señor, se expresa así: «A los que están casados, ordeno (no yo, sino el Señor), que la mujer no se separe de su marido. Y si está separada, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido, y que el marido no repudie a su mujer» (4).

Esta exigencia de indisolubilidad se funda en dos razones:

1. En el derecho natural. La procreación que, desde la teología tradicional, es el fin principal del matrimonio, no puede ser abandonada en la especie humana, como en los animales, al azar de un encuentro sin mañana. Pues el niño no tiene sólo necesidad de ser puesto en el mundo y alimentado durante los primeros meses de su vida; su larga duración exige, además, la asistencia continua de su padre y de su madre; sólo puede desarrollarse dentro de un medio familiar único y estable. Por consiguiente, la separación de los esposos, esas dos piezas maestras del edificio familiar, necesariamente compromete la buena educación de los hijos y, por consiguiente, el equilibrio de toda la sociedad.

2. En el carácter sacramental del matrimonio. La unión del hombre y la mujer es tan indestructibie como la de Cristo en la Iglesia, que le sirve de símbolo y de modelo. La pareja «que únicamente es una sola carne» debe tender, por su fidelidad, a la gracia sacramental, a ser una sola alma; y el hombre no tiene derecho a separar lo que Dios ha unido.

La indisolubilidad del matrimonio, así fundada sobre una exigencia esencial de la naturaleza y sobre la consagración divina, no su’ re excepción alguna. La Iglesia católica nunca concede el divorcio; en un cierto número de casos bien determinados (no consumación del matrimonio, falta de consentimiento, error sobre la identidad de la persona, consanguinidad, etc.) se limita a constatar la nulidad del vínculo sacramental. Todo lo que puede hacer en este dominio consiste en disipar un error y una apariencia; todo sacramento otorgado fuera de las condiciones necesarias para su validez, no compromete ni a la Iglesia que lo confiere, ni a los fieles que lo reciben, y, en tales casos, las autoridades religiosas, lejos de consentir en separar lo que Dios ha unido verdaderamente, sólo tienen la potestad de desatar un lazo ilusorio, dicho de otro modo, de devolver por derecho a los pseudo-cónyuges una libertad que nunca habían perdido. No es lícito hablar de divorcio donde no ha habido verdadero matrimonio.

RAZONES PROFUNDAS DE LA INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

Es tradicional constatar que la unión del hombre y de la mujer, consagrada por el matrimonio, tiene una finalidad doble. En primer lugar, permite la expansión física y moral de las dos personas que constituyen la pareja. Dios dijo: «No es bueno que el hombre esté solo», y le creó una compañera semejante a él. El hombre y la mujer son dos seres complementarios; no solamente están hechos para vivir juntos, sino, además, el uno para el otro. Su amor recíproco, la fusión de sus destinos, favorece a la vez su seguridad material y su plenitud espiritual. El matrimonio constituye simultáneamente la forma más elemental y el fundamento indestructible de cualquier vida social.

(4) Cor. VII, 10, 11.

Además, por la procreación, asegura la continuidad de la especie humana y la sana educación de los hijos por la influencia del ambiente familiar.

Estos dos fines del matrimonio son solidarios. Por una parte, la atracción recíproca que une a los dos sexos tiene como consecuencia moral la procreación. Chesterton decía: «Uno no se casa porque la tierra necesita estar poblada, se casa porque está enamorado.» Es de sentido común; no obstante, el mandamiento «creced y multiplicaos» ya está contenido en germen en la simpatía amorosa. Y, recíprocamente, la procreación, al crear nuevos lazos entre los esposos, los llena de nuevos motivos para amarse y ayudarse mutuamente.

Sin embargo, parece —en la medida en que puedan aislarse dos elementos tan estrechamente mezclados en la unidad de la vida concreta- que la Iglesia ha querido acentuar el primer punto, proclamando la irrevocabilidad del matrimonio. La teología tradicional afirma con fuerza que la procreación constituye el fin principal de la unión conyugal y que el amor recíproco de los esposos viene en segundo lugar. Es muy aclaratorio observar que ningún otro compromiso afectivo, ningún otro vínculo social -por otra parte, cualquiera que sea su grado de profundidad y de espiritualidad- es sancionado y coronado por un sacramento. Los lazos que unen el amigo al amigo, el príncipe a su pueblo, etc., ni son sacramentales ni irrevocables; en rigor, incluso uno puede desligarse de los votos religiosos, pero no de las promesas de matrimonio. Así pues, la importancia excepcional que la Iglesia atribuye al vínculo conyugal es ante todo porque ve en él al origen inmediato de la vida y la base necesaria de la sociedad humana. Lo que cuenta a sus ojos es más la continuidad de la familia que la cualidad del amor entre los esposos. El texto de la Escritura, «No serán sino una sola carne», no deja ninguna duda respecto a esto, puesto que ¿qué es aquí la carne, sino la facultad de transmitir la vida? Se ha dicho: una sola carne, y no una sola alma a un solo espíritu. La unión espiritual está prescrita como un deber y un ideal, pero la simple unión carnal, incluso sin amor, basta para hacer indisoluble el matrimonio. Así la impotencia de uno de los cónyuges o la no consumación del matrimonio entrañan automáticamente la anulación, mientras que la ausencia de amor y la « incompatibilidad de caracteres» más incurable no son tenidas en consideración por la jurisdicción eclesiástica. La Iglesia, dominando desde muy arriba el individualismo y la sensibilidad románticos, ve en el matrimonio algo más que el intercambio pasional y sentimental entre dos individuos, su solicitud se extiende más allá de la efímera pareja, hasta el conjunto de la Ciudad temporal que es el cuerpo de la Ciudad divina. Al unirse los esposos no se comprometen solamente uno con el otra, se comprometen uno y otro con una realidad que los engloba y los supera: en primer lugar, con la familia de la cual son origen y apoyo, después con la Ciudad, cuerpo viviente cuyas familias son las células. Una institución tan fundamental necesita ser protegida contra las mil vicisitudes del instinto y del interés personales. Si los esposos no tienen derecho a separarse es menos por la pareja misma que por todo lo que descansa en ella.

El matrimonio constituye el núcleo irreductible de la comunidad humana: si aquél se corrompe, ésta se pudre por completo. El camino en el que se comprometen los esposos tiene un único sentido, es el mismo camino de la vida temporal; la única salida está delante, y no es posible retroceder sin herir peligrosamente a otros seres que arrastra el mismo movimiento irreversible. En primer lugar, el matrimonio depende del individuo; luego es el individuo el que depende del matrimonio. Cada uno es libro de elegir su vínculo según sus gustos y su voluntad, pero después de haberlo elegido ya no es libre de romperlo.

¿COMPAÑEROS DE ETERNIDAD?

Las instituciones son a las personas lo que el cauce de un río a sus aguas. La Iglesia, en su eterna sabiduría sumada a una experiencia milenaria, sabe que una corriente tan impetuosa y tan intermitente como la pasión carnal necesita un cauce profundo para no desviarse de su objeto y perderse en pantanos. Encuentra este cauce en el matrimonio como institución y como sacramento. La teología clásica ha recalcado este elemento formal y social del vínculo conyugal. Por reacción, hoy vemos surgir una especie de mística del matrimonio que se preocupa más de la cualidad del vínculo personal entre los esposos que de su prolongación social. Se tiende cada vez más a ver la esencia del matrimonio en el impulso de amor, consagrado por Dios, por el cual dos seres comprometen y unen para siempre sus destinos. Lo restante -fidelidad recíproca, procreación y educación de los hijos, encuadramiento social, etc.- surge de esta fuente como lo temporal procede de lo eterno. Es el mito de los «compañeros de eternidad»…

Siendo el hombre espíritu y carne, personal y social, estos dos conceptos del * matrimonio parecen más complementarios que opuestos. Conviene presentar a los hombres un ideal del matrimonio altamente espiritual. Pero tampoco es malo –esto sólo sería para evitar una exaltación peligrosa seguida de amargas desilusiones- distinguir bien lo que es la esencia del matrimonio y lo que es su perfección. Sin duda es de desear que los esposos establezcan entre sí lazos espirituales lo suficientemente profundos para transformarles en compañeros de eternidad; no lo es menos que se exija para el matrimonio un determínado nivel de espiritualidad a título de elemento necesario y constitutivo. La unión conyugal, en tanto que tal, está medida por el tiempo, y las gracias inherentes, aunque proceden de la fuente divina y pueden tener una incidencia en la vida eterna, son dadas no solamente en el tiempo, sino también por el tiempo. Independientemente de todas las superestructuras espirituales que puedan añadirse, la indisolubilidad del matrimonio está esencialmente ligada a la sexualidad y a la procreación, y su finalidad se refiere mucho más a la perpetuidad de la especie que a la eternidad del individuo. El hecho de que un matrimonio sin amor sea perfectamente válido a los ojos de la Iglesia (5) nos da ya una prueba suficiente. Y la legitimidad de las segundas nupcias muestra, con más evidencia aún, este carácter temporal y social de la indisolubilidad del matrimonio. En efecto, el vínculo sacramental queda roto por la muerte de uno de los cónyuges, y el superviviente, libre de cualquier obligación, queda apto para contraer una nueva unión. Los esposos, en tanto que tales, son tan poco compañeros de eternidad, que el sacramento que les liga se disuelve en la hora misma en que el individuo deja la vida temporal para entrar en la eterna.

El Evangelio afirma claramente esta ruptura del vínculo conyugal en la muerte: «Los saduceos se acercaron a Jesús y le hicieron esta pregunta: Maestro, Moisés ha dicho: si alguien muere sin hijos, su hermano se casará con su viuda y dará posteridad a su hermano. Así pues, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió, y como no tenía hijos, dejó su mujer a su hermano. El segundo hizo lo mismo, después el tercero… hasta el último. Después de todos ellos, la mujer también murió. Así, pues, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será la mujer? Pues todos la han poseído. Jesús les respondió: Estáis equivocados, puesto que no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, los hombres no tendrán mujeres, ni las mujeres maridos, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo» (6). En cuanto a la legitimidad de las segundas nupcias, San Pablo es muy claro: «Una mujer está ligada tanto tiempo como viva su marido, pero si el marido muere, es libre de casarse con quien quiera» (7). Y añade: «Quiero que las viudas jóvenes se casen, que tengan hijos y que dirijan su hogar» (8).

(5) Cfr. Santo Tomás, Sum. Teol. Supl. IX, 48,2.

(6) Mat. XXII, 23-30.

(7) 1 Cor. VII, 39.

(8) 1 Tim. V, 14.

A menudo he observado que esta doctrina que limita el efecto del sacramento al tiempo y a la muerte, tiene el don de disgustar a las almas enamoradas. Ciertos esposos exclamarán: así pues, más allá de la tumba, ¿no quedará nada de este amor en el que, no obstante, sentimos palpitar uno y otro la misma promesa de eternidad? Éste es el lugar apropiado para repetir la frase del Evangelio: lo que ha nacido de la carne, es carne y lo que ha nacido del espíritu, espíritu. La Iglesia ha instituido un sacramento válido para todo. Pero una cosa es este sacramento propiamente dicho y otra cosa es la cualidad de alma de los que lo reciben. El matrimonio no confiere necesariamente el amor espiritual. Pero tampoco lo excluye; por el contrario, la intimidad de la vida conyugal y la fidelidad a las gracias sacramentales ofrecen un terreno particularmente propicio para la manifestación y el desarrollo de tal amor. Cristo ha dicho: «Serán como los ángeles de Dios en el cielo.» Todo lo que habremos puesto de angélico, en nuestro amor, es decir, de verdaderamente espiritual, será salvado en el cielo.

La muerte disuelve el matrimonio en lo que tiene de vínculo carnal y social (¿y es otra cosa para la mayoría de los esposos?); no disuelve la amistad espiritual que mezcla, una con otra, a dos almas inmortales. únicamente en este sentido está permitido hablar de compañeros de eternidad? Lo que hay de inmortal en el matrimonio, supera el matrimonio; en la muerte, la unión de los esposos, abolida abajo y transfigurada arriba, es un aspecto de la comunión de los santos.

OBJECIONES CONTRA LA INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

Si ciertos espíritus, empujados por una sed prematura de absoluto, han podido reprochar a la Iglesia el limitar la indisolubilidad del matrimonio a la vida terrestre y permitir las segundas nupcias, son infinitamente más numerosos que los que la acusan de un rigorismo excesivo porque prohíbe el divorcio. Por otra parte, estas dos críticas proceden del mismo punto: la rebelión de las inclinaciones subjetivas contra una ley universal. Ignorando que una institución como el matrimonio ante todo está hecha para todos, unos querrían plegarla a la medida de su fidelidad y otros de su inconstancia, pero en ambos casos el deseo individual es el que impera.

Los adversarios de la indisolubilidad del matrimonio se apoyan, en conjunto, en los siguientes argumentos:

La Iglesia, dicen, da muestras en esta materia, de un rigorismo inhumano: desconoce las aspiraciones y los derechos más legítimos del individuo. Al prolongar hasta la muerte las uniones que terminan sin amor o las que el amor les ha abandonado, subordina la realidad a la apariencia, la savia interior a la corteza social, la persona viva a una ley muerta. Una unión sólo tiene valor en la medida en que está vivificada por el amor; y cuando entre dos seres, en lugar de lazos íntimos de amor, no quedan más que las cadenas externas de la ley, ya no hay realidad en el matrimonio.

Así pues, ¿por qué encarnizarse en observar lo que ya está muerto? En esto hay un trabajo de embalsamador que es contrario a las leyes de la vida.

La ley de la Iglesia, al impedir a los esposos separados rehacer su vida sobre la base de un nuevo amor, dificulta o emponzoña el ejercicio de la facultad más noble de hombre; puesto que, o bien el individuo respetuoso de la ley corta de raíz este nuevo amor y vive en un desierto afectivo, o bien viola la ley; pero, entonces, su amor, acusado de pecado y prohibido por lo moral y la opinión, arrastra necesariamente una existencia vergonzosa y mutilada.

Todo esto -hipocresía de los falsos amores legales y disimulo de los verdaderos amores ilegítimos- mantiene un clima de fariseísmo muy desfavorable para la virtud de los individuos y la armonía de la ciudad.

Resumiendo, no se gana nada queriendo esclavizar la vida múltiple y movediza bajo el yugo de una ley abstracta y rígida; así sólo se consigue esterilizar la ley y pudrir la vida.

Al responder a estas críticas, no haremos la tontería ni la hipocresía de negar la parte de verdad que contienen. De todas las cosas humanas, el amor del hombre y de la mujer es aquella cuya evolución armoniosa requiere el concurso de los elementos más dispares. En efecto, la vida de la pareja constituye el punto de convergencia de las exigencias más diversas -y a veces más opuestas- de la naturaleza humana: necesidad de plenitud carnal y espiritual de las dos personas que forman la pareja, procreación y educación de los hijos, necesidades sociales, ideal moral y religioso, etc… Es preciso reconocer que el éxito más hermoso en este dominio, todavía es algo desdibujado entre dos necesidades tan numerosas y tan divergentes. La ley de la mezcla y de lo relativo, que es la ley central de la creación, juega a fondo en este hogar de la vida temporal que es el matrimonio. Pues el principio que debe guiarnos en este dédalo no es el de la perfección absoluta: es el del mayor bien, para no decir del menor mal. Y, después de todo’, lo encontramos en la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio.

LA LEY Y LA VIDA

Alguien ha dicho: «estos profundos contactos entre la sensibilidad y el espíritu, en los que se reconoce nuestra época». Esta especie de prospección de la sensibilidad (en el sentido más amplio de la palabra) por el espíritu ha tenido como resultado una profundización incontestable del dato psicológico. Pero esta conquista tiene su precio. El pensamiento moderno, centrado en lo existencial y lo subjetivo, tiende cada vez más a desconocer o a olvidar todo lo que, en nuestra naturaleza y en nuestro destino, es irreductible a la experiencia vivida y al análisis psicológico. Las leyes, las instituciones -humanas o divinas- son las primeras víctimas de este estado de ánimo. Se olvida que tienen un ser, una dignidad propias, independientemente de las personas que rigen, y se juzga su valor -incluso su legitimidad-, únicamente según sus efectos psicológicamente revelables y su resonancias existenciales. Y si estos efectos son invisibles, si la auscultación de las almas no permite descubrir estas resonancias, la institución se disipa en la nada…

Este método, aplicado al matrimonio sacramental suscita el siguiente razonamiento: «Lo que Dios ha unido… Este sacramento es grande…» Estas palabras expresan la esencia ideal del matrimonio. Pero ¿qué queda en la existencia concreta? ¿Dónde están los efectos de un sacramento tan grande, en el alma de esos innumerables esposos, unidos solamente por el instinto, el interés y la costumbre, que van al matrimonio y no salen ya de él, como la rueda permanece fiel al carril en que cae? Conclusión: donde el amor no es vivido por dentro, no hay matrimonio. El que fue gran existencialista, Nietzsche, ha resumido esta concepción subjetivista del matrimonio en un aforismo al aguafuerte: «Dicen que sus uniones han sido bendecidas en el cielo. Pero yo no quiero este Dios de los superfluos que viene cojeando a bendecir lo que no ha unido.»

Lo que ha unido… La expresión sólo va lejos aparentemente: no rebasa el hombre ni sus estremecimientos subjetivos. Lo que Dios no ha unido en el plano de la experiencia individual, puede haberlo unido en otro plano. En realidad, cualquier institución -y a fortiori una institución religiosa- es trascendente a las personas y su valor, su finalidad, no son medidos por lo que un individuo efímero y limitado puede experimentar y controlar desde dentro. En este punto, la posición de Santo Tomás excluye cualquier escapatoria. A la pregunta de si un matrimonio concluido por una razón «deshonesta» (por ejemplo, el deseo puramente carnal o el interés material) constituye un verdadero matrimonio, contesta que tal unión es perfectamente válida, aunque el contrayente esté, por ello, en estado de pecado. Y a las críticas que le objetan que no sería legítimo que el matrimonio, siendo un bien en sí mismo y la imagen de la unión de Cristo y la Iglesia, procediera de una causa impura, replica que el matrimonio es una cosa y la intención de los contrayentes es otra (9). En el edificio social, los individuos son las piedras y las intituciones el cemento sin notar los efectos en su interior; se sienten solas en el edificio. Pero no por ello el cemento deja de tener su existencia y su finalidad. Y si cada piedra, sublevada contra el cemento inhumano que la ata sin impregnarla, reivindica su libertad personal, el resultado más claro de esta llamada a los «derechos del individuo» es el derrumbamiento del edificio (10).

Así pues, argumentará triunfalmente el adversario, confesáis que el matrimonio sacramental sólo tiene sentido como encuadramiento social y religioso y que queda, por su misma naturaleza, radicalmente extraño al amor. ¿Por qué, pues, no ir hasta el final de vuestro pensamiento y reconocer, con el trovador, que el matrimonio y el amor se excluyen recíprocamente ya que el primero implica la obligación y la sujeción, mientras que el segundo es por esencia espontáneo y gratuito?

Antes de entrar en el punto álgido del debate, examinemos un poco lo que se esconde con excesiva frecuencia bajo este hermoso nombre de amor. Se escandalizan al ver que la Iglesia se contenta con el simple consentimiento voluntario, incluso si está dictado por los motivos más bajos, para encadenar para siempre a dos seres. Por el contrario, esta conducta nos parece llena de sabiduría y las adquisiciones de la psicología moderna (exploración del inconsciente, crítica de los ideales y poner al desnudo la mentira interior, etc.) la justifican plenamente. Se acusa a la Iglesia de sacrificar el amor -realidad íntima- a la institución -apariencia social-. Pero, aparte de que la Iglesia no puede comprometerse para definir la validez de una institución fija y universal en el caudal de las disposiciones subjetivas y las causas accidentales, sería necesario saber si el coeficiente más alto de realidad se encuentra siempre al lado del «amor». El amor auténtico es escaso, y sus caricaturas son numerosas. La Rochefoticatild decía ya que: «el amor presta su nombre a una infinidad de comercios en los que no tiene mayor parte que el Dux en lo que se hace en Venecia». En este terreno, la «sinceridad» no significa gran cosa; con demasiada frecuencia no es más que el arte de mentirse espontáneamente a sí mismo. ¡Cuántos hombres creen amar, y su amor es solamente ardor carnal, exaltación ilusoria y el vano deseo de conquistar y dominar! ¿Este amor no es más irreal aún que una institución? ¿La pasión es menos ilusoria que la ley por ser un poco más cálida y embriagadora? Aquí hago un llamamiento a todos los que nunca han opuesto una barrera a su libertad de amar: la ceniza que han depositado en el fondo de su alma las hogueras de paja de las antiguas pasiones, bastarán para mostrarles la nada del amor entregado a sí mismo. Apariencia por apariencia, la ley que asegura la continuidad de la especie humana y el equilibrio de la sociedad vale al menos tanto como la pasión que sólo asegura el bienestar egoísta y efímero del individuo.

Por otra parte, todo esto sólo se dice para refutar al adversario en su propio terreno puesto que no es cierto que la ley no sea más que una apariencia ni que sea contraria al amor. Todo lo que podemos conceder a nuestro adversario es que el sacramento del matrimonio no confiere el amor. Al igual que el sacramento de la penitencia hace eficaz la contricción pero no la suple, así el sacramento del matrimonio corona y perfecciona el amor conyugal pero no lo crea. Por otra parte también tiene algo de sobrenatural bajo todas sus formas: gratia supponit et perfecit naturam. No basta presentarse al altar para enamorarse; para esto la naturaleza se basta a sí misma, y la gracia, que es de otro orden, opera en otro plano; más bien corresponde a cada uno examinarse y decidir por sí mismo si está lo suficientemente enamorado para presentarse al altar. Pero, esto supuesto, la indisolubilidad de matrimonio, lejos de oponerse al amor, más bien lo favorece.

(9) Sum. Teol. Supl., XLVIII, 2.

(10) La comparación es parcialmente inadecuada. En el edificio humano, las piedras pueden y deben estar impregnadas por el cemento que las une; dicho de otro modo, la institución puede y debe ser vivida en el interior del alma. Pero sin esto es válida.

En primer lugar, antes del matrimonio. El solo hecho de saber que el compromiso que va a contraer es irrevocable, incita a los individuos a no aventurarse a la ligera en este callejón sin salida. Al igual que el conquistador que, al quemar sus barcos antes del combate, se corta cualquier posibilidad de retirada, los novios que aceptan ligarse uno a otro hasta la muerte, sacan de esta «idea-fuerza» una garantía previa contra todos los futuros azares del destino que amenazarán su amor. Inversamente, la sola idea del posible divorcio se instala disimuladamente en el fondo del alma como un gusano puesto por una mosca en un fruto naciente y que corre el peligro de que un día devore la substancia. ¿No se ha dicho que en ciertas substancias -en particular en el momento de las grandes pruebas- basta entrever una cosa posible para que se convierta en necesaria? Por otra parte, este hecho psicológico elemental basta para liquidar el mito del «matrimonio de prueba» propuesto por ciertos reformadores de matrimonio, más preocupados por inventar paradojas que por sostenerlas con razones válidas.

Ahora, después del matrimonio. El pacto nupcial, al situar de una vez para siempre la substancia del amor más allá de las, contingencias, contribuye necesariamente a decantar y a purificar este amor. El primer efecto de un dique consiste en comprimir el curso de un río; el segundo es hacer más profundas y más limpias sus aguas. La necesidad de sufrir y vencer la prueba del tiempo obra sobre los esposos como un harnero que separa el cascabillo del grano: poco a poco la despoja de sus elementos accidentales e ilusorios para sólo retener el núcleo incorruptible; transforma la pasión en amor verdadero. Pero, insistirá el adversario, ¿si no existe ningún amor desde el principio? Contestaremos repitiendo que si el deber de fidelidad no puede cambiar nada de la cualidad íntima de este fruto delicado que es el amor, al menos crea un clima que favorece su maduración. Pues el amor no nos es dado o negado a la manera de un capital inmutable; como todas las cosas vivientes, está sometido a una evolución que comporta pruebas, crisis y enfermedades. Amenazado desde dentro por la costumbre o desde fuera por la atracción del cambio, puede salir más fuerte o morir según como reaccione ante estas pruebas. Nietzsche decía: «Todo lo que no me hace morir me hace más fuerte.» Y precisamente la Iglesia, al imponer al amor la obligación de no morir, contribuye a transformar en mudas purificaciones estas crisis y estas enfermedades que, en un clima más suave y en apariencia más humano, conducirían a la muerte. El principio de indisolubilidad del matrimonio, pone la duración esta piedra de toque de lo real- al servicio del amor.

No es menos cierto que algunas uniones representan un fracaso total e irremediable en el plano del amor humano. Todos conocemos -esposos que, debido a una absoluta incompatibilidad de sentimientos, no tienen la menor esperanza de introducir la más ligera mezcla de comprensión y ternura en la cadena inexorable que los ata hasta la muerte. Es forzoso confesar que en tales casos la indisolubilidad del matrimonio parece una institución inhumana. ¿Por qué estos desgraciados están obligados a arrastrar toda su vida las consecuencias de un error pasajero y a menudo involuntario? ¿Y por qué el acto quizá más absurdo de su pasado debe cerrar para siempre su porvenir?

Ordenemos nuestra respuesta:

En primer lugar,.puede ocurrir que estas uniones lamentables comporten motivos válidos de anulación (locura de uno de los cónyuges, falta de consentimiento, etc.). Esta solución lo concilia todo.

Pero si no es así, es decir, si estas uniones psicológicamente catastróficas cumplen las condiciones formales de un verdadero matrimonio, la respuesta es tan clara como cruel: la Iglesia pide a estos «mal amados» una renuncia absoluta en el plano del amor y de la felicidad humanas. ¿Pero a qué los sacrifica? Sencillamente al bien común, que siempre debe ser preferido al bien del individuo allí donde no sea posible la conciliación. El principio de la indisolubilidad de matrimonio es como una puerta asaltada por la tempestad de las pasiones y de los intereses personales: si se entreabre, no es posible retenerla en sus goznes y todo el huracán se precipita por allí.

Las víctimas del matrimonio merecen toda la comprensión posible, pero que no se hagan excepciones a su favor, puesto que de excepción en excepción (de hecho ¿no son excepcionales, es decir, únicas e irreductibles, todas las situaciones humanas?) se destruye la regla que es la pared maestra del edificio social. Por lo demás, esta exigencia de sacrificios individuales por el bien general no es específica del matrimonio. Otras instituciones y otras realidades sociales imponen la misma renuncia a los individuos. Si se encuentra escandaloso que los esposos desunidos inmolen su felicidad personal a la institución universal que protege la felicidad de los demás, ¿qué se dirá al soldado al que la Patria invita a morir para salvar ese bien nacional del cual ya no participará? Tales contradicciones forman parte del destino humano, y ha sido necesario llegar a nuestra época de hiperestesia mórbida del yo y de igualitarismo grosero, que considera la felicidad del individuo como un derecho incondicional, para encontrar materia de indignación y escándalo.

Por otra parte, ¿estos esposos desgraciados están excluidos definitivamente del festín del amor y la alegría? La misma barrera que les impide la felicidad humana, les invita a buscar más arriba una felicidad pura. Cuando un camino terrestre está cerrado a la vez por delante y por detrás, queda una sola salida: el cielo. Hubo un tiempo en que las simples instituciones humanas bastaban para suscitar el entusiasmo y la fidelidad: así, por ejemplo, se podía servir hasta la muerte a un príncipe al que no se amaba, por pura fidelidad a la institución monárquica; más que su persona, se veía en él al representante de una tradición tutelar, el eslabón de una cadena que une el pasado con el porvenir. Pero si la monarquía no termina en la persona del príncipe, con mayor razón el vínculo conyugal rebasa la persona de los esposos: como institución humana, une las generaciones pasadas a las generaciones del porvenir. Lo que Dios ha unido, en los casos extremos, conviene acentuar la palabra Dios, y esta unidad rechazada en la tierra, es preciso buscár1a en el cielo.

Más allá de la persona del cónyuge que no se puede amar, queda la persona de Dios que es amor, y lo que aborta en el tiempo, siempre puede crecer en lo eterno.

En cuanto a la acusación de hipocresía que se aplica tan a gusto contra los esposos que permanecen ligados el uno al otro sin amor y en los que toda la virtud se limita a «salvar las apariencias», exige una doble aclaración.

En primer lugar, las apariencias tienen su valor; por una parte, constituyen la armadura de la sociedad, y por otra aseguran, un poco a la manera de las monedas fiduciarias, la continuidad y la armonía de las relaciones exteriores entre los hombres. Pascal ya había observado, con una sabiduría profunda, distinta de la de los apóstoles de la sinceridad a cualquier precio, que, sin el respeto de estas convenciones y de estas «reglas de juego», no sería posible ninguna vida social.

A continuación, convendría definir claramente lo que se entiende por hipocresía y sinceridad. Ser sincero, es manifestar al exterior lo que se es en el interior. Muy bien. Pero entonces, en un cierto sentido, hay hipocresía en todas partes donde hay dualismo y conflicto, en todas partes donde el hombre está llamado a escoger entre un deseo y un deber. ¿Se acusará de insinceridad al viajero alterado que, al pasar bajo el árbol del prójimo, se abstiene por honestidad de coger el fruto que le reclama su sed? ¿0 bien, al soldado que se lanza al asalto cuando el deseo de todo su ser es huir y sobrevivir? ¿Será, pues, necesario seguir todos los impulsos y traducir en acto todos sus deseos, bajo pretexto de estar de acuerdo consigo mismo? Pero, la inconstancia y la traición que surgen necesariámente de este principio, ¿no son mentiras al menos tan profundas e infinitamente más destructoras que la fidelidad artificial? El hombre está condenado a la hipocresía, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, a disimular, a rechazar en la obscuridad y el silencio una parte de sí mismo, mientras no alcance la unidad interna perfecta.

Tan sólo el bruto y el santo ignoran el conflicto interior y se comprometen totalmente en todos sus actos: de esta forma, escapan completamente a la hipocresía, el uno por abajo puesto que sólo es instinto, y el otro por arriba, puesto que sólo es amor.

En resumen, la indisolubilidad del matrimonio presenta más ventajas que inconvenientes, en cualquier terreno que se sitúe. Allí donde la unión es psicológicamente real, es decir, fundada en el amor, protege y profundiza este amor. Allí donde es psicológicamente irreal, es decir, sin amor, salva al menos la realidad social del matrimonio. De este modo, si no puede realizar siempre lo mejor, al menos evita lo peor.

EL PROBLEMA DEL AMOR «LIBRE»

Sin embargo, existe un caso en que el principio de la indisolubilidad del matrimonio, parece oponerse al amor: el de los esposos mal avenidos a quienes la Iglesia prohíbe contraer una nueva unión y que si osan desafiar su prohibición, los arroja fuera de su comunión bajo el epíteto infamante de «pecadores públicos». ¿No es una institución bárbara aquella que arroja a la «clandestinidad» –con todo lo que esto comporta de degradación o de sufrimiento- los afectos más auténticos que, en un clima menos riguroso, podrían expansionarse de día?

He aquí la objeción con toda su fuerza. Creemos poder responder, sin la menos atracción por la paradoja, que incluso en este punto, el rigorismo de la Iglesia sirve una vez más al amor verdadero, y ello en la misma medida en que condena el amor falso.

Expliquémonos. No cometeremos la ingenuidad de pretender que el amor sólo puede existir en el matrimonio. En primer lugar, está claro que el amor que conduce al matrimonio empieza antes del mismo (no se aman porque se casan, se casan porque se aman). E incluso se puede encontrar el amor auténtico fuera del matrimonio: por ejemplo, nadie pondrá en duda que el pecado de Eloisa y Abelardo encierra más plenitud humana que una unión legítima cimentada únicamente en la comunidad de intereses materiales, o en la fuerza inerte de las costumbres. Pero las grandes pasiones, y todavía más, los grandes amores son excesivamente raros (11). Es demasiado fácil denunciar, como por ejemplo lo ha hecho Plisnier en una novela célebre, la nada de ciertos matrimonios en los que, bajo una capa de respetabilidad social, bullen las pasiones más abyectas en la mediocridad más incurable. Pero, ¿por qué no exponer el otro lado del díptico? Si el gran amor es escaso dentro del matrimonio, ¿es acaso muy frecuente fuera de él? Consideren por un momento, los detractores del matrimonio, la cualidad de la mayoría de las uniones libres: encontrarán sin dificultad todos los defectos de los malos matrímonios y además la rebelión contra el orden social y la ley religiosa. La Iglesia tiene razón mil veces al defender la unidad de la familia y la santidad de la ciudad contra estos asaltos destructores de las pasiones individuales que subjetivamente no valen más que los peores matrimonios y, objetivamente, incluso roen los cimientos del bien común. El matrimonio no excluye ni la ciega violencia del instinto ni la voracidad del egoísmo: al menos les asigna una órbita y límites. Pero la pasión anárquica donde se disimulan las pretensiones devoradoras de una carne y de un yo desorbitados, bajo la máscara del amor, verdaderamente no merece ninguna indulgencia…

En cuanto al gran amor ilegítimo -aquel que se impone con todo el peso de la necesidad y que compromete el alma hasta el fondo-, la moral católica le ofrece una doble salida: o bien rebasar la ley, sacrificando el lado carnal y terrestre del afecto y elevándolo totalmente a esa región ideal donde el amor no tiene otra ley que él mismo, o bien violar francamente la ley con todas las responsabilidades, todos los riesgos, y todos los sufrimientos que implica esta actitud.
(11) Por otra parte es excesivo oponer estas grandes pasiones al matrimonio. El amor «al margen», en la medida en que es verdaderamente amor, tiende al matrimonio, . es decir, hacia la fusión irrevocable de dos seres y de dos destinos: es una especie de matrimonio en potencia que la hostilidad de las circunstancias hace abortar.

Los deberes normales del matrimonio (procreación, educación de los hijos, fidelidad recíproca de los esposos), no agotan, a prior¡ en todos los casos, la polaridad sexual del ser humano: impregnan también las regiones más elevadas del alma y marcan nuestro ser eterno. Así pues, el hombre o la mujer pueden encontrar a veces su verdadero compañero de eternidad fuera del matrimonio. El amor sopla donde quiere: Beatriz no era la mujer de Dante, Hólderlin no se casó con Diotima… La moral más exigente no exige cortar de raíz un amor tal, sino colocarlo lo suficientemente alto, por encima del tiempo y de la carne, para que, no amenazando ya el orden y el bien protegidos por la ley, no tenga que sufrir sus rigores. Por consiguiente, guardémonos aquí de cualquier imaginación romántica y subrayemos, una vez más, el carácter excepcional de estas grandes pasiones transfiguradas.

Fuera del matrimonio, la mujer a menudo es más Dalila que Beatriz y el ser que creemos que es «el eterno femenino que nos atrae hacia arriba» corre el riesgo de ser en realidad sólo la Eva seducida por la serpiente que nos arrastra en su caída….

En cuanto a la comisión propiamente dicha -aquella en que los amantes no temen infringir la ley-, no negamos que puede encerrar una cualidad de amor superior, al lado de un desorden moral grave. Pues bien, incluso en este terreno que precisamente es el del adversario, nos atrevemos a afirmar que las exigencias de la ley cristiana aún contribuyen a realzar la cualidad del amor. No temamos ser por un momento el abogado del diablo: pleiteamos por Dios, puesto que lo que puede quedar de bueno en el diablo, procede de Dios. Es justo que aquel que escoge violar la ley, sufra el contragolpe de su rebelión. Sin hacer nuestro el proverbio español «Haz lo que quieras, paga el precio, y Dios estará contento», pensamos que aquel que asume todas las consecuencias de su falta, ya lleva en él un germen de rescate y perdón. Sed una cosa u otra… Si el hijo pródigo, después de haber dejado a su padre hubiera colocado su capital en valores seguros y se hubiera abandonado a prudentes libertinajes, sin duda nunca habría vuelto a la casa donde nació. Hay algo, peor que el pecado: el deseo fraudulento de ganar, dos apuestas jugando a un solo color; querer acumular el placer de la falta y las ventajas de la virtud, la embriaguez de la anarquía y los beneficios del orden. En este juego, se evapora instantáneamente todo lo que puede quedar de nobleza y de profundidad. Y precisamente por esto, la intransigencia de la Iglesia sirve indirectamente al amor libre, ciertamente no en tanto que libre sino en tanto que amor. Lo limita en cuanto al número, lo profundiza en cuanto a la cualidad: doble ventaja. Al imponer a los candidatos al pecado fuertes barreras para franquear, y sufrimientos para soportar, hace una selección entre las pasiones anárquicas y eleva el nivel de las que resisten la prueba. En efecto, no olvidemos que todo se conserva en el hombre y que, en cualquier época o cualquier medio que sea, la cualidad del pecado sigue a la cualidad de la virtud: solamente el buen vino da lugar a buen vinagre. La pureza y la firmeza de la institución matrimonial purifican y consolidan por repercusión el amor libre; la pasión anárquica conserva alguna fuerza y grandeza en función de los obstáculos que le opone una moral rigurosa. Puesto que en épocas en que el principio de indisolubilidad del matrimonio no sufría ninguna excepción, florecieron las grandes pasiones ¡legítimas, ya en la leyenda de Tristán e Isolda, ya en la historia de Abelardo y EIoisa. Pero allí donde se ejerce sin restricciones el amor libre, allí donde el adulterio y el divorcio no son objeto de ninguna sanción por la ley y la opinión, ¿dónde están pues esos grandes aventureros del amor, dignos de atraer las miradas y hacer correr las lágrimas de las generaciones venideras? Donde ya no hay riesgo, ya no hay aventura. El amor libre cae en la vulgaridad, en la medida en que escapa a la tragedia. La facilidad lo corrompe todo, incluido el desorden.

La peor desgracia en que puede incurrir el pecado es en la de estar al alcance de todos. Cuando ya no hay frutos prohibidos, no quedan frutos podridos.

Concluyamos: en el amor libre hay el elemento amor y el elemento libertad (en este caso sería mejor decir anarquía). Lo primero es el fruto, lo segundo el gusano. La ley de la Iglesia protege la substancia de fruto contra los destrozos del gusano, imponiendo límites y sanciones a esta libertad devoradora.

SI EL GRANO MUERE…

Hubo tiempos en que las instituciones dirigían a los individuos: el hombre les daba crédito espontáneamente y deslizaba su destino en el molde que le ofrecían las leyes y las costumbres.
Por el contrario, en nuestra «edad refleja» los individuos son los que dirigen las instituciones: el hombre sólo acepta obedecerlas en la medida en que, revestidas de una especie de consagración interna, responden a una necesidad subjetiva, a una elección personal.

Esta disposición tiene su lado negativo y su lado positivo. Constituye un peligro terrible para la estabilidad de las instituciones, pero tiende de un solo golpe a eliminar el conformismo social y religioso. En las épocas en que el desorden penetra en las costumbres, la obediencia a la ley se convierte en la expresión del amor y de la libertad.

Se tiene la costumbre de quejarse de la dureza del matrimonio indisoluble. Pero, ¿la ley es demasiado dura para el hombre, o el hombre es demasiado blando para la ley? A aquel que no ama nada, todos los vínculos parecen cadenas. Pero aquel que siente vivir en sí un amor inmortal, no tiene miedo de ligarse hasta la muerte. Y la ley cristiana precisamente nos invita a esta profundización y a esta purificación. La institución del matrimonio, vista bajo este ángulo, parece el guardián de la fidelidad interior. Al igual que el hombre no está hecho para el Sabbat, tampoco está hecho para el matrimonio. El matrimonio es lo que está hecho para el hombre. Pero el hombre es más que el individuo: sólo realiza su verdadero destino superando los límites de su yo carnal y decaído, mediante el amor y el sacrificio. Es el sentido de la parábola evangélica: si el grano no muere… Muere, y al mismo tiempo entra en su vida verdadera, cuando renunciando a su dureza, a su soledad egoísta, empieza a hundir sus raíces en la tierra y a elevar su tallo hacia el cielo. Una imagen perfecta del matrimonio con sus prolongaciones temporales y su consagración divina…

En este nivel, la exigencia de la indisolubilidad se confunde con el voto más íntimo de la persona humana, puesto que ambos nos convidan igualmente a esta superación d e nosotros mismos que es la esencia del amor y la aurora de la liberación eterna.

Última edición por Martin Ant; 18/11/2013 a las 20:12

CICERÓN: DIALOGO SOBRE LA VEJEZ

5 agosto 2017 by

MARCO TULIO CICERÓN:

 

CATóN EL MAYOR…………ó

 

DIALOGO SOBRE LA VEJEZ

 

(Traducción de   Rosario Delicado Méndez )

 

Cap. XX  [ pág.  207 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

POR QUÉ DEBEN LOS VIEJOS TEMER POCO LA MUERTE

 

Siempre es inseguro en la senectud el momento final. Pese a ello, la vejez se puede vivir adecuadamente, siempre que se sea capaz de cumplir una responsabilidad e, incluso, despreciar la propia muerte. Por lo cual resulta que la vejez se esfuerza más y tiene mayor ánimo que la juventud. “Hasta la vejez”, respondió Solón al tirano Pisístrato cuando éste le preguntó hasta cuándo iba a seguir oponiéndosele tan seguro de sí mismo. El fin óptimo, sin duda, es vivir con una mente íntegra y con los sentidos en plena forma, pero la propia naturaleza destruye lo que ella creó. Con la misma facilidad que quien construye una nave, un edificio, de igual modo la naturaleza destruye al hombre, y separa lo que ella misma unió. Como toda construcción reciente mal vertebrada se desmorona con facilidad, el breve tiempo que resta de vida ni debe ser deseado con avidez, ni ser rechazado sin causa. Pitágoras prohíbe que, sin orden del emperador, es decir, de Dios, se abandone la estación y la cárcel de la vida. [ Pitágoras enseña que ninguno sin orden del general, esto es, de Dios, se aparte de la guardia y puesto de la vida.]

Del mismo modo reza el epitafio del sabio Solón, que quiere que su muerte carezca de dolor para sus amigos y que no la lamenten. Desea, creo yo, ser querido por los suyos, pero no sé si lo expresa mejor que Ennio cuando dice:

“No quiero que me adornen con lágrimas, ni que se hagan funerales con llantos”

[“Nadie en mi muerte me honre con su llanto / Que andaré vivo en boca de los hombres.]

 

No creo que la muerte deba ser luctuosa cuando a continuación se espera la inmortalidad. El miedo a la muerte puede existir para alguien en algún momento de su vida, pero por breve tiempo, especialmente para el anciano, puesto que una vez muerto ya no existe esa sensación. No obstante debe ser objeto de reflexión para la adolescencia, de tal manera que no nos olvidemos de la muerte, sin cuya reflexión nadie puede sentirse tranquilo de espíritu. Es indudable que tenemos que morir, pero es incierto hasta el último momento. Por lo tanto, ¿quién puede tener firmeza de espíritu temiendo a la muerte, siempre amenazante?

No creo necesario, después de tan larga perorata, traer a la memoria a Lucio Bruto, quien murió en defensa de la patria, ni a los dos Decios que arriesgaron su vida en una carrera de caballos para mantener la promesa dada al enemigo,[ no a M. Atilio, que fue a morir evidentemente por cumplir la palabra que dió al enemigo]; ni a los Escipiones, que quisieron hacer frente a los Cartagineses con sus propios cuerpos, ni a tu abuelo Lucio Paulo, que pagó con su muerte la temeridad de su colega en la ignominia de Cannes, ni a Marcos Marcelo, después de cuya muerte, el crudelísimo enemigo permitió que se le privara del honor de un entierro digno. Sin embargo se ha de tener en cuenta a nuestras legiones, que con frecuencia avanzan, con ánimo seguro y alegre, por donde saben que jamás regresarán, como comenté en mis Orígenes. Así pues lo que los adolescentes ignorantes, incluso también los más aldeanos desprecian, ¿es lo que van a tener los doctos ancianos?

 

En general, según yo opino, la consecución de todos los anhelos produce la satisfacción de la vida. Los caprichos de la infancia son indiscutibles, pero ¿acaso los jóvenes los echan de menos? También cuando llega la juventud tiene sus propios entusiasmos, pero ¿acaso los reclama la edad media y la adulta? Los apegos de la edad madura tampoco se buscan en la vejez. Existen también las últimas inclinaciones propias de la vejez, que van desapareciendo como sucede con los deseos propios de cada edad anterior. Sucede lo mismo con las propias voluntades de la ancianidad. Cuando llega la saciedad de la vida se crea el momento, ya maduro, para la muerte.

 

 

Cap. XXI [ pág.  209 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

PRUEBAS DE LA ETERNIDAD E INMORTALIDAD DEL ALMA

 

Yo mismo no entiendo por qué motivo no me atrevo a exponer mi opinión acerca de la muerte pues, cuanto más cerca estoy de ella, creo que vivo más consciente de su realidad. Yo pienso que vuestros padres, el tuyo Escipión, el tuyo Lelio, preclaros varones y muy amigos míos, viven su vida, una vida digna de ser llamada así. Pues mientras el alma, arrojada del domicilio celestial, y casi hundida en la tierra, lugar opuesto a la divina naturaleza y a la eternidad, está aprisionada en esta estructura del cuerpo, tenemos que realizar trabajos gravosos y obligaciones impuestas por necesidad. Sin embargo creo, que los dioses inmortales han infundido el alma en el cuerpo humano para que haya quienes vigilen la tierra, y contemplando el orden astral, imiten en el modo y constancia de la vida. A mí me impulsa a creerlo, no sólo la razón de este debate sino también la reconocida autoridad y nobleza de los mejores filósofos.

Yo había entendido que Pitágoras y los pitagóricos, a quienes se denominaban filósofos itálicos, casi colonos nuestros, jamás pusieron en duda que tuviéramos un alma emanada de la divina inteligencia universal. Lo demostraban con aquellos argumentos que Sócrates había expuesto sobre la inmortalidad del alma en el último día de su vida. Sócrates, que, según el oráculo de Apolo, es considerado el más sabio de todos los seres humanos. ¿Qué más? Estoy convencido y así pienso: puesto que tanta es la rapidez de pensamiento de las almas, tantos los recuerdos de las cosas pasadas y tanta la prudencia acerca de

las cosas venideras, tanta las artes, tanta la profundidad de los conocimientos, tantos los inventos que la naturaleza abarca, que ésta no puede ser mortal. Y, puesto que el espíritu está siempre en movimiento, y no tiene principio porque se mueve a sí mismo, tampoco tendrá fin porque nunca se abandonaría a sí mismo. Y, puesto que la naturaleza del espíritu es simple, no puede tener en sí mismo ninguna mezcla heterogénea y dispar. No puede ser dividido y por lo tanto no puede morir. Los hombres saben muchas cosas antes de nacer, puesto que los niños, no sólo aprenden las artes más difíciles, sino que también asimilan otras, que a primera vista, parece que no entienden, pero que luego son recreadas en la memoria. Estas son, más o menos, las ideas de Platón.

 

 

Cap. XXII [ pág.  210 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

DISCURSO DE CIRO POCO ANTES DE SU MUERTE

Así habló Ciro el Mayor, cuando se estaba muriendo, en la obra de Jenofonte: “No penséis, mis queridísimos hijos, que yo, cuando os deje, no voy estar en ninguna parte ni voy a ser nada. Mientras estaba con vosotros por las gestiones que llevaba acabo veíais y comprobabais que mi espíritu vivía, pues bien, debéis seguir creyendo que este mismo espíritu sigue existiendo, aunque no lo veáis.”

El honor de los varones ilustres no permanecería en nuestra memoria, después de su muerte, si sus espíritus no se hubieran esforzado por aportar algo a la humanidad. Yo nunca he estado convencido de que sus almas sólo vivían mientras estaban pegadas a sus cuerpos, ni que los abandonaban una vez muertos, ni de que sus espíritus estaban carentes de pensamientos, sino que cuando comienzan a ser puros e íntegros, liberados de su contaminación corporal, entonces llegan a ser sabios. Además, dado que la naturaleza del hombre es destruida por la muerte, es evidente hacia dónde se dirigen los restantes asuntos: hacia el origen de donde han surgido. Sin embargo el alma no se manifiesta nunca, ni cuando está presente pegada al cuerpo ni cuando está ausente.

Ciertamente conocéis que nada hay más semejante a la muerte que el sueño. Los espíritus de los que duermen expresan en grado sumo su divinidad. Por eso se comprende que prevean acontecimientos futuros, y cómo será su futuro una vez que se hayan liberado plenamente de las ataduras del cuerpo. Si las cosas son así, “alabadme como a un dios, pues si el alma ha de morir al mismo tiempo que el cuerpo, también vosotros, que veneráis a los dioses, que vigilan y gobiernan toda esta hermosura, debéis conservar nuestra memoria piadosa e inviolablemente.”

 

 

Cáp. XXIII  [ pág.  211 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

PRUEBAS DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA:  CONSUELOS DE LA MUERTE

Así habló Ciro a punto de morir; nosotros, si os parece bien, consideremos nuestras opiniones. Nunca me convenció nadie, Escipión de que tu padre Paulo, ni tus abuelos, Paulo y el Africano, ni otros muchos hombres ilustres, a quienes no es necesario citar, que llevaron a cabo tan grandes hazañas habían pasado a la memoria de la posteridad, si ellos no hubieran conocido con anterioridad en su alma que la posteridad les pertenecía. ¿Acaso piensas que yo, como lo hacen otros ancianos, pueda vanagloriarme de mí mismo cuando los días de mi gloria y mi vida están a punto de finalizar, aunque he llevado a cabo tantos esfuerzos diurnos y nocturnos, en tiempo de paz y de guerra? ¿Acaso no es mucho mejor llevar una vida de descanso y tranquilidad sin ninguna inquietud ni trabajo? No obstante desconozco el modo en que el espíritu, una vez muerto, atento siempre, observa la manera que tenga que vivir la posteridad. Si no fuera así, que los espíritus no fueran inmortales, el ánimo de los mejores no se inclinaría hacia la inmortalidad y la gloria.

¿Por qué precisamente los más sabios mueren con un espíritu muy sosegado, y los necios muy desasosegados? ¿Acaso no os parece que este espíritu, que ve más y con más amplitud, se da cuenta que él se acerca a una situación mejor, por el contrario el de mirada más obtusa no lo comprende? En mi tesis expreso claramente que deseo ver a vuestros padres, a quienes veneré y aprecié, y deseo vivamente reunirme con los que conocí, y con los que escuché y leí, y también con los que escribí. Nadie me apartaría fácilmente de ese lugar, donde, sin duda, no me reconocerían, como le sucedió a Pelias. Y si algún dios me concediera volverme de esta edad a la de niño otra vez, y llorar en la cuna, me resistiría mucho, pues no quiero desde el fin de la carrera volverme otra vez al principio.

En fin, ¿qué tiene la vida de cómodo? ¿Por qué más bien nos aporta trabajo? No me parece lícito quejarme de mi vida, como hicieron con frecuencia muchos y algunos de ellos eruditos. No me arrepiento de haber vivido, pues he vivido de tal manera que no considero que mi nacimiento ha ya sido en vano. Me aparto de la vida como de una hospedería, y no como de mi propia casa. Sin embargo supongamos que la vida produzca seguridad, o satisfacción o bien límite natural, la naturaleza nos dio una posada para detenernos pero no para habitada.; ¡O día memorable, cuando yo llegue a aquella reunión de los espíritus, cuando me aleje de esta revuelta y confusión! Me uniré, en efecto, con estos hombres ilustres, de los que ya he hablado, y también me uniré con Catón, el hombre más honorable que ha existido nunca, cuyo cuerpo fue incinerado por mí, en lugar de ser yo incinerado por él, como hubiera sido lo adecuado. Pero su espíritu no sólo no me abandonó, sino que, mirando hacia atrás, se dirigió hacia aquellos lugares a donde yo llegaré también algún día. He considerado que mi espíritu va a soportar con toda fortaleza mi caída, no porque lo sobrelleve con ánimo equilibrado, sino porque yo mismo me consuelo considerando que, entre nosotros la separación y alejamiento, no serán duraderos.

Para mí, Escipión, tú y Lelio, que según me dijiste, solíais hablar sobre de estos asuntos, pienso que la vejez es breve, y no sólo no es molesta, sino que es agradable. Pues si me equivoco en esto, es decir que yo creo que el espíritu del hombre es inmortal, yerro conscientemente, y no quiero arrancar de mí este error en el que me deleito mientras vivo. En todo caso, como piensan algunos filósofos epicúreos, una vez muerto, no he de sentir, no he de temer que los filósofos se rían de mi error. Si realmente no vamos a ser inmortales, es deseable que todo hombre muera en su momento oportuno. La naturaleza tiene, como todas las cosas, un límite de existencia. La vejez es el final de una representación teatral de cuya fatiga debemos huir, sobre todo y especialmente una vez asumido el cansancio. Estos son los comentarios que os tenía que exponer sobre la vejez: Quieran los dioses que lleguéis a ella, y que la podáis experimentar y comprobar por vosotros mismos, teniendo en cuenta lo que os he comentado.

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FUENTE:

file:///C:/Users/Equipo%20HP/Downloads/de-la-vejez-bilingue.pdf

(Entre [ ] la versión del libro de papel:

Traducción de Don Manuel Valbuena; Sociedad de Ediciones Louis-Michaud. Buenos Aires / Paris)

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VERSIÓN ORIGINAL LATINA:

 

XX. 72. Senectutis autem nullus est certus
terminus, recteque in ea vivitur, quoad munus
offici exsequi et tueri possit [mortemque
contemnere]; ex quo fit, ut animosior etiam
senectus sit quam adulescentia et fortior. Hoc
illud est quod Pisistrato tyranno a Solone
responsum est, cum illi quaerenti, qua tandem re
fretus sibi tam audaciter obsisteret, respondisse
dicitur: ‘Senectute.’ Sed vivendi est finis

optimus, cum integra mente certisque sensibus
opus ipsa suum eadem quae coagmentavit,
natura dissolvit. Ut navem, ut aedificium idem
destruit facillime, qui construxit, sic hominem
eadem optime quae conglutinavit natura
dissolvit. Iam omnis conglutinatio recens aegre,
inveterata facile divellitur. Ita fit ut illud breve
vitae reliquum nec avide adpetendum senibus
nec sine causa deserendum sit; vetatque
Pythagoras iniussu imperatoris, id est dei, de
praesidio et statione vitae decedere.

73. Solonis quidem sapientis est elogium, quo se
negat velle suam mortem dolore amicorum et
lamentis vacare. Volt, credo, se esse carum suis;
sed haud scio an melius Ennius:

Nemo me lacrumis decoret neque funera fletu
faxit.

74. Non censet lugendam esse mortem, quam
immortalitas consequatur. Iam sensus moriendi
aliquis esse potest, isque ad exiguum tempus,
praesertim seni; post mortem quidem sensus aut
optandus aut nullus est. Sed hoc meditatum ab
adulescentia debet esse mortem ut neglegamus,
sine qua meditatione tranquillo animo esse nemo
potest. Moriendum enim certe est, et incertum
an hoc ipso die. Mortem igitur omnibus horis
impendentem timens qui poterit animo
consistere?

75. De qua non ita longa disputatione opus esse
videtur, cum recorder non L. Brutum, qui in
liberanda patria est interfectus, non duos Decios,
qui ad voluntariam mortem cursum equorum
incitaverunt, non M. Atilium, qui ad supplicium
est profectus, ut fidem hosti datam conservaret,
non duos Scipiones, qui iter Poenis vel
corporibus suis obstruere voluerunt, non avum
tuum L. Paulum, qui morte luit conlegae in
Cannensi ignominia temeritatem, non M.
Marcellum, cuius interitum ne crudelissimus
quidem hostis honore sepulturae carere passus
est, sed legiones nostras, quod scripsi in
Originibus, in eum locum saepe profectas alacri
animo et erecto, unde se redituras numquam
arbitrarentur. Quod igitur adulescentes, et ei
quidem non solum indocti, sed etiam rustici,

contemnunt, id docti senes extimescent?

76. Omnino, ut mihi quidem videtur, studiorum
omnium satietas vitae facit satietatem. Sunt
pueritiae studia certa; num igitur ea desiderant
adulescentes? Sunt ineuntis adulescentiae: num
ea constans iam requirit aetas quae media
dicitur? Sunt etiam eius aetatis; ne ea quidem
quaeruntur in senectute. Sunt extrema quaedam
studia senectutis: ergo, ut superiorum aetatum
studia occidunt, sic occidunt etiam senectutis;
quod cum evenit, satietas vitae tempus maturum
mortis adfert.

XXI. 77. Non enim video cur, quid ipse sentiam
de morte, non audeam vobis dicere, quod eo
cernere mihi melius videor, quo ab ea propius
absum. Ego vestros patres, P. Scipio, tuque, C.
Laeli, viros clarissimos mihique amicissimos,
vivere arbitror, et eam quidem vitam, quae est
sola vita nominanda. Nam, dum sumus inclusi in
his compagibus corporis, munere quodam
necessitatis et gravi opere perfungimur; est enim
animus caelestis ex altissimo domicilio
depressus et quasi demersus in terram, locum
divinae naturae aeternitatique contrarium. Sed
credo deos immortalis sparsisse animos in
corpora humana, ut essent, qui terras tuerentur,
quique caelestium ordinem contemplantes
imitarentur eum vitae modo atque constantia.
Nec me solum ratio ac disputatio impulit, ut ita
crederem, sed nobilitas etiam summorum
philosophorum et auctoritas.

78. Audiebam Pythagoram Pythagoreosque,
incolas paene nostros, qui essent Italici
philosophi quondam nominati, numquam,
dubitasse, quin ex universa mente divina
delibatos animos haberemus. Demonstrabantur
mihi praeterea, quae Socrates supremo vitae die
de immortalitate aminorum disseruisset, is qui
esset omnium sapientissimus oraculo Apollinis
iudicatus. Quid multa? Sic persuasi mihi, sic
sentio, cum tanta celeritas animorum sit, tanta
memoria praeteritorum futurorumque prudentia,
tot artes, tantae scientiae, tot inventa, non posse
eam naturam, quae res eas contineat, esse

mortalem, cumque semper agitetur animus nec
principium motus habeat, quia se ipse moveat,
ne finem quidem habiturum esse motus, quia
numquam se ipse sit relicturus; et, cum simplex
animi esset natura, neque haberet in se quicquam
admixtum dispar sui atque dissimile, non posse
eum dividi; quod si non posset, non posse
interire; magnoque esse argumento homines
scire pleraque ante quam nati sint, quod iam
pueri, cum artis difficilis discant, ita celeriter res
innumerabilis arripiant, ut eas non tum primum
accipere videantur, sed reminisci et recordari.
Haec Platonis fere.

XXII. 79. Apud Xenophontem autem moriens
Cyrus maior haec dicit: ‘Nolite arbitrari, O mihi
carissimi filii, me, cum a vobis discessero,
nusquam aut nullum fore. Nec enim, dum eram
vobiscum, animum meum videbatis, sed eum
esse in hoc corpore ex eis rebus quas gerebam
intellegebatis. Eundem igitur esse creditote,
etiamsi nullum videbitis.

80. Nec vero clarorum virorum post mortem
honores permanerent, si nihil eorum ipsorum
animi efficerent, quo diutius memoriam sui
teneremus. Mihi quidem numquam persuaderi
potuit animos, dum in corporibus essent
mortalibus, vivere, cum excessissent ex eis,
emori, nec vero tum animum esse insipientem,
cum ex insipienti corpore evasisset, sed cum
omni admixtione corporis liberatus purus et
integer esse coepisset, tum esse sapientem.
Atque etiam cum hominis natura morte
dissolvitur, ceterarum rerum perspicuum est quo
quaeque discedat; abeunt enim illuc omnia, unde
orta sunt, animus autem solus nec cum adest nec
cum discedit, apparet. Iam vero videtis nihil esse
morti tam simile quam somnum.

81. Atqui dormientium animi maxime declarant
divinitatem suam; multa enim, cum remissi et
liberi sunt, futura prospiciunt. Ex quo
intellegitur quales futuri sint, cum se plane
corporis vinculis relaxaverint. Qua re, si haec ita
sunt, sic me colitote,’ inquit, ‘ut deum; sin una

est interiturus animus cum corpore, vos tamen,
deos verentes, qui hanc omnem pulchritudinem
tuentur et regunt, memoriam nostri pie
inviolateque servabitis.’

XXIII. 82. Cyrus quidem haec moriens; nos, si
placet, nostra videamus. Nemo umquam mihi,
Scipio, persuadebit aut patrem tuum Paulum, aut
duos avos, Paulum et Africanum, aut Africani
patrem, aut patruum, aut multos praestantis viros
quos enumerare non est necesse, tanta esse
conatos, quae ad posteritatis memoriam
pertinerent, nisi animo cernerent posteritatem ad
se ipsos pertinere. Anne censes, ut de me ipse
aliquid more senum glorier, me tantos labores
diurnos nocturnosque domi militiaeque
suscepturum fuisse, si eisdem finibus gloriam
meam, quibus vitam, essem terminaturus?
Nonne melius multo fuisset otiosam et quietam
aetatem sine ullo labore et contentione
traducere? Sed nescio quo modo animus erigens
se posteritatem ita semper prospiciebat, quasi,
cum excessisset e vita, tum denique victurus
esset. Quod quidem ni ita se haberet, ut animi
inmortales essent, haud optimi cuiusque animus
maxime ad inmortalitatem et gloriam niteretur.

83. Quid, quod sapientissimus quisque
aequissimo animo moritur, stultissimus
iniquissimo, nonne vobis videtur is animus qui
plus cernat et longius, videre se ad meliora
proficisci, ille autem cuius obtusior sit acies, non
videre? Equidem efferor studio patres vestros,
quos colui et dilexi videndi, neque vero eos
solos convenire aveo quos ipse cognovi, sed
illos etiam de quibus audivi et legi et ipse
conscripsi; quo quidem me proficiscentem haud
sane quid facile retraxerit, nec tamquam Peliam
recoxerit. Et si quis deus mihi largiatur, ut ex
hac aetate repuerascam et in cunis vagiam, valde
recusem, nec vero velim quasi decurso spatio ad
carceres a calce revocari.

84. Quid habet enim vita commodi? Quid non
potius laboris? Sed habeat sane, habet certe

tamen aut satietatem aut modum. Non lubet
enim mihi deplorare vitam, quod multi, et ei
docti, saepe fecerunt, neque me vixisse paenitet,
quoniam ita vixi, ut non frustra me natum
existimem, ut ex vita ita discedo tamquam ex
hospitio, non tamquam e domo. Commorandi
enim natura devorsorium nobis, non habitandi
dedit. O praeclarum diem, cum in illud divinum
animorum concilium coetumque proficiscar
cumque ex hac turba et conluvione discedam!
Proficiscar enim non ad eos solum viros, de
quibus ante dixi, verum etiam ad Catonem
meum, quo nemo vir melior natus est, nemo
pietate praestantior; cuius a me corpus est
crematum, quod contra decuit ab illo meum,
animus vero, non me deserens sed respectans, in
ea profecto loca discessit, quo mihi ipsi cernebat
esse veniendum. Quem ego meum casum fortiter
ferre visus sum, non quo aequo animo ferrem,
sed me ipse consolabar existimans non
longinquum inter nos digressum et discessum
fore.

85. His mihi rebus, Scipio (id enim te cum
Laelio admirari solere dixisti), levis est senectus,
nec solum non molesta sed etiam iucunda. Quod
si in hoc erro, qui animos hominum inmortalis
esse credam, libenter erro; nec mihi hunc
errorem, quo delector, dum vivo, extorqueri
volo; sin mortuus, ut quidam minuti philosophi
censent, nihil sentiam, non vereor, ne hunc
errorem meum philosophi mortui irrideant.
Quod si non sumus inmortales futuri, tamen
exstingui homini suo tempore optabile est. Nam
habet natura, ut aliarum omnium rerum, sic
vivendi modum. Senectus autem aetatis est
peractio tamquam fabulae, cuius defatigationem
fugere debemus, praesertim adiuncta satietate.
Haec habui, de senectute quae dicerem, ad quam
utinam perveniatis, ut ea, quae ex me audistis, re
experti probare possitis.

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FUENTE:

file:///C:/Users/Equipo%20HP/Downloads/de-la-vejez-bilingue.pdf

 

 

 

Robert Lanza, el científico que postula que la muerte no existe

13 julio 2017 by

Robert Lanza, el científico que postula que la muerte no existe:

Su teoría biocéntrica postula que la muerte es una ilusión creada por nuestra conciencia. Así, cuando morimos nuestra vida no se acaba, explica.

Hace tres siglos años, el filósofo y empírico irlandés George Berkeley formuló una observación particularmente clarividente: Lo único que podemos percibir son nuestras percepciones, lo que significaría que la conciencia es la matriz sobre la que se aprehende el cosmos. Así, el color, sonido y temperatura sólo existirían como percepciones en nuestra cabeza, no como esencias absolutas. Pero, durante siglos, los científicos desecharon el argumento de Berkeley y lo consideraron como un espectáculo filosófico, y continuaron construyendo modelos físicos basados ​​en la hipótesis de un universo separado “allá afuera” al cual hemos llegado, cada uno individualmente. Estos modelos suponen, así, la existencia de una realidad esencial que prevalece con nosotros o sin nosotros.

Desde la década del 70′, no obstante, comenzó a desarrollarse una nueva interpretación que, en lugar de asumir una realidad que es anterior a la vida e incluso la crea, propone una imagen biocéntrica de la realidad. Desde este punto de vista, la vida – sobre todo la conciencia – crea el universo, y el universo no podría existir sin nosotros.

Robert Lanza, investigador norteamericano de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest, en Carolina del Norte, ganó bastante notoriedad en el mundo académico en el año 2009 tras lanzar su libro “El Biocentrismo – Cómo la Vida y la Conciencia son las Claves para Entender la Verdadera Naturaleza del Universo”. Esta obra llamó la atención porque mediante la teoría del biocentrismo, apoyada en nociones de la física cuántica, el académico concluía que la muerte, tal como la conocemos, es sólo una ilusión creada por nuestra conciencia. Así, de este modo, se podía concluir consecuentemente que sí hay una existencia más allá de la tumba.

“Los humanos creemos en la muerte porque nos han enseñado a creer que morimos, es decir, nuestra conciencia asocia la vida con el cuerpo, y sabemos que el cuerpo muere. Se nos enseña que la vida humana es sólo una actividad de carbono y una mezcla de moléculas, y que vivimos un tiempo y que después nos pudrimos bajo el suelo. El biocentrismo o universo de la biocéntrica, en cambio, nos explica que la muerte no puede ser tan terminal como creemos. Según esta teoría, la biología y la vida originan la realidad y el universo, y no al revés. Nuestra conciencia da sentido al mundo y puede ser alterada para cambiar nuestra interpretación. Desde el punto de vista de la biocéntrica, el espacio y el tiempo no se comportan de manera tan rígida ni tan rápida como nos presenta nuestra conciencia, porque son meras herramientas de nuestra mente. De acuerdo con el biocentrismo, el tiempo no existe independientemente de la vida que lo observa. La realidad del tiempo ha sido cuestionada por una extraña alianza de filósofos y físicos. Los primeros sostienen que el pasado no existe más que como idea en la mente, que a su vez son eventos neuroeléctricos que ocurren estrictamente en el momento presente. Entonces la muerte y la idea de la inmortalidad existen en un mundo sin límites espaciales ni lineales. Así, puede concluirse que la muerte no puede ser un evento terminal o final, tal y como la solemos considerar”.

Respecto a este punto, el doctor Lanza, que participó en los primeros experimentos de clonación y la generación de células madre, agrega que “el concepto de la muerte como la conocemos no existe en ningún sentido real, ya que no hay verdaderos límites según los cuales se pueda definir. Esencialmente, la idea de morir es algo que siempre se nos ha enseñado a aceptar, pero en realidad solo existe en nuestras mentes. La idea del biocentrismo es similar a la idea de universos paralelos, la hipótesis formulada por muchos físicos teóricos según la cual hay un número infinito de universos en los que diversas variaciones de personas y situaciones existen y ocurren simultáneamente. Todo lo que puede suceder ocurre en algún momento en todos estos multiversos o múltiples universos posibles, lo que significa que la muerte no puede existir en un sentido real. Así, podemos afirmar que cuando morimos nuestra vida no se acaba, sino que se convierte en una flor perenne que vuelve a florecer en alguno de estos multiversos o múltiples universos posibles. Porque la muerte no puede existir en un mundo sin espacio ni tiempo. Y la inmortalidad no significa la existencia perpetua en el sistema temporal, porque se encuentra completamente fuera del tiempo”.

 

 

 

La teoría biocéntrica de Robert Lanza, para algunos, nos obligaría a cuestionar algunas de las creencias que nos han enseñado desde niños, cuando somos iguales a tablas rasas o recipientes vacíos. Así, si alguien cree en la muerte durante toda su vida creará su realidad en base a esta creencia, Y, por el contrario, si alguien cree que está hecho de esencia inmortal y que sólo estamos en esta vida de paso, viviremos de una forma totalmente distinta, creando nuestra realidad en base a esa creencia, por lo demás totalmente incompatible con la anterior.

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FUENTE:

Lunes 17 agosto 2015

https://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/robert-lanza-el-cientifico-que-postula-que-la-muerte-no-existe-conozca-la-teoria-biocentrica/

¿Cuáles son las 10 emociones positivas más importantes?

19 junio 2017 by

 La positividad es una elección de vida, la gente que desarrolla esta cualidad generalmente tiene un desempeño superior en las diferentes esferas de su vida. Las emociones positivas que mencionamos en este artículo son objeto de las mayores investigaciones a nivel científico y, la Dra. Barbara Frederickson  PH. D – ganadora del “Highest Templeton prize in Positive Psychology”- después de años de  estudiar las experiencias emocionales de cientos de personas  (estudiantes universitarios, hombres de negocios y mujeres en la mitad de la vida) considera que estas 10 formas de positividad son las que  “colorean” más frecuentemente  el día a día de la mayoría de las personas y, que el cultivarlas tiene un efecto directo en nuestro bienestar.

Alegría:  Sucede en un instante, cuando nos encontramos en un ambiente familiar y seguro.  Aparece en aquellos momentos “perfectos” (un domingo con la familia, una felicitación inesperada) donde sentimos que   las cosas son exactamente como deberían de ser y estamos justamente donde deberíamos estar.

Gratitud: Es un momento en el que te das cuenta que alguien hizo mucho más por ti de lo que era necesario, tal vez un vecino, un maestro o un mentor. La gratitud abre nuestros corazones y activa en nosotros el botón de la “’reciprocidad” genuina que nos mueve a hacer algo por aquella persona que nos hizo tanto bien.

Serenidad: Al igual que la alegría, la serenidad se da en un ambiente familiar y seguro, pero es una versión mucho más relajada, sostenida y sutil. Se disfruta cuando estamos totalmente presentes y conscientes de lo que estamos viviendo, desde disfrutar al comer un  antojo, hasta estar completamente inmersos en un momento de contemplación.

Interés:  Es un estado más elevado donde algo nuevo llama nuestra atención inspirándonos y provocándonos fascinación y curiosidad.  A veces se despliega como un abanico de nuevos retos que te permite mantener en crecimiento tus habilidades; esto nos mantiene despiertos, vigorizados y sintiéndonos realmente vivos.

Esperanza:  Aunque la positividad se genera cuando te sientes seguro y familiar, la esperanza es la excepción. Esta se genera cuando las circunstancias son difíciles o adversas y nos ilumina como un faro de luz, que refuerza nuestra creencia de que todo puede cambiar y mejorar.

Orgullo: Es una de las emociones catalogadas como de “auto-conciencia”, y muchas veces tiene una connotación negativa al asociarlo con los pecados capitales como la soberbia.  Si se mantiene balanceada con algo de humildad, su positividad está en  que nos  permite atribuirnos los logros que resultan de un esfuerzo genuino y de un trabajo duro.

Diversión:  La encuentras en  aquello que te hace reír y te permite la recreación; es a veces una inesperada chispa que brota de manera espontánea y que te ayuda a cambiar o a “refrescar” tu perspectiva.

Inspiración: es como una bocanada de oxígeno que toca tu vida, tu corazón y tu mente exaltando tu imaginación, tu creatividad y tu motivación. Sentirse inspirado por algo o alguien dispara tu atención y le da calidez a tu corazón.

Asombro: Se origina al reconocer la sensación de estar en presencia de algo mucho más grande que nosotros mismos. Puede darse al contemplar un atardecer, al observar la vía láctea o al sostener la cabeza de un recién nacido, esos momentos de magnificiencia y belleza recargan nuestra energía.

Amor: Es la emoción positiva más frecuente y abarca todas las anteriores. Cuando sentimos amor nuestros cuerpos tienen una reacción biológica que incrementa nuestros niveles de oxitocina y progesterona, aumentando nuestra sensación de bienestar y reduciendo nuestro nivel de  estrés, lo que sin lugar a dudas  mejora nuestra salud y  calidad de vida.

¿Cómo cultivar estas emociones?

Un buen principio es analizar qué tiempo de pensamientos y acciones te provocan  estas emociones positivas y tenerlos claro para generarlas cuando necesites sentirte bien, entusiasmado o en calma.
Otra idea es crear un portafolio en tu computadora con imágenes que te provoquen estas emociones: fotografías de personas, vivencias o lugares, música, citas o lecturas o cualquier elemento que te permitan transformar tu estado emocional.

Fuente: Positivity – Groundbreaking Research to release your inner optimism and thrive-Barbara Frederickson.

FUENTE:
http://www.norataboada.com/blog/las-10-emociones-positivas-ms-importantes

Síndrome de Pacifismo Fundamentalista, por Gustavo Bueno Martínez (abril 2003)

17 mayo 2017 by

SPF
Síndrome de Pacifismo Fundamentalista

Gustavo Bueno

Una interpretación de las actitudes pacifistas desencadenadas por la guerra del Irak como un fenómeno social de carácter ético y no político, sin perjuicio de sus eventuales consecuencias políticas de menor cuantía

Denominamos «Síndrome de Pacifismo Fundamentalista» al conjunto de fenómenos sociales que están teniendo lugar durante los primeros meses del año 2003 en curso, y en prácticamente todas las ciudades de los Estados de bienestar, y cuyo síntoma más relevante y notorio es un «clamor universal» expresado en forma de manifestaciones públicas masivas o localizadas (en recintos cerrados), procesiones, imágenes de televisión, &c., con ciudadanos que gritan: «¡No a la Guerra! ¡Paz!», en el contexto de la invasión del Irak por los ejércitos anglonorteamericanos. (La fórmula «¡No a la Guerra!» tiene una intención eminentemente polémica –que muchas veces equivale a «¡No a Estados Unidos!» o «¡No al Gobierno de Aznar!»–; la fórmula «¡Paz!» tiene una intención desiderativa, y ella misma «pacífica» –mientras que la fórmula «¡No a la Guerra!» implica una intención polémica y aún belicista–.)

No a la Guerra: logotipo sangre sobre petroleo

Hay también otras formas de expresar este clamor, otros síntomas del mismo síndrome, tales como pancartas, velas encendidas, sentadas, chapas, discursos, huelgas, pequeñas acampadas, ayunos. Pero el síntoma principal del clamor es el procesional-vociferante (muy pocas veces la procesión es silenciosa).

El síndrome que tratamos de describir no lo entendemos como una reacción generalizada, suscitada por motivos etológicos que habrían de afectar a todos los vertebrados (como ocurre con el SGA, o «Síndrome General de Adaptación» de Hans Selye). Ni siquiera afecta a todos los hombres; tampoco a todos los hombres de las sociedades civilizadas. Como la civilización está siempre asociada a la Guerra, con todos los dolores y tragedias que ella comporta, se comprende que en casi todas las civilizaciones podamos encontrar un lugar en el que se da culto a la Paz. En Atenas se erigió un Templo a la Paz, Eirene, tras la victoria de Cimón sobre Artajerjes, en el año 466 ane. El Senado romano instituyó, trece años antes de Cristo, el Ara Pacis Augustae, un altar elevado dentro de un recinto rectangular en el que cada año vestales y sacerdotes celebraban sacrificios votivos (en el célebre bajorrelieve que se conserva en los Uffizi de Florencia, vemos por cierto en procesión a Octavio Augusto –la Pax Octaviana– con escolta armada).

No sólo se ha celebrado y exaltado la Paz, alguna paz en concreto; incluso se ha interpretado con frecuencia alguna paz concreta como si fuera la paz perpetua, aunque no fuera universal. Por ejemplo, con el nombre de Paz perpetua, acordaron en 1516 los Cantones suizos una alianza con el Rey de Francia, Francisco I, que acabó en tiempos de la Gran Revolución.

Movilizaciones públicas en favor de la Paz han tenido lugar durante el siglo XX, ya en los años de la Primera Guerra Mundial (¡Abajo las armas!, de Carlos Liebknecht y Rosa de Luxemburgo, fusilados después por el gobierno socialdemócrata de Ebert y Noske), pero eran movilizaciones promovidas por grupos políticos muy definidos. Otra cosa fueron las movilizaciones por la Paz suscitadas a raíz de la Guerra del Vietnam (la Segunda Guerra Mundial, consecutiva al ataque nazi a Polonia, no desencadenó en cambio manifestaciones por la Paz). Manifestaciones que, sin perjuicio del espíritu hippy o afines, se prolongaron en los movimientos de 1968, en el mayo francés, en México, en Praga, en Estados Unidos: «Haz el Amor y no la Guerra», y durante la Guerra Fría, con un marcado carácter antinorteamericano y antiotan. Después, desde 1999, los movimientos antiglobalización en Seattle, Barcelona, Génova, Porto Alegre, &c., también mantenían el leitmotiv de la Paz.

Pero nunca ha habido una serie de manifestaciones públicas en favor de la Paz y con el No a la Guerra, tan intensas, masivas, continuadas y extendidas por las más diversas ciudades del planeta como las que se están produciendo en los meses del invierno y primavera del año 2003. Se trata por sus características de un fenómeno nuevo, sin perjuicio de los «brotes precursores», suscitado por la guerra del Irak, y que se hace presente durante algunas horas del día (a veces también al anochecer), y con gran riqueza de sintomatología, fija y variante.

El Síndrome se ha desencadenado como una especie de alergia social ante las imágenes relacionadas con los preparativos y desencadenamiento de la guerra de Irak, que ha hecho reaccionar a trabajadores sindicados y a sus líderes, a profesores universitarios y a los estudiantes, a monjitas, profesores de segunda enseñanza y colegiales, a una gran parte del clero, a concejales y al pueblo llano, a militantes o simpatizantes socialistas, comunistas y anarquistas, a amas de casa y a probos funcionarios, a periodistas, intelectuales y artistas. La secuencia de las manifestaciones del Síndrome obedecen a un automatismo característico, aunque no es específico de estas manifestaciones. Es el automatismo que caracteriza a ciertas reacciones sociales en las que intervienen periodistas e intelectuales, y que está muy bien captado y simbolizado en la película de Rob Marshall, Chicago: las consignas humanistas del «gran abogado» (que busca, por supuesto, su propio provecho) funcionan como las cuerdas a través de las cuales se mueven los periodistas como títeres que actúan en nombre de la buena causa en un gran guiñol, transmitiendo al pueblo ingenuo los mensajes más simplistas que ellos han hecho suyos, y que han sido calculados por el «gran abogado».

Los factores desencadenantes del SPF son muy heterogéneos y a veces incompatibles entre sí (como ocurre, por lo demás, con alergias de parecida sintomatología). Sin embargo la heterogeneidad de las causas parece desdibujarse ante la homogeneidad de los efectos (de los fenómenos).

Por supuesto, el síndrome no es una especie única. Cabe citar especies diferentes del mismo género, por ejemplo los movimientos medievales de las Cruzadas, los movimientos milenaristas del siglo XVI (como el que dirigió El Profeta, Juan de Leyden) o el ¡Maura no! en la España de principios del siglo XX.

La característica del síndrome que intentamos describir es la heterogeneidad de los sujetos afectados, heterogeneidad (de profesiones, edades, sexos, partidos políticos…) que no impide la canalización de todos sus sentimientos y pensamientos en un «pensamiento único» excluyente y simplista: ¡Paz!, !Paz!, ¡Paz!, ¡No a la Guerra!, ¡No a la Guerra!…

¿Y por qué hablar de síndrome, y no de expresión de deseos de buena voluntad? Por el modo en que se manifiestan estos deseos (que no siempre son de buena voluntad). El modo del automatismo simplificado y colectivo a través de los cuales se canalizan las reacciones, que en principio podrían ser no patológicas. El automatismo toma la forma de una cruzada. Muchas veces decir ¡Paz! o ¡No a la Guerra! se ha convertido en una forma de saludo; la chapa ¡No a la Guerra! que llevan prendida intelectuales, artistas y todo género de creadores, recuerda una especie de carnet de identidad o detente, o simplemente una cruz o una media luna. Pero el automatismo, en el caso de los fenómenos sociales, es tanto más significativo y paradójico si se tiene en cuenta que todo fenómeno social necesita de símbolos, objetivos, formulaciones, ideologías, &c. que tienen que ver con la «conciencia» de los individuos, considerados libres, y, por tanto, con la incorporación «de buena fe» de estos individuos al proceso social. Pues aún cuando entre las causas del síndrome haya que hacer figurar muchas veces a agentes organizados muy definidos (comités de preparación y seguimiento de las manifestaciones, gabinetes de agitación y propaganda por internet, establecimiento de horarios y calendarios y su articulación internacional: nada de movimientos espontáneos) sin embargo el síndrome no se produciría sin esa «incorporación libre» de los individuos, y es aquí donde reside el síndrome y su misma «espontaneidad». De manera que aún cuando pueda afirmarse que los manifestantes han sido instigados como individuos a incorporarse a las manifestaciones sociales, sin embargo son totalmente responsables de su incorporación, y así lo proclaman ellos mismos cuando declaran enérgicamente, en las encuestas, que su participación en las manifestaciones se debe a una decisión íntima, tomada reflexivamente y «en conciencia». Los mismos instigadores, organizadores o ideólogos que puedan considerarse como factores causales del síndrome, apelan a la conciencia de los manifestantes. Y, en efecto, esta conciencia, aunque haya sido estimulada, por contagio o imitación (en el sentido de Gabriel Tarde), es conciencia individual propia y responsable: en esto reside su naturaleza fenoménica, su carácter ilusorio.

2

Pero sabemos, o damos por supuesto, que una conciencia práctica, por intensos que sean sus requerimientos, puede ser una falsa conciencia. La paradoja de la falsa conciencia es esta: que cuanto más intensamente brille en ella la evidencia o la certeza práctica, más abstracta o errónea es, más falsa conciencia. Y esto incluso en los casos en los cuales el «consenso de las conciencias» sea prácticamente universal. Durante siglos y siglos los hombres tuvieron la evidencia de que ocupaban el centro del Mundo, y de que el Sol giraba en torno a la Tierra; pero esta evidencia era errónea, abstracta. Todavía en nuestros días la mayor parte de las «conciencias» sigue creyendo en su inmortalidad; la gente sigue hablando con sus muertos y les ofrece flores y oraciones en sus tumbas. Pero esta conciencia es ilusoria, y tan intensa, que cualquier argumento contra ella resbalará como resbala el agua de la lluvia ante una superficie impermeable. Y esto dicho sin perjuicio de reconocer el funcionalismo social y psicológico del culto a los muertos. Lo que se afirma es que este funcionalismo pasa por la ejercitación de una falsa conciencia, y que esta falsedad no queda suprimida por su funcionalismo, que es precisamente el que la entre-tiene.

Y hablando de la supervivencia de la conciencia, cabe suscitar una cuestión que está muy relacionada, aunque de modo muy especial, con el SPF. Es la cuestión de la diferencia en el modo de creer en esta inmortalidad por parte de quienes, en situación de guerra, se reconocen en la vecindad de la muerte. La diferencia tiene que ver con la distancia entre cristianos (o judíos) y musulmanes. Cristianos o judíos tratan siempre, cuando emprenden una acción peligrosa para su vida, de preservar esta vida, no ya tanto evitando el peligro de muerte (puesto que ello conduciría a la cobarde inhibición o deserción) sino no utilizando a ella misma como instrumento, preservándola en lo posible precisamente para poder seguir actuando personalmente. Por ello, un individuo cristiano, aunque sea el terrorista que pone una bomba, prepara la coartada respecto de los efectos que para su cuerpo esa bomba pueda tener: en ningún caso utilizará su propio cuerpo viviente como instrumento, inmolándolo, al estilo de los musulmanes palestinos o iraquíes (que, a la hora de la verdad, se inmolaron mucho menos de lo que se preveía). ¿Cómo no poner en relación estas diferencias de conducta con las respectivos creencias en la inmortalidad del alma? Los cristianos creen en la inmortalidad del alma vinculada al cuerpo (creen en la resurrección de la carne) y por ello vinculan su conciencia individual a su propia corporeidad. En cambio, en la tradición musulmana, la conciencia individual puede vivirse como si estuviese subsumida en la conciencia de algún principio superior, angélico o divino. Es bien sabido que en la tradición del pensamiento musulmán –Alkindi, Alfarabi, Avicena, todos ellos vivieron además en las proximidades del Éufrates– el Entendimiento Agente, principio del conocimiento racional humano, se identificaba con Dios o, al menos, con alguna de las Inteligencias que mueven las esferas celestes. Alfarabi, que vivió en Bagdad hace poco más de mil años, reinterpretó al Arcángel Gabriel, el que reveló a Mahoma el Alcorán, con el Entendimiento Agente. Contra este modo de entender el «mecanismo» de la razón (dentro de los planteamientos de Aristóteles), Santo Tomás defendió, contra los «averroístas», la naturaleza individual del Entendimiento Agente (otra cuestión es la de si Averroes mantuvo efectivamente la tesis tradicional musulmana; lo que puede decirse, con Renan, es que las expresiones que utiliza en su comentario Sobre el alma de Aristóteles, incluso las que se contienen en el párrafo 125, no son todo lo claras que sería de desear). Y no es que la tradición cristiana se mantenga al margen de la creencia en los ángeles; es que, para los cristianos, el hombre, a través de la Encarnación de la Segunda persona de la Trinidad, queda elevado, en la jerarquía universal, incluso por encima del primer coro angélico, y aún dispone de ángeles para su servicio (el más popular es el Ángel de la Guarda individual). ¿Quién se atrevería a subestimar el alcance de estas diferencias teológicas como índices de las diferencias sociales e históricas irreductibles entre las sociedades empapadas de cristianismo y las que están empapadas de islamismo?

3

Precisamente por atención a estas diferencias tenemos que comenzar circunscribiendo el SPF a las sociedades «occidentales», a las manifestaciones de España, Italia, Francia, Alemania, Portugal, Argentina, Australia y aún Estados Unidos. Puesto que es evidente que las manifestaciones masivas ¡Por la Paz! y ¡No a la Guerra! de Palestina, Irán, Pakistán, Egipto, Jordania o del propio Irak no son propiamente manifestaciones pacifistas, sino precisamente todo lo contrario: proclaman la Yihad, la Guerra Santa; no van dirigidas contra la Guerra, sino contra esta guerra que el imperialismo anglonorteamericano ha emprendido contra su pueblo. Es evidente que a pesar de la semejanza «fenotípica», debida en gran parte al contagio de algunos rasgos, la génesis de las manifestaciones islámicas no tiene que ver con la génesis del SPF de los pueblos occidentales. Diremos más: las manifestaciones islámicas contra esta guerra, que algunos estiman dirigida contra sus propias creencias, no plantean ningún enigma. ¿Qué otra cosa podría hacer un pueblo invadido y que, lejos de practicar el pacifismo hindú (al estilo de Gandhi), cree en el Arcángel San Gabriel, en Mahoma, en la Guerra Santa y está dispuesto, no sólo «a sufrir por sus creencias», sino también a inmolarse por ellas?

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Lo que sí ofrece dificultades de explicación y de interpretación es el SPF constatado en las sociedades occidentales, acondicionadas como Estados de bienestar, como Estados de derecho y como Democracias de mercado pletórico, resultantes de la evolución darwiniana de una selección natural o histórica que ha logrado, tras siglos y siglos de guerras continuadas, establecer el orden internacional de los vencedores que culminó, tras la Segunda Guerra Mundial, con la institución de la Organización de las Naciones Unidas.

Desde una perspectiva filosófica, el problema lo plantearíamos de este modo: ¿Cómo se ha llegado a la situación, que consideramos característica de SPF, según la cual el no a la guerra concreta del Irak se identifique, por parte de millones y millones de personas, con un no a la guerra en general y por tanto, con un sí a la Paz, a una paz perpetua universal y trascendental, que se justifica, al modo fundamentalista, en nombre de la Humanidad, es decir, con una exigencia que dice proceder de las mismas entrañas del Género Humano?

Lo característico, en efecto, de este SPF estribaría, cuanto a su objetivo, en la condenación de la guerra del Irak en nombre de la paz universal y perpetua (lo que no excluye una argumentación de corroboración contra la guerra concreta de Irak, que denuncia los intereses de los petroleros tejanos, por ejemplo, aunque esta argumentación figuró más bien en los prodromos del síndrome –¡No cambiar sangre por petróleo!–, fórmula sustituida por las consignas ¡No a la Guerra, Sí a la Paz!) y en cuanto a la forma de justificación de ese objetivo, en la manera axiomática, tautogórica, dogmática, de vivirlo. Son estas características las que necesitan explicación, puesto que aparecen en sociedades de tradición secular belicista: todas ellas tienen ejércitos permanentes, una gran parte de ellas disponen de bombas atómicas, y la mayoría están integradas en organizaciones militares internacionales tipo OTAN. Y en sociedades de una profunda tradición crítica contra todo tipo de evidencias axiomáticas o de revelaciones arcangélicas.

¿Representa el SPF el indicio de la cristalización de una «filosofía», de una «ideología» pacifista universal, de un pensamiento único de signo pacifista que entrañaría una concepción nueva, cuanto a la extensión y firmeza del consenso, del Género Humano, y por tanto de la Naturaleza y de la Cultura? ¿Estamos ante una revelación práctica nueva –con sus precedentes, sin duda– de la que habría que esperar cambios revolucionarios, aunque por vía pacífica, en todo lo que concierne a la transformación del Género humano? Algunos han hablado de una nueva conciencia práctica de la Humanidad, surgida en los albores del tercer milenio.

Sea. Pero quienes no creemos en revelaciones del espíritu de la época, ni menos aún en revelaciones del arcángel San Gabriel, tenemos que plantear el problema de la génesis y rápida cristalización, al menos aparente, durante estos meses, de ese nuevo consenso universal en torno a la paz perpetua, en la medida en que es vivido precisamente como una evidencia inmediata e indiscutible, por todo aquel que cree representar los intereses mismos del Género Humano («me avergüenzo de la guerra, en cuanto hombre»). Hasta un punto tal se manifiesta esta evidencia inmediata como derivada de la conciencia misma de la Humanidad, que quien la posee –es decir, quién está afectado del SPF– no puede concebir siquiera la existencia de alguien que no la comparta. Quien declaró la guerra, quien no busca pararla de inmediato, quien colabora de algún modo con ella –Bush, Blair, Aznar– no podrá ser por tanto considerado propiamente como persona humana: será un asesino con el cual es indigno discutir; estará fuera de sí, será un demente o un loco. (El día 4 de abril tuve el honor de pronunciar en León la lección inaugural de un congreso de psiquiatras, asistentes sociales, &c., en torno al tema Genio, Locura, Creatividad. Un periodista, ante una nube de cámaras y grabadoras, me preguntó, completamente en serio, si no había que pensar, en el contexto del Congreso, si el presidente Aznar no había enloquecido por su comportamiento en apoyo de Bush y Blair.) De hecho, quienes sufren el SPF no admiten siquiera que alguien argumente en su presencia, no ya «en favor de la guerra», sino simplemente tratando de entender las razones o motivos «antropológicos» del enemigo. Inmediatamente levantarán sus pancartas y estallarán en un griterío ensordecedor –¡Guerra no!– como hicieron algunos concejales de Cádiz o hacen los diputados de Izquierda Unida o del PSOE en cada sesión de control o de información en el Parlamento. Son estas sesiones las pruebas más contundentes contra la teoría habermasiana del diálogo. Tras cuatro o seis horas de debates intensos, las posiciones al final se mantienen sin moverse un milímetro. Pero las posiciones del fundamentalismo más intolerante son propias de los partidos de la oposición, sobre todo IU y PSOE, que comienzan descalificando por completo al gobierno del PP, sin entrar siquiera en sus argumentos, porque proceden iluminados por la evidencia de que todo aquel que simplemente tolera la guerra (tolera, de tollere) para evitar males mayores está ya militando en las filas del mal o de la demencia. No merece siquiera la pena ser rebatido. Sólo ser derribado.

«Nada puede hacerse ante un batallón de requetés recién comulgado», decía Indalecio Prieto durante la Guerra Civil Española. Nada puede argumentarse ante una procesión de artistas, cristianos, comunistas, socialistas, estudiantes «recién comulgados» con la evidencia de la paz perpetua de la humanidad. Sólo puede esperarse a que la fase aguda del síndrome comience a calmarse, a que los manifestantes y los políticos dejen de gritar ¡Paremos la Guerra!, incluso después de la toma de Bagdad.

5

Pero algo puede hacerse cuando nos distanciamos un poco, aunque sea mirando desde el balcón de una gran ciudad a la procesión cuyos aullidos seguimos sin embargo escuchando y a la policromía de las corrientes de procesionarios que la componen.

Distinguimos ante todo corrientes de izquierdas definidas: en España, IU y PSOE, que van del brazo: pero también distinguimos corrientes que no quisieran ser definidas como de izquierda, sino que creen encontrarse más allá de esta distinción, como pudieran serlo las corrientes del «laicado» organizadas por párrocos católicos, que portan cirios semipascuales, por europeístas, por gentes del centro derecha; aunque también podrían clasificarse como izquierdas extravagantes o divagantes, nutridas principalmente por los que a sí mismos se llaman artistas e intelectuales. Sin embargo todos ellos hablan como si fuesen «conciencias» inspiradas directa e inmediatamente por el mismo Género Humano que habría inspirado, hace ya unos años, en 1947, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Por motivos taxonómicos obvios, y de la misma manera que pusimos aparte a los manifestantes musulmanes de Irán, de Palestina, de Pakistán, &c., contra la guerra en curso, pero en nombre de una Guerra Santa, tenemos que segregar, entre los manifestantes españoles a aquellos que en las manifestaciones se comportan mediante actos agresivos propios de la kale borroka, estrechamente vinculados con los grupos que asaltan las sedes del PP, con bombas caseras, pintadas o rotura de cristales. Hay que suponer que estos grupos, si no están compuestos de dementes exaltados próximos a las manadas de monos aulladores, no actúan afectados al SPF en nombre de la Paz, sino que se orientan por motivos de lucha que acaso tienen mucho que ver con la antigua acción directa de los anarquistas del XIX y principios del XX, o con el terrorismo secesionista gallego, vasco o catalán del presente.

6

Las corrientes afectadas por el SPF se inspiran directamente en su evidencia práctica inmediata e intuitiva que les lleva al rechazo incondicional de la guerra, en nombre de la paz. La nueva revelación no necesita mayores definiciones ni precisiones, ni las admite. Podrían decir los afectados: «Más vale sentir la Paz, y la aversión visceral a la Guerra, que saber definirlas.» Pero esto no excluye que, de hecho, y sin perjuicio de ese sentimiento (quienes, a través del clero posconciliar, tomaron algún contacto con la filosofía alemana dirán: «sin perjuicio de esa vivencia de la paz») las diferentes corrientes representen sus sentimientos (o sus vivencias) por medio de diferentes fórmulas ideológicas (filosóficas, teológicas o científicas). Por ejemplo:

Las corrientes de izquierdas definidas levantarán la pancarta de la igualdad, de la justicia o de la solidaridad: es la solidaridad con el pueblo iraquí, o con cualquier otro pueblo atacado que entre en nuestro campo visual (campo que queda a veces eclipsado por las urgencias del momento: Nigeria, el Congo, &c.), lo que desencadenará en ellos el SPF.

Las corrientes que tienen que ver con la Iglesia católica, con su Papa en vanguardia, hablarán en nombre del amor y de la fraternidad de todos los hombres (aunque con frecuencia, el término «solidaridad» vaya sustituyendo, entre los cristianos afectos al SPF, al término «caridad» –que suele ser rechazado enérgicamente– o «fraternidad» –acaso por influencia de la izquierda extravagante constituida por las ONGs cristianas y socialistas a la vez–).

Las corrientes que invocan el europeísmo, como un depósito de «valores históricos» capaces de enfrentarse a los «valores norteamericanos», hablarán en nombre de la racionalidad y de la civilización: la Guerra nos conduce, dirán, derecho a la Barbarie.

Los artistas e intelectuales, que generalmente se autodefinen como de izquierda, y aún como «vanguardia de la humanidad», hablarán de la Paz en nombre de la creatividad: la Creación exige la Paz, porque la Guerra destruye las salas de exposiciones, los auditorios, los estudios de cine y de televisión, los museos y aún los mismos caballetes de los pintores.

También hay grupos de ecologistas o de verdes que proclamarán su aborrecimiento a la guerra por el «impacto ambiental» que producen los misiles, los tanques reventados, los bosques en llamas.

Los juristas confiarán en la instauración de un Tribunal Internacional-Universal de Justicia cuyas sentencias puedan mantenerse por encima de los Estados. Es el ideal límite de la profesión: que el Poder Judicial (es decir, el poder de jueces, abogados y legistas) sea no sólo independiente, sino superior al Poder Ejecutivo, a los poderes ejecutivos de todos los Estados del mundo.

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Son precisamente estas envolturas ideológicas, tan diferentes entre sí, de la común «vivencia de la Paz», las que nos ponen sobre la pista de la necesidad de explicar los mecanismos a través de los cuales cristaliza el SPF.

Sencillamente es inadmisible que el SPF pueda ser explicado como expresión de una revelación directa procedente de una conciencia de la humanidad, a título de fuente, que, a través de diferentes cauces, se hace presente a las diversas corrientes que de ella emanan.

Habrá que explicar, por de pronto, la inflexión pacifista de las izquierdas definidas. La izquierda radical, la izquierda jacobina, sobre todo, la que instauró la serie de las generaciones de izquierda con la Gran Revolución, se abrió paso a través del terror y de la guillotina y, poco después, a través de las guerras napoleónicas. Pero, para volver a épocas más recientes, ¿no apoyó el partido socialdemócrata alemán la Primera Guerra Mundial, y dirigentes destacados suyos, como hemos dicho, fusilaron a los líderes que se oponían a la guerra? Y, ¿cómo los comunistas pueden olvidar que la Revolución de Octubre exigió el asalto al Palacio de Invierno, y los planes quinquenales de Stalin exigieron la muerte de millones de ciudadanos? ¿Cómo pueden olvidar en España las corrientes de izquierda que la Revolución de octubre de 1934 equivalía al principio de una guerra civil preventiva, ante la gran probabilidad de que el gobierno de Lerroux, que había dado entrada en el ejecutivo a tres diputados de la CEDA, diera un golpe de estado fascista al estilo Dollfuss? ¿Y cómo olvidar los proyectos del Partido Comunista de España, tras la Segunda Guerra Mundial, para organizar un ejército guerrillero capaz de derribar al régimen de Franco, supuestamente en agonía? ¿Y Cuba? ¿Y las guerras de liberación nacional de Africa o de América del Sur? El grado de conciencia de muchos manifestantes por la paz puede contrastarse advirtiendo, no sin vergüenza ajena, que muchas pancartas por la paz portadas por gentes de izquierda llevaban inscrita una imagen del Che Guevara.

Y la Iglesia Católica, al defender la Paz incondicional en nombre de Cristo, tendrá que explicarnos el versículo de Mateo 10,34: «Yo no he venido a traer la Paz sino la Guerra» (la Vulgata traducía «la Espada», lo que permitía a los exégetas ofrecer la ingeniosa hermenéutica: «espada espiritual»). Y tendrá que explicar toda la tradición de las Cruzadas, la doctrina de la guerra justa, desde Santo Tomás hasta Vitoria, y aún los artículos del Catecismo de Juan Pablo II, en los que se dice que «no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa mediante la fuerza militar» (2308-2309). Pero entonces, ¿quién es el Papa, hablando en nombre de un Dios inexistente (aunque el espíritu de tolerancia ni siquiera quiere entrar en este punto), para oponerse a priori a la decisión que debe suponerse fruto de la prudencia política de los gobiernos legítimos? Una decisión que, equivocada o no (en todo caso, la prudencia sólo prueba su verdad por sus resultados), el gobierno español ha creído imprescindible actuar en línea con Estados Unidos, Inglaterra y otros países, para mantener el orden internacional.

¿Y quien puede defender la Paz, en general, en nombre de Europa y de su supuesto racionalismo? Sólo quien toma a Kant y a su paz perpetua como símbolo de Europa. Pero, ¿donde está el racionalismo de Kant, que intentó hacer revivir a las tres ilusiones trascendentales de la Razón especulativa –Alma, Mundo, Dios– realimentándolas con el voluntarismo de la Razón práctica y convirtiéndolas por tanto, de hecho, en tres gigantescas imposturas? ¿No son tan europeos como Kant el padre Vitoria, Hobbes o Hegel, o bien Spengler, Scheler, Schmitt, Ortega? Conviene recordar a los pacifistas algunas ideas del primero de todos ellos, a quien suelen invocar jueces y partes, a Francisco de Vitoria, presentado una y otra vez como el fundador del Derecho Internacional:

«En segundo lugar, digo que cuando es necesario para el fin de la victoria matar a los inocentes es lícito hacerlo, como el bombardear una ciudad para tomarla, aunque ello cause la muerte de inocentes, ya que estas muertes se siguen sin intento o per accidens [hoy decimos: como efectos colaterales]. De esto no puede dudarse, lo mismo que si se expugnara un castillo.»
«Es lícito a los españoles comerciar con ellos [con los bárbaros, con los indios], pero sin perjuicio de su patria, importándoles los productos de que carecen y extrayendo de allí oro o plata, u otras cosas en que ellos abundan [Vitoria no conocía el petróleo].»
«Si tentados todos los modos, los españoles no pueden conseguir su seguridad entre los bárbaros si no ocupando sus ciudades y sometiéndolas, pueden lícitamente hacerlo.»

(Ninguno de estos textos aparece por cierto citado por un «Grupo de dominicos de Salamanca» que en marzo de 2003, invocando a su hermano de orden, manifiestan su Rechazo contra la Guerra –sin duda estos dominicos querían decir «rechazo a la guerra», pero su apasionamiento les hizo olvidar la ley de la doble negación–. En las mismas páginas de internet de los padres dominicos, Fray Bernardo Cuesta O.P. subraya, como si quisiera señalar la diferencia de nuestras guerras con las de la época del padre Vitoria, que «la capacidad destructora del moderno armamento, realizada a distancia, hace imposible cualquier tipo de discriminación entre combatientes y población civil». El padre Cuesta se ha olvidado de que el moderno armamento que precisamente opera a distancia de miles de kilómetros, ha conseguido objetivos selectivos mucho más precisos que el que conseguían a menos distancia los cañones del siglo XVI, lo que explica que el número de muertos de la guerra del Irak, previsto por los pacifistas en torno al millón de personas, no haya superado la cifra de los miles.)

Logotipo de Cultura contra la Guerra, plataforma de artistas en contra de la guerra

¿Y qué nos dicen los artistas e intelectuales? En cuanto artistas, ofrecen en España un proyecto cuya enunciación sería digna del cerebro de una gallina, si esta pudiera hablar o escribir: «Cultura contra la Guerra». Porque, ¿acaso la guerra no es ella misma cultura, y, más aún, atributo de la civilización? ¿Acaso las armas –desde le flecha hasta el tomahawk– no son productos culturales? Al levantar su pancarta Cultura contra la Guerra los artistas e intelectuales –es decir, los creadores– parecen querer hacer revivir algo así como la antigua fórmula de las letras contra las armas, enfrentándose, y ello ya tendría sentido, a los discursos sobre las nupcias entre las armas y las letras. Pero al tomar la parte por el todo, las letras por la cultura, están demostrando simplemente el desarrollo del sistema de sus conceptos; están dando por supuesto que las letras (o afines: las músicas, las pinturas) son valiosas por el hecho de ser cultura. Además, el ser artista no confiere a quien se presenta como tal ningún título especial para apoyar, en cuanto ciudadano, sus juicios sobre la paz y la guerra, sobre todo si tenemos en cuenta que un gran número de escultores o pintores, que han sobresalido en sus oficios respectivos, no alcanzaron cocientes intelectuales superiores a 0,40. Sabemos que el cociente intelectual se calcula sobre la medida de aptitudes que privilegian el lenguaje, el cálculo, &c., y que lo valioso puede ser, en el tablero de la cultura objetiva, hablar o calcular más que pintar o esculpir. Pero cuando hablamos de fórmulas verbales (conceptuales, por tanto) tales como las que figuran en la pancarta Cultura contra la Guerra, la condición de artista, de pintor o de escultor, lejos de añadir alguna autoridad, puede más bien ponerla en duda. No es la condición de artista la más apropiada para adoptar juicios políticos prudentes. Los deseos o los sentimientos, canalizados por el arte, no constituyen ninguna garantía en la formación de opiniones fundadas sobre la paz o sobre la guerra. Y en todo caso, ¿cómo pueden olvidar los artistas que la exaltación de la guerra y de los valores guerreros proceden sobre todo de la escultura o de la pintura, de la música, o de la poesía épica? Los museos de pintura o de escultura, los conservatorios de música o las bibliotecas quedarían diezmados si la «cultura pacifista» de algún gobierno democrático se decidiera a expurgarlos de las obras de arte que exaltan las virtudes bélicas (muchas editoriales ya han iniciado esta tarea, al menos en el terreno de los cuentos infantiles, expulsando de sus páginas al lobo feroz, a la madrastra, al ogro y a otras muchas figuras de la «cultura popular tradicional»).

En cuanto al Tribunal Superior de Justicia: se reprocha a Estados Unidos el no aceptar que un semejante tribunal entendiese de las causas abiertas contra Sadam Husein y el cortejo de la baraja de los cincuenta y cinco. Pero, ¿cómo iba a aceptarlo si uno de los motivos constantes en las manifestaciones por la paz han sido los gritos y carteles en los que se llama ¡asesinos! a Bush, Blair y Aznar?

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Las ideologías pacifistas que envuelven, como nebulosas, al SPF, son, como hemos visto, muy diversas y heterogéneas, pero todas convergen en un requerimiento ético: «¡No a la Guerra! ¡Sí a la Paz!» Se diría de quienes se manifiestan en torno a la Paz lo mismo que Maritain dijo de quienes se sentaban en torno a la mesa que estaba redactando la declaración de los derechos humanos (que era, por cierto, una declaración dada a escala ética): «Todos estamos de acuerdo con tal de que no se nos pregunte por las razones.»

El SPF, en efecto, no se alimenta de razones, sino de principios inmediatos de carácter ético, orientados a preservar la vida de los cuerpos humanos, cualquiera que sea la condición de estos cuerpos –sanos o enfermos, niños o ancianos–. Estos principios éticos se canalizan por dos vías diferentes: la vía de la voluntad (o del amor) y la vía del conocimiento (o de la razón). Por la vía del amor transcurren las voces de quienes se oponen a la guerra inspirados en las Bienaventuranzas (¡Amáos los unos a los otros!, ¡No odiéis al enemigo!, &c.). Por la vía de la razón transcurren las voces de quienes, más fríos, se oponen a la guerra apelando a su irracionalidad y a la estupidez de quienes recurren a ella. Ahora bien: los principios éticos son abstractos, como es propio de todo principio. Un principio sólo es tal en composición con otros principios que limitan y determinan su alcance. Por ello es mero simplismo atenerse a un principio en abstracto; y no es «incoherencia» el que los que discurren por la vía de la caridad (invocando las encíclicas de Juan XXIII o de Juan Pablo II) pertenezcan a tradiciones que han utilizado ampliamente el recurso a la violencia (desde las Cruzadas a la Inquisición, desde el Padre Vitoria hasta las pastorales del Cardenal Gomá o de Pla y Deniel). Quienes condenan la guerra en nombre de la estupidez humana no hacen sino refugiarse en la petición de principio (son estúpidos quienes emprenden una guerra, en lugar de seguir las vías de la negociación pacífica y del diálogo, como si estas condujesen siempre a algún puerto) y no explican la guerra. Y al considerarla, por estúpida, inútil e irracional, se obligan a considerar estúpida e irracional prácticamente toda la historia de la humanidad. Prefieren despreciar a entender.

Y no se trata de impugnar los principios éticos, porque ellos conservan intacta toda su fuerza, la fuerza del deber ser. De lo que se trata es de reconocer las contradicciones objetivas, en determinadas circunstancias, entre los principios éticos y los principios morales o políticos, evitando la ocultación de estas contradicciones, mediante la apelación al odio o a la estupidez de quienes han optado por la guerra. Esta ocultación de la contradicción objetiva sólo puede explicarse como un producto de la mala fe, es decir, de una pretensión de justificación preventiva, que arroja toda la culpa a quienes aceptan la guerra por no haber seguido sus consejos. Pero, ¿tenían estos consejos capacidad alguna para arreglar algo?

De hecho, la estrategia de quienes trabajan para apoyar y extender la fuerza de estas normas –periodistas, cámaras de televisión, fotógrafos– se orientan sistemáticamente hacia la presentación monográfica de imágenes de niños desgarrados por una mina, de mujeres destrozadas por una bomba, de ancianos tendidos en el suelo de su casa o en la cama del hospital. Son los cuerpos heridos, despiezados o muertos, de niños, mujeres y ancianos, aquellos que los medios parecen seleccionar preferentemente como excitantes del horror ético. No deja de tener interés la constatación del escaso uso, por parte de los medios de las imágenes de docenas y docenas de cuerpos humanos que son destrozados semanalmente en las carreteras por los accidentes de tráfico propios del Estado de bienestar; su exhibición se consideraría de mal gusto, «obscena», porque hiere la sensibilidad; menos aún se utilizan estas imágenes, que podrían ofrecerse en flujo continuo y creciente durante años y en todo el mundo democrático, para emprender una campaña orientada a la extirpación, en nuestra cultura objetiva, de los automóviles (a fin de cuentas podría decirse que los accidentes de carretera son daños colaterales del tráfico).

Ahora bien: las evidencias éticas que constituyen el núcleo del SPF, si creen poder prescindir en la práctica de su exposición o manifestación, de cualquiera de las nebulosas ideológicas en las que de hecho van envueltas, es porque se consideran inmediatamente reveladas a la conciencia íntima de cada cual, sea por el Dios que se hizo presente en el Evangelio de San Juan («Dios es caridad»), sea por el Género Humano que se reveló en la Declaración de Derechos Humanos de la ONU.

Sin necesidad de entrar a discutir la suposición de semejantes fuentes de estas evidencias éticas inmediatas (¿desde donde actúa el Dios invisible? ¿cómo puede haber escrito algo en el corazón humano?), lo cierto es que tales evidencias éticas, para concretarse en el SPF, han tenido necesidad de causas más positivas y prosaicas, menos sublimes. De esto ya nos ofrece un indicio la circunstancia de que la luminosidad de la conciencia ética, en la forma del síndrome SPF, suele ser más intensa en los individuos que viven en los llamados Estados de bienestar, sobre todo si están en época electoral, y muchas veces en función del sostenimiento de la vida de otros individuos lejanos que contribuyen directamente a su propio bienestar. (Si el gobierno francés insinuó la posibilidad de interponer su veto en el Consejo de Seguridad ante las potencias que instaban perentoriamente a la intervención militar en Irak, no era sólo porque estaba recibiendo la iluminación directa de Dios o del Género Humano, sino porque tenía intereses muy fuertes con los iraquíes, relacionados con el precio muy barato del barril de crudo explotado por compañías francesas y otras muchas cosas.)

En general, la energía que nutre las evidencias normativas, incluso si estas son éticas, no es ética por sí misma, sino de otro orden, que se transforma y se purifica, sin duda, en la forma de energía ética, a la manera como la chatarra se transforma y purifica en la estatua moldeada por el gran escultor. Si las normas éticas brillasen por la inspiración directa de Dios, o de los corazones humanos, no se explicaría la conducta de tantos y de tantos hombres pertenecientes a tribus primitivas (los dobuanos, por ejemplo), o de gentes más evolucionadas, ni de la conducta de tantos y tantos hombres de sociedades históricas capaces de llevar a la hoguera, «abrasados por la caridad divina», a los herejes, o de hacer pasar por las cámaras de gas a millones de judíos.

El combustible del imperativo ético, y concretamente, del que actúa como imperativo categórico en el SPF, no es él mismo ético. Por ejemplo, el imperativo ético que se expresa en el ¡No a la Guerra! de los militantes o simpatizantes del PSOE o de IU que se manifiestan, por decenas de millares, contra el gobierno del PP, no se alimenta de combustibles éticos (¿por qué estos no ardieron en la guerra primera del Golfo, o en Kosovo, o en Afganistán, o del Congo?) sino políticos: el impulso del ¡No a la Guerra! es prácticamente equivalente al no al Gobierno a quien previamente se le ha identificado con la guerra asesina. (De hecho fotografías de miembros del gobierno o del Partido Popular han sido paseadas por los manifestantes con el rótulo de «asesinos».)

La conciencia ética que se expresa en el SPF, aunque esté alimentada por intereses que tienen poco que ver con la ética, no tiene sin embargo por qué entenderse como una máscara hipócrita destinada a encubrir esos intereses. Es, si cabe, algo peor. Pues la conciencia ética tiene consistencia por sí misma, y por así decirlo, los objetivos de esta conciencia ética purifican la probable miseria, subjetivismo o suciedad, o simplemente particularismo, de los intereses que la mueven, como ocurre siempre que cabe disociar los fines operis de los fines operantis.

Si consideramos al SPF como un fenómenos ideológico de falsa conciencia no lo hacemos en función de esos supuestos intereses ocultados que esa voluntad ética por la paz entraña; lo hacemos por la forma abstracta o simplista según la cual se ejercita esa voluntad ética, intentando ocultar las contradicciones objetivas.

Forma abstracta, porque los objetivos éticos se proponen como si ellos fueran objetivos sustantivos y viables en su estado de abstracción. Como si la paz y el no a la guerra pudieran ser objetivos susceptibles de ser propuestos al margen de la política, derivándolos directamente de la conciencia ética de la humanidad, o de la conciencia divina, es decir, de una conciencia metafísica. Porque si la humanidad histórica sólo existe dividida en sociedades políticas, y la paz y la guerra sólo pueden tener lugar entre estas sociedades, los requerimientos éticos que se expresan en el SPF deberían formularse teniendo en cuenta las coyunturas políticas, y habrían de fundarse sobre un juicio meditado acerca del significado del orden internacional que, se supone, mantiene en equilibrio a las sociedades políticas que existen sobre la Tierra. Pedir la paz y no la guerra incondicionalmente, abstrayendo cualquier consideración de coyuntura internacional, es un acto que roza con el infantilismo, descontando la mala voluntad. Pero no puede tomarse en cuenta, como exculpación del infantilismo simplista que se les imputa, los juicios dogmáticos que ellos formulan sobre el carácter depredador, asesino o demente de quienes decidieron la intervención en Irak tras la reunión de las Azores, porque estos juicios están construidos ad hoc para condenar éticamente la guerra y pedir la paz, y forman parte, en consecuencia, de un círculo vicioso. Aún los más fanáticos defensores de la paz, que comienzan su saludo con el ¡No a la Guerra!, es decir, los enemigos de Bush, Blair o Aznar, tendrían que comenzar tratando de entender las razones del enemigo, en lugar de limitarse a negarles cualquier tipo de razón, declarándoles necios, locos o asesinos, sin mayor discusión.

Pero la guerra está en marcha, y tiene sus motivos, y su propia dinámica, y sus propios objetivos. Estos objetivos tienen sin duda que ver con la consolidación de un orden internacional, una vez que el derrumbamiento de la Unión Soviética llevó a la Asamblea General de las Naciones Unidas a formar la «ilusión democrática» expresada en la Carta. Pero, ¿cómo la ONU puede ser la plataforma de un orden internacional? ¿Acaso su fuerza procede de alguna fuente distinta de las aportaciones de sus socios? ¿Acaso estos socios no continúan actuando en ella por cuenta propia, como Estados o como coaliciones de Estados, siguiendo intereses particulares, y a los que sólo la fuerza de los demás podría poner límites? Afirmar que los Estados Unidos, junto con Blair y Aznar, han subvertido el orden internacional y el derecho internacional, al decidir la intervención, sin contar con el Consejo de Seguridad de la ONU, es suponer que ese orden internacional representa el orden del derecho y de la justicia. Pero una tal suposición es errónea. ¿Acaso no forma parte de ese derecho internacional la facultad de veto que tienen los cinco grandes? Si Estados Unidos o Inglaterra hubieran expresado explícitamente su derecho de veto contra una mayoría del Consejo contraria a la Guerra, se hubieran mantenido dentro del derecho internacional. Si un socio de la ONU siente amenazada su seguridad y decide proceder contra los causantes de esa inseguridad (otra cosa es que acierte o se equivoque en su identificación) comenzará buscando adhesiones de otros Estados; pero si no las encuentra y puede prescindir de ellas, a nadie tiene que pedir permiso, según el derecho internacional, para obrar por su cuenta. Los otros socios invocarán el orden internacional y el consenso. Pero la cuestión es esta: ¿quién manda en el mundo en cada época? Es decir: ¿tienen más poder contra los Estados Unidos y sus aliados todos los demás países de la ONU juntos? El 11 de septiembre de 2001 determinó que los Estados Unidos, golpeados gravemente por un terrorismo bien organizado, y ante la debilidad de reacción de otros socios, experimentase la necesidad de poner sobre la mesa (en la ONU y fuera de ella) la cuestión: ¿quién manda en el mundo? Y sobre todo: ¿quién va a mandar en el mundo a lo largo del siglo que comienza, cuando otras grandes potencias (como China, Rusia o Japón) o algunas coaliciones de pequeñas potencias (como Irak, Irán, Libia) puedan poner en peligro ese orden que habrá de mantenerse, desde luego, a la medida de quien tiene capacidad para sostenerlo?

Ese orden será injusto, desde el punto de vista del «derecho natural», pero quien se mantiene en él dirá siempre que prefiere la injusticia al desorden. En todo caso la cuestión no está en elegir entre Orden y Justicia, sino entre un Orden y otro Orden. Y desde esta perspectiva la distinción entre guerras justas e injustas se reduce al terreno de la mera legalidad formal; y la distinción entre guerras defensivas y guerras preventivas comienza a aproximarse a la condición de una distinción oligofrénica. Cuando se invoca la necesidad de guardar el orden internacional y las normas del derecho internacional, se procede como si el orden internacional fuese idéntico a la justicia. Pero lo que llamamos orden internacional o derecho internacional tiene muy poco que ver con la justicia absoluta; tiene que ver con la situación de equilibrio factual alcanzado en las épocas precedentes por las potencias en conflicto. Se trata de un orden que cualquier potencia podría «denunciar» en cualquier momento siempre que tuviera fuerza para ello, es decir, siempre que tuviera seguridad de no meterse en un camino de aventuras condenado, con toda probabilidad, al fracaso. Dentro de la República romana, o del Imperio, la justicia –«dar a cada uno lo suyo»– se orientaba al mantenimiento del orden esclavista, a dar al terrateniente lo que era suyo y al esclavo sus cadenas. Esta misma idea de justicia es la que se utiliza en nuestros días bajo la fórmula del orden internacional.

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Los artistas e intelectuales que están creando, en el seno de un orden internacional vigente, en el que coexisten las democracias del bienestar, obras para las cuales el petróleo se hace imprescindible (porque el petróleo es necesario para que los creadores puedan, como Pedro Almodovar, coger el avión para recoger los premios que le concede una institución del Imperio, que no podría existir fuera de ese orden), ¿cómo pueden pedir la paz y decir no a la guerra sin mayores averiguaciones? ¿No se han preguntado si, al margen de que Sadam Husein tuviera o no armas bacteriológicas o armas químicas, el control de los recursos del Irak puede ser necesario para que el orden internacional, que ampara sus creaciones, se mantenga? Es decir, para que otro orden, el propio de una paz asiática, o acaso el de una paz musulmana, eventualmente iconoclasta (y por tanto enemiga de cualquier creación escultórica o pictórica), sustituya al orden en el que los artistas e intelectuales siguen segregando sus creaciones.

Las propuestas éticas que no tienen en cuenta las condiciones políticas en las cuales pueden desenvolverse las formas de vida de las mismas gentes que las expresan son productos de un mero infantilismo. Las propuestas éticas, como lo son los artículos de la Declaración universal de los derechos humanos, sólo pueden mantenerse desde algunas de las determinaciones (de etnia, lengua, sexo, religión…) que la propia Declaración pretende poner entre paréntesis, es decir, abstraer, para que el hombre sea reconocido como tal. Pues no es desde la conciencia humana (menos aún desde la divina) desde donde se proponen los derechos humanos como imperativos éticos. Es desde España, o desde Francia, o desde Italia, o desde Alemania… con todo lo que ello significa. Y quien no advierte tal significado es porque ha vuelto su corazón al estado de pureza del niño, es decir, porque obra de un modo infantil. Infantilismo que ni siquiera advierte que, en medio de su clamor SPF, la guerra está en marcha y que el orden será impuesto por quienes tienen mayor potencia política y militar, y no por las consignas éticas, que por sí solas no conducen a ninguna parte. Y con ello no pretendo insinuar siquiera que quien haya sido vencido habrá de contentarse con su suerte; digo que su rebelión sólo será posible si él mismo logra desencadenar mecanismos políticos y no sólo éticos, lo que significa, a su vez, que ha de prepararse para la guerra, y no limitarse a pedir la paz en los escenarios o en las calles. Deben saber los pacifistas españoles, herederos de los objetores de conciencia o de los insumisos, que quienes buscaron la debilitación del ejército y quienes rechazaron la posesión de la bomba atómica, podrían haber conducido a España a una situación de inferioridad irreversible en un orden internacional en el que otras naciones europeas (como Francia) disponen de la bomba atómica y del derecho a veto en el Consejo de Seguridad.

Cabe también señalar otro componente del SPF que tiene que ver con la falsa conciencia, y aún con la mala fe (en el sentido sartriano del que hemos hablado). Me refiero a quienes ofrecen su recomendación ética de la paz como si fuese un remedio suficiente para evitar las reglas y mantener el orden internacional, poniéndose por tanto ellos mismos al margen de toda responsabilidad, puesto que «ya advirtieron a tiempo del peligro». Pero, ¿es que acaso una guerra se produce por el simple hecho de no obedecer al interés ético?

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Entre las múltiples cuestiones interesantes que el análisis del SPF suscita destaca la del significado que pueda tener la afectación por el síndrome de las corrientes de izquierda definida más relevantes, como son en España IU y PSOE (y mucho de este significado habría que extenderlo a las izquierdas de otros países).

La cuestión se plantea a partir de un hecho que tiene mucha novedad: que las izquierdas en general no se han movilizado en función de propuestas por la paz en general, sino por la libertad, la igualdad o la justicia. No es que no hayan buscado la paz, y hayan establecido organizaciones en torno a este ideal. Es que no han rehuido la violencia o la guerra, o la revolución armada, para conseguir una paz justa. O dicho de otro modo: han preferido muchas veces el desorden de la revolución a la injusticia de la paz. Y si han combatido la guerra (¡Abajo las armas!) ha sido en función de guerras juzgadas como episodios de la política depredadora de los Estados del antiguo régimen o del imperialismo capitalista; o bien en función de proyectos bélicos o de revoluciones imprudentes que pudieran conducir (para utilizar expresiones de Engels) a una «carnicería en las filas del proletariado».

El gradualismo característico de la socialdemocracia es seguramente el antecedente más próximo a la orientación pacifista de las izquierdas del presente (a pesar de que ellas gestionaron, sin embargo, la entrada de España en la OTAN a lo largo de los años ochenta, colaboraron con la Guerra del Golfo, a principios de los noventa y apoyaron la intervención en Kosovo, al margen del Consejo de Seguridad). Pero todo ha cambiado desde la consolidación de la democracia de 1978 y desde el derrumbamiento de la Unión Soviética. La derecha del Antiguo Régimen ha desaparecido como tal, como un fenotipo; y la cooperación de los Estados democráticos del bienestar ha hecho confluir a la derecha democrática con las izquierdas democráticas. La igualdad, la libertad y la justicia están garantizadas por la Constitución. La seguridad social, el incremento de los salarios o atención a los ancianos interesa tanto casi o más al centro derecha que a las izquierdas, en una democracia, tanto para que las empresas puedan disponer de un mercado efectivo, como para que los políticos del gobierno puedan ser reelegidos. Algunas izquierdas se mantienen rígidamente fieles a las antiguas fórmulas («la derecha depredadora, que no atiende a la seguridad social, que atenta contra los salarios, &c.»). La oposición entre la derecha y la izquierda tiene que buscar nuevos criterios para definirse. En España se viene intentando explorar, como criterio de las izquierdas, el federalismo, incluso la autodeterminación de algunas «nacionalidades»; sin embargo este criterio ha sido también alimentado y lo sigue siendo por la derecha o por el centro (como se decía en la terminología clásica, «por las capas de la pequeña burguesía catalana, o vasca, o gallega, &c.»).

¿No ocurrirá que las izquierdas han visto en su ¡No a la Guerra! un procedimiento prometedor para «morder en la yugular» a los gobiernos que han contribuido en la toma de decisiones de las Azores? No se plantearán siquiera por tanto entender las razones que el adversario pueda tener, a medio y a largo plazo. No se entrará en el análisis, en España, de las ventajas que la alianza con los sistemas de vigilancia del Pentágono o de la CIA puedan reportar para la localización de los comandos terroristas; y las ventajas para España que el Gobierno pudiera haber visto en su actitud de apoyo con los aliados serán interpretadas automáticamente como ventajas propias de buitres carroñeros, ventajas para los empresarios que se disponen a participar en los proyectos de reconstrucción de Irak (como si hubiera otro modo de mantener el estado de bienestar de los trabajadores de una democracia de mercado distinta de la que consiste en «dar obra» a las empresas). Y para no analizar los motivos del comportamiento del gobierno en esta guerra, se descalificará a la guerra en general, contando con ello con la colaboración de las izquierdas divagantes (que se nutren sobre todo de artistas y de intelectuales) y también de las izquierdas extravagantes (procedentes de las ONGs socialdemócratas, libertarias, insumisas y cristianas). Vemos así a las izquierdas confluyendo en un nuevo ideal ético, a saber, el ideal de la Paz.

Caricatura del juez Baltasar Garzón en funciones de Supergarzón (publicada en el diario El Mundo)El 6 de marzo del año 2003 el juez Garzón, ante una «muchedumbre» compuesta de gentes de izquierdas, definidas e indefinidas, divagantes y extravagantes, lee un manifiesto en el que proclama la «Revolución por la Paz». Una Paz de izquierdas fundada en un nuevo orden internacional, coronado por un Tribunal Internacional de Justicia que abriría una nueva época para la humanidad, la de la paz perpetua. ¿No están con todo esto las izquierdas evolucionando hacia las posiciones de una izquierda fundamentalista, de tal manera que el SPF pudiera considerarse como el anuncio de un parto inminente?

La cuestión es si estos planteamientos éticos de la izquierda no representan su disolución como organizaciones políticas. Un político no puede mantenerse encerrado en sus imperativos éticos, los que impulsan a dar acogida a cualquier inmigrante que desembarque en nuestras playas; un político tiene que saber que el imperativo ético de acoger al inmigrante se enfrenta objetivamente a las leyes del funcionamiento de la economía política del Estado. Un político de izquierdas no puede levantar como «seña de identidad política» la bandera ética del ¡No a la Guerra! en general, sin tener en cuenta la distribución cambiante, en cada minuto, de las sociedades políticas que interaccionan en ese equilibrio que llamamos concierto internacional. Debe saber que el orden internacional que en cualquier momento pueda establecerse es un orden que no puede tomarse como canon de la justicia. El orden internacional sólo puede estar garantizado por la acción de las potencias hegemónicas. ¿Con cuantas divisiones cuentan quienes proyectan la «Revolución por la Paz» para el siglo que comienza? ¿No estamos antes simples fórmulas retóricas que se aprovechan del prestigio de la violencia revolucionaria para proclamar como ideal un hierro de madera?

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Lo que hemos llamado mala fe de estas abstractas actitudes éticas deriva del hecho de que quien las mantiene sabe o debe saber que son imposibles, y sin embargo las mantiene cerrando los ojos ante la contradicción objetiva, que achacará a la maldad y egoísmo de quienes ponen tasa, por ejemplo, a la inmigración. Desde este punto de vista, los manifestantes del invierno-primavera de 2003 no deberían ser propiamente considerados como la expresión de un «movimiento ciudadano». Pues no han sido tanto los ciudadanos quienes se manifiestan, sino los hombres. Porque el ciudadano, como átomo o individuo racional de una ciudad, es decir, de un Estado, es, ante todo, quien actúa en beneficio de la Ciudad o del Estado. Pero en cuanto hombre, desborda al Estado, actúa como «ciudadano del Mundo», un concepto que implica tanto como una afirmación una negación: la definición como ciudadano de una ciudad positiva, sencillamente porque el Mundo –el Cosmos de los estoicos cosmopolitas– no es una ciudad terrena real, y está más cerca de la utópica «Ciudad de Dios». Quienes se manifiestan no son por lo tanto políticos, y es un error, a nuestro juicio, interpretar las manifestaciones de principios de 2003 como signo de que los jóvenes, por fin, han dejado de ser apolíticos, pues la intención de estos jóvenes es de carácter ético y no político. Incluso cabría definir su sentido general como impulsado por la voluntad (inconsciente, utópica) de reducir la política a la ética. Por este motivo las manifestaciones del invierno-primavera de 2003, consideradas desde una perspectiva política, representan una reacción «humanística» desencadenada como un síndrome (efímero, aunque cíclico) en los más diversos organismos políticos que constituyen el Estado de bienestar.

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El SPF es un fenómeno social, como hemos dicho, que sin embargo se nutre de sentimientos éticos individuales, y su carácter de síndrome lo adquiere no tanto en función de los sentimientos individuales, sino de la confluencia de estos sentimientos. El SPF se ha manifestado en la forma de un clamor universal, a cuyos protagonistas puede haber parecido el signo de un paso decisivo en la evolución de la humanidad hacia la paz y la racionalidad. Pero se trata de una ilusión, que se mantiene en los límites de la simple ideología, del sentimiento y de la emoción. Sin perjuicio de este clamor o griterío, y en medio de él, las tropas anglonorteamericanas seguían avanzando por el desierto y conquistando Bagdad, Basora, Mosul o Tikrit. De hecho han desmantelado «el orden de Sadam». Ni siquiera puede decirse que el imperialismo norteamericano tenga hoy por hoy un signo depredador. Los orígenes y el desarrollo del imperialismo norteamericano son muy distintos de los orígenes y el desarrollo del imperialismo inglés. Lo más probable es que los Estados Unidos intenten llevar al Irak hacia la situación propia de una democracia de mercado, capaz de ampliar la demanda internacional. Los gobiernos títeres que imponga al principio dejarán de serlo a medida que se incremente precisamente el estado de bienestar, pues el objetivo de Estados Unidos no es la depredación del Irak, sino el envolvimiento sucesivo, en círculos concéntricos, de China. De hecho, muchos de quienes fueron afectados por el SPF comienzan ya, tras la victoria inminente, a recoger velas. Es muy difícil que los más exaltados de los voceros de la paz, por vía ética, adviertan que los instrumentos de su protesta no funcionan sin petróleo: un petróleo que no se produce, refina y distribuye con consignas éticas, sino con recursos técnicos y políticos.

La orientación ética y no política de las manifestaciones de 2003 no excluyen la probabilidad de multitud de efectos políticos que ellas puedan tener. Por ejemplo, en el caso de España, los efectos podrán tomar la forma de beneficios electorales para IU y para el PSOE, en el contexto de su estrategia de acoso y derribo del partido en el gobierno. En el caso más favorable para el PSOE, Rodríguez Zapatero llegará el año 2004 a la Moncloa, gracias a su demagogia ética, con mayoría absoluta. Pero ni siquiera esa victoria tendría un significado político diferencial. Por mucho que Rodríguez Zapatero hable en nombre de la izquierda, si Rodríguez Zapatero llega a la Moncloa, tendrá que reconciliarse con el Pentágono, y con la OTAN. Porque, sin duda, todo el mundo busca la paz, es decir, su paz. Y nadie debe olvidar que nuestra paz sólo puede alcanzarse mediante la guerra. El cristianismo, que comenzó a ascender como un poderoso movimiento internacional de signo ético religioso y pacífico, ¿hubiera conseguido por sí mismo efectos políticos de importancia si no hubiera pactado con el Imperio de Constantino, de Teodosio, de Justiniano, de Carlomagno o de Carlos I?

ANTONIO MEDRANO: LA LUCHA CON EL DRAGÓN

9 mayo 2017 by

ANTONIO MEDRANO:

 

LA LUCHA CON EL DRAGÓN

 

 

 

 

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https://www.youtube.com/watch?v=pXERdj0RUJM

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Danuta Lato

6 mayo 2017 by

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Danuta Lato:

 

Ella nació en un pequeño pueblo Podkarpacie, e hizo una carrera en Occidente. Se registró un gran éxito y algo menor, aunque muchos creen que algún otro cantar. No era único modelo en topless, ya que también era la cuenta y la sesión de vídeo de la señal de XXX. A principios de los años 90 se retiró de la industria y en la actualidad permanece en silencio. ¿Qué ocurre con Danutą Lato?

Danuta Lato Foto: Noticias del Este

 

¿Quién es Danuta Lato , a menos que no es necesario recordar a nadie que en la pasión por la música disco de los años ochenta, especialmente el proezas “rozdekoltowanych” está protagonizada por una especie de Samanthy Fox y Sabrina. Verano polaca fue una respuesta al fenómeno – excepto que el término “polaca”, que se atribuye a la nacionalidad, y no el hecho de que la PRL habitualmente realiza este tipo de carrera. Porque yo no hice. Sí, pechos dos y tres décadas antes de que sus compatriotas inflamados actriz Kalina Jędrusik – la propietaria muy a menudo y con orgullo expuso que – pero aún el verano era un tipo completamente diferente de fenómeno. Entonces, ¿quién era?

Danuta Lato – 80 sexpot polacas, que conquistó Europa

Ella comenzó como un jardín de infancia, pero después de trasladarse a Alemania a mediados de los años 80 decidió apostar por una carrera como modelo. Y no uno cualquiera, ya que la erótica.

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En primer modelo de la foto, que se especializa en las fotografías en topless, y escribiendo en un cantante en un popular entonces el italo disco actual, así como actriz. Hizo una carrera principalmente en el primer campo, pero hoy en día se pueden encontrar muchos admiradores de sus canciones. No importa que no tienen una gran voz – lo hizo por algo que sin duda fue más allá de las realidades de la República de Polonia de la gente – una carrera en Occidente. Todo gracias al single “Touch My Heart”.

busto explosión

Que no había ninguna duda – sólo había la voz de un bono. El verano era ante todo un modelo de la foto. La naturaleza la ha dotado de extraordinariaDimensiones : 102 Tamaño Busto – algunas fuentes dicen 110 – 88 caderas y la cintura 58. Con un aumento de 150 centímetros tienen que hacer una impresión.

– Me busto repente crecí cuando tenía 19 años – Onetowi menciona en una de las dos entrevistas que concedieron en los últimos doce años. – Fue una explosión! A veces pensaba que se trataba de un castigo, porque una vez que mi madre me compró un sujetador demasiado grande. Lo corté con rabia por la mitad con unas tijeras, porque realmente no me gustaba y estaba segura de que nunca me habló no caben.

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– No vuelvas zoom de un busto, yo no tenía que hacer eso – aseguró. – Es la forma en que lo es! (…) más allá de cualquier punto de vista! Todo el mundo se sorprendió! Supongo que si yo vivía en la ciudad, sería diferente, pero las personas en el país están muy interesados ​​en la otra. Era una sensación!

Tan grande como la armadura

Los senos grandes nacen grandes problemas, incluso si como resultado de la conducta de sus compañeros. – Los chicos dijeron que tienen grandes “orejas” y las chicas sentido que cuando mi esbelta y piernas delicadas poco naturales – se lamentó, recordando que la PRL-ganar coincidir las dimensiones de vestir a un milagro. – Una vez incluso especialmente conducía a Gdynia, que llevaba un sujetador para llegar a fin, debido a mi tamaño no estaba en las tiendas. Incluso me cosía dos de sobra. Era muy feo y tan grande como la armadura! [Risa].

– I complejos que tienen senos demasiado grandes – admitidos. – Los chicos se rieron de mí. Pensé que por sí sola no va a encontrar a alguien.

Solicitud dispuesto de silencio

Szufnarowa en la provincia de Podkarpackie es un pueblo, que muchos en Polonia. Un pequeño y tranquilo, situado bastante lejos de las rutas principales. Situado en la parroquia de Nuestra Señora de Ostra Brama en su sitio web con orgullo señala que el número de la población no creyentes de cero. Y pocos, probablemente habría oído hablar de este lugar, si no el hecho, que es donde nació Danuta.

Así que estoy llamando a Szufnarowa a la casa en la que vive el hermano Danuta verano con su esposa e hijos. Resulta que la ex estrella de frecuencia visita a su tierra natal. Una breve conversación con la cuñada y su hija termina con la promesa de que mi solicitud de una entrevista será transferido. No entiendo garantía, sin embargo, que Danuta estaría de acuerdo. Por desgracia, en los siguientes días, nadieteléfono hay una respuesta, a pesar de las diferentes estaciones del anillo.

La barra en Kazimierz

2013, uno de los cafés en Kazimierz. En el bar se sonrisa rubia de mediana edad, probablemente esperando hasta que el camarero se vierte la cerveza. Se ve radiante, no hace menos de treinta años, y el maillot rosa todavía está ocultando algo, también lo hizo su carrera. Parece que la imagen muestra a una mujer feliz. Se Danuta Lato. No sabemos quién es el autor de fotos o cómo se filtró a Internet. La vida privada actual de Danuta Lato también sabemos poco, excepto que por segunda vez divorciada, planteó una hija y trabajaron en la ciudad alemana como fisioterapeuta.

– He cambiado mi profesión, que trata de la fisioterapia – ya ha confirmado hace unos años. – En Alemania, fue una vez conocida. Cuando hoy en día algunos de mis pacientes encuentran accidentalmente sobre mi pasado artístico, estoy muy satisfecho.

Sin ningún sentido de la razón

Danuta Irzyk nació el 25 de noviembre de 1963 años – aunque algunas fuentes también se puede encontrar la fecha de 1965. Vamos a seguir a la primera, tanto administrado con mayor frecuencia. Se conoce principalmente como Danuta Lato, aunque a veces se realiza así como Danuta Duval o simplemente Danuta.

Antes de los veinte y un años, “pesca” para la provincia polaca de negocios de Alemania Occidental, trabajó como maestra de preescolar. Muy pronto se casó, pero que, en PRL no era nada especial, incluso para un pueblo tan pequeño como Szufnarowa.

– Fue el primer divorcio en el pueblo – recordó con un poco de divorcio Zdzislaw. … El matrimonio duró sólo una semana. – No fue una relación de amor con el único sentido que era sólo veinte años.

Todo fue perdonado

Dijo el empresario fascinado por las condiciones físicas Danuty Irzyk tenía que descubrirlo por accidente, cuando pasé por su casa. Propuso la colaboración y dejó una tarjeta de visita con el númeroteléfono . La chica que se llama después de un corto período de tiempo, acordando que salir para Alemania. Era el año 1984.

Fotos de verano, mostrando su tetas al aire, inmediatamente comenzaron a golpear las letras occidentales principales dirigidas a los hombres. Según los cálculos de finales de los años ochenta apareció en más de doscientos de su período de sesiones, a partir de la edición alemana de la revista “Penthouse”, que salió a la venta en octubre de 1984 año.

– Cuando el tiempo aprendieron acerca de los aldeanos, algunos de ellos se escandalizaron, y para otros era una situación que no es aceptable – recordó, y agregó que ella y sus padres se conocieron diversas molestias. – Entonces, cuando empecé a aparecer en la televisión y la gente sabe mis canciones, todo fue perdonado. La gente del pueblo me vieron en la televisión rodeado de mucha gente famosa, sin embargo, no se podía culpar. Pero cuando se enteraron de mi relación con un alemán, en el pueblo hubo rumores de que Alemania es el enemigo durante la guerra, por lo que tendrían que matar, como se mostrará.

Naturaleza sin aumento

Busto verano despertó gran entusiasmo no sólo entre sus compatriotas; Se fue incluso un rumor de que estaba asegurada por un millón de marcas Occidentales. Sam, sin embargo, negó esto, admitiendo que el rumor era responsable de su manager. – Pensamos en ello, pero ninguna empresa en Alemania no estaría de acuerdo con esto.

Y cómo se sentía como un modelo en topless? – He de reconocer que cada vez que lo hice fotos de desnudos, sentí que estaba haciendo algo inconsistente conmigo mismo y con mi crianza.

Uno sólo puede imaginar cómo se sentía, que aparece en la película pornográfica 1989 “Busen 2”, así como la sesión fotográfica asociada. Sí, el verano ya ha posado para fotos, que tiende a mostrar no sólo el “arriba”, pero aún coqueteando con el mundo de la pornografía es un asunto muy serio.

Hot Girls, el síndrome de Milli Vanilli ?

A finales de los años 80 Verano probado suerte como cantante. En 1987 ganó la pieza Europea de parquet “Touch My Heart”, producido por Louisa Rodrigueza, todos los días laborables con Dieter Bohlen. La canción, al estilo de italo disco, llegó a la cima de las listas entre otros en Polonia y España, también les gustóAlemania , Japón y los países del Benelux.

piezas próximos – “For Your Love” “Dondequiera que usted vaya”, “Nadie es mujer” y “I Need You” – ya han pasado desapercibidas, aunque el primer éxito de la española Top 10 – Verano a esa fecha en una serie de programas de televisión en Madrid , Barcelona y la Coruña, también fue invitado a la popular Javiera Gurruchaga “la bola de cristal” televisión de TVE en Madrid. Varias veces coprotagonizó con sus competidores más conocidos, – un italiano y un Inglés Sabriną Solerno Samanthą Fox, también apareció con ellos en un CD común “Hot Girls – Danuta – Sabrina – Samantha.”

Después de años de cada vez más dijo que no oye la voz de Verano Danuta en las obras mencionadas. Según se informa, cantaría Patty Ryan trabaja a menudo con Luisem Rodriguezem. Basta con comparar el sonido y el tono de voz de una de sus canciones, con lo que oímos en “Touch My Heart” – es en realidad muy similar, casi idéntico. Pero es que la razón suficiente para decir que Danuta no estaba cantando sus éxitos y era sólo su cara?

Tal vez es todo una cuestión de sonido y el mismo fabricante …

 Estoy más tradicional 

Ella era una modelo, cantante y actriz – y no se trata de episodio pornográfica de “Busen 2”. Danuta Lato también se realizó, aunque sin mucho éxito, en películas ordinarias. Hay, entre otras cosas, la serie fundido “Das Erbe Der Guldenburgs” ( “Heritage Guldenburgów”, 1987-1990), así como en las películas de “Tres y media porción” (1985) “Nipagesh Basivuv” (1986) “Soldado de Fortune “(1987),” Felix “(1988),” Pommes Rot-Weiß “(1991) y en los tres primeros episodios de telenovela polaco” en el laberinto “(1989). Es de destacar que la película israelí “Neshika Bametzach” (1980), en la que interpretaba a una prostituta polaca. Sus preguntas también hablaron en polaco.

Después de años de verano admitió que conseguir una gran cantidad de propuestas de cine, pero no todos beneficiado. Ella fue, por ejemplo, negarse a participar en la película con Katarzyną Figurą, porque se le ofreció un papel Lesbianas. – No me interesaba. Nunca no he tenido relaciones sexuales con una mujer, no tenía este tipo de propuestas. En este sentido, estoy bastante tradicional.

Orgullo y prejuicio

Danuta Lato abandonó su carrera para el bien y no hay ninguna indicación de que tenía que volver al escenario o delante de la cámara. Desde 1997, cuando apareció brevemente en la producción de “Ein Fall für Zwei”, en realidad no se le da al público. Ya muy limitado su actividad. La última canción que grabamos en 1994 – “Take Me”, “Medio Fetiche”, “Estoy en el fuego” y “Touch Me” – no recibió un lanzamiento oficial. La estrella dedicada a su familia, el abandono del espectáculo, lo que podría afectar el hecho de que disfrutó de una muy buena reputación entre sus compatriotas. Actuación en “Busen 2” también se le esto no ayuda.

– Me encanta el país y deseo compatriotas estaban orgullosos de mí. Y en un país que me hicieron el peor … prostituta – se quejó. A principios de los años 90 se casó de nuevo, un alemán, pero el matrimonio no sobrevivió a la prueba del tiempo, pero su fruto se cultiva hija hoy. Hoy Danuta Lato trabaja como fisioterapeuta en la ciudad alemana de Bamberg – anteriormente recibieron permiso para practicar en la Universidad de Erlangen.

Es de esperar que estas fotos a partir de 2013, el café en Kazimierz en realidad presenta mujer realizada – Hace años, uno de los pocos que fue capaz de defenderse de grisura PRL, dejar todo y probar suerte en el mundo, de los cuales el cumplimiento de la mayoría de los polacos pudieron Sólo soñar.

 

 

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FUENTE:

http://muzyka.onet.pl/pop/danuta-lato-biust-ktory-eksplodowal/jpgzb5

Danuta Lato

Danuta Lato es una modelo, cantante y actriz polaca nacida en Szufnarowa, el 25 de noviembre de 1963. Su verdadero nombre es Danuta Irzyk.

Biografía

Su primer nombre artístico fue Danuta Duval, que luego fue cambiado a Danuta Lato.

A finales de los 80 se hace famosa en diversos países europeos con la canción Touch my heart (1987). Era junto con la genovesa Sabrina Salerno y la británica Samantha Fox una de las principales tit-stars del momento. Apareció en el programa juvenil La bola de cristal de la mano de Javier Gurruchaga.

Filmografía

Series:

  • 1988-1991: W labiryncie(1989)
  • 1987-1990: Rodzina Guldenbergów (Das Erbe der Guldenburgs) (1990)
  • 1997: Ein Fall für zwei

Largometrajes:

  • 1985: Drei und eine halbe Portion
  • 1986: Total bescheuert
  • 1987: Soldier of Fortune
  • 1988: Felix jako Danuta
  • 1989: Nipagesh Basivuv
  • 1991: Pommes Rot-Weiß

Enlaces externos

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Dimorfismo sexual y pensamiento histérico

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Lo característico de la sexualidad es la división entre individuos en dos sexos, cada uno con una tarea reproductiva distinta y complementaria. Por qué es así en todos los animales superiores (y en insectos, aves, plantas…) resulta un tanto misterioso, así como la gran variedad de conductas sexuales, a veces acompañadas de muerte. La diferencia no se limita a los órganos genitales, sino que  tiene un alcance incomparablemente mayor. Esto es también misterioso, pues no parece haber razón discernible para que ambos sexos no fueran idénticos excepto en los órganos sexuales, pero la complementariedad reproductiva  se refleja también  en un dimorfismo sexual más o menos intenso, es decir, cada sexo tiene rasgos físicos diferentes no limitados a sus órganos  reproductores.

 Este dimorfismo se halla especialmente acentuado en el ser humano, probablemente más que en cualquier otro mamífero, y no solo en el tamaño sino, más aún en las formas corporales.  Así, es difícil distinguir a simple vista, sin mirar los órganos sexuales, a un perro de una perra, un conejo de una coneja, un caballo de una yegua, incluso un mono de una mona, etc. ; pero en el ser humano la diferencia salta inmediatamente a la vista en las formas, la voz, la suavidad del rostro, etc.   Y en lo no visible, diferencias también fuertes se  presentan en el cerebro, hasta las misma células.   El cuerpo masculino, más musculado,  parece diseñado  para el esfuerzo y la lucha, y su psicología acorde con ello; sus órganos sexuales son exteriores, mientras que los femeninos son interiores y moldean el conjunto del cuerpo,  orientado claramente hacia la maternidad. Ambos sexos se sienten normalmente contentos de sus peculiadirdades y encuentran en estas diferencias un fuerte motivo de atracción, de modo que aquellos individuos con una feminidad o masculinidad físicas poco acentuadas resultan generalmente menos atractivos para el sexo opuesto.

Por otra parte, normalmente varones y mujeres tienden a reforzar  aún más el dimorfismo por medios culturales como los adornos, maquillajes o el atuendo, que en la mujer suele tener un carácter más obviamente sexual y en el varón más profesional, por así decir.  Estas son tendencias muy intensas, y basta notar cómo desde los tiempos más remotos, los adornos femeninos han constituido una industria importante y objeto de comercio en todas las culturas.  A menudo se insiste en que, fuera del dimorfismo puramente físico, las demás diferencias son culturales, en el sentido de que son arbitrarias y podrían cambiarse radicalmente. Sin embargo lo “cultural” es precisamente lo propiamente humano y,  aunque admita muchas variantes, nunca son en lo esencial arbitrarias y siempre tienen una base biológica, vulnerar la cual resulta peligroso. Cabría hacer una analogía con el cuerpo humano, capaz de realizar, si se entrena, los movimientos y piruetas más complicados, como vemos en ciertos deportes, bailes y acrobacias; pero si esos movimientos no se adaptan a la estructura del cuerpo, causan lesiones graves.

Las diferencias  no se limitan, desde luego, a lo físico. En el ser humano son muy agudas en el terreno psíquico y temperamental, como es fácil comprobar. Por ejemplo, existen géneros artísticos casi exclusivamente femeninos como las novelas rosa, las películas “de llorar”, las publicaciones “de cotilleo”, etc., que a la mayoría de los varones les resultan indiferentes. En cambio la pornografía, que tanta atención suscita entre los varones, atrae muy poco a las mujeres, pese a las constantes presiones actuales por crear ahí otra “igualdad” ficticia. El amor es bastante más importante para las mujeres, cuyo lenguaje habitual está lleno de expresiones cariñosas (“cariño”, “corazón”, “tesoro”, “vida”, “cielo”, etc.) un tanto extrañas a los varones. Así como el peligro de los hombres es la brutalidad, el de las mujeres es la cursilería (acabo de volver a ver la película “Coge el dinero y corre”, donde se expresan bien estas diferencias básicas de actitud). Estos son solo algunos pequeños ejemplos, pues el tema podría extenderse mucho. Y no se trata de invenciones “culturales” en el sentido de arbitrariasm que suele dárseles actualmente, pues se presentan clarísimamente en la infancia más infantil, como puede observarse en cualquier colegio o guardería.

El cuerpo y la psicología femeninas tienen relación intensa con la maternidad, el aspecto más importante de la reproducción, es decir, de la supervivencia de la especie. También la maternidad en el ser humano difiere profundamente de la de los animales, en los cuales su función acaba pronto con el amamantamiento. El ser humano madura muy lentamente, y para valerse por sí mismo exige, salvo condiciones anormales, al menos quince años, incluso dieciocho (en la actualidad muchos se quejan de que llega a los treinta). Durante este período es la madre el principal elemento educador, y en todas las sociedades la madre es el centro y principal encargada del hogar, aunque la autoridad fnal recaiga sobre el padre. Dado que el embarazo y la cría de los hijos, en especial cuando son pequeños, implica una indefensión profunda –aunque no invencible si la sociedad ayuda de algún modo–, el varón aparece como la defensa exterior del hogar. Y así lo consideran de modo casi instintivo la mujer y el propio hombre. Este, por lo común, muestra menos interés en el hogar mismo y la crianza de los hijos, su conducta se orienta más hacia el exterior, y sus valores difieren también considerablemente. De la función maternal derivan sin duda otras características psicológicas como la delicadeza, gracia, ternura, generosidad, tensión amorosa, compasión o empatía, claramente más pronunciadas en la mujer que en el hombre

El hecho de que la actividad sexual no tenga en la mayoría de los casos una intención reproductora no anula lo anterior, sino que lo confirma. Por alguna razón,  doña Naturaleza ha hecho con la sexualidad un derroche de energías muy poco económico. Así, los órganos masculinos no producen un solo espermatozoide para fundirse con el óvulo, sino millones de ellos, aunque solo uno logre su objeto y los demás se pierdan. De los encuentros sexuales con intención reproductora, solo alguno lo logra, y la pareja no sabe normalmente cuál ha sido.  Además, la naturaleza — llamémosla así, aun cuando no sepamos qué quiere decir la palabra exactamente– ha rodeado el acto sexual de un “aparato de placer” aparentemente no funcional, que impulsa a él a la gente, de modo que muy a menudo produce el embarazo, incluso involuntario o peor aún, indeseado. La necesidad de la especie obra así a través de los individuos, por encima de los designios conscientes de estos. El impulso de la especie a reproducirse es misterioso en dos sentidos: por su tenacidad y complicados recursos, y por el empeño mismo. En todas las especies se trata de un impulso imperioso, tenga éxito o no, a mantenerse en el mundo.

En la actualidad se extiende por el mundo una ideología evidentemente perturbada, que pretende llevar la igualdad, más allá de la igualdad ante la ley, a todos los terrenos., destruyendo la coplementariedad.  Para ello ejerce una presión psicológica y política tremenda, de tipo totalitario,  tratando  de presentar como normales las taras o defectos en la sexualidad (que se producen en todas las funciones humanas), al mismo tiempo que persigue y desacredita la maternidad  como un mal y el aborto como un derecho (los derechos deben ser practicados); un derecho de la madre al margen del padre, como si este no tuviera la menor relación. Algunas corrientes ideológicas consideran al ser humano como un cáncer de la naturaleza, perturbador de la buena ecología. Y no faltan ya quienes propugnan  la extinción indolora de la especie humana mediante un pacto de renuncia a los hijos. Algo técnicamente posible mediante la esterilización masiva de las mujeres o de los hombres, por ejemplo. Un tipo de pensamiento claramente histérico, que intenta imponerse por medios asimismo histéricos (como inventando “delitos de odio”, con la pretensión de penalizar hasta los sentimientos). Pues aquí entramos en el terreno típicamente humano de la moral y el “pecado original” que lo ha conformado, alejándolo del instinto. Según el mito cristiano, Dios ha dado al hombre libre albedrío, que podría llevarlo incluso a la autoextinción por una vía o por otra.

 

Dimorfismo sexual (la letra también tiene ese carácter: el cosaco cabalgará hacia el Danubio — símbolo de una probable muerte– y la mujer quiere disuadirlo, en vano. La sonrisa de la cantante aunque encantadora, choca un poco con la letra)  https://www.youtube.com/watch?v=dqCA-s91TUU

 

  Unas palabras de Doris Lessing al respecto: “Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda clase (…) Aunque puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política, o en la gran empresa. Me pregunto por qué (…) El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió que solo le interesaba a una parte muy pequeña de las empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero, en general, las mujeres no querían competir. En cambio, lo que sí deseaban era casarse y tener familia (…) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó sumamente interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es todavía lo que parece que la mayoría de las mujeres quiere. Y no veo por qué no (…) Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así (…) Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas maneras, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?”

 

 

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FUENTE:

http://gaceta.es/pio-moa/dimorfismo-sexual-pensamiento-histerico-02042017-2116

 

Muere el banquero multimillonario David Rockefeller

21 marzo 2017 by

http://www.alertadigital.com/2017/03/20/el-mundo-respira-mejor-muere-el-banquero-multimillonario-david-rockefeller-uno-de-los-impulsores-del-nuevo-orden-mundial/

El mundo respira mejor: Muere el banquero multimillonario David Rockefeller, uno de los impulsores del Nuevo Orden Mundial
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David Rockefeller
El empresario David Rockefeller, representante de una de las familias impulsoras del mundialismo, murió este lunes a los 101 un años mientras dormía en su casa, según informó su portavoz.
Como nieto de John D. Rockefeller, cofundador de la petrolera Standard Oil, luego se convirtió en el administrado de los bienes del clan y jefe de una red de intereses comerciales familiares.
El conocido banquero presidió durante años el Chase Manhattan Bank y fue fundador de la Comisión Trilateral, creada en 1973 y considerada una de las organizaciones privadas más influyentes del mundo. El reciente cálculo de la revista Forbes cifró su fortuna actual en 3.300 millones de dólares, lo que lo ubicó 581 de las personas más acaudaladas.
Se calcula que durante su vida se reunió con más de 200 mandatarios en más de 100 países, donde su llegada tenía prácticamente el protocolo de una visita de Estado.
Fue también un férreo defensor del capitalismo. “El capitalismo estadounidense ha traído más beneficios a más gente que cualquier otro sistema en cualquier otra parte del mundo en la historia. El problema es verificar que el sistema corra eficiente y honestamente”, afirmó.
La niñez de David se desarrolló en su mansión de Tarrytown, en Westchester, en el estado de Nueva York. Como todos sus hermanos, sabía que pertenecía a una familia poderosa, distinta, y así fue educado, sin abandonar los principios tradicionales que tanto inculcó su abuelo.
Cada uno de ellos emergió de su adolescencia con una vocación diferente, aunque todos sobresalieron. John III siguió los pasos de su padre en cuanto personalidad y empuje empresario. Nelson, el segundo de la familia, fue un político reconocido que estuvo a punto de ser presidente de los Estados Unidos: perdió las internas republicanas con Richard Nixon. Sin embargo, lograría ser vicepresidente de Gerald Ford luego de que estallara el escándalo Watergate y su antiguo rival partidario debiera abandonar la Casa Blanca.
En su libro “Memorias”, publicado en el 2014, reconoció: “He tenido mucha suerte al vivir esta vida que me ha tocado y, sobre todo, comprender que las cualidades de cada persona como ser humano, la mayoría de las veces, no tienen nada que ver con el marco en el que la vida les ha colocado”.
Por su impulso y el de su hermano mayor, John III, -entre otros- fueron construidas las Torres Gemelas, que fueron apodadas con sus nombres los primeros años de vida. La construcción fue una de sus pasiones. No sólo por el aporte artístico que ofrecían a su amada Nueva York, sino también por la ayuda que representaba para la generación de empleo y como techo para familias de bajos recursos.
Fue también presidente emérito del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), entidad creada por su madre junto a otras dos amigas (Lillie P. Bliss y Mary Quinn Sullivan). “Mi propio interés en el arte se debe a mi madre”, reconoció el veterano multimillonario que cuenta con una de las colecciones de arte más importantes del planeta con obras de Picasso, Cezanne y Matisse.
Rockefeller y la Reserva Federal

David Rockefeller con Mandela.
Antonio Pérez.- En 1911, el Gobierno estadounidense ordenó que la petrolera Standard Oil of Ohio, propiedad del legendario magnate John Davidson Rockefeller, fuese dividida en varias compañías más pequeñas, para poner fin de este modo a la situación de monopolio que ejercía entonces la Standard Oil of Ohio. Las denominaciones de las nuevas compañías surgidas tras la parcelación, incluían siempre las iniciales «S.O.», las siglas de la Standard Oil. Así surgieron la SOHIO en Ohio, SOCONY en Nueva York y, por supuesto, ESSO que se convirtió, casi un siglo después, en EXXON-MOBIL.
En menos de dos años, desde su fundación en 1870, la Standard Oil había absorbido a 22 de sus 26 competidores en Cleveland, creando una situación de monopolio en el emergente mercado del petróleo. Los medios de los que se valió Rockefeller en sus negocios llevaron a que su compañía fuese rebautizada por sus competidores como la ‘Satandard Oil’ y podrían resumirse en la célebre frase de la película ‘El Padrino’: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”.
No obstante, sus negocios, aunque no fuesen ejemplares, le reportaron a Rockefeller una inmensa fortuna con la que creó 12 grandes bancos para canalizar las fabulosas ganancias devengadas de sus actividades industriales centradas en el petróleo y en los ferrocarriles, medio con el originariamente se transportaba el crudo desde los yacimientos hasta las refinerías, para su posterior distribución. Tal era la prosperidad y solvencia de los bancos de Rockefeller, que el Congreso decidió recurrir a ellos para que gestionasen en su nombre la recaudación de impuestos.
En poco tiempo, Rockefeller vio cómo sus ganancias se incrementaban espectacularmente gracias a los intereses que devengaban los impuestos que sus bancos recaudaban para el Gobierno de los EEUU, entonces el sagaz magnate concibió un plan magistral: el de controlar al Gobierno, para evitar que el Gobierno le controlase a él. Rockefeller comprendió inmediatamente que esto pasaba por intervenir más directamente en las finanzas públicas
Así fue como en 1914, en vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial, John Davidson Rockefeller y sus socios fundaban la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Siete años antes de fundarse la Reserva Federal, en 1907, se produjo un pánico bancario de gran relevancia fomentado por la Banca Morgan, una situación no muy distinta de la que tuvo lugar en septiembre de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers, que finalmente fue comprado, precisamente, por la Banca Morgan (J.P. Morgan), algo que ya había intentado infructuosamente en 1929, después de célebre ‘crack’ bursátil.
Tras el pánico financiero orquestado por John P. Morgan y sus bancos en 1907, Nelson Aldrich, testaferro de Rockefeller, consiguió el apoyo del Senado para presidir la Comisión Monetaria Nacional. Desde esa privilegiada posición, Aldrich organizó a finales de 1910 la reunión secreta más importante de la historia de los Estados Unidos.
En la isla de Jekyll se reunieron los banqueros Paul Warburg, Benjamín Strong, presidente del Bankers Trust (sindicato de banqueros), controlado por John P. Morgan; Henry R. Davison, miembro de la compañía J.P. Morgan; Frank A. Vanderlip, presidente del National City Bank, propiedad de Rockefeller, y R. Piatt Andrew, secretario del Tesoro.
Allí decidieron estos poderosos banqueros, según confesaría Vanderlip en sus memorias, la creación de un banco central estadounidense. Pero los participantes acordaron no emplear este nombre para evitar suspicacias del público y decidieron llamarle Reserva Federal de Nueva York. El informe de la Comisión Monetaria y la Ley Reguladora del Sistema de la Reserva Federal también fueron elaborados en dicha reunión.
Sin embargo, la Ley Aldrich no fue inmediatamente aprobada por el Congreso y los especuladores tuvieron que esperar un par de años para llevar a cabo sus planes. El problema se resolvió en las elecciones presidenciales, a las que concurrieron Roosevelt, Wilson y Taft. Los dos primeros fueron apoyados en su campaña por los mismos que idearon la Ley de la Reserva Federal. Cuando Wilson ganó las elecciones, inmediatamente consiguió que el Congreso aprobase la ley. Los especuladores controlaban ya el Banco Central de los Estados Unidos, lo que hoy conocemos como la Reserva Federal, pero que sigue siendo un banco ‘privado’ y no estatal, como muchos creen, y sobre el que el Gobierno de los Estados Unidos no ejerce ningún control.
El selecto grupo de banqueros que se habían conjurado en la mansión de Nelson Aldrich en la isla de Jekyll, apoyaron la investidura del presidente Woodrow Wilson, a cambio de que éste se comprometiera a hacer realidad sus sueños de implantar la Reserva Federal. Cuando Wilson llegó a la Casa Blanca en marzo de 1913, lo hizo acompañado por un inquietante personaje que se hacía llamar coronel sin serlo, y actuaba como su secretario personal. El presidente lo llamada mi otro yo. Su nombre era Edward Mandel House y era hijo de un oscuro representante de diversos intereses británicos en EEUU. Otro de los consejeros personales del presidente Wilson fue un tal Bernard Mannes Baruch, relacionado con el grupo de banqueros de la isla de Jekyll y asesor de varios inquilinos de la Casa Blanca que sucedieron a Wilson: Hoover, Roosevelt, Truman y Eisenhower. Mandel House y Mannes Baruch fueron los encargados de recordarle a Wilson que cumpliera su parte del pacto y que “demostrara su progresismo modernizando el sistema bancario”.
En aquella época, 1913, la mayoría de congresistas seguían estando en contra de cambiar el modelo financiero y, cuando Wilson anunció que presentaría de todas formas su propuesta, se prepararon para rechazarla, pero no pudieron hacerlo gracias a una treta urdida por el presidente de la Cámara, Carter Glass, que convocó un pleno exclusivamente dedicado a la aprobación del nuevo sistema de la Reserva Federal el 22 de diciembre, cuando la mayoría de los parlamentarios habían tomado ya las vacaciones de Navidad, porque el mismo Glass les había prometido, sólo tres días antes, que no convocaría ese pleno hasta enero de 1914, después de las fiestas navideñas y de las de Año Nuevo.
Pese a que no existía el indispensable quórum parlamentario y, por tanto, no podía aprobarse la ley, Glass echó mano de la legislación según la cual “en caso de urgente necesidad nacional” el presidente de la Cámara de Representantes podía obviar ese obstáculo y dar vía libre a una ley concreta. La artimaña fue posteriormente denunciada por el congresista Charles A. Lindbergh (padre del célebre aviador que cruzó en solitario el Atlántico por primera vez), el cual declaró que “este acto establece el más gigantesco ‘trust’ sobre la tierra. […] Cuando el presidente lo firme, el Gobierno invisible del Poder Monetario, cuya existencia ha sido probada en la investigación del ‘trust’ del dinero, será legalizado”.
El presidente Wilson por su parte, se apresuró a aprobar la ley presentándola como “una victoria de la democracia sobre el trust del dinero” cuando la realidad era justamente todo lo contrario: los principales beneficiarios y defensores del sistema eran aquellos a los que se suponía que había que desplazar de los oscuros pasillos del poder en la sombra; los devotos defensores de la banca privada y el ‘libre’ mercado controlado por ellos a través de sus oligopolios industriales, también privados.
Pese al enfado de los congresistas, la decisión tomada era legal. Se pensó en revocarla, pero el trámite parlamentario era complejo y había asuntos más importantes sobre la mesa, como el riesgo inminente de guerra en Europa, que acabaría materializándose en el verano de aquel mismo año 1914, así que el debate sobre el nuevo sistema monetario fue posponiéndose ‘sine die’ hasta que sus defensores lograron consolidar definitivamente sus posiciones.
El consejo ejecutivo de la Reserva Federal ni siquiera se molestó en guardar las formas de cara a la galería. Habían tomado el control asegurando que con su sistema se pondría fin a la inestabilidad financiera, las recesiones y las depresiones económicas. Fenómenos inéditos hasta entonces, y que no se produjeron hasta que, en 1907, a través de la denominada “circular del Pánico”, los socios de Morgan y Rockefeller saturaron súbitamente el mercado de dinero barato, para después retirarlo bruscamente.
Entre 1923 y 1929 la oferta de dinero subió más de un 60%, y la mayor parte fue a parar a la Bolsa. Ya sabemos cómo acabó la fiesta en 1929. Exactamente lo mismo que han venido haciendo la Reserva Federal y el BCE (Banco Central Europeo) en los años previos a la crisis que ahora estamos padeciendo, iniciada en 2008, y cuyo alcance final, todavía desconocemos.
El 2 de octubre de 1919 Woodrow Wilson sufrió un infarto cerebrovascular que le provocó una hemiplejia. Este ataque le incapacitó para desarrollar su cargo presidencial, pero su vicepresidente, Thomas R. Marshall, asombrosamente, no utilizó el derecho constitucional vigente para asumir el poder, por lo cual, y pese a su manifiesta incapacidad, Wilson siguió como presidente de los Estados Unidos hasta la finalización de su mandato en marzo de 1921.
Aquel mismo año, Wilson fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su impulso a la Sociedad de Naciones –precursora de las actuales Naciones Unidas- y por la promoción de la paz después de la Primera Guerra Mundial mediante el Tratado de Versalles. Woodrow Wilson murió en Washington el 3 de febrero de 1924, pero lo más importante estaba hecho: la Reserva Federal era ya una realidad. Pero ¿era realmente necesaria?
Los primeros colonos no estaban sujetos a un sistema fiscal concreto. Después de obtener su independencia de Gran Bretaña en 1783, los norteamericanos establecieron un Gobierno que rechazaba los impuestos directos y se limitaba a imprimir papel moneda para pagar las obras civiles y el mantenimiento de las infraestructuras y servicios públicos. A fin de mantener la estabilidad de los precios y el pleno empleo, el Gobierno se limitaba a controlar que el papel moneda en circulación no excediera en valor los bienes y servicios ofrecidos por el mercado, y con este sencillo sistema, los Estados Unidos alcanzaron una envidiable prosperidad en apenas ciento treinta años (1783-1914), beneficiándose de una política de precios estable en productos y servicios, y con una bajísima tasa de desempleo. Todo esto cambió a partir del momento en que quedó instituida la Reserva Federal. Luego, la pregunta que nos hacíamos en el párrafo anterior, queda así contestada.
“Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”

David Rockefeller
“Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”.
El magno objetivo de estas sagas de banqueros internacionales lo enunció perfectamente uno de sus máximos exponentes, David Rockefeller: “De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional, que se ha practicado durante siglos en el pasado, por la soberanía de una elite de técnicos y de financieros mundiales”.
David Rockefeller fue el conspirador mundial por excelencia, el Rey de los cenáculos ocultos. A sus órdenes trabajaron los agentes secretos de la CIA, el MI6, el MOSSAD y especialmente la INTERPOL, que es obra suya.
Ningún medio de comunicación masivo se atrevería jamás a desvelar los planes secretos de Rockefeller y sus amigos. Siempre guardaron un sospechoso silencio en torno a las secretas actividades de las dinastías de banqueros norteamericanos: los Morgan, los Davison, los Harriman, los Khun Loeb, los Lazard, los Schiff o los Warburg y, por supuesto, los Rockefeller.
En 1991, en referencia al informe del Centro para el Desarrollo Mundial, David Rockefeller confesó: “estamos agradecidos con el Washington Post, el New York Times, la revista Time, y otras grandes publicaciones cuyos directores han acudido a nuestras reuniones y han respetado sus promesas de discresión (silencio) durante casi 40 años. Hubiera sido imposible para nosotros haber desarrollado nuestro plan para el mundo si hubieramos sido objeto de publicidad durante todos estos años”.
El excéntrico y supuestamente filantrópico David Rockefeller, que tiene ya casi un siglo de vida, es sin duda el personaje más trepidante y controvertido de esta casta de usureros a la que nos referimos. Muy pronto, cuando los diarios anuncien su fallecimiento, tendremos ocasión de conocer su insólita biografía. Descubriremos datos que nos apabullarán.
El fundador de la dinastía Rockefeller fue el abuelo de David, de nombre John Davison Rockefeller, descendiente de judíos alemanes llegados a EEUU en 1733. Junto con la saga de los Morgan y el grupo bancario Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb, constituyó el triunvirato plutocrático del llamado Eastern Establishment. Su imperio económico se gestó durante los años de la Guerra de Secesión (1861-1865) que enfrentó a los terratenientes esclavistas del sur con los comerciantes e industriales del norte y que se saldó con 600.000 muertos.
Los grandes triunfadores de aquella guerra fueron cuatro familias oligárquicas, los Vanderbilt, los Carnegie, los Morgan y los Rockefeller, que se beneficiaron del conflicto como proveedores de bienes y servicios y acrecentaron su imperio económico después con la concentración monopolista que sucedió a la contienda, llegando a controlar en 1880 el 95% de la producción petrolera norteamericana. La fortuna de los Vanderbilt se diluyó con el tiempo, la de los Carnegie fue en parte succionada por los Morgan, y la de los Rockefeller se dispersó entre los muchos y mal avenidos descendientes del viejo John Davison, petrolero y banquero, fundador de la Standard Oil y del Chase National Bank, luego denominado Chase Manhattan Bank, cuya emblemática sede en Nueva York fue el primer edificio construido en Wall Street. El Chase se convirtió en un pilar central en el sistema financiero mundial, siendo el Banco principal de las Naciones Unidas, y llegó a tener 50.000 sucursales repartidas por todo el mundo. Los presidentes del Banco Mundial John J. McCloy, Eugene Black y George Woods trabajaron en el Chase anteriormente. Otro presidente, James D. Wolfensohn, también fue director de la Fundación Rockefeller.
David Rockefeller, el más famoso de la saga, es nieto del mítico John Davison Rockefeller e hijo de John D. Rockefeller junior, que se casó con la hija de Nelson Aldrich, líder de la mayoría republicana en el Senado y al que se le conoció como “gerente de la nación”. La madre de David era una enamorada de la pintura y por iniciativa suya se construyó el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, ubicado en la mansión en la que nació David y sus hermanos.
David, el menor de seis hermanos, todos ya fallecidos, tuvo también seis hijos y diez nietos que, junto a los hijos y nietos de sus hermanos, forman el actual clan Rockefeller.
David Rockefeller, banquero y petrolero como su padre y su abuelo, trabajó en los servicios secretos durante la II Guerra Mundial y abrió el camino para la creación de la ONU en 1945, cuya sede principal se encuentra en un terreno donado por él en Nueva York. Se codeó con los principales mandatarios del siglo XX. Dirigió los lobbys más poderosos del mundo, como el CFR, el Club de Bilderberg y la Comisión Trilateral.
Como buenos banqueros sin escrúpulos, los Rockefeller apoyaron y financiaron a los nazis alemanes. Incluso se permitieron reescribir la historia. La Fundación Rockefeller invirtió 139.000 dólares en 1946 para ofrecer una versión oficial de la II Guerra Mundial que ocultaba la realidad acerca del patrocinio de los banqueros internacionales con el régimen nazi, que también obtuvo los favores de su empresa más emblemática: la Standard Oil. Las iniciativas de esta Fundación, que también ha financiado grupos como los Hare Krishna o los rosacruces de AMORC, son a veces sorprendentes.
David es hermano del que fuera Senador, Gobernador de Nueva York y vicepresidente de EEUU (con Gerald Ford, tras la dimisión de Nixon) Nelson Rockefeller, que heredó de su abuelo materno la vocación política.
En 1962 Nelson declaró: “los temas de actualidad exigen a gritos un Nuevo Orden Mundial, porque el antiguo se derrumba, y un nuevo orden libre lucha por emerger a la luz… Antes de que podamos darnos cuenta, se habrán establecido las bases de la estructura federal para un mundo libre”.
David Rockefeller, al que el presidente Carter le ofreció dirigir la Reserva Federal (declinó a favor de su amigo Volcker), se rodeó de lugartenientes tan poderosos como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Lord Carrington y Etienne Davignon, que también merecen ser citados aquí.
Abraham ben Elazar, más conocido como Henry Kissinger, es considerado como uno de los cerebros del Nuevo Orden Mundial. De origen judío-alemán, empezó como asesor de Nelson Rockefeller en los años 50, ostentó altas responsabilidades en la Administración en los años 60 y 70, con Kennedy, Jhonson, Nixon y Ford. Llegó a ser Vicepresidente de los Estados Unidos con Ford, secretario personal de Nixon, Jefe del Consejo Nacional de Seguridad y del Departamento de Estado, y Ministro de Asuntos Exteriores en repetidas ocasiones.
Colaboró estrechamente con David Rockefeller en el elitista Consejo de Relaciones Exteriores, del que fue presidente. Del CFR han salido desde entonces todos los presidentes de los Estados Unidos excepto Ronald Regan, cuyo equipo estuvo formado mayoritariamente por miembros del CFR. También pertenece a la Comisión Trilateral, el Club de Bilderberg y otras organizaciones de la órbita Rockefeller. Su compañía de consulting Kissinger Associates, tiene como clientes a Estados deudores y a multinacionales acreedoras.
El polaco Zbigniew Brzezinski, casado con una sobrina del que fuera Presidente de la República Checoslovaca Eduard Benes, fue reclutado por Rockefeller en 1971. Llegó a ser Consejero de Seguridad Nacional del gobierno de los Estados Unidos durante la Administración Carter, pero ya con anterioridad había sido nombrado director de la Comisión Trilateral, a la que él mismo definió como “el conjunto de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca”.
Afirma que: “la sociedad será dominada por una elite de personas libres de valores tradicionales que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán con todo detalle a la sociedad, hasta el punto que llegará a ser posible ejercer una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del planeta”. En otro momento dijo: “esta elite buscará todos los medios para lograr sus fines políticos tales como las nuevas técnicas para influenciar el comportamiento de las masas, así como para lograr el control y la sumisión de la sociedad”. Ni siquiera George Orwell, autor de la terrorífica novela “1984”, lo hubiera expresado mejor.
En una entrevista publicada por el New York Times el 1 de agosto de 1976, Brzezinski afirmaba que “en nuestros días, el Estado-nación ha dejado de jugar su papel”. En cierta ocasión pronosticó “el ocaso de las ideologías y de las creencias religiosas tradicionales”.
Brzezinski es especialista en métodos de control social, sus ensayos publicados dibujan un horizonte orwelliano en el que el Gran Hermano vigila y controla permanentemente a cada individuo. Predijo la existencia de gigantes bases de datos donde se almacenan ingentes cantidades de información sobre cada ciudadano (como la que tienen los servicios de inteligencia españoles en El Escorial, Madrid), la instalación masiva de cámaras de vigilancia en las calles y edificios (que ya es un hecho en todas las ciudades del mundo), la generalización de satélites espía de increíble precisión (como los que usan las tropas de EEUU desde la Guerra del Golfo) y la puesta en funcionamiento de documentos de identidad electrónicos (como lo son los modernos pasaportes y carnés de identidad, que contienen un microchip con abundante información del propietario).
La fascinación de Brzezinski por la tecnología aplicada al control social encaja perfectamente con los planes de la elite plutocrática, que ya ha desarrollado nuevos y espeluznantes artilugios, como el microchip subcutáneo con localizador que pretenden hacer obligatorio para toda la población mundial y que sustituiría, unificándolos, a los actuales carnés de identidad, pasaportes, tarjetas de crédito, carnés de conducir, tarjetas de la Seguridad Social, etc., posibilitando la desaparición del dinero físico.
Otro invento terrible que ya nos tiene preparado la elite ha sido diseñado por la compañía estadounidense Nielsen Media Research en colaboración con el Centro de Investigación David Sarnoff (organismo controlado por el CFR y la Sociedad Pilgrims). Se trata de un dispositivo que, una vez instalado en el televisor, permite observar e identificar desde una estación de seguimiento a los espectadores sentados frente a la pequeña pantalla. Este dispositivo evoca “el ojo que todo lo ve”, el Horus egipcio que aparece en los billetes de dólar. El “ojo que todo lo ve” no es sólo un recurso literario en la novela de Orwell 1984. Ya existen millones de cámaras instaladas en carreteras, calles, empresas y locales públicos, y millones de webcam en hogares de todo el mundo. Sin contar con los modernos sistemas operativos del monopolio Microsoft, como el Windows Media, que rastrea sin cesar todos nuestros movimientos a través de la red y permite leer nuestros correos privados de Outlook, el estado de nuestras cuentas corrientes cuando accedemos a la web de nuestro Banco, las palabras clave que utilizamos en los buscadores como Google y el contenido de las páginas que visitamos en Internet.
Lord Carrington, cuyo verdadero nombre es Peter Rupert, fue ministro británico en sucesivos gobiernos, miembro destacado del RIIA (el equivalente al CFR en Gran Bretaña) y de la Sociedad Fabiana, Secretario general de la OTAN, directivo del Barclays Bank y del Hambros Bank y, a partir de 1989, presidente del siniestro Club de Bilderberg.
El cuarto lugarteniente Rockefeller y Secretario General del Club de Bilderberg es el vizconde Etienne Davignon. Su currículum lo dice todo: presidente y fundador de la European Round Table (Mesa Redonda de Industriales, lobby de las multinacionales europeas), ex vicepresidente de la Comisión Europea, miembro de la Trilateral y del Center for European Policy Studies, ministro belga de Exteriores, presidente de la Asociación para la Unión Monetaria en Europa, primer presidente de la Agencia Internacional de Energía, presidente de la Société Générale de Belgique, presidente de Airholding, vicepresidente de Suez-Tractebel, administrador de Kissinger Associates, Fortis, Accor, Fiat, BASF, Solvay, Gilead, Anglo-american Mining, entre otras corporaciones.

http://www.alertadigital.com/2017/03/20/el-mundo-respira-mejor-muere-el-banquero-multimillonario-david-rockefeller-uno-de-los-impulsores-del-nuevo-orden-mundial/

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