La Vida Según Lao Tse

9 marzo 2017 by

La Vida Según Lao Tse

Entrevista inédita de Ayn Rand (1967) completa

20 enero 2017 by

Entrevista inédita de Ayn Rand (1967) completa

PADRE CASTELLANI: LA FORTALEZA DEL HOMBRE RELIGIOSO

10 diciembre 2016 by

LEONARDO CASTELLANI: LA FORTALEZA DEL HOMBRE RELIGIOSO

FORTALEZA Y PACIENCIA

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El gran escollo del hombre ético es el dolor; no se entiende bien el dolor.

Se entiende el dolor como castigo de faltas, como estímulo para la lucha, como alimento vital de la energía; pero no se entiende el dolor sin esperanza, el dolor sin compensación, el dolor perpetuo.

El hombre ético hoy día sucumbe al dolor; a semejanza de “la semilla que cayó entre zarzas, que prendió y creció, pero al final las zarzas la ahogaron”.  Esto no lo entiende bien el hombre ético, que sucumbe a la persecución.

El hombre religioso sufre persecución; y su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha.

No se trata de que los católicos amen “el dolor por el dolor”, o enseñen que hay que buscar el dolor; pues no hay que buscar el dolor; es una cosa diferente.

Pero, ¿por qué? Porque la vida del hombre religioso, está dominada por la Fe. La Fe es algo así como un injerto de la Eternidad en el Tiempo; y por tanto la vida del hombre de fe tiene que ser una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento. La Fe es creer lo que Dios ha revelado; y lo que Dios ha revelado es superior al entendimiento del hombre.

“Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia”, dice Santo Tomás.

Fortaleza significa valentía y se define como “la aptitud para acometer peligros y soportar dolores”.

La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tiene verdadera inquina a la cobardía. En el Apocalipsis San Juan enumera una cantidad de condenados al fuego, y entre ellos pone “los mentirosos y cobardes”, que faltan a la Justicia y a la Fortaleza.

La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es “la palanca del Diablo”, dice Santo Tomas.

El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.

La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario, ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder la propia razón de ser.

La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas.

No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”; y tampoco si no existiera la vulnerabilidad.

La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar para siempre cuerpo y alma”. No dice: “No temáis nada”, porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales captados en su realidad real, no en imaginaciones…

Dice Cristo: “temed menos”, y, en caso de conflicto, que el temor mayor venza al menor, impidiéndonos “perder el alma”, aun a costa de perder la vida.

De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás inesperadamente.

¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el ataque por más valeroso que el simple aguante.

Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte de ella.

En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio.

El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio “triunfo” y no derrota.

“Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso”, dijo uno. ¿Por qué? Porque espera su momento.

La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”.

Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en la última “invulnerabilidad”, en la inmunidad definitiva.

Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable; pero si no es inevitable, no. De donde se ve que la Paciencia pende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.

La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de “aguardar” y “aguaitar”.

Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Preorden, el Orden, y el Superorden, y está integrada en ellos.

El Preorden en este caso es el coraje natural, el instinto de agresión, en el varón sobre todo, y de resistencia, en la mujer sobre todo; que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende mucho del cuerpo, temperamento y temple.

El Orden es el coraje ordenado por la razón y devenido valentía o valor.

El Superorden es la virtud moral de la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y cortado de lo natural, que haga grandes actos de fortaleza en virtud de lo sobrenatural.

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FUENTE:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/11/24/padre-castellani-la-fortaleza-del-hombre-religioso/

LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES: LA FORTALEZA DISPUESTO A CAER

10 diciembre 2016 by

JOSEF PIEPER: LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES

LA FORTALEZA

DISPUESTO A CAER

La fortaleza supone vulnerabilidad

Sin vulnerabilidad no se daría ni la posibilidad misma de la fortaleza.

En la medida en que no es vulnerable, está vedado al Ángel participar de esta virtud.

Ser fuerte o valiente no significa sino ésto: poder recibir una herida.

Si el hombre puede ser fuerte, es porque es esencialmente vulnerable.

Por herida se entiende aquí toda agresión, contraria a la voluntad, que pueda sufrir la integridad natural, toda lesión del ser que descansa en sí mismo, todo aquello que, aconteciendo en y con nosotros, sucede en contra de nuestra voluntad.

En suma: todo cuanto es de alguna manera negativo, cuanto acarrea daño y dolor, cuanto inquieta y oprime.

Relación implícita con la muerte

Pero la más grave y honda de todas las heridas es la muerte.

Hasta las heridas no mortales son imágenes de la muerte; esta lesión extrema, este último «no» extiende la esfera de su influjo a toda negación penúltima, en la que vislumbramos como un reflejo suyo.

De este modo, la fortaleza está siempre referida a la muerte, a la que, ni un instante, cesa de mirar cara a cara.

Ser fuerte es, en el fondo, estar dispuesto a morir.

O dicho con más exactitud: estar dispuesto a caer, si por caer entendemos morir en el combate.

Toda herida del ser natural entraña la referencia a la muerte. Todo acto de fortaleza se nutre así de la disposición a morir como de su raíz más profunda, por distante que un tal acto pueda parecer, visto desde fuera, del pensamiento de la muerte.

Una «fortaleza» que no descienda hasta las profundidades del estar dispuesto a caer está podrida de raíz y falta de auténtica eficacia.

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Martirio sin romanticismo

La disposición se manifiesta en el riesgo de la acción.

El acto propio y supremo de la virtud de la fortaleza, aquel en el que ésta alcanza su plenitud, es el martirio.

La disposición para el martirio es la raíz esencial de la fortaleza cristiana.

Sin una tal disposición jamás se daría este hábito.

Cuando el concepto y la posibilidad real del martirio se desvanecen en el horizonte visual de una época, fatalmente degradará ésta la imagen de la virtud de la fortaleza, al no ver en ella otra cosa que un gesto de bravuconería.

Pero no estará de más advertir que ese desvanecimiento puede tener lugar de múltiples modos.

El pequeño burgués estima que la verdad y el bien «se imponen por sí mismos», sin que tenga que exponerse la persona; y esta opinión es en todo equiparable a ese entusiasmo de bajo precio, que no se cansa nunca de elogiar la «alegre disposición para el martirio».

Porque en uno y otro caso se diluye por igual la realidad de este acto.

La Iglesia piensa de otra forma en este asunto.

Por un lado nos dice que el estar dispuesto a verter la sangre por Cristo es cosa que cae de modo inmediato bajo la rigurosa obligación del mandato divino (cadit sub praecepto); «el hombre tiene que estar dispuesto a dejarse matar antes que negar a Cristo o pecar gravemente».

La disposición para la muerte es, por tanto, uno de los fundamentos de la doctrina cristiana.

Pero preguntemos, por otro lado, a la Iglesia de los mártires cuál sea su opinión respecto al locuaz entusiasmo por el martirio del que acabamos de hacer mención.

Leamos este conciso pasaje del Martirio de San Policarpo, uno de los más antiguos relatos del tiempo de la persecución (mitad del siglo segundo), enviado por la «Iglesia de Dios en Esmirna a todas las comunidades de la santa y católica Iglesia»:

«Y uno, un frigio de nombre Quinto, fue presa del terror al divisar a las fieras. Precisamente era el mismo que se había presentado voluntariamente a las autoridades después de inducir a algunos más a seguir su ejemplo. Las reiteradas exhortaciones del procónsul lograron llevarlo a la decisión de ofrendarse en silencio. Por eso, hermanos, no alabamos a los que se presentan por sí solos a los tribunales; ni es ésto lo que se enseña en el Evangelio».

Y San Cipriano, Padre de la Iglesia, que fue decapitado, explicaba al procónsul Paternus: «Nuestra doctrina prohíbe que uno se delate a sí mismo».

Justamente parece haber sido suposición constante de los Padres de la Iglesia primitiva, de Cipriano a Ambrosio, pasando por Gregorio Nacianceno, que los hombres a los que Dios mantiene la fuerza hasta el final son más bien aquellos que antes preferían escapar que no dirigirse presurosos al martirio, fiando petulantemente en la propia resolución.

Y Santo Tomás de Aquino afirma, en un artículo de la Summa sobre lo que podríamos llamar la «alegría de la fortaleza» (utrum fortis delectetur in suo actu), que el dolor del martirio oculta incluso la alegría espiritual por el acto grato a Dios, «a no ser que sobreabunde la gracia y eleve con más fuerza el alma a las cosas divinas».

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Ante la áspera y nada romántica realidad que cobra expresión verbal en el rigor de estas manifestaciones, el entusiasmo fraseológico y las simplificaciones se diluyen en lo esencial.

Pero sólo de ese modo queda libre la mirada para captar el sentido real de este dato inquebrantable: que la Iglesia cuenta a la disposición para el martirio entre los fundamentos de la vida cristiana.

El recibir la herida no constituye la esencia toda de la fortaleza, sino sólo la mitad exterior de ella.

El fuerte no recibe esa herida por su propia y espontánea voluntad.

Si la recibe, es más bien por conservar o ganar una integridad más esencial y más honda.

Ni un solo instante se aleja de la conciencia del cristiano la certeza de alcanzar a ser partícipe, merced a las heridas recibidas en la lucha por el bien, de una integridad que se liga al centro vital del ser humano de forma mucho más próxima y entrañable que cualquier tipo de sosiego puramente natural.

Pero no siempre logran los enemigos y censores del cristianismo descubrir ni estimar en su justo valor esta certeza ni el privilegiado lugar que ocupa entre las fuerzas vivas del cristiano.

Victoria mortal

El martirio se aparecía a los ojos de la Iglesia primitiva como una victoria, aun cuando también sea cierto que se le apareciese como una victoria mortal: «el que muere por la fe, triunfa; si viviera sin la fe, sería derrotado», dice, refiriéndose a los mártires, San Máximo de Turín, obispo del siglo quinto.

Y Tertuliano afirma: «allí donde somos pasados a cuchillo, triunfamos; y cuando se nos lleva ante el juez, quedamos en libertad».

El que estas victorias se logren a costa de la muerte o de ser cuando menos vulnerado es una de las inconcebibles e inalterables condiciones bajo las cuales existe el cristianismo en el mundo —y quizá no sólo el cristianismo—.

Santo Tomás de Aquino parece próximo al extremo de fijar como esencia de la fortaleza el combate que esta virtud libre contra el predominio del mal, del que el fuerte triunfa sólo a costa de morir o de ser herido.

El fuerte no «sufre por sufrir», ya que no desprecia la vida Pero por este momento conviene dejar muy particularmente sentado, desde un principio, que el que es fuerte o valiente no busca ser herido por su propia y espontánea voluntad.

El «sufrir por sufrir» no constituye menor sin sentido para el cristiano que para el hombre «natural».

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No es que vaya a desdeñar el que sufre daño por Cristo lo que pierde al ser dañado. El mártir no menosprecia la vida, pero la tiene en menos que aquello por lo que la entrega.

Santo Tomás de Aquino dice que el cristiano no sólo ama su vida con las fuerzas vitales del cuerpo, que ansían perseverar en la existencia, sino también con las energías morales del alma espiritual.

Estas palabras no encierran el más leve acento de disculpa. Porque no se significa con ellas que el hombre ame su vida natural por ser «solamente hombre», sino que la ama justamente porque y en la medida misma en que es un hombre bueno.

Y lo que se ha dicho de la vida vale asimismo para el ámbito entero de cuanto lleva consigo la integridad natural: alegría, salud, éxito, felicidad.

Todas estas cosas son bienes auténticos que el cristiano en modo alguno desprecia ni de los cuales se desprende sin más, salvo para conservar bienes más altos, cuya pérdida lesionaría más gravemente el núcleo esencial de la existencia humana.

No estará de más advertir que la validez de cuanto queda dicho no se ve alterada un ápice por esta otra verdad no menos indubitable: que la vida heroica de los santos y de los grandes cristianos puede serlo todo antes que el resultado de un cálculo, precavido y ponderado, de ganancia y de placer.

No es ésta una «tensión» que pueda resolverse en un acuerdo armónico; para el espíritu finito y la vida terrena es, en todo caso, irreductible e insuperable.

Pero no por ello se nos aparece, ni más ni menos, envuelta en contradicción que la palabra del Evangelio: «el que ama su alma, la perderá» (Ioh., XII, 25).

Ni tampoco es cosa más enigmática que el hecho sorprendente de que Santo Tomás de Aquino, el pensador abierto a la realidad y vuelto al mundo, aquel al que tantas veces se ha reprochado su meridiano optimismo del más acá, sea el mismo que nos asegure que el saber que realmente penetra en las cosas creadas va acompañado de una tristeza de abismo; insuperable tristeza de la cual no hay fuerza natural alguna, ni del entendimiento ni de la voluntad, que sea capaz de librar al hombre (y tristeza de la que se nos dice en el Sermón de la Montaña: bienaventurados los tristes, porque ellos serán consolados).

Querer traspasar los límites de lo que ya no puede ser sabido es un absurdo manifiesto.

Estas cuestiones sobre el sentido y la medida del sacrificio de bienes naturales desembocan inmediatamente en el impenetrable misterio de la existencia concreta del hombre: la existencia de un ser que es a la vez corporal y espiritual, y que ha sido creado, elevado, caído y redimido.

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FUENTE:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/12/02/josef-pieper-las-virtudes-fundamentales-2/

LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES: LA FORTALEZA

10 diciembre 2016 by

JOSEF PIEPER: LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES

LA FORTALEZA

LA FORTALEZA NO DEBE FIARSE DE SÍ MISMA

No se trata de «vivir peligrosamente», sino rectamente

Si la esencia de la fortaleza consiste en aceptar el riesgo de ser herido en el combate por la realización del bien, se está dando por supuesto que el que es fuerte o valiente sabe qué es el bien y que él es valiente por su expresa voluntad de bien.

«Por el bien se expone el fuerte al peligro de morir».

«Al hacer frente al peligro, no es el peligro lo que la fortaleza busca, sino la realización del bien de la razón».

«El soportar la muerte no es laudable en sí, sino sólo en la medida en que se ordena al bien».

Lo que importa no son las heridas, sino la realización del bien.

De ahí que no sea la fortaleza la primera ni la más grande de entre las virtudes, pese a ser la que exige del hombre lo más difícil.

Porque no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen a la virtud, sino únicamente el bien.

La fortaleza remite, por tanto, a algo que, por naturaleza, es anterior. Es algo esencialmente segundo y subordinado, algo que precisa sujetarse a medida. Forma parte de una escala de rango y de sentido de la que no es el primer peldaño.

La fortaleza no es independiente ni descansa en sí misma. Su sentido propio le viene sólo de su referencia a algo que no es ella.

«La fortaleza no debe fiar de sí misma», dice San Ambrosio.

La fortaleza es nombrada en tercer lugar en la serie de las virtudes cardinales. Es cosa que saben hasta los párvulos. Pero esta seriación enumerativa no es casual; es al mismo tiempo lógica.

La prudencia y la justicia preceden a la fortaleza. Y ello no significa ni más ni menos que lo siguiente: sin prudencia y sin justicia no se da la fortaleza; sólo aquel que sea prudente y justo puede además ser valiente; y es de todo punto imposible ser realmente valiente si antes no se es prudente y justo.

Tampoco será posible, en consecuencia, hablar de la esencia de la fortaleza, si no se tiene a la vista la relación a la prudencia y a la justicia implicada por dicha virtud.

juanaSólo el prudente puede ser valiente

Meditemos, como primera instancia, sobre el sentido de este aserto: sólo el prudente puede ser valiente.

La fortaleza sin prudencia no es fortaleza.

El pasmo que despierta en nosotros semejante afirmación, no bien paramos mientes en su significado, es sintomático indicio de la medida a que ha llegado el proceso de extrañamiento que nos ha ido alejando de los luminosos fundamentos de la doctrina clásica elaborada por la Iglesia.

Sólo en la actualidad se ha empezado a volver a descubrir, todavía entre vacilaciones y tanteos, el elevado rango y la jerarquía sistemática que, de acuerdo con lo expresado en el aludido aserto, corresponde a la prudencia.

La inmediata asociación de ambas virtudes, el valor y la prudencia, parece contradecir en cierto modo la idea que el hombre de nuestros días tiene de cada una.

Ello se debe en parte al hecho de que el uso actual del lenguaje ha dejado de significar exactamente por la voz prudencia, lo que la teología clásica de la Iglesia entendía por prudentia y discretio.

¿En qué otra cosa pensamos al hablar de prudencia si no es en esa avisada astucia que permite al «táctico», sagaz y «ducho en la materia», eludir el trance de tener que comprometerse con riesgos de su persona, hurtando el cuerpo así no ya a las heridas, sino a la posibilidad misma de recibirlas?

¿Qué otra cosa nos sugiere la palabra que no sea esa «circunspección» engañosa, la «tranquila reflexión» a la que apela el pusilánime para poder dejar que mientras tanto se le vaya de las manos la ocasión de hacer frente al caso grave que le urge? Forzoso es que a una «prudencia» de tal cariz se le antoje que el valor es cosa imprudente y necia.

Tal vez debiera iniciarse el ensayo de elegir un vocablo de distinta configuración al que usamos para significar la noción de prudentia.

(La sociología del lenguaje ha llamado la atención sobre la circunstancia de que son cabalmente las expresiones lingüísticas que nos sirven para designar conceptos normativos de carácter moral las que antes parecen expuestas al riesgo de sufrir la pérdida de su sentido propio y primigenio, que no tarda en verse empalidecido y gastado, cuando no metamorfoseado en su mismo contrario; lo que plantearía la exigencia de someter la terminología ética a una tarea de transformación y creación idiomática que no descuidase un momento su vigilancia).

En otra ocasión he propuesto hablar de «objetividad» en lugar de «prudencia»,sin que ello deba hacernos olvidar, empero, que el sentido usual de esta palabra no coincide más que en parte con el significado clásico de prudentia-discretio.

En todo caso parece más apto para hacer mentalmente perceptible tal significado.

Objetivo es el hombre que en su conocer y su obrar se conforma al «logos objetivo» de lo real.

Pero éste, y no otro, es así mismo el significado propio y primario de la prudencia.

Por ella es mentada la «sabiduría» de aquel al que todo le sabe tal como realmente es, cui sapiunt omnia prout sunt (según reza la fórmula, sencilla y grandiosa a la par, de San Bernardo de Clairvaux y de la Imitación de Cristo).

monjeLa prudencia tiene dos rostros.

El uno —que es cognoscitivo y «mensurado»— está vuelto a la realidad; el otro —que es resolutivo, preceptivo y «mensurante»— mira al querer y al obrar.

En el primero se refleja la verdad de las cosas reales; en el segundo se hace visible la norma del obrar.

Es de advertir que la relación que dice la prudencia a la realidad antecede por naturaleza a la relación que este hábito dice a la acción.

La prudencia «traduce», conociendo y dirigiendo, la verdad de lo real en la bondad del operar humano.

Sólo por ello alcanza a poseer el humano operar bondad objetiva: porque es a su vez susceptible de ser, a la inversa, «reducido» al conocimiento verdadero de las cosas: de la misma manera que el pecado descansa siempre —¡pero no solamente!— en una opinión errónea sobre la esencia de lo real.

De este modo la prudencia no es tan sólo ni tan simplemente la primera en serie y rango de las virtudes cardinales, sino también, y con toda exactitud, la genitrix virtutum, que «genera» a las demás; es la forma intrínseca de ellas, tal como el alma lo es del cuerpo.

Lo primero que se exige del hombre que actúa es que se encuentre en posesión de un saber de la realidad, y de un saber que sea «directivo», relativo a la acción; pero este «saber directivo» es lo que constituye la esencia de la prudencia.

«La prudencia es condición necesaria de toda virtud moral».

Sin prudencia no hay justicia, fortaleza ni templanza. Porque las tres son mediante la prudencia.

La fortaleza es así fortaleza en la medida en que es «informada» por la prudencia.

La doble significación del verbo «informar» viene muy a propósito para nuestra intención. En el lenguaje corriente de hoy, «informar» significa ante todo: instruir; pero tomado como tecnicismo escolástico y como inmediata versión del latín informare, lo que el verbo en cuestión significa es: dar la forma intrínseca.

Ambas significaciones se cruzan en el caso especial de la relación que las dos virtudes guardan entre sí: al ser la fortaleza «instruida» por la prudencia, recibe aquélla de ésta su forma intrínseca, es decir, su esencia propia de virtud.

La virtud de la fortaleza no tiene nada que ver con una impetuosidad ciega y puramente vital (sin que ello deba hacernos olvidar, por otra parte, hasta qué punto supone esta virtud, en un grado tal vez mayor que las restantes, la salud en el orden de lo vital).

El que impremeditada e indiferentemente se expone a toda suerte de peligros no es ya valiente; porque al comportarse de ese modo da a entender bien a las claras que cualquier cosa es para él, sin tener en cuenta diferencias ni pararse a meditarlo, de un valor más alto que su integridad personal, a la que por tales motivos pone en juego.

Lo que constituye la esencia de la fortaleza no es el exponerse de cualquier forma a cualquier riesgo, sino sólo una entrega de sí mismo que es conforme a la razón, y con ello, a la verdadera esencia y al verdadero valor de lo real: «non qualitercumque, sed secundum rationem».

La auténtica fortaleza supone una valoración justa de las cosas: tanto de las que se «arriesga», como de las que se espera proteger o ganar.

Aquella jactancia griega a la que Pericles dio expresión en las nobles sentencias de su discurso en memoria de los caídos, encerraba también una verdad que es propia de la sabiduría cristiana: «porque tal es nuestra condición: afrontar libremente los más grandes riesgos, después de haber pensado mucho lo que hay que hacer. Para otros, en cambio, el valor es solamente hijo de la ignorancia, mientras el pensamiento es padre de la cobardía».

La prudencia da su forma esencial e intrínseca a las restantes virtudes cardinales: a la justicia, a la fortaleza y a la templanza. Pero las tres no dependen de la prudencia en la misma medida.

En primer lugar, la fortaleza es informada por la prudencia de modo menos inmediato que la justicia; la justicia es la primera palabra de la prudencia, y la fortaleza, la segunda; la prudencia informa, por así decirlo, a la fortaleza mediante la justicia.

La justicia descansa exclusivamente en la mirada de la prudencia, orientada a lo real; la fortaleza, en cambio, descansa al mismo tiempo sobre la prudencia y sobre la justicia.

Santo Tomás de Aquino fundamenta el orden jerárquico de las virtudes cardinales de la siguiente manera: el bien propio del hombre es la realización de sí mismo conforme a la razón, esto es, conforme a la verdad de las cosas que existen (Ni por un instante debemos olvidar que, para la teología clásica de la Iglesia, la razón significa siempre y sólo el «paso» a la realidad. Ello nos tendría de antemano precavidos contra toda tentación de transferir a la ratio,vinculada a lo real, de la alta escolástica, el legítimo sentimiento de irónica desconfianza que despierta la «razón» autónoma de la filosofía idealista del siglo diecinueve). Este «bien de la razón» está dado, de acuerdo con el contenido de su esencia, en el conocimiento normativo de la prudencia. Por la justicia pasa a cobrar dicho bien existencia real: «es misión de la justicia imponer el orden de la razón en todos los asuntos humanos». Las otras virtudes —fortaleza y templanza— sirven a la conservación de ese bien (sunt conservativae huius boni); su misión es tener a salvo al hombre del peligro de decaer del bien de la razón. De entre estas dos últimas virtudes, es a la fortaleza a la que corresponde la primacía.

El imperio de la prudencia hace patente en su obligatoriedad al bien humano. La justicia es la que propia y primeramente se encarga de traerlo a la realidad existencial. La fortaleza no es en sí misma, por ende, la primordial realización del bien. Su misión consiste en proteger o abrir paso franco a esta realización.

san-luis-rey-10La fortaleza sin justicia es palanca del mal

No es sólo, por tanto, que sea el prudente el único que puede ser valiente.

No menos cierto es, además, que una «fortaleza» que no se ponga al servicio de la justicia es tan irreal y tan falsa como una «fortaleza» que no esté informada por la prudencia.

Sin la «cosa justa», no hay fortaleza. La cosa es lo que decide, y no el daño que se pueda sufrir: martyres non facit poena, sed causa, escribe Agustín. «El hombre no pone su vida en peligro de muerte más que cuando se trata de la salvación de la justicia. De ahí que la dignidad de la fortaleza sea una dignidad que depende de la anterior virtud», afirma Tomás de Aquino. Y el libro de San Ambrosio sobre los oficios dice: «la fortaleza sin justicia es palanca del mal».

FUENTE:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/12/05/josef-pieper-las-virtudes-fundamentales-3/

LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES: LA FORTALEZA RESISTIR Y ATACAR

10 diciembre 2016 by

JOSEF PIEPER: LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES

LA FORTALEZA

RESISTIR Y ATACAR

Fortaleza y carencia de miedo

Ser fuerte o valiente no es lo mismo que no tener miedo.

Por el contrario, la virtud de la fortaleza es cabalmente incompatible con un cierto género de ausencia de temor: la impavidez, que descansa en una estimación y valoración erróneas de lo real.

Pareja impavidez, o bien es ciega y sorda para la realidad del peligro, o bien es resultado de una perversión del amor.

Porque el temor y el amor se condicionan mutuamente: cuando nada se ama, nada se teme; y si se trastorna el orden del amor, se pervierte asimismo el orden del temor.

Sin duda, el hombre que ha perdido la voluntad de vivir cesa de sentir miedo ante la muerte.

Pero la indiferencia que nace del hastío de la vida se encuentra a fabulosa distancia de la verdadera fortaleza, en la medida en que representa una inversión del orden natural.

La virtud de la fortaleza no ignora el orden natural de las cosas, al que reconoce y guarda.

El sujeto valeroso mantiene sus ojos bien abiertos y es consciente de que el daño a que se expone es un mal.

fortaleza-4Sin falsear ni valorar con torcido criterio la realidad, deja que ésta le «sepa» tal como realmente es: por eso ni ama la muerte ni desprecia la vida.

En un cierto sentido, la fortaleza supone el miedo del hombre al mal; porque lo que mejor caracteriza a su esencia no es el no conocer el miedo, sino el no dejar que el miedo la fuerce al mal o le impida la realización del bien.

El que —aun haciéndolo por el bien— se arriesga a un peligro sin tener conciencia de su magnitud, o bien por dejarse llevar de un instintivo optimismo (con el consabido «no me pasará nada»), o bien porque se abandona a una confianza, no exenta de fundamento, en el vigor y la aptitud para el combate propios de su natural condición…, ese tal no posee todavía la virtud de la fortaleza.

La posibilidad de ser valiente, en el verdadero sentido de la palabra, no está dada más que cuando fallan todas esas certidumbres, reales o aparentes, es decir, cuando el hombre, abandonado a sus solas fuerzas naturales, siente miedo; y no, por cierto, cuando es trivial la ansiedad que se lo inspira, sino cuando el pavor que experimenta se funda en la inequívoca conciencia de que la efectiva disposición de las cosas no ofrece otra opción que la de sentir un razonable miedo.

El que en una situación de tan acondicionada gravedad, ante la que el miles gloriosus enmudece y el gesto heroico se torna paralítico, hace frente a lo espantoso sin consentir que se le impida la práctica del bien, y ello no por ambición ni por recelo de ser tachado de cobarde, sino, y sobre todo, por el amor del bien, o, lo que en última instancia viene a ser lo mismo, por el amor de Dios: ése y sólo ése es realmente valeroso.

Estas consideraciones no pretenden rebajar un punto el valor del optimismo natural o del vigor y la aptitud combativa igualmente naturales, como tampoco menoscabar la importancia vital de tales facultades ni el enorme interés que poseen para la ética.

Pero es importante que se tenga clara idea del lugar donde propiamente reside la esencia de la fortaleza como virtud; y este lugar se halla instalado allende las fronteras de lo vital.

Ante la perspectiva del martirio, el optimismo natural pierde todo sentido, y la natural facilidad para la pelea se encuentra literalmente atada de pies y manos; no obstante, el martirio es el acto propio y más alto de la fortaleza, y sólo en este caso de extrema gravedad accede la referida virtud a revelarnos su esencia, a la cual se adecúan por igual aquellos otros de sus actos cuya realización no requiere tan elevada dosis de heroísmo («ad rationem virtutis pertinet ut respiciat ultimum», tener fija la mirada en lo último es parte esencial de la virtud).

fortaleza5A este respecto conviene mencionar la relación existente entre la fortaleza como actitud ética y su calidad de virtud castrense.

Da que pensar una frase de Santo Tomás: «Quizá los menos valientes son los mejores soldados».

Por supuesto que hay que poner el acento en el «quizá».

De una parte, sin duda, parece que el luchador nato está hecho de audacia, arrojo y coraje.

De otra parte, sin embargo, la entrega de la propia vida en justa defensa de la comunidad es difícil que se dé allí donde no existe la virtud moral de la fortaleza.

La fortaleza no significa, por ende, la pura ausencia de temor.

Valiente es el que no deja que el miedo a los males perecederos y penúltimos le haga abandonar los bienes últimos y auténticos, inclinándose así ante lo que en definitiva e incondicionadamente hay que temer.

El temor de lo que en definitiva debe ser temido constituye, como «negativo» del amor de Dios, uno de los fundamentos sencillamente necesarios de la fortaleza (y de toda virtud en general): «el que teme a Dios de nada tiene miedo» (Eclesiástico, XXXIV, 16).

fortaleza6Resistir y no atacar: el acto propio de la fortaleza

Sólo el que realiza el bien, haciendo frente al daño y a lo espantoso, es verdaderamente valiente.

Pero este «hacer frente» a lo espantoso presenta dos modalidades que sirven, por su parte, de base a los dos actos capitales de la fortaleza: la resistencia y el ataque.

El acto más propio de la fortaleza, su actus principalior, no es el atacar, sino el resistir.

Esta afirmación de Santo Tomás se nos antoja extraña, y a buen seguro que más de un contemporáneo la explicará sin vacilar como expresión de una concepción y una doctrina de la vida «pasivista» y «típicamente medieval».

Semejante interpretación, empero, dejaría intacto el corazón del problema.

Santo Tomás no piensa en modo alguno que el acto de la resistencia posea en su entera generalidad un valor más alto que el del ataque, ni afirma tampoco que el resistir sea en cualquier caso más valiente que el atacar.

¿Qué puede significar entonces con esa afirmación? No otra cosa sino lo siguiente: que el «lugar» propio de la fortaleza es ese caso ya descrito de extrema gravedad en el que la resistencia es, objetivamente, la única posibilidad que resta de oponerse; y que sólo y definitivamente en una tal situación es donde muestra la fortaleza su verdadera esencia.

La posibilidad de que el hombre pase por el trance de ser herido o de sucumbir incluso en la realización del bien, mientras la iniquidad, mundanamente hablando, emerge prepotente, forma parte de la imagen del mundo de Santo Tomás y del cristianismo en general, posibilidad que se ha esfumado en cambio, según sabemos todos, de la imagen del mundo del liberalismo ilustrado.

Por lo demás, el acto de resistencia sólo en un sentido extremo es algo pasivo.

De ello se hace cargo Santo Tomás al plantearse esta objeción: si la fortaleza es una perfección, no puede ser su acto propio el resistir, ya que la resistencia es pasividad pura y siempre lo activo del obrar sobrepasa en perfección a lo pasivo del sufrir.

En su respuesta advierte el Santo que el momento de la resistencia implica una enérgica actividad del alma, un fortissime inhaerere bono o valerosísimo acto de perseverancia en la adhesión al bien; y sólo de esta actividad de valiente corazón se nutre la energía que da arrestos al cuerpo y al alma para sufrir el ultraje de ser herido o muerto.

Preciso es confesar que el cristianismo del pequeño burgués, forzado e intimidado por el canon no cristiano de un ideal activista y heroico de la fortaleza, ha enterrado en la conciencia común estos contenidos al interpretarlos torcidamente en el sentido de un oscuro pasivismo preñado de resentimiento.

fortaleza7Paciencia y fortaleza

Más oportuna, si cabe, resulta la anterior observación por lo que respecta a la imagen hoy vigente de la virtud de la paciencia.

La paciencia es para Santo Tomás un ingrediente necesario de la fortaleza.

La causa de que esta coordinación de paciencia y fortaleza nos parezca absurda no reside sólo en el hecho de que hoy tendamos a malentender en un sentido fácilmente activista la esencia de la fortaleza, sino sobre todo en la circunstancia de que, a los ojos de nuestra imaginación, la virtud de la paciencia ha venido a significar —como antítesis de lo que fue para la teología clásica— un padecer incapaz de llevar a cabo cualquier discriminación sensata, ávido de desempeñar su papel de «víctima», consumido por la aflicción, falto de alegría y de médula y abierto de brazos sin distinción a todo género de mal que le salga al paso, cuando no es que se lanza a buscarlo por propia iniciativa.

Pero la paciencia es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal: «paciente es no el que no huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza».

Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien.

La virtud de la paciencia no es incompatible con una actividad que en forma enérgica se mantiene adherida al bien, sino justa, expresa y únicamente con la tristeza y el desorden del corazón.

La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza: «ne frangatur animus per tristitiam et decidat a sua magnitudine».

De ahí que no sea la paciencia el espejo empañado de las lágrimas de una vida «rota» (como tal vez pudiera sugerir la inspección de lo que, bajo múltiples aspectos se muestra y ensalza con este nombre), sino el rutilante emblema de una invulnerabilidad última.

La paciencia es, como dice Hildegarda de Bingen, «la columna que ante nada se doblega».

Y Santo Tomás, basándose en la Sagrada Escritura, resume lo esencial con la infalibilidad de su extraordinaria puntería: «por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma».

El que es valeroso es también —y precisamente por ser valeroso— paciente.

Pero no a la inversa: la paciencia está lejos de implicar la virtud total de la fortaleza; tan lejos o más aún de lo que pueda estarlo, por su parte, el acto de resistencia, al que la paciencia se ordena.

Porque el valiente no sólo sabe soportar sin interior desorden el mal cuando es inevitable, sino que tampoco se recata de «abalanzarse» (insilire)acometedor sobre él y desviarlo cuando puede tener sentido hacerlo.

A esta segunda eventualidad se ordena, como actitud interna del valiente, la disposición para el ataque: la animosidad, la confianza en sí mismo y la esperanza en la victoria: «la confianza, que es parte de la fortaleza, lleva consigo la esperanza que pone el hombre en sí mismo y que naturalmente supone la ayuda de Dios».

Cosas son éstas tan evidentes que hacen superflua toda ulterior explicación.

fortaleza8Fortaleza e ira

La relación positiva, en cambio, que, según Santo Tomás, guarda la ira (cuando es justa) con la virtud de la fortaleza ha venido a resultar en amplia medida incomprensible para el cristianismo actual y sus censores no cristianos.

Esta falta de comprensión se debe en parte a la influencia de una suerte de estoicismo espiritualista que ha excluido prácticamente de la ética cristiana el momento de lo pasional (del cual es siempre el cuerpo condición concomitante), como si fuese algo extraño e inconciliable con ella; pero también se explica, en cierto modo, por la circunstancia de que la actividad explosiva que se manifiesta a través de la ira es la antítesis natural de una valentía sofrenada «a la burguesa».

Santo Tomás, por el contrario, encontrándose libre tanto del uno como del otro extremo, afirma que el valiente hace uso de la ira en el ejercicio de su propio acto, sobre todo al atacar; «porque el abalanzarse contra el mal es propio de la ira, y de ahí que pueda ésta entrar en inmediata cooperación con la fortaleza».

Podemos advertir, en consecuencia, cómo la doctrina clásica de la fortaleza rebasa el angosto círculo de las ideas convencionales hoy vigentes, no sólo por lo que respecta a la dirección de lo «pasivo», sino también en lo que se refiere al mencionado aspecto «agresivo» de la susodicha virtud.

Ello no obstante, debe quedar bien sentado que lo más propio de la fortaleza no es el ataque, ni la confianza en sí mismo, ni la ira, sino la resistencia y la paciencia. Mas no —y nunca se repetirá lo bastante— porque la paciencia y la resistencia sean en absoluto algo mejor y más perfecto que el ataque y la confianza en sí, sino porque el mundo real está constituido de tal forma que sólo en el caso ya descrito de más extrema gravedad, el cual no deja otro margen a la actitud de oposición que la resistencia, puede revelarse la última y más profunda fuerza anímica del hombre.

El sistema de poder de «este mundo» está de tal manera estructurado que no es en el encolerizado ataque, sino en la resistencia, donde se esconde la última y decisiva prueba de la verdadera fortaleza, cuya esencia puede encerrarse en esta fórmula: amar y realizar el bien, aun en el momento en que amenaza el riesgo de la herida o de la muerte, sin jamás doblegarse ante las conveniencias.

Uno de los datos o realidades fácticas fundamentales de este mundo, caído en el desorden por el pecado original, es que la más extrema fuerza del bien se revela en la impotencia.

Y la palabra del Señor: «Mirad, yo os envío como ovejas ante lobos», designa la situación del cristiano en este mundo, la cual todavía no ha cambiado.

El solo pensamiento de este orden de cosas podrá resultar punto menos que insoportable para las «jóvenes generaciones»; la repugnancia a admitirlo y el íntimo sentimiento de oposición contra la «resignación» de los que han «capitulado» puede valer justamente como la nota distintiva de la verdadera juventud.

En esa oposición alienta y vive siempre el sentido inmortal del hombre para el orden creacional, «propio» y primigenio del mundo, sentido que el verdadero cristiano no pierde nunca, ni siquiera cuando, enseñado por la experiencia, aprende a reconocer no sólo «conceptualmente», sino en lo que tiene de «real» la insoslayable realidad intramundana del desorden consecutivo al pecado original.

Con lo cual queda dicho, entre paréntesis, que hay también una manera no cristiana o «precristiana » de «capitular», cuya superación es tarea perpetua de la juventud, y muy principalmente de la juventud cristiana.

Por lo demás, conviene añadir que la frase simbólica de las «ovejas entre lobos» no cobra todo su sentido más que cuando se alude por ella al estrato profundo, velado por el secreto del ser en el mundo del cristiano.

Estrato que indudablemente yace como posibilidad real, codeterminándolos y coloreándolos de la manera más íntima, a la base de cuantos conflictos concretos plantea la vida, pero que sólo sale a la luz del día, sin embargo, como realidad desnuda y plena, en el caso extremo del martirio, que exige inequívocamente de todo cristiano la realización pura e impermixta del contenido de ese símbolo.

Del lado de acá, empero, y como en la superficie, por así decirlo, de tal profundidad, se tiende ante nosotros un campo dilatado donde encuentra libre juego toda modalidad de comportamiento que, encarándose activamente con el mundo, se aferra al bien y lo practica, librando batallas sin vacilaciones contra la oposición que puedan presentarle la estupidez, la pereza, la maldad o la ceguera.

El propio Jesucristo, de cuya mortal angustia se nutre, al decir de los Padres de la Iglesia, la fuerza que sostiene al mártir cuando le llega el momento de tener que verter su sangre por la fe; y cuya vida terrena estuvo hondamente informada por la disposición al holocausto de su persona, al que se dejó conducir «cual cordero al sacrificio»…, es el mismo que, blandiendo el látigo, arrojó a los mercaderes del templo; y cuando, en presencia del sumo sacerdote, el más paciente de los hombres se vio abofeteado por un siervo, no le tendió él «la otra mejilla», sino que contestó: «Si hablé mal, da testimonio de lo malo; mas si bien, ¿por qué me hieres?».

En su Comentario al Evangelio de San Juan, Santo Tomás de Aquino ha llamado la atención sobre la aparente contradicción que guarda esta escena (como también el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que a continuación se transcribe) con el precepto del Sermón de la Montaña: «Mas yo os digo que no os opongáis al malvado; antes bien, al que te golpee la mejilla derecha, ofrécele también la izquierda».

Es manifiesto que una interpretación «pasivista » no sabría resolver esta contradicción.

Pero Santo Tomás, y no será ocioso añadir que de acuerdo con San Agustín, la explica diciendo: «para entender la Sagrada Escritura debemos tomar por criterio lo que Cristo y los santos hicieron en la práctica. Pero Cristo no tendió a aquel hombre la otra mejilla. Ni tampoco Pablo la tendió. Interpretar, por tanto, literalmente el precepto del Sermón de la Montaña es falsear su significado. Dicho precepto se refiere más bien a la disposición del alma a soportar, cuando sea preciso, sin dejarse vencer por la amargura, una segunda afrenta igual o todavía más grande del agresor. A ello responde la actitud del Señor al entregar su cuerpo al último suplicio. Aquellas palabras con que replicó han sido, por consiguiente, de utilidad para nuestra enseñanza».

Y lo mismo hizo el Apóstol San Pablo cuando, por causa de la libertad con que se expresó, el sumo sacerdote ordenó que se le «golpease en la boca».

Porque a pesar de que su vida toda estaba ordenada hacia el martirio, no se limitó a sufrir en silencio el ultraje, sino que respondió al pontífice: « ¡A ti te golpeará Dios, muro blanqueado! ¿Y tú, que estás sentado para juzgarme según la ley, me mandas golpear contra la ley?».

El estar dispuesto a morir en el supremo trance del martirio, resistiendo pacientemente en el empeño por la realización del bien, no excluye el riesgo de la acometida ni el belicoso ataque.

Por el contrario, esta disposición es la que presta a la actividad del cristiano en el mundo esa superioridad y esa libertad que tan definitivamente le están negadas a las convulsiones del activismo.

“Putin es consciente de la importancia de la Fe (…)”.

28 septiembre 2016 by

‘Putin es consciente de la importancia de la Fe y sabe que el hombre necesita a Dios’

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 En el libro-entrevista titulado ‘Últimas conversaciones’ Benedicto cuenta su opinión acerca de los diferentes mandatarios con los que se ha reunido a lo largo de su pontificado. Uno de los más destacados fue el encuentro que tuvo con el presidente de Rusia, Vladímir Putin.

En el libro-entrevista titulado Últimas conversaciones, -cuya edición en castellano será publicada el próximo mes de octubre por la editorial Mensajero-, el Papa Emérito hace balance de su pontificado en conversación con el periodista alemán Peter Seewald.

En una parte de la entrevista, el periodista pregunta a Benedicto su opinión acerca de los diferentes mandatarios con los que se ha reunido a lo largo de su pontificado. Uno de los más destacados fue el encuentro que tuvo con el presidente de Rusia, Vladímir Putin.

En el libro, el Papa Emérito cuenta que el encuentro con Putin fue “interesante”. “Hablamos en alemán, sabe hablarlo perfectamente. No hablamos de temas profundos, pero creo que él, un hombre de poder, es consciente de la importancia de la fe. Es un realista”, cuenta Ratzinger.

“Ve que Rusia sufre por la destrucción de la moral. Y también como patriota, como persona que quiere que Rusia vuelva a ser una gran potencia, entiende que la destrucción del cristianismo amenaza con destruir el país. Sabe que el hombre tiene necesidad de Dios y ha sido “tocado” por él de una manera íntima”, concluye.

FURNTE:

‘Putin es consciente de la importancia de la Fe y sabe que el hombre necesita a Dios’

 

LAS SIETE REGLAS DE PARACELSO

4 septiembre 2016 by

Veleda Ar compartió la publicación de Rls La Cantera.
Ayer a la 1:38 ·

Paracelsus01 (1)

Rls La Cantera
20 de agosto a las 4:28 ·
LAS SIETE REGLAS DE PARACEL1º.- Lo primero es mejorar la salud. Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un tratamiento. Bañarte diariamente, es un hábito que debes a tu propia dignidad.

2º.- Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza.

Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman la base de sus discursos u ocupaciones. La observancia de esta regla es de importancia decisiva, se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma. Es único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos.

El azar no existe.

3º.- Haz todo el bien posible. Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.

4º.- Hay que olvidar toda ofensa, más aún: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo. Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así de pronto, tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para curarse, la carne flaca.

5º.- Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada. Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con las buenas influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos a veces luminosas ideas, susceptibles de cambiar toda una existencia. Con el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiara en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el daimón (destino) del que habla Sócrates.

6º.- Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.

Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. Por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.

7º Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el día de mañana.

Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque hay detrás de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños.

Si elevas tu espíritu no habrá mal que pueda tocarte.

El único enemigo a quien debes temer es a ti mismo.

El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre.

Si estudias atentamente a las personas de buena suerte, verás que intuitivamente, observan gran parte de las reglas que anteceden. Muchas de las que allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el sentido recto, pero poseen muchas virtudes que arriba se mencionan. Por otra parte, la riqueza no es sinónimo de dicha; Puede ser uno de los factores que a ella conduce, por el poder que nos da para ejercer grandes y nobles obras; pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos; allí donde nunca impera el antiguo Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es el egoísmo. Jamás te quejes de nada, domina tus sentidos; huye tanto de la humildad como de la vanidad. La humildad te sustraerá fuerzas y la vanidad es tan nociva, que es como si dijéramos: pecado mortal contra el Espíritu Santo.

AUTOR: THEOPHRASTUS PHILLIPPUS AUREOLUS BOMBASTUS VON HOHENHEIM (PARACELSO)

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FUENTE:
https://www.facebook.com/veleda.ar?fref=ts

feminismo y encarnacion de Cristo

13 junio 2016 by

Lagrimas en la lluvia “Feminismo”




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La Encarnación de Cristo (tertulia de Lágrimas en la lluvia – 95)


nihilismo, nietzsche y heideger

13 junio 2016 by

La enfermedad de nuestro tiempo: El vacío existencial



Nietzsche y el sufrimiento




Nietzsche: “Dios ha muerto”




Heidegger: Ser y tiempo



11 junio 2016 by

Música CALMA para la PAZ INTERIOR…

MANTRA PODEROSO PARA REMOVER OBSTACULOS

11 junio 2016 by

MANTRA PODEROSO PARA REMOVER OBSTACULOS

Música para ELIMINAR la TRISTEZA

11 junio 2016 by

MUSICA SUBLIMINAL PARA SALIR DE LA DEPRESION

11 junio 2016 by

MUSICA SUBLIMINAL PARA SALIR DE LA DEPRESION LA ANGUSTIA LA TRISTEZA – EL PODER INTERIOR

“El verdadero secreto de la Belleza es… el Alma”

30 mayo 2016 by

https://youtu.be/zBAu-0Y3qqY

 

El verdadero secreto de la Belleza es… el Alma

 https://youtu.be/zBAu-0Y3qqY

Oh God! FXXX me Harder!: Esclavos del Placer

30 mayo 2016 by

Por Carlos Arturo Calderón Muñoz.- En algún punto de los años 50 del siglo XX, James Olds y Peter Milner tomaron una cámara de condicionamiento operante y la modificaron para un pequeño experimento con ratones de laboratorio. A esos curiosos mamíferos se les implantaron electrodos en su cerebro para proveerles con estimulación eléctrica directa. Para recibir el deleite instantáneo los ratones sólo debían presionar una pequeña palanca.

El placer debió ser inconmensurable, las pequeñas criaturas se convirtieron en maratonistas del hedonismo, llegando a estimularse a sí mismas 2000 veces por hora durante 24 horas consecutivas; en los casos de mayor desenfreno llegaban a producirse 7000 descargas de gozo electroquímico en 1 hora. Dejaron de comer y beber, los machos perdían interés por posibles parejas en celo y las ignoraban para continuar masturbando sus sesos; las hembras dejaban de criar a sus hijos para inyectarse dosis de electricidad. Los estudios cerebrales mostraban que toda la estructura interna, más allá del neocortex, se convertía en un entramado de choques estimulantes que no dejaban lugar sin tocar. Al final los roedores tenían que ser desconectados para que no murieran de hambre.

Era de esperarse que criaturas tan primarias, simples animales, tuvieran ese tipo de comportamiento degenerado ante el placer sin sacrificio. A diferencia nuestra, que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no poseen la razón y la fe necesarias para actuar responsablemente. Además, en plena era de la información, nosotros no poseemos dispositivos electrónicos en los que con tan sólo presionar un botón podamos acceder a placer ficticio prácticamente gratuito. ¿Quién puede creer en tales fantasías como el internet o la pornografía?

La parte ventral del cuerpo estriado es un centro de recompensa en el cerebro, de humanos y ratas. Cuando se siente satisfacción por cualquier acción realizada como rezar, meditar, comer, follar u otras, esta parte de la biología mamífera es la responsable de la sensación de bienestar. En un estudio hecho por la universidad de Cambridge, que fuera publicado como un documental llamado “Porn on the Brain” en el canal 4 de Inglaterra en 2013, se demostró que la parte ventral del cuerpo estriado en los adictos a la pornografía tenía la misma reacción que aquellos enganchados en las drogas y el alcohol (que en sí mismo también es una droga).

No importa si somos personas sanas o adictas a cualquier cosa, esta parte del cerebro se verá activada ante situaciones de placer. La diferencia radica en la intensidad del estímulo y en el tamaño de la zona afectada, entre más poderosa es la adicción más neuronas cederán sus funciones para procesar el estímulo. Cuando una función pierde su equilibrio otras se verán afectadas, el cerebro de las ratas se reprogramó para perseguir el placer dejando de lado todas las actividades vitales y nos guste o no, ya sea que estemos cegados por el racionalismo o la fe, somos muy similares a esas criaturas que tanto perseguimos.

El archiconocido psicólogo Phillip Zimbardo realizó observaciones en más de 20,000 hombres jóvenes y su comportamiento con la pornografía y los videojuegos. Sus conclusiones nos hacen ver como la diferencia entre las ratas en las cajas y los muchachos en cuartos solitarios es sólo de forma, pues la esencia de la adicción es la misma. Zimbardo establece que la exposición prolongada en estados de soledad a los contenidos pornográficos, en los que no hay rechazo y cualquier fantasía puede ser cumplida de manera instantánea, está reconfigurando de manera digital los cerebros de los hombres jóvenes.

Phillip Zimbardo

Phillip Zimbardo

En los estudios de Zimbardo se destacan los comportamientos propios del síndrome de abstinencia. Los sujetos de estudio se sienten inquietos cuando se les priva de su dosis de gritos fingidos y dicen que cuando interactúan con mujeres preferirían estar viendo porno, ya que ahí nunca serían rechazados. A este declive en las habilidades sociales se suma el de las características físicas inherentes a la edad. Los jóvenes que, me disculpan las mujeres que lean este artículo, deberían ser máquinas de libido candente en busca de pareja, están teniendo problemas para tener una simple erección, problema tradicionalmente asociado a viejos prostáticos.

Lo anterior se debe al efecto de habituación. En otro estudio, también realizado en la universidad de profesores Lucasianos como Newton y Hawkings, se demostró que los adictos al porno sentían menos placer cada vez que veían una imagen con contenido sexual. La estimulación en sus centros de recompensa como el ya mencionado cuerpo estriado, el núcleo accumbens, la dorsal cingulada anterior y la amígdala, se hacía menor cada vez que se les mostraba la misma imagen con contenido sexual. En términos generales esto deriva en disfunción eréctil inducida por el porno, más conocido como PIED por sus siglas inglesas. Es decir que se está formando un mundo occidental con veinteañeros y adolescentes que no pueden sentir excitación por el cuerpo femenino.

La necesidad de tener una nueva descarga de placer hace que se aumente la dosis, ya sea con una raya más grande de la famosa exportación colombiana o en este caso con imágenes más fuertes. Del porno básico se pasa a versiones más duras y en poco tiempo, los tipos más degenerados, terminan en porno infantil o en el “crush porn”, en el cual preciosas mujeres se dedican a torturar animales indefensos como ratones, conejos, gatos y perros. ¿En qué momento se vuelve sexualmente deseable aplastar ratas? ¡Ni idea! pero así va la cosa.

Es tal la normalización de este tipo de conductas aberrantes que ya vemos a la prensa inglesa, y a algunos descarados sin remedio, diciendo que la pedofilia es una tendencia sexual como cualquier otra y que aquellos que la tienen deberían ser integrados a la sociedad y no tratados como monstruos. Es curioso ver como sus argumentos son tan similares a los de aquellos que secuestraron el arcoíris para hacerlo su símbolo.

Cualquiera podría argumentar que este tipo de conductas sólo pueden ser asociadas a las personas adictas a la pornografía y no al total de la población. La verdad es que una enfermedad se comporta con ritmos distintos dependiendo de la salud del organismo que infecte. Dejando de lado los casos más extremos y moviéndonos al común, aunque cada vez son más normales los comportamientos descritos anteriormente, debo citar que un reporte creado por el Instituto Alemán para el Estudio del Trabajo, conocido como IZA, y un profesor de la Universidad de Pensilvania West Chester, ha demostrado que la pornografía reduce las intenciones masculinas de contraer responsabilidades, específicamente la del matrimonio.

Entrevistas realizadas a hombres entre 18 y 35 años, entre 2000 y 2004, establecen que los hombres cada vez son menos propensos al matrimonio gracias a la facilidad con la que se obtiene placer físico. De forma cada vez más acentuada en la sociedad occidental, los hombres jóvenes prefieren apretar un botón que les de placer gratuito, o de bajo precio, que enfrentarse al mundo para recibir dosis de satisfacción a costa de carísimas obligaciones. También demuestra que los hombres son seis veces menos propensos a casarse que en los años 70 y los divorcios se han duplicado desde los 50, curiosamente cuando se hizo el experimento con las ratas.

Esta tendencia golpea todos los niveles de la realidad occidental, no sólo mandamos a la mierda al amor eterno, y junto con él a Julieta, Isolda, Parvati, Irene Klatt o Dulcinea, sino que se produce un deterioro económico y demográfico. El mismo estudio hace énfasis en la correlación que hay entre el declive de las tasas matrimoniales y de la construcción de riqueza material. Por otra parte, creo que no debemos ser muy versados en conocimientos para saber que las eyaculaciones sobre una pantalla o dentro del recto de otro hombre, no suelen tener éxito en la creación de nueva vida. Las tasas de natalidad y pirámides demográficas occidentales son, tomando prestado a Gabo, una crónica de una muerte anunciada.

Entonces ¿Podemos atribuirle a la industria pornográfica la deliberada intención de hacer colapsar las bases culturales, económicas, morales y biológicas de una sociedad? ¿O sería más honesto decir que quien esto escribe es un fanático adoctrinado que busca atacar las libertades generales para imponer su visión sectaria de la realidad?

Cuando se habla del porno en términos diferentes al sexo, se suelen mencionar las miles de películas producidas al año (13,500 en Estados Unidos en 2011), que las páginas pornográficas representan entre el 14 y el 30 por ciento de los contenidos en la web y que mueve cifras extraordinarias de dinero, que rondan en el mercado mundial entre los 4,900 millones de dólares anuales, según los más escépticos, y 100,000 millones según los más alocados.

El pornógrafo Al Goldstein: “La única razón por la que los judíos estamos en la pornografía es porque pensamos que Cristo apesta”.

Aunque son cifras importantes, es necesario hablar del factor humano detrás de esos números y para hacerlo es obligatorio hablar de los Estados Unidos de América, mayor productor y consumidor de pornografía en el mundo. La pornografía estadounidense y por lo tanto la del planeta entero, siempre ha estado bajo control de prominentes judíos, ¿la razón? Bueno, creo que la mejor forma de resumirlo sería citando al famoso pornógrafo Al Goldstein: “La única razón por la que los judíos estamos en la pornografía es porque pensamos que Cristo apesta”.

Mi objetivo no es crear una discusión religiosa, los judíos, como cualquier grupo humano han querido tomar el control. Como las sociedades occidentales poseían una serie de valores opuestos en muchas formas a ellos y estos estaban representados en la cristiandad, iniciaron una larga y diversa campaña para destruir las bases morales enemigas y así hacerse de las riquezas en medio del caos. Pero esto no es un fenómeno de odio exclusivo a la cristiandad. Europa ya ha sufrido esos embates cuando Grecia y Roma vieron sus valores destruidos por el enemigo semita que les atacó de forma similar.

No olvidemos que el inicio de la cristiandad en occidente fue producto de la intriga de hábiles judíos que querían romper con los esquemas sociopolíticos del Imperio Romano. Después ese golpe se volvió en su contra, pues la genética europea hizo de la cristiandad algo diferente a lo que hubiera hecho de ese germen la sangre semita, el Islam por ejemplo.

Con eso dicho, quiero hacer énfasis en el trabajo de Jay Gertzman, quien ha mostrado con evidencia histórica que los mayores distribuidores de libros eróticos entre 1890 y 1940, fueron los judíos provenientes de Alemania. El académico judío Nathan Abrams, en su trabajo “Triple Exthnics” relata de forma detallada el control de la industria por parte de sus hermanos de sangre. Asegura que más allá de los beneficios económicos, el motivo general de esta lucha es el de vengarse de la autoridad cristiana, por la cual los judíos sienten un odio atávico. Es según él y sus congéneres, una forma de infiltrar la moral del enemigo para luego derribarla y progresivamente destruir todos sus vestigios culturales, para que al final actúen sin un norte propio, para que sean esclavos sin orgullo.

El epicentro de los rodajes pornográficos del mundo es el San Fernando Valley, ubicado en California, también conocido como el otro Hollywood. Allí se radican los mayores estudios de esta industria fílmica, como Vivid Entertainment y AVN, y todos son propiedad de millonarios judíos como Steven Hirsch, Paul Fishbein, Irving Slifkin, Barry Rosenblat y Elli Cross entre otros. Estos hombres han continuado el legado del padrino de la pornografía, el judío Reuben Sturman. Sin embargo, con el ascenso del internet, la distribución pornográfica se ha movido de cintas y discos a la reproducción virtual.

Es aquí donde saltan a escena sitios como Pornhub, Redtube, Youporn, Tube8, Xtube, Brazzers, Pornmd, Realitykings, Mydirtyhobby, Gaytube, Sextube, Webcams entre muchos otros. Gracias a la libertad de elección que nos ofrece la democracia capitalista hoy tenemos docenas de sitios pornográficos para escoger nuestras escenas favoritas. Lo curioso, es que todos los sitios que mencioné y muchos otros más, hacen parte de un monopolio que está bajo el control de la empresa MindGeek, la cual resulta ser propiedad de David Marmorstein Tasillo y Feras Antoon. El primero de este dúo es una incógnita visual, simplemente no se encuentran imágenes de su rostro. En plena era del “Face” y siendo el propietario de un negocio que lo muestra todo, él es un anónimo más. Sin embargo, gracias a los reportes de muchos portales se sabe que es de origen judío. Pero seamos sinceros, con ese apellido no es menester aclarar sus raíces étnico-religiosas.

Moviéndonos al horrendo crimen de la pornografía infantil, debemos decir que el 55% de esta se produce en Estados Unidos y un 23% en Rusia. La colección más grande de pornografía infantil encontrada en California era de David Asimov, hijo del famosísimo Isaac Asimov, que incluía unas 4000 cintas en vídeo y cientos de discos. En octubre del 2000, se destapó en Inglaterra un caso de mafias de judíos de Italia y Rusia, que comercializaban videos en los que niños desde los 2 años eran violados hasta la muerte.

No hay que leer el Talmud, cualquier persona que tome una Biblia podrá ver que los primeros cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que son el equivalente a la Torá judía, abundan en enseñanzas que hacen ver al pueblo de Israel, los judíos, como entes superiores que tienen derechos sobre la vida y destino de aquellos que no lo sean. Derribar civilizaciones enemigas por medio de la intriga no es difamación Nazi. Los judíos han hecho eso desde siempre y lo han reconocido abiertamente en muchas ocasiones.

Atacando masivamente el comportamiento sexual de generaciones enteras, se ha logrado que la cepa más reciente del mundo occidental esté compuesta por hombres estrogenizados y drogadictos, incapaces de salir al mundo y con tasas de fortaleza física e inteligencia cada vez más bajas. En Estados Unidos se calcula que los niños empiezan a ver porno a los 11 años, los adolescentes ven un promedio de 2 horas de pornografía a la semana, en 2011 tuvieron el peor desempeño en las pruebas académicas SAT en 40 años y muchos han terminado por convertirse en hombres que no saben sobrevivir sin sus padres.

Viendo las estadísticas del portal pornográfico más famoso del mundo, Pornhub.com, nos damos cuenta que en 2015 la humanidad vio, y no es en broma, 4,392,486,580 horas de sus contenidos. Los 10 países con mayor consumo per cápita de pornografía son parte de la civilización occidental. Por orden descendiente fueron: Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Irlanda, Nueva Zelanda, Noruega, Islandia, Australia, Suecia y Dinamarca. España está en el puesto 13.
Pues la muy golfa tiene un excelente instinto. El placer adormece, el hambre y la excitación despiertan. La naturaleza es sabia, en nuestra biología hay estructuras dedicadas a darnos placer cuando realizamos alguna actividad que lo desate, como jugar o dormir, pero mantiene un control de la cantidad de neurotransmisores liberados en cada emisión y nunca los expulsa si no se encuentra en un estado de bienestar.En dos ocasiones Ilona Staller, la legendaria actriz porno conocida como la Cicciolina, ofreció acostarse con Sadam Hussein y después con Osama Bin laden, a cambio de paz en el medio oriente. Ella aseguraba que al satisfacerlos en la cama no querrían hacer la guerra.

Cuando se conectó a los ratones se ignoraron esos filtros propios de la naturaleza, ya no era necesario hacer ningún esfuerzo para obtener el premio, por ende era innecesario hacer actividad alguna distinta al disfrute. Al destruir los valores de la civilización occidental, al eliminar el heroísmo de la ecuación, el amor por la mujer, por la tierra natal, los hijos, la divinidad y cualquier cosa que nos represente, se le quita el centro de gravedad a la masa, que rápidamente buscará un reemplazo para su vacío. Convenientemente, hay catalizadores de placer instantáneo esperando al ratón bípedo y parlante que quiera presionar la palanca.

Cuando se les ha quitado el espíritu guerrero a los occidentales, como pretendía hacerlo la Cicciolina con Saddam, será bueno invadir sus tierras con hombres tercermundistas pero con los instintos sanos. Algunos creen en Alá, otros en recuperar el oro robado, vengarse de la esclavitud o simplemente quieren vivir sin trabajar. De cualquier forma tienen la testosterona bien calibrada y aplastarán sin problema a los niñitos cuarentones que tienen miedo de que una mujer les diga “no”. Cuando el enemigo sea derrotado se aplicarán las mismas tácticas en las demás poblaciones del globo, de hecho no hay nación ajena a este veneno, pero la intensidad varía dependiendo de las prioridades de los mundialistas.

'Destrucción', de Thomas Cole, pintado entre 1833 y 1836. Resume la visión tradicional y apocalíptica sobre el fin del Imperio de Occidente.

‘Destrucción’, de Thomas Cole, pintado entre 1833 y 1836. Resume la visión tradicional y apocalíptica sobre el fin del Imperio de Occidente.

Cuando descubrimos que los promotores de la pornografía y muchos otros vicios, son de la misma tribu que promueve las guerras suicidas de los blancos y la invasión de la gente de todos los colores en territorios europeos, empezamos a tener indicios serios de que puede ser parte de un gran plan de limpieza étnica para asegurarse el domino global. Pero eso no es menester de este artículo.

Ya la permití hablar a la razón y a la lógica, ahora quiero hacerlo desde las esferas de la fe y la emocionalidad. Yo tengo fe absoluta en la vida, siento fanatismo inextinguible por el amor. Contrario a lo que dicen los datos estoy seguro, por convicción idealizada, de que los hombres occidentales dejarán de comportarse como maricas y las mujeres como zorras promiscuas. Creo religiosamente en que el amor (A-MOR) es una fuerza de alquimia transmutadora que puede vencer a la muerte y elevar a la existencia misma, aun si se manifiesta desde el silencio. Discúlpenme por ser tan retrogrado y machista, pero yo soy hombre, por lo tanto para mí no existe mayor tesoro que la mujer.

Nunca podré tratarlas como a mis iguales, porque estoy convencido de que la mujer, en su estado más puro, es la representación de la divinidad sobre la tierra y haciendo mías las palabras de Herman Hesse, creo que el ser capaz de sacrificar años esperando por la sonrisa de una mujer es felicidad. El mundo nórdico dice que la mujer es la vida y el hombre aquel que ama a la vida. No estoy dispuesto a rendirme a los cañones enemigos ni a ser esclavizado por cuerpos lujuriosos. Cuando termine la guerra que los amos del dinero desatarán, las flores volverán a nacer, los hombres volverán a ser héroes y las mujeres diosas. De mi parte y en honor a Leon Degrelle les digo: ¡Fe en el amor!, ¡Fe en la mujer!, ¡Fe en la vida!

*Desde San Bonifacio de Ibagué, Colombia

varios videos …

27 mayo 2016 by

https://youtu.be/5THDmys8z30

https://www.youtube.com/watch?v=5THDmys8z30

 

1st Trimester Surgical Abortion: Aspiration (Suction) D & C

 

 

 

Sufrimiento Humano: refutación (parcial) de la doctrina budista

 

https://youtu.be/NKFwMqq_Lv8

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=NKFwMqq_Lv8

 

 

 

Claves Secretas de la comunicación no verbal gay

 

https://www.youtube.com/watch?v=MkmizlNt42U

https://youtu.be/MkmizlNt42U

 

 

1st Trimester Surgical Abortion: Aspiration (Suction) D & C

 

https://youtu.be/5THDmys8z30

https://www.youtube.com/watch?v=5THDmys8z30

 

1st Trimester Surgical Abortion: Aspiration (Suction) D & C

 

El tono de voz es el espejo del alma

 

https://youtu.be/aPanX2ggKlI

https://www.youtube.com/watch?v=aPanX2ggKlI

 

 

https://youtu.be/zBAu-0Y3qqY

 

El verdadero secreto de la Belleza es… el Alma

 

El tono de voz es el espejo del alma

 

https://youtu.be/aPanX2ggKlI

https://www.youtube.com/watch?v=aPanX2ggKlI

 

 

https://youtu.be/zBAu-0Y3qqY

 

El verdadero secreto de la Belleza es… el Alma

 

¿QUiÉN SOY YO?, por Antonio Medrano

21 mayo 2016 by

“¿Quién soy yo?” He aquí la pregunta que nos asalta acuciante, a veces de modo incluso
angustioso, en los momentos críticos de la vida, planteándonos el interrogante de nuestra
verdadera naturaleza, del sentido de nuestra vida, del origen y destino del ser que constituimos.
Pregunta ésta, tan sencilla como profunda, que, empleada de forma intencionada y
metódica, figura como elemento clave en toda vía de realización espiritual.

Un maestro japonés contemporáneo, en un libro que lleva precisamente por título “Watashi
ga dare ka?” (¿quién soy yo?), ha podido afirmar que todo el secreto de la doctrina Zen se
halla contenido en esa escueta fórmula interrogativa. Son muchas en la historia del Zen las
anécdotas que nos hablan del empleo por los maestros de esta fórmula, bajo una u otra
variante, como poderosa palanca para provocar en el discípulo el despertar interior. Así, al
acercarse Nagaku al sexto patriarca, fue recibido con la siguiente pregunta: “¿Qué es eso que
viene así hacia mí?”, pregunta a la que Nagaku tardó ocho años en encontrar la respuesta
adecuada. En cierta ocasión, el maestro Sekito preguntó a su discípulo Yakusan: “¿qué estás
haciendo aquí?” A lo que éste último respondió: “no estoy haciendo nada”. La réplica de
Sekito fue inmediata: “¿quién es entonces ese que no está haciendo nada?”. Observación que
provocó en Yakusan el satori.
En la tradición hindú, la repetición intensa y sistemática de tal interrogante sobre el propio
ser constituye la técnica que se conoce con el nombre de vichara ; término que significa
“discriminación”, y que alude al conocimiento discriminante entre la Realidad y lo irreal,
entre el Yo real y el yo ilusorio. Ramana Maharshi recomendaba a uno de sus discípulos:
“Prosigue la indagación ¿quién soy yo? Inexorablemente. Analiza tu personalidad entera.
Trata de descubrir por donde empieza la idea del Yo”. A otro de sus devotos que le interrogaba
sobre como conseguir la salvación, el gran yogui de nuestro siglo respondía: “Por una
incesante pregunta dirigida a ti mismo: ¿Quién soy yo?, llegarás a conocerte a ti mismo y con
ello alcanzarás la salvación”.
Es toda una empresa de búsqueda y hallazgo interior loque tal pregunta conlleva. La empresa
que encontramos como núcleo del esoterismo cristiano. “Búscate y encuéntrate”, era el consejo
que daba Jakob Böhme, incitando a plantearse, de un modo u otro, semejante interrogante.
Lo más necesario –decía- es “buscarnos a nosotros mismos antes de buscar el adorno
terrenal”, y aprender así cual es nuestro verdadero hogar. Y acto seguido, aclarando que tal
tarea no tiene nada que ver con el análisis sicológico, aclaraba que dicha búsqueda debía
efectuarse no “en el reino terreno”, sino teniendo a la vista “el reino de Dios”, “el misterium
divino y celestial”. Los hombres, decía Claude Saint-Martin, se ahorrarían muchos errores y
sufrimientos “si lejos de buscar la verdad en las apariencias de la naturaleza material” (como
pretenden hacer la ciencia moderna y la civilización individualista del confort), se determinasen
a “descender en sí mismos”, tratando de “explicar las cosas por el nombre, y no el
hombre por las cosas”; pues “es en él mismo y en la antorcha que le acompaña –añadía el
teósofo francés- donde el hombre debe encontrar sus consejos y todas sus luces”.
Formularse la pregunta “¿quién soy yo?” es romper la costra de condicionamientos, prejuicios
e ilusiones que recubren los ojos del alma y nos ocultan nuestra propia realidad. Es ir
directamente al centro, al fondo de nuestro ser, a la raíz misma de nuestra vida. Al plantearnos
tan decisivo y enigmático interrogantes –tan enigmático como insoluble por medio de
nuestros habituales mecanismos mentales, lógicos y racionales- nos situamos cara a cara
frente al misterio del ser, pasando por encima de los estereotipos, esquemas conceptuales y
opiniones insustanciales entre los que se desenvuelve la vida diaria. Traspasamos el telón
engañoso de lo que en la doctrina hindú se conoce con el nombre de nama-rupa (el nombre y
la forma) o como shin-jin (la mente y el cuerpo) en la tradición extremo-oriental; esto es, los
elementos constitutivos y característicos de la individualidad. Se trata, ni más ni menos, de
aquél “ver en la propia naturaleza” de que habla el Zen; o, dicho de otro modo –y para
expresarlo en términos propios dela tradición occidental-, de la puesta en práctica de la
célebre norma apolínea “conócete a ti mismo”.
Vivimos habitualmente una vida demasiado superficial, en la que el continuo sucederse de
hechos intrascendentes atraen nuestra atención hacia la periferia, impidiéndonos encarnar la
realidad que tenemos más a mano y que para nosotros es prioritaria: nuestra propia realidad
personal. Nuestra posición social, nuestro prestigio y buen nombre, nuestro bienestar y
seguridad, nuestras ocupaciones y preocupaciones nos tienen demasiado atareados para
permitirnos mirar lo que se oculta tras tales fenómenos y constituya su base y raiz. Todo ello
nos lleva a identificarnos con lo que de más irreal hay en nosotros; con la superficie de
nuestro ser: nuestra individualidad, nuestro yo efímero y contingente. “El hombre común
-escribe Hubert Benoit- vive únicamente en función de su Ego, pero no se pregunta nunca a
sí mismo sobre su Ego”. En otras palabras: el hombre ordinario, que jamás se ha interrogado
sobre lo legítimo o ilegítimo de sus pretensiones egotistas, vive ciego con respecto a sí
mismo, esclavizado por el yo, cegado por ese mismo yo que pretende afirmarse por encima y
a costa de todo.
Nuestra vida es una permanente esclavitud a nuestro yo individual. Esclavitud tanto más
tiránica, violenta e indestructible cuanto que reposa sobre un substrato subconsciente. La
tiranía del yo se afianza en la medida en que la aceptamos inconscientemente y con complacencia;
nos aferra tanto más cuanto menos es examinada y reconocida. Más aún: la ignorancia
egolátrica que nos domina, nos hace creer ilusoriamente que en esta tiranía de nuestro yo
radica nuestro bien y nuestra libertad. No hay peor esclavitud que la del que está convencido
de ser plenamente libre en medio de la abyección de su estado servil.
Si queremos lograr la verdadera libertad, y, con ella,, la plena realización, hemos de tomper
semejante círculo vicioso y acabar con esta situación; pues en la identificación con el yo está
la raíz de todo mal y de toda ignorancia. Para llegar a ser libres hemos de encontrar la verdad
que se encierra dentro de nosotros –“la verdad os hará libres”, enseña la doctrina evangélicay
descubrir lo que realmente somos. Como dice el Abad Stéphane, en una reciente obra, de la
máxima altura, en la que se exponen algunos aspectos de la doctrina metafísica cristiana, “el
peor error es confundir nuestra esencia verdadera -nuestro <> inmortal- con nuestro
ego perecedero” (Traducimos por Si, la voz francesa Soi, pronombre reflexivo que hace
referencia al Absoluto, al Principio trascendente). Y pocas herramientas hay tan poderosas
para poner fin a semejante situación cono la autoindagación de que tratamos. La pregunta
“¿quién soy yo?” actúa aquí como una espada tajante, fulmínea y luminosa, que corta de un
golpe el nudo gordiano que atenaza nuestra existencia.
Cualquier situación es buena para plantearnos la pregunta. Especialmente propicios son
aquellos momentos en que nuestra alma se ve sacudida por una u otra razón, en sentido
favorable o desfavorable. Cuando nos asalte una preocupación, suframos una humillación,
nos invada el temor o la angustia, nos aflija un dolor físico o moral, nos domine una
sensación de desbordante alegría, despierte en nosotros una sensación de triunfo o aliente una
esperanza, es la hora de hacer surgir en nosotros la radical interrogación. Preguntémonos,
situando como objeto de indagación el sujeto que somos: ¿quién es el que sufre? ¿quién se ve
acosado por la ansiedad? ¿quién es realmente el que se ve angustiado, abatido y humillado?
¿en quién despierta el miedo? ¿quién eres tú que te afanas por ganar la vida y prosperar
siempre más y más? ¿quién es este ser que siente el aguijón de la ambición, de la ira, del
odio, de la envidia, o en el que despunta el amor, la compasión, la buena voluntad? ¿qué
individuo es éster que experimenta esta sensación de felicidad, que se siente orgulloso y
triunfador? ¿quién el que siempre responde: yo?
Yasutanni-roshi, célebre maestro zen de nuestros días, aconsejaba tener siempre presente,
durante las horas del día, esta enigmática pregunta: desde el despertar por la mañana hasta el
momento de ir a dormir por la noche; al andar, al comer, al trabajar, al hablar, al descansar, al
lavarse, al afeitarse, etc.… “Esta forma dinámica de autointerrogarse –decía- constituye el
camino más rápido hacia la autorrealización”. Y Sri Ramakrishna, el iluminado santo hindú
de la era moderna, observaba a este respecto, con su sabia palabra: “Aun cuando estemos
cegados por toda clase de deseos mundanos, puede surgir en nosotros la pregunta: ¿quién soy
yo que gozo de todo esto?. Ese puede ser el momento en que comience la revelación del
secreto.
Ni que decir tiene que la pregunta de que tratamos no tiene por qué ser formulada
verbalmente, articulada con palabras sonoras e inteligibles. Como bien observara Ramana
Maharshi no se trata de un mantra, en el que lo esencial es la repetición de unas determinadas
palabras con un determinado ritmo. Ha de ser ante todo y sobre todo un interrogante
existencial, que se haga presente como incógnita vivida en la existencia ordinaria, que
arranque de lo más hondo del ser como poderoso anhelo de saber lo que somos y de resolver
el problema radical de nuestra vida.
Prosigamos incansablemente tan importante indagación. Mantengamos permanentemente
viva en nosotros esa pregunta. Y no admitamos respuestas a medias. Exijamos una respuesta
auténtica, total y definitiva.
No tardaremos en descubrir que la fórmula en cuestión encierra una insospechada potencia
transformadora y puede llegar a convertirse en la llave que nos abra las puertas del templo de
la sabiduría.
___

FUENTE: http://www.antoniomedrano.net/doc/Medrano%20Antonio%20-%20Quien%20soy%20yo.pdf

BHUTAN

5 abril 2016 by

https://www.youtube.com/watch?v=y8av2jQgzUM

https://youtu.be/y8av2jQgzUM

ERIKA… Alte Kameraden…

10 marzo 2016 by

ZEHNTAUSEND MANN; ERIKA (Stereo)

 

https://www.youtube.com/watch?v=3s73xU5_3Lo

 

https://youtu.be/3s73xU5_3Lo

Alte Kameraden [HQ/HD]

 

https://www.youtube.com/watch?v=9_1cZUquz14&list=RD9_1cZUquz14#t=14

https://youtu.be/9_1cZUquz14?list=RD9_1cZUquz14

 

Wernesgrüner Blasmusikanten – Alte Kameraden 2011

 

https://www.youtube.com/watch?v=-ai6DCuH-OM

 

https://youtu.be/-ai6DCuH-OM

 

 


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