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CICERÓN: DIALOGO SOBRE LA VEJEZ

5 agosto 2017

MARCO TULIO CICERÓN:

 

CATóN EL MAYOR…………ó

 

DIALOGO SOBRE LA VEJEZ

 

(Traducción de   Rosario Delicado Méndez )

 

Cap. XX  [ pág.  207 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

POR QUÉ DEBEN LOS VIEJOS TEMER POCO LA MUERTE

 

Siempre es inseguro en la senectud el momento final. Pese a ello, la vejez se puede vivir adecuadamente, siempre que se sea capaz de cumplir una responsabilidad e, incluso, despreciar la propia muerte. Por lo cual resulta que la vejez se esfuerza más y tiene mayor ánimo que la juventud. “Hasta la vejez”, respondió Solón al tirano Pisístrato cuando éste le preguntó hasta cuándo iba a seguir oponiéndosele tan seguro de sí mismo. El fin óptimo, sin duda, es vivir con una mente íntegra y con los sentidos en plena forma, pero la propia naturaleza destruye lo que ella creó. Con la misma facilidad que quien construye una nave, un edificio, de igual modo la naturaleza destruye al hombre, y separa lo que ella misma unió. Como toda construcción reciente mal vertebrada se desmorona con facilidad, el breve tiempo que resta de vida ni debe ser deseado con avidez, ni ser rechazado sin causa. Pitágoras prohíbe que, sin orden del emperador, es decir, de Dios, se abandone la estación y la cárcel de la vida. [ Pitágoras enseña que ninguno sin orden del general, esto es, de Dios, se aparte de la guardia y puesto de la vida.]

Del mismo modo reza el epitafio del sabio Solón, que quiere que su muerte carezca de dolor para sus amigos y que no la lamenten. Desea, creo yo, ser querido por los suyos, pero no sé si lo expresa mejor que Ennio cuando dice:

“No quiero que me adornen con lágrimas, ni que se hagan funerales con llantos”

[“Nadie en mi muerte me honre con su llanto / Que andaré vivo en boca de los hombres.]

 

No creo que la muerte deba ser luctuosa cuando a continuación se espera la inmortalidad. El miedo a la muerte puede existir para alguien en algún momento de su vida, pero por breve tiempo, especialmente para el anciano, puesto que una vez muerto ya no existe esa sensación. No obstante debe ser objeto de reflexión para la adolescencia, de tal manera que no nos olvidemos de la muerte, sin cuya reflexión nadie puede sentirse tranquilo de espíritu. Es indudable que tenemos que morir, pero es incierto hasta el último momento. Por lo tanto, ¿quién puede tener firmeza de espíritu temiendo a la muerte, siempre amenazante?

No creo necesario, después de tan larga perorata, traer a la memoria a Lucio Bruto, quien murió en defensa de la patria, ni a los dos Decios que arriesgaron su vida en una carrera de caballos para mantener la promesa dada al enemigo,[ no a M. Atilio, que fue a morir evidentemente por cumplir la palabra que dió al enemigo]; ni a los Escipiones, que quisieron hacer frente a los Cartagineses con sus propios cuerpos, ni a tu abuelo Lucio Paulo, que pagó con su muerte la temeridad de su colega en la ignominia de Cannes, ni a Marcos Marcelo, después de cuya muerte, el crudelísimo enemigo permitió que se le privara del honor de un entierro digno. Sin embargo se ha de tener en cuenta a nuestras legiones, que con frecuencia avanzan, con ánimo seguro y alegre, por donde saben que jamás regresarán, como comenté en mis Orígenes. Así pues lo que los adolescentes ignorantes, incluso también los más aldeanos desprecian, ¿es lo que van a tener los doctos ancianos?

 

En general, según yo opino, la consecución de todos los anhelos produce la satisfacción de la vida. Los caprichos de la infancia son indiscutibles, pero ¿acaso los jóvenes los echan de menos? También cuando llega la juventud tiene sus propios entusiasmos, pero ¿acaso los reclama la edad media y la adulta? Los apegos de la edad madura tampoco se buscan en la vejez. Existen también las últimas inclinaciones propias de la vejez, que van desapareciendo como sucede con los deseos propios de cada edad anterior. Sucede lo mismo con las propias voluntades de la ancianidad. Cuando llega la saciedad de la vida se crea el momento, ya maduro, para la muerte.

 

 

Cap. XXI [ pág.  209 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

PRUEBAS DE LA ETERNIDAD E INMORTALIDAD DEL ALMA

 

Yo mismo no entiendo por qué motivo no me atrevo a exponer mi opinión acerca de la muerte pues, cuanto más cerca estoy de ella, creo que vivo más consciente de su realidad. Yo pienso que vuestros padres, el tuyo Escipión, el tuyo Lelio, preclaros varones y muy amigos míos, viven su vida, una vida digna de ser llamada así. Pues mientras el alma, arrojada del domicilio celestial, y casi hundida en la tierra, lugar opuesto a la divina naturaleza y a la eternidad, está aprisionada en esta estructura del cuerpo, tenemos que realizar trabajos gravosos y obligaciones impuestas por necesidad. Sin embargo creo, que los dioses inmortales han infundido el alma en el cuerpo humano para que haya quienes vigilen la tierra, y contemplando el orden astral, imiten en el modo y constancia de la vida. A mí me impulsa a creerlo, no sólo la razón de este debate sino también la reconocida autoridad y nobleza de los mejores filósofos.

Yo había entendido que Pitágoras y los pitagóricos, a quienes se denominaban filósofos itálicos, casi colonos nuestros, jamás pusieron en duda que tuviéramos un alma emanada de la divina inteligencia universal. Lo demostraban con aquellos argumentos que Sócrates había expuesto sobre la inmortalidad del alma en el último día de su vida. Sócrates, que, según el oráculo de Apolo, es considerado el más sabio de todos los seres humanos. ¿Qué más? Estoy convencido y así pienso: puesto que tanta es la rapidez de pensamiento de las almas, tantos los recuerdos de las cosas pasadas y tanta la prudencia acerca de

las cosas venideras, tanta las artes, tanta la profundidad de los conocimientos, tantos los inventos que la naturaleza abarca, que ésta no puede ser mortal. Y, puesto que el espíritu está siempre en movimiento, y no tiene principio porque se mueve a sí mismo, tampoco tendrá fin porque nunca se abandonaría a sí mismo. Y, puesto que la naturaleza del espíritu es simple, no puede tener en sí mismo ninguna mezcla heterogénea y dispar. No puede ser dividido y por lo tanto no puede morir. Los hombres saben muchas cosas antes de nacer, puesto que los niños, no sólo aprenden las artes más difíciles, sino que también asimilan otras, que a primera vista, parece que no entienden, pero que luego son recreadas en la memoria. Estas son, más o menos, las ideas de Platón.

 

 

Cap. XXII [ pág.  210 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

DISCURSO DE CIRO POCO ANTES DE SU MUERTE

Así habló Ciro el Mayor, cuando se estaba muriendo, en la obra de Jenofonte: “No penséis, mis queridísimos hijos, que yo, cuando os deje, no voy estar en ninguna parte ni voy a ser nada. Mientras estaba con vosotros por las gestiones que llevaba acabo veíais y comprobabais que mi espíritu vivía, pues bien, debéis seguir creyendo que este mismo espíritu sigue existiendo, aunque no lo veáis.”

El honor de los varones ilustres no permanecería en nuestra memoria, después de su muerte, si sus espíritus no se hubieran esforzado por aportar algo a la humanidad. Yo nunca he estado convencido de que sus almas sólo vivían mientras estaban pegadas a sus cuerpos, ni que los abandonaban una vez muertos, ni de que sus espíritus estaban carentes de pensamientos, sino que cuando comienzan a ser puros e íntegros, liberados de su contaminación corporal, entonces llegan a ser sabios. Además, dado que la naturaleza del hombre es destruida por la muerte, es evidente hacia dónde se dirigen los restantes asuntos: hacia el origen de donde han surgido. Sin embargo el alma no se manifiesta nunca, ni cuando está presente pegada al cuerpo ni cuando está ausente.

Ciertamente conocéis que nada hay más semejante a la muerte que el sueño. Los espíritus de los que duermen expresan en grado sumo su divinidad. Por eso se comprende que prevean acontecimientos futuros, y cómo será su futuro una vez que se hayan liberado plenamente de las ataduras del cuerpo. Si las cosas son así, “alabadme como a un dios, pues si el alma ha de morir al mismo tiempo que el cuerpo, también vosotros, que veneráis a los dioses, que vigilan y gobiernan toda esta hermosura, debéis conservar nuestra memoria piadosa e inviolablemente.”

 

 

Cáp. XXIII  [ pág.  211 en  de Sociedad de Ediciones Louis-Michaud]

PRUEBAS DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA:  CONSUELOS DE LA MUERTE

Así habló Ciro a punto de morir; nosotros, si os parece bien, consideremos nuestras opiniones. Nunca me convenció nadie, Escipión de que tu padre Paulo, ni tus abuelos, Paulo y el Africano, ni otros muchos hombres ilustres, a quienes no es necesario citar, que llevaron a cabo tan grandes hazañas habían pasado a la memoria de la posteridad, si ellos no hubieran conocido con anterioridad en su alma que la posteridad les pertenecía. ¿Acaso piensas que yo, como lo hacen otros ancianos, pueda vanagloriarme de mí mismo cuando los días de mi gloria y mi vida están a punto de finalizar, aunque he llevado a cabo tantos esfuerzos diurnos y nocturnos, en tiempo de paz y de guerra? ¿Acaso no es mucho mejor llevar una vida de descanso y tranquilidad sin ninguna inquietud ni trabajo? No obstante desconozco el modo en que el espíritu, una vez muerto, atento siempre, observa la manera que tenga que vivir la posteridad. Si no fuera así, que los espíritus no fueran inmortales, el ánimo de los mejores no se inclinaría hacia la inmortalidad y la gloria.

¿Por qué precisamente los más sabios mueren con un espíritu muy sosegado, y los necios muy desasosegados? ¿Acaso no os parece que este espíritu, que ve más y con más amplitud, se da cuenta que él se acerca a una situación mejor, por el contrario el de mirada más obtusa no lo comprende? En mi tesis expreso claramente que deseo ver a vuestros padres, a quienes veneré y aprecié, y deseo vivamente reunirme con los que conocí, y con los que escuché y leí, y también con los que escribí. Nadie me apartaría fácilmente de ese lugar, donde, sin duda, no me reconocerían, como le sucedió a Pelias. Y si algún dios me concediera volverme de esta edad a la de niño otra vez, y llorar en la cuna, me resistiría mucho, pues no quiero desde el fin de la carrera volverme otra vez al principio.

En fin, ¿qué tiene la vida de cómodo? ¿Por qué más bien nos aporta trabajo? No me parece lícito quejarme de mi vida, como hicieron con frecuencia muchos y algunos de ellos eruditos. No me arrepiento de haber vivido, pues he vivido de tal manera que no considero que mi nacimiento ha ya sido en vano. Me aparto de la vida como de una hospedería, y no como de mi propia casa. Sin embargo supongamos que la vida produzca seguridad, o satisfacción o bien límite natural, la naturaleza nos dio una posada para detenernos pero no para habitada.; ¡O día memorable, cuando yo llegue a aquella reunión de los espíritus, cuando me aleje de esta revuelta y confusión! Me uniré, en efecto, con estos hombres ilustres, de los que ya he hablado, y también me uniré con Catón, el hombre más honorable que ha existido nunca, cuyo cuerpo fue incinerado por mí, en lugar de ser yo incinerado por él, como hubiera sido lo adecuado. Pero su espíritu no sólo no me abandonó, sino que, mirando hacia atrás, se dirigió hacia aquellos lugares a donde yo llegaré también algún día. He considerado que mi espíritu va a soportar con toda fortaleza mi caída, no porque lo sobrelleve con ánimo equilibrado, sino porque yo mismo me consuelo considerando que, entre nosotros la separación y alejamiento, no serán duraderos.

Para mí, Escipión, tú y Lelio, que según me dijiste, solíais hablar sobre de estos asuntos, pienso que la vejez es breve, y no sólo no es molesta, sino que es agradable. Pues si me equivoco en esto, es decir que yo creo que el espíritu del hombre es inmortal, yerro conscientemente, y no quiero arrancar de mí este error en el que me deleito mientras vivo. En todo caso, como piensan algunos filósofos epicúreos, una vez muerto, no he de sentir, no he de temer que los filósofos se rían de mi error. Si realmente no vamos a ser inmortales, es deseable que todo hombre muera en su momento oportuno. La naturaleza tiene, como todas las cosas, un límite de existencia. La vejez es el final de una representación teatral de cuya fatiga debemos huir, sobre todo y especialmente una vez asumido el cansancio. Estos son los comentarios que os tenía que exponer sobre la vejez: Quieran los dioses que lleguéis a ella, y que la podáis experimentar y comprobar por vosotros mismos, teniendo en cuenta lo que os he comentado.

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FUENTE:

file:///C:/Users/Equipo%20HP/Downloads/de-la-vejez-bilingue.pdf

(Entre [ ] la versión del libro de papel:

Traducción de Don Manuel Valbuena; Sociedad de Ediciones Louis-Michaud. Buenos Aires / Paris)

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VERSIÓN ORIGINAL LATINA:

 

XX. 72. Senectutis autem nullus est certus
terminus, recteque in ea vivitur, quoad munus
offici exsequi et tueri possit [mortemque
contemnere]; ex quo fit, ut animosior etiam
senectus sit quam adulescentia et fortior. Hoc
illud est quod Pisistrato tyranno a Solone
responsum est, cum illi quaerenti, qua tandem re
fretus sibi tam audaciter obsisteret, respondisse
dicitur: ‘Senectute.’ Sed vivendi est finis

optimus, cum integra mente certisque sensibus
opus ipsa suum eadem quae coagmentavit,
natura dissolvit. Ut navem, ut aedificium idem
destruit facillime, qui construxit, sic hominem
eadem optime quae conglutinavit natura
dissolvit. Iam omnis conglutinatio recens aegre,
inveterata facile divellitur. Ita fit ut illud breve
vitae reliquum nec avide adpetendum senibus
nec sine causa deserendum sit; vetatque
Pythagoras iniussu imperatoris, id est dei, de
praesidio et statione vitae decedere.

73. Solonis quidem sapientis est elogium, quo se
negat velle suam mortem dolore amicorum et
lamentis vacare. Volt, credo, se esse carum suis;
sed haud scio an melius Ennius:

Nemo me lacrumis decoret neque funera fletu
faxit.

74. Non censet lugendam esse mortem, quam
immortalitas consequatur. Iam sensus moriendi
aliquis esse potest, isque ad exiguum tempus,
praesertim seni; post mortem quidem sensus aut
optandus aut nullus est. Sed hoc meditatum ab
adulescentia debet esse mortem ut neglegamus,
sine qua meditatione tranquillo animo esse nemo
potest. Moriendum enim certe est, et incertum
an hoc ipso die. Mortem igitur omnibus horis
impendentem timens qui poterit animo
consistere?

75. De qua non ita longa disputatione opus esse
videtur, cum recorder non L. Brutum, qui in
liberanda patria est interfectus, non duos Decios,
qui ad voluntariam mortem cursum equorum
incitaverunt, non M. Atilium, qui ad supplicium
est profectus, ut fidem hosti datam conservaret,
non duos Scipiones, qui iter Poenis vel
corporibus suis obstruere voluerunt, non avum
tuum L. Paulum, qui morte luit conlegae in
Cannensi ignominia temeritatem, non M.
Marcellum, cuius interitum ne crudelissimus
quidem hostis honore sepulturae carere passus
est, sed legiones nostras, quod scripsi in
Originibus, in eum locum saepe profectas alacri
animo et erecto, unde se redituras numquam
arbitrarentur. Quod igitur adulescentes, et ei
quidem non solum indocti, sed etiam rustici,

contemnunt, id docti senes extimescent?

76. Omnino, ut mihi quidem videtur, studiorum
omnium satietas vitae facit satietatem. Sunt
pueritiae studia certa; num igitur ea desiderant
adulescentes? Sunt ineuntis adulescentiae: num
ea constans iam requirit aetas quae media
dicitur? Sunt etiam eius aetatis; ne ea quidem
quaeruntur in senectute. Sunt extrema quaedam
studia senectutis: ergo, ut superiorum aetatum
studia occidunt, sic occidunt etiam senectutis;
quod cum evenit, satietas vitae tempus maturum
mortis adfert.

XXI. 77. Non enim video cur, quid ipse sentiam
de morte, non audeam vobis dicere, quod eo
cernere mihi melius videor, quo ab ea propius
absum. Ego vestros patres, P. Scipio, tuque, C.
Laeli, viros clarissimos mihique amicissimos,
vivere arbitror, et eam quidem vitam, quae est
sola vita nominanda. Nam, dum sumus inclusi in
his compagibus corporis, munere quodam
necessitatis et gravi opere perfungimur; est enim
animus caelestis ex altissimo domicilio
depressus et quasi demersus in terram, locum
divinae naturae aeternitatique contrarium. Sed
credo deos immortalis sparsisse animos in
corpora humana, ut essent, qui terras tuerentur,
quique caelestium ordinem contemplantes
imitarentur eum vitae modo atque constantia.
Nec me solum ratio ac disputatio impulit, ut ita
crederem, sed nobilitas etiam summorum
philosophorum et auctoritas.

78. Audiebam Pythagoram Pythagoreosque,
incolas paene nostros, qui essent Italici
philosophi quondam nominati, numquam,
dubitasse, quin ex universa mente divina
delibatos animos haberemus. Demonstrabantur
mihi praeterea, quae Socrates supremo vitae die
de immortalitate aminorum disseruisset, is qui
esset omnium sapientissimus oraculo Apollinis
iudicatus. Quid multa? Sic persuasi mihi, sic
sentio, cum tanta celeritas animorum sit, tanta
memoria praeteritorum futurorumque prudentia,
tot artes, tantae scientiae, tot inventa, non posse
eam naturam, quae res eas contineat, esse

mortalem, cumque semper agitetur animus nec
principium motus habeat, quia se ipse moveat,
ne finem quidem habiturum esse motus, quia
numquam se ipse sit relicturus; et, cum simplex
animi esset natura, neque haberet in se quicquam
admixtum dispar sui atque dissimile, non posse
eum dividi; quod si non posset, non posse
interire; magnoque esse argumento homines
scire pleraque ante quam nati sint, quod iam
pueri, cum artis difficilis discant, ita celeriter res
innumerabilis arripiant, ut eas non tum primum
accipere videantur, sed reminisci et recordari.
Haec Platonis fere.

XXII. 79. Apud Xenophontem autem moriens
Cyrus maior haec dicit: ‘Nolite arbitrari, O mihi
carissimi filii, me, cum a vobis discessero,
nusquam aut nullum fore. Nec enim, dum eram
vobiscum, animum meum videbatis, sed eum
esse in hoc corpore ex eis rebus quas gerebam
intellegebatis. Eundem igitur esse creditote,
etiamsi nullum videbitis.

80. Nec vero clarorum virorum post mortem
honores permanerent, si nihil eorum ipsorum
animi efficerent, quo diutius memoriam sui
teneremus. Mihi quidem numquam persuaderi
potuit animos, dum in corporibus essent
mortalibus, vivere, cum excessissent ex eis,
emori, nec vero tum animum esse insipientem,
cum ex insipienti corpore evasisset, sed cum
omni admixtione corporis liberatus purus et
integer esse coepisset, tum esse sapientem.
Atque etiam cum hominis natura morte
dissolvitur, ceterarum rerum perspicuum est quo
quaeque discedat; abeunt enim illuc omnia, unde
orta sunt, animus autem solus nec cum adest nec
cum discedit, apparet. Iam vero videtis nihil esse
morti tam simile quam somnum.

81. Atqui dormientium animi maxime declarant
divinitatem suam; multa enim, cum remissi et
liberi sunt, futura prospiciunt. Ex quo
intellegitur quales futuri sint, cum se plane
corporis vinculis relaxaverint. Qua re, si haec ita
sunt, sic me colitote,’ inquit, ‘ut deum; sin una

est interiturus animus cum corpore, vos tamen,
deos verentes, qui hanc omnem pulchritudinem
tuentur et regunt, memoriam nostri pie
inviolateque servabitis.’

XXIII. 82. Cyrus quidem haec moriens; nos, si
placet, nostra videamus. Nemo umquam mihi,
Scipio, persuadebit aut patrem tuum Paulum, aut
duos avos, Paulum et Africanum, aut Africani
patrem, aut patruum, aut multos praestantis viros
quos enumerare non est necesse, tanta esse
conatos, quae ad posteritatis memoriam
pertinerent, nisi animo cernerent posteritatem ad
se ipsos pertinere. Anne censes, ut de me ipse
aliquid more senum glorier, me tantos labores
diurnos nocturnosque domi militiaeque
suscepturum fuisse, si eisdem finibus gloriam
meam, quibus vitam, essem terminaturus?
Nonne melius multo fuisset otiosam et quietam
aetatem sine ullo labore et contentione
traducere? Sed nescio quo modo animus erigens
se posteritatem ita semper prospiciebat, quasi,
cum excessisset e vita, tum denique victurus
esset. Quod quidem ni ita se haberet, ut animi
inmortales essent, haud optimi cuiusque animus
maxime ad inmortalitatem et gloriam niteretur.

83. Quid, quod sapientissimus quisque
aequissimo animo moritur, stultissimus
iniquissimo, nonne vobis videtur is animus qui
plus cernat et longius, videre se ad meliora
proficisci, ille autem cuius obtusior sit acies, non
videre? Equidem efferor studio patres vestros,
quos colui et dilexi videndi, neque vero eos
solos convenire aveo quos ipse cognovi, sed
illos etiam de quibus audivi et legi et ipse
conscripsi; quo quidem me proficiscentem haud
sane quid facile retraxerit, nec tamquam Peliam
recoxerit. Et si quis deus mihi largiatur, ut ex
hac aetate repuerascam et in cunis vagiam, valde
recusem, nec vero velim quasi decurso spatio ad
carceres a calce revocari.

84. Quid habet enim vita commodi? Quid non
potius laboris? Sed habeat sane, habet certe

tamen aut satietatem aut modum. Non lubet
enim mihi deplorare vitam, quod multi, et ei
docti, saepe fecerunt, neque me vixisse paenitet,
quoniam ita vixi, ut non frustra me natum
existimem, ut ex vita ita discedo tamquam ex
hospitio, non tamquam e domo. Commorandi
enim natura devorsorium nobis, non habitandi
dedit. O praeclarum diem, cum in illud divinum
animorum concilium coetumque proficiscar
cumque ex hac turba et conluvione discedam!
Proficiscar enim non ad eos solum viros, de
quibus ante dixi, verum etiam ad Catonem
meum, quo nemo vir melior natus est, nemo
pietate praestantior; cuius a me corpus est
crematum, quod contra decuit ab illo meum,
animus vero, non me deserens sed respectans, in
ea profecto loca discessit, quo mihi ipsi cernebat
esse veniendum. Quem ego meum casum fortiter
ferre visus sum, non quo aequo animo ferrem,
sed me ipse consolabar existimans non
longinquum inter nos digressum et discessum
fore.

85. His mihi rebus, Scipio (id enim te cum
Laelio admirari solere dixisti), levis est senectus,
nec solum non molesta sed etiam iucunda. Quod
si in hoc erro, qui animos hominum inmortalis
esse credam, libenter erro; nec mihi hunc
errorem, quo delector, dum vivo, extorqueri
volo; sin mortuus, ut quidam minuti philosophi
censent, nihil sentiam, non vereor, ne hunc
errorem meum philosophi mortui irrideant.
Quod si non sumus inmortales futuri, tamen
exstingui homini suo tempore optabile est. Nam
habet natura, ut aliarum omnium rerum, sic
vivendi modum. Senectus autem aetatis est
peractio tamquam fabulae, cuius defatigationem
fugere debemus, praesertim adiuncta satietate.
Haec habui, de senectute quae dicerem, ad quam
utinam perveniatis, ut ea, quae ex me audistis, re
experti probare possitis.

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FUENTE:

file:///C:/Users/Equipo%20HP/Downloads/de-la-vejez-bilingue.pdf

 

 

 

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PADRE CASTELLANI: LA FORTALEZA DEL HOMBRE RELIGIOSO

10 diciembre 2016

LEONARDO CASTELLANI: LA FORTALEZA DEL HOMBRE RELIGIOSO

FORTALEZA Y PACIENCIA

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El gran escollo del hombre ético es el dolor; no se entiende bien el dolor.

Se entiende el dolor como castigo de faltas, como estímulo para la lucha, como alimento vital de la energía; pero no se entiende el dolor sin esperanza, el dolor sin compensación, el dolor perpetuo.

El hombre ético hoy día sucumbe al dolor; a semejanza de “la semilla que cayó entre zarzas, que prendió y creció, pero al final las zarzas la ahogaron”.  Esto no lo entiende bien el hombre ético, que sucumbe a la persecución.

El hombre religioso sufre persecución; y su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha.

No se trata de que los católicos amen “el dolor por el dolor”, o enseñen que hay que buscar el dolor; pues no hay que buscar el dolor; es una cosa diferente.

Pero, ¿por qué? Porque la vida del hombre religioso, está dominada por la Fe. La Fe es algo así como un injerto de la Eternidad en el Tiempo; y por tanto la vida del hombre de fe tiene que ser una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento. La Fe es creer lo que Dios ha revelado; y lo que Dios ha revelado es superior al entendimiento del hombre.

“Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia”, dice Santo Tomás.

Fortaleza significa valentía y se define como “la aptitud para acometer peligros y soportar dolores”.

La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tiene verdadera inquina a la cobardía. En el Apocalipsis San Juan enumera una cantidad de condenados al fuego, y entre ellos pone “los mentirosos y cobardes”, que faltan a la Justicia y a la Fortaleza.

La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es “la palanca del Diablo”, dice Santo Tomas.

El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.

La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario, ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder la propia razón de ser.

La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas.

No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”; y tampoco si no existiera la vulnerabilidad.

La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar para siempre cuerpo y alma”. No dice: “No temáis nada”, porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales captados en su realidad real, no en imaginaciones…

Dice Cristo: “temed menos”, y, en caso de conflicto, que el temor mayor venza al menor, impidiéndonos “perder el alma”, aun a costa de perder la vida.

De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás inesperadamente.

¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el ataque por más valeroso que el simple aguante.

Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte de ella.

En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio.

El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio “triunfo” y no derrota.

“Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso”, dijo uno. ¿Por qué? Porque espera su momento.

La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”.

Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en la última “invulnerabilidad”, en la inmunidad definitiva.

Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable; pero si no es inevitable, no. De donde se ve que la Paciencia pende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.

La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de “aguardar” y “aguaitar”.

Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Preorden, el Orden, y el Superorden, y está integrada en ellos.

El Preorden en este caso es el coraje natural, el instinto de agresión, en el varón sobre todo, y de resistencia, en la mujer sobre todo; que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende mucho del cuerpo, temperamento y temple.

El Orden es el coraje ordenado por la razón y devenido valentía o valor.

El Superorden es la virtud moral de la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y cortado de lo natural, que haga grandes actos de fortaleza en virtud de lo sobrenatural.

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FUENTE:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/11/24/padre-castellani-la-fortaleza-del-hombre-religioso/

LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES: LA FORTALEZA RESISTIR Y ATACAR

10 diciembre 2016

JOSEF PIEPER: LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES

LA FORTALEZA

RESISTIR Y ATACAR

Fortaleza y carencia de miedo

Ser fuerte o valiente no es lo mismo que no tener miedo.

Por el contrario, la virtud de la fortaleza es cabalmente incompatible con un cierto género de ausencia de temor: la impavidez, que descansa en una estimación y valoración erróneas de lo real.

Pareja impavidez, o bien es ciega y sorda para la realidad del peligro, o bien es resultado de una perversión del amor.

Porque el temor y el amor se condicionan mutuamente: cuando nada se ama, nada se teme; y si se trastorna el orden del amor, se pervierte asimismo el orden del temor.

Sin duda, el hombre que ha perdido la voluntad de vivir cesa de sentir miedo ante la muerte.

Pero la indiferencia que nace del hastío de la vida se encuentra a fabulosa distancia de la verdadera fortaleza, en la medida en que representa una inversión del orden natural.

La virtud de la fortaleza no ignora el orden natural de las cosas, al que reconoce y guarda.

El sujeto valeroso mantiene sus ojos bien abiertos y es consciente de que el daño a que se expone es un mal.

fortaleza-4Sin falsear ni valorar con torcido criterio la realidad, deja que ésta le «sepa» tal como realmente es: por eso ni ama la muerte ni desprecia la vida.

En un cierto sentido, la fortaleza supone el miedo del hombre al mal; porque lo que mejor caracteriza a su esencia no es el no conocer el miedo, sino el no dejar que el miedo la fuerce al mal o le impida la realización del bien.

El que —aun haciéndolo por el bien— se arriesga a un peligro sin tener conciencia de su magnitud, o bien por dejarse llevar de un instintivo optimismo (con el consabido «no me pasará nada»), o bien porque se abandona a una confianza, no exenta de fundamento, en el vigor y la aptitud para el combate propios de su natural condición…, ese tal no posee todavía la virtud de la fortaleza.

La posibilidad de ser valiente, en el verdadero sentido de la palabra, no está dada más que cuando fallan todas esas certidumbres, reales o aparentes, es decir, cuando el hombre, abandonado a sus solas fuerzas naturales, siente miedo; y no, por cierto, cuando es trivial la ansiedad que se lo inspira, sino cuando el pavor que experimenta se funda en la inequívoca conciencia de que la efectiva disposición de las cosas no ofrece otra opción que la de sentir un razonable miedo.

El que en una situación de tan acondicionada gravedad, ante la que el miles gloriosus enmudece y el gesto heroico se torna paralítico, hace frente a lo espantoso sin consentir que se le impida la práctica del bien, y ello no por ambición ni por recelo de ser tachado de cobarde, sino, y sobre todo, por el amor del bien, o, lo que en última instancia viene a ser lo mismo, por el amor de Dios: ése y sólo ése es realmente valeroso.

Estas consideraciones no pretenden rebajar un punto el valor del optimismo natural o del vigor y la aptitud combativa igualmente naturales, como tampoco menoscabar la importancia vital de tales facultades ni el enorme interés que poseen para la ética.

Pero es importante que se tenga clara idea del lugar donde propiamente reside la esencia de la fortaleza como virtud; y este lugar se halla instalado allende las fronteras de lo vital.

Ante la perspectiva del martirio, el optimismo natural pierde todo sentido, y la natural facilidad para la pelea se encuentra literalmente atada de pies y manos; no obstante, el martirio es el acto propio y más alto de la fortaleza, y sólo en este caso de extrema gravedad accede la referida virtud a revelarnos su esencia, a la cual se adecúan por igual aquellos otros de sus actos cuya realización no requiere tan elevada dosis de heroísmo («ad rationem virtutis pertinet ut respiciat ultimum», tener fija la mirada en lo último es parte esencial de la virtud).

fortaleza5A este respecto conviene mencionar la relación existente entre la fortaleza como actitud ética y su calidad de virtud castrense.

Da que pensar una frase de Santo Tomás: «Quizá los menos valientes son los mejores soldados».

Por supuesto que hay que poner el acento en el «quizá».

De una parte, sin duda, parece que el luchador nato está hecho de audacia, arrojo y coraje.

De otra parte, sin embargo, la entrega de la propia vida en justa defensa de la comunidad es difícil que se dé allí donde no existe la virtud moral de la fortaleza.

La fortaleza no significa, por ende, la pura ausencia de temor.

Valiente es el que no deja que el miedo a los males perecederos y penúltimos le haga abandonar los bienes últimos y auténticos, inclinándose así ante lo que en definitiva e incondicionadamente hay que temer.

El temor de lo que en definitiva debe ser temido constituye, como «negativo» del amor de Dios, uno de los fundamentos sencillamente necesarios de la fortaleza (y de toda virtud en general): «el que teme a Dios de nada tiene miedo» (Eclesiástico, XXXIV, 16).

fortaleza6Resistir y no atacar: el acto propio de la fortaleza

Sólo el que realiza el bien, haciendo frente al daño y a lo espantoso, es verdaderamente valiente.

Pero este «hacer frente» a lo espantoso presenta dos modalidades que sirven, por su parte, de base a los dos actos capitales de la fortaleza: la resistencia y el ataque.

El acto más propio de la fortaleza, su actus principalior, no es el atacar, sino el resistir.

Esta afirmación de Santo Tomás se nos antoja extraña, y a buen seguro que más de un contemporáneo la explicará sin vacilar como expresión de una concepción y una doctrina de la vida «pasivista» y «típicamente medieval».

Semejante interpretación, empero, dejaría intacto el corazón del problema.

Santo Tomás no piensa en modo alguno que el acto de la resistencia posea en su entera generalidad un valor más alto que el del ataque, ni afirma tampoco que el resistir sea en cualquier caso más valiente que el atacar.

¿Qué puede significar entonces con esa afirmación? No otra cosa sino lo siguiente: que el «lugar» propio de la fortaleza es ese caso ya descrito de extrema gravedad en el que la resistencia es, objetivamente, la única posibilidad que resta de oponerse; y que sólo y definitivamente en una tal situación es donde muestra la fortaleza su verdadera esencia.

La posibilidad de que el hombre pase por el trance de ser herido o de sucumbir incluso en la realización del bien, mientras la iniquidad, mundanamente hablando, emerge prepotente, forma parte de la imagen del mundo de Santo Tomás y del cristianismo en general, posibilidad que se ha esfumado en cambio, según sabemos todos, de la imagen del mundo del liberalismo ilustrado.

Por lo demás, el acto de resistencia sólo en un sentido extremo es algo pasivo.

De ello se hace cargo Santo Tomás al plantearse esta objeción: si la fortaleza es una perfección, no puede ser su acto propio el resistir, ya que la resistencia es pasividad pura y siempre lo activo del obrar sobrepasa en perfección a lo pasivo del sufrir.

En su respuesta advierte el Santo que el momento de la resistencia implica una enérgica actividad del alma, un fortissime inhaerere bono o valerosísimo acto de perseverancia en la adhesión al bien; y sólo de esta actividad de valiente corazón se nutre la energía que da arrestos al cuerpo y al alma para sufrir el ultraje de ser herido o muerto.

Preciso es confesar que el cristianismo del pequeño burgués, forzado e intimidado por el canon no cristiano de un ideal activista y heroico de la fortaleza, ha enterrado en la conciencia común estos contenidos al interpretarlos torcidamente en el sentido de un oscuro pasivismo preñado de resentimiento.

fortaleza7Paciencia y fortaleza

Más oportuna, si cabe, resulta la anterior observación por lo que respecta a la imagen hoy vigente de la virtud de la paciencia.

La paciencia es para Santo Tomás un ingrediente necesario de la fortaleza.

La causa de que esta coordinación de paciencia y fortaleza nos parezca absurda no reside sólo en el hecho de que hoy tendamos a malentender en un sentido fácilmente activista la esencia de la fortaleza, sino sobre todo en la circunstancia de que, a los ojos de nuestra imaginación, la virtud de la paciencia ha venido a significar —como antítesis de lo que fue para la teología clásica— un padecer incapaz de llevar a cabo cualquier discriminación sensata, ávido de desempeñar su papel de «víctima», consumido por la aflicción, falto de alegría y de médula y abierto de brazos sin distinción a todo género de mal que le salga al paso, cuando no es que se lanza a buscarlo por propia iniciativa.

Pero la paciencia es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal: «paciente es no el que no huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza».

Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien.

La virtud de la paciencia no es incompatible con una actividad que en forma enérgica se mantiene adherida al bien, sino justa, expresa y únicamente con la tristeza y el desorden del corazón.

La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza: «ne frangatur animus per tristitiam et decidat a sua magnitudine».

De ahí que no sea la paciencia el espejo empañado de las lágrimas de una vida «rota» (como tal vez pudiera sugerir la inspección de lo que, bajo múltiples aspectos se muestra y ensalza con este nombre), sino el rutilante emblema de una invulnerabilidad última.

La paciencia es, como dice Hildegarda de Bingen, «la columna que ante nada se doblega».

Y Santo Tomás, basándose en la Sagrada Escritura, resume lo esencial con la infalibilidad de su extraordinaria puntería: «por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma».

El que es valeroso es también —y precisamente por ser valeroso— paciente.

Pero no a la inversa: la paciencia está lejos de implicar la virtud total de la fortaleza; tan lejos o más aún de lo que pueda estarlo, por su parte, el acto de resistencia, al que la paciencia se ordena.

Porque el valiente no sólo sabe soportar sin interior desorden el mal cuando es inevitable, sino que tampoco se recata de «abalanzarse» (insilire)acometedor sobre él y desviarlo cuando puede tener sentido hacerlo.

A esta segunda eventualidad se ordena, como actitud interna del valiente, la disposición para el ataque: la animosidad, la confianza en sí mismo y la esperanza en la victoria: «la confianza, que es parte de la fortaleza, lleva consigo la esperanza que pone el hombre en sí mismo y que naturalmente supone la ayuda de Dios».

Cosas son éstas tan evidentes que hacen superflua toda ulterior explicación.

fortaleza8Fortaleza e ira

La relación positiva, en cambio, que, según Santo Tomás, guarda la ira (cuando es justa) con la virtud de la fortaleza ha venido a resultar en amplia medida incomprensible para el cristianismo actual y sus censores no cristianos.

Esta falta de comprensión se debe en parte a la influencia de una suerte de estoicismo espiritualista que ha excluido prácticamente de la ética cristiana el momento de lo pasional (del cual es siempre el cuerpo condición concomitante), como si fuese algo extraño e inconciliable con ella; pero también se explica, en cierto modo, por la circunstancia de que la actividad explosiva que se manifiesta a través de la ira es la antítesis natural de una valentía sofrenada «a la burguesa».

Santo Tomás, por el contrario, encontrándose libre tanto del uno como del otro extremo, afirma que el valiente hace uso de la ira en el ejercicio de su propio acto, sobre todo al atacar; «porque el abalanzarse contra el mal es propio de la ira, y de ahí que pueda ésta entrar en inmediata cooperación con la fortaleza».

Podemos advertir, en consecuencia, cómo la doctrina clásica de la fortaleza rebasa el angosto círculo de las ideas convencionales hoy vigentes, no sólo por lo que respecta a la dirección de lo «pasivo», sino también en lo que se refiere al mencionado aspecto «agresivo» de la susodicha virtud.

Ello no obstante, debe quedar bien sentado que lo más propio de la fortaleza no es el ataque, ni la confianza en sí mismo, ni la ira, sino la resistencia y la paciencia. Mas no —y nunca se repetirá lo bastante— porque la paciencia y la resistencia sean en absoluto algo mejor y más perfecto que el ataque y la confianza en sí, sino porque el mundo real está constituido de tal forma que sólo en el caso ya descrito de más extrema gravedad, el cual no deja otro margen a la actitud de oposición que la resistencia, puede revelarse la última y más profunda fuerza anímica del hombre.

El sistema de poder de «este mundo» está de tal manera estructurado que no es en el encolerizado ataque, sino en la resistencia, donde se esconde la última y decisiva prueba de la verdadera fortaleza, cuya esencia puede encerrarse en esta fórmula: amar y realizar el bien, aun en el momento en que amenaza el riesgo de la herida o de la muerte, sin jamás doblegarse ante las conveniencias.

Uno de los datos o realidades fácticas fundamentales de este mundo, caído en el desorden por el pecado original, es que la más extrema fuerza del bien se revela en la impotencia.

Y la palabra del Señor: «Mirad, yo os envío como ovejas ante lobos», designa la situación del cristiano en este mundo, la cual todavía no ha cambiado.

El solo pensamiento de este orden de cosas podrá resultar punto menos que insoportable para las «jóvenes generaciones»; la repugnancia a admitirlo y el íntimo sentimiento de oposición contra la «resignación» de los que han «capitulado» puede valer justamente como la nota distintiva de la verdadera juventud.

En esa oposición alienta y vive siempre el sentido inmortal del hombre para el orden creacional, «propio» y primigenio del mundo, sentido que el verdadero cristiano no pierde nunca, ni siquiera cuando, enseñado por la experiencia, aprende a reconocer no sólo «conceptualmente», sino en lo que tiene de «real» la insoslayable realidad intramundana del desorden consecutivo al pecado original.

Con lo cual queda dicho, entre paréntesis, que hay también una manera no cristiana o «precristiana » de «capitular», cuya superación es tarea perpetua de la juventud, y muy principalmente de la juventud cristiana.

Por lo demás, conviene añadir que la frase simbólica de las «ovejas entre lobos» no cobra todo su sentido más que cuando se alude por ella al estrato profundo, velado por el secreto del ser en el mundo del cristiano.

Estrato que indudablemente yace como posibilidad real, codeterminándolos y coloreándolos de la manera más íntima, a la base de cuantos conflictos concretos plantea la vida, pero que sólo sale a la luz del día, sin embargo, como realidad desnuda y plena, en el caso extremo del martirio, que exige inequívocamente de todo cristiano la realización pura e impermixta del contenido de ese símbolo.

Del lado de acá, empero, y como en la superficie, por así decirlo, de tal profundidad, se tiende ante nosotros un campo dilatado donde encuentra libre juego toda modalidad de comportamiento que, encarándose activamente con el mundo, se aferra al bien y lo practica, librando batallas sin vacilaciones contra la oposición que puedan presentarle la estupidez, la pereza, la maldad o la ceguera.

El propio Jesucristo, de cuya mortal angustia se nutre, al decir de los Padres de la Iglesia, la fuerza que sostiene al mártir cuando le llega el momento de tener que verter su sangre por la fe; y cuya vida terrena estuvo hondamente informada por la disposición al holocausto de su persona, al que se dejó conducir «cual cordero al sacrificio»…, es el mismo que, blandiendo el látigo, arrojó a los mercaderes del templo; y cuando, en presencia del sumo sacerdote, el más paciente de los hombres se vio abofeteado por un siervo, no le tendió él «la otra mejilla», sino que contestó: «Si hablé mal, da testimonio de lo malo; mas si bien, ¿por qué me hieres?».

En su Comentario al Evangelio de San Juan, Santo Tomás de Aquino ha llamado la atención sobre la aparente contradicción que guarda esta escena (como también el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que a continuación se transcribe) con el precepto del Sermón de la Montaña: «Mas yo os digo que no os opongáis al malvado; antes bien, al que te golpee la mejilla derecha, ofrécele también la izquierda».

Es manifiesto que una interpretación «pasivista » no sabría resolver esta contradicción.

Pero Santo Tomás, y no será ocioso añadir que de acuerdo con San Agustín, la explica diciendo: «para entender la Sagrada Escritura debemos tomar por criterio lo que Cristo y los santos hicieron en la práctica. Pero Cristo no tendió a aquel hombre la otra mejilla. Ni tampoco Pablo la tendió. Interpretar, por tanto, literalmente el precepto del Sermón de la Montaña es falsear su significado. Dicho precepto se refiere más bien a la disposición del alma a soportar, cuando sea preciso, sin dejarse vencer por la amargura, una segunda afrenta igual o todavía más grande del agresor. A ello responde la actitud del Señor al entregar su cuerpo al último suplicio. Aquellas palabras con que replicó han sido, por consiguiente, de utilidad para nuestra enseñanza».

Y lo mismo hizo el Apóstol San Pablo cuando, por causa de la libertad con que se expresó, el sumo sacerdote ordenó que se le «golpease en la boca».

Porque a pesar de que su vida toda estaba ordenada hacia el martirio, no se limitó a sufrir en silencio el ultraje, sino que respondió al pontífice: « ¡A ti te golpeará Dios, muro blanqueado! ¿Y tú, que estás sentado para juzgarme según la ley, me mandas golpear contra la ley?».

El estar dispuesto a morir en el supremo trance del martirio, resistiendo pacientemente en el empeño por la realización del bien, no excluye el riesgo de la acometida ni el belicoso ataque.

Por el contrario, esta disposición es la que presta a la actividad del cristiano en el mundo esa superioridad y esa libertad que tan definitivamente le están negadas a las convulsiones del activismo.


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