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los mapas nos explican la Historia y la actualidad

24 abril 2010

Observamos que casi todos los países musulmanes (unos 1500 millones de habitantes)  prohiben el aborto, es decir, que tienen una muy alta tasa de natalidad…hasta el punto de que duplican su población en treinta años… Mientras tanto, todos los paises en los que todavía es mayoritaria la población de raza blanca (USA y Canadá, Europa, Australia y Nueva Zelanda, más o menos un 5% de la población mundial) permiten e incluso parece que incentivan la práctica del aborto… con el resultado de que no se produce el relevo generacional o se produce con  grandificultad y sólo con el concurso de inmigración de gentes  de otras razas o de mestizos.

Otra consideración que podemos hacer a la vista del segundo mapa –en el que apoarecen en color verde los países islámicos– es que Israel es un islote de siete millones de habitantes rodeado por un mar de unos 200 millones de árabes…  Esto nos permite pensar que la estrategia de Israel es buscar constantemente  Estados aliados poderosos que se comprometan en su ayuda en caso de guerra…  Por otra parte, siendo la población judía mundial como mucho de unos treinta millones de habitantes, cabe pensar que su única y milenaria forma de sobrevivir es favoreciendo la discordia y desunión entre todos y cada uno de las demas razas humanas, culturas, religiones o sistemas políticos, económicos y militares.  Siendo una minoría –por otra parte muy poderosa financiera, política, militar   y culturalmente– se ve obligada a tomar siempre la iniciativa en forma de guerra preventiva, pues una política militar  defensiva exclusivamente la colocaría en situación de destrucción casi segura. Esta situación de ser un Estado rodeado de enemigos nos recuerda la situación de Alemania (enfrentada a  “Judea”, que le declaró la guerra económica en 1933) y en guerra total cuando finalmente vió que hasta 80 países le declararon la guerra. Seguramente, dado este precedente, Israel  no va a permitir ser aniquilado como Estado (lo cual no supone el fin del poder del pueblo judío) y sería desable que Europa, esta vez lo tuviera  como potencia aliada, aunque sólo sea para que Israel y Europa, ambos vinculados por una común cultura judeocristiana, pudieran sobrevivir frente al empuje y brutal desarrollo de otros pueblos, como los mil quinientos millones de chinos, los mil quinientos millones de musulmanes.

carl schmitt, católico

24 febrero 2010

IRANIA, presumiendo permiso del autor © Carlos Ruiz Miguel, reproduce íntegramente de una web el siguiente

estudio titulado CARL SCHMITT, TEORIA POLITICA Y CATOLICISMO

I. SOBRE EL CATOLICISMO DE SCHMITT.

Carl Schmitt (Plettenberg, 11.7.1888 + Plettenberg, 7.4.1985) es uno de los más importantes juristas y teóricos de la política del siglo XX. Pero es menos conocido que fue siempre católico y que el catolicismo estuvo constantemente presente en su obra. La relación de Schmitt con el catolicismo ha sido estudiada en varias ocasiones, si bien no de modo sistemático. En cualquier caso, según advierte Galli, es preciso plantear dicha relación desde diversas perspectivas. En primer lugar, la investigación debe centrarse en el perfil biográfico del autor, dando cuenta de la situación histórica y familiar de Schmitt, su formación juvenil, sus amistades y sus relaciones con intelectuales católicos. En segundo lugar, habría que abordar el aspecto personal-político de Schmitt, principalmente sus relaciones con los partidos católicos alemanes (que, aunque inicialmente buenas, fueron empeorando). En tercer lugar, debe examinarse la cuestión religiosa, tomando en cuenta no sólo la calidad de la cultura teológica de Schmitt, sino también la congruencia de su imagen de la Iglesia respecto a los problemas contemporáneos. En cuarto lugar, podría estudiarse la perspectiva teórica para comprobar en qué medida ha influido el catolicismo en la elaboración de las principales categorías a través de las que ha interpretado Schmitt la Modernidad, en relación con el Derecho, la Teoría del Estado y de la Política y la Filosofía de la Historia (en la que ha realizado interesantísimas investigaciones en torno al Anticristo y al Kat-Echon como fuerzas históricas). Las perspectivas apuntadas por Galli no agotan, sin embargo, un posible estudio de las relaciones de Schmitt con el Catolicismo. Aún se ha apuntado otra posible línea de investigación: el influjo de Schmitt sobre el catolicismo alemán de su tiempo, documentable en las principales revistas católicas y en la obra de las grandes figuras católicas alemanas, sobre todo a raíz de la publicación en 1923 de su estudio sobre “Catolicismo romano y forma política”. En conexión con esta última línea, y quizá como una visión distinta, podría estudiarse además, no ya sólo el influjo de la teología católica en Schmitt, sino el de Schmitt en la Teología católica, perceptible en la obra de algún importante teólogo canonista como Hans Barion, discípulo de Schmitt. La brevedad de este trabajo y la gran envergadura del tema obligan a examinar sólo algunas de las líneas de investigación anotadas.

II. CARL SCHMITT, CONFESOR CATOLICO

Nació Schmitt en el seno de una familia católica que vivió en Plettenberg, pueblo de fuerte implantación protestante en Renania, país católico, por lo que, como indica Schwab fue muy consciente de la controversia ocasionada por la Kulturkampf que, a pesar de ser un acontecimiento pasado, era todavía un  tópico capaz de suscitar la violencia entre católicos y protestantes. Pese a que algún autor afirma la ausencia de fervor religioso en Carl Schmitt, los datos parecen indicar lo contrario. Schmitt perteneció a una familia muy religiosa. Su padre, por el que sentía una profunda veneración, al llegar a Plettenberg impulsó con su trabajo y su dinero la construcción de una iglesia católica en un lugar donde sólo existía una iglesia protestante. Schmitt  trataba de ser un creyente fiel practicante de la religión, como lo apuntan las personas que lo trataron directamente. Carl Schmitt gustaba de hablar de Teología en sus conversaciones, y en su obra se constata su profunda formación teológica. En ocasiones, animaba sus tertulias con cantos religiosos como el de los peregrinos alemanes a Tierra Santa.
Sin embargo, es en una situación límite, en un caso excepcional -aquel que según Schmitt descubre la esencia de las cosas-, el de su encarcelamiento (al ser objeto de un “arresto automático” en calidad de testigo que puede ser convertido en acusado) donde puede apreciarse su profunda fe católica. En una obrita singularmente lograda en lo literario, escrita en prisión entre grandes dificultades, encontramos el testimonio más importante de la hondura y sinceridad de su fe. El autor renano ve en dos figuras de la mitología clásica (Prometeo y Epimeteo) la postura que puede adoptar el hombre ante Dios. Prometeo, que quiere robar a los dioses su atributo divino, el fuego, evocaría al ser humano soberbio que quiere comer el fruto del árbol del bien y del mal para ser como Dios. Epimeteo sería, sin embargo, el hombre que es obediente a los preceptos divinos. Schmitt señala en repetidas ocasiones que él es un Epimeteo cristiano y declara su rechazo a lo prometeico. Esa idea de lo prometeico, nunca aceptada por Schmitt, se percibe, a su juicio, en la gnosis, en el gnosticismo, que aparece así como una religión del Hombre y, por tanto, satánica. Pero además, lo satánico aparece en otro campo, en la Técnica, que pretende hacer al hombre como Dios. Esta última idea la había expuesto ya en una conferencia dada en Barcelona en 1929, donde se refirió al espíritu maléfico y satánico de la técnica basado en la fe en “el poder sin límites y el señorío absoluto del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la humana” y en “el vencimiento de las fronteras naturales”. Para Schmitt, todo ese despliegue de las fuerzas de la técnica “tiene algo de maravilloso” y “es digno de la intervención de potestades infernales”.
Schmitt cree en la resurrección de los muertos, reza por el alma de los difuntos, admira a los Padres de la Iglesia, manifiesta su devoción por la Inmaculada Virgen María, madre auxiliadora de la que dice Schmitt, escritor líricamente que “un soplo de su clemencia celestial” puede disolver el rígido lamento de la tumba del poeta Kleist. Confiesa como cristiano la divinidad de Cristo de forma artística, pero sincera: “el último refugio para un hombre torturado por los hombres es siempre una oración, una jaculatoria al Dios crucificado. En el dolor lo reconocemos y nos reconoce. Nuestro Dios no fue lapidado como judío por los judíos, ni decapitado como romano por los romanos. No podía ser decapitado. Sufrió la crucifixión, muerte de los esclavos, que un conquistador extranjero le infligió”.
Ese católico que fue Carl Schmitt terminó sus días en la tierra un 7 de abril de 1985. Aquel día, hecho simbólico, era Domingo de Resurrección.

III. ALGUNAS TESIS DE SCHMITT Y EL CATOLICISMO

1. El concepto de lo político.
Una de las más importantes aportaciones de Carl Schmitt al pensamiento político es su concepto de lo político. Para él, “la distinción propiamente política es la distinción entre el amigo  y el enemigo”. Se cuida de advertir que enemigo en sentido político no es un adversario privado, sino público, es decir, es una totalidad de hombres situada frente a otra análoga que lucha por su existencia, o mejor, por su propia forma de existencia, frente a otra análoga, por lo menos eventualmente. El precepto evangélico del amor por los enemigos (Mt. 5,44 y Lc. 6,27) señala Schmitt tras un examen etimológico, se refiere sólo al enemigo privado, no al público, al inimicus/        y no al hostis/        . Por ello, dice nuestro autor, en la milenaria lucha entre el Cristianismo y el Islam, a ningún cristiano se le ha ocurrido, movido por su amor a los sarracenos o a los turcos que debiera entregarse Europa al Islam en vez de defenderla (notemos que Schmitt escribe en 1929, antes del Concilio Vaticano II y de la asunción por éste del ecumenismo y de la libertad religiosa). El enemigo en sentido político no tiene por qué ser odiado en la esfera privada y personal. Como recuerda Galán, nadie puede sostener que la guerra resulte condenada en los Evangelios: si lo sostuvieron en los primeros siglos algunos padres de la Iglesia bien pronto la Iglesia misma reaccionó contra esa tesis llegando a declarar como herética la opinión de que toda guerra es, sin más, ilícita, anatematizando al que deserta del servicio militar por pretextos religiosos y santificando a muchos hombres de armas (reiteramos la advertencia sobre la fecha del escrito de Schmitt). Ciertamente, en este punto, como en muchos otros de su pensamiento, Schmitt se inspira en el catolicismo tradicional, tridentino si se quiere, que no se parece al que conforma el Concilio Vaticano II.
Schmitt es ante todo realista y se aleja de toda suerte de utopías, sentimentalismos o racionalismos que ignoran la realidad de las cosas. Su pensamiento es, ante todo, pensamiento concreto, no abstracto, en el sentido de estar en contacto con la realidad y no alejado de ella. Su formulación de lo político se inscribe en esa línea. Por ello, concordamos con Galán en que se puede pedir que un renovado sentido cristiano de la vida suavice las crudezas y rigores de una época intensivamente politizada en todos los órdenes, mas lo que no se puede pedir al hombre es su despolitización porque eso es utopía: el hombre es en esencia y potencia animal político, y por los siglos de los siglos el hombre se conducirá como lo que es, y la política seguirá siendo el destino trágico e inexorable de su existencia. No poder pensar que la división de los hombres en amigos y enemigos sea una reminiscencia atávica de épocas bárbaras llamadas a desaparecer un bello día de la tierra es, ciertamente, algo descorazonante: a saber, una descorazonante verdad, como otras tantas de la vida.
La realidad de la oposición amigo-enemigo tiene una evidente raíz teológica. Satán significa “el adversario”, esto es, el enemigo. La oposición amigo-enemigo no es, por otra parte, maniquea como a menudo se dice, pues se trata de una descripción real, existencial, de algo presente en la vida y no una afirmación del carácter eterno e increado del principio maligno. En la teología católica, el enemigo nace en un momento determinado como consecuencia de la rebelión de Luzbel y será derrotado definitivamente al final de la historia: no es eterno como Dios. Pero entre esos dos momentos, inicial y final, existe y actúa en la historia. Afirmar que esa contraposición es maniquea supone ignorar en qué consiste el maniqueísmo, la doctrina de Mani que afirma la existencia eterna del Bien y del Mal como principios irreductibles, eternos y con sustancia propia. Schmitt al formular su concepto de lo político no es un maniqueo, sino que se mantiene dentro de la más pura ortodoxia (tradicional) católica.

2. La noción de soberanía.
Según Schmitt, “soberano es el que decide sobre el estado de excepción”. Esta noción de soberanía tiene para él raíces teológicas. El propio Schmitt declara que “todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Ello se explica porque “la imagen metafísica que de su mundo se forja una época determinada tiene la misma estructura que la forma de la organización política que esa época tiene por evidente”. Conclusión ésta que comparte su gran adversario Kelsen quien sostiene que hay una correlación entre visión filosófica del mundo y defensa de la autocracia o de la democracia. De ahí que la imagen que tenga de Dios una sociedad suela ir aparejada con una determinada forma política.
Sentados estos precedentes, examina Schmitt qué forma política acompaña a la noción de un Dios personal y providente que interviene directamente en el mundo, cual es Cristo y también qué concepto de Dios (si es que lo hay) se asocia con la forma política del Estado de Derecho democrático. Cree Schmitt que la noción de un Dios personal y providente, como la que él profesa, que interviene directamente en el mundo, no se cohonesta con esa forma política del Estado de Derecho democrático, sino con otra distinta. Como afirma Schmitt, “está dentro de la tradición del Estado de Derecho contraponer al mandato personal la validez objetiva de una norma abstracta”. En la teoría del Estado del s. XVII que supone todavía la trascendencia de Dios frente al mundo, el monarca se identificaba con Dios y el Estado (o si se quiere, el Monarca) ocupaba una posición análoga a la atribuida a Dios, considerado como unidad personal y motor supremo. El constructor del mundo es al mismo tiempo creador y legislador, es decir, autoridad legitimadora. La concepción de la soberanía consecuente con esta idea de Dios es de tipo personalista, concreta, y no abstracta o diluida en órganos abstractos. Esta concepción concreta es la defendida por Hobbes cuando dice que “si uno de los poderes ha de someterse al otro, esto significa simplemente que quien detenta el poder ha de someterse al que tiene el otro”, pues la sujeción, la orden, el derecho y el poder son accidentes de las personas, no de los poderes”. Por ello, Hobbes siempre fue personalista y postuló una última instancia decisoria concreta. En última instancia, la consideración de un poder personal supone la existencia de una responsabilidad, que resulta muy difícil de exigir, cuando no imposible, respecto de un poder impersonal o abstracto. No sólo subyace aquí, pues, la idea de un Dios personal y providente que interviene directamente en los asuntos humanos, sino también la idea del hombre como persona, al que en virtud de su libertad se le pueden exigir responsabilidades, esto es, la idea católica del hombre capaz de salvar o condenar su alma.
Frente a lo anterior, el autor alemán afirma que “la idea del moderno Estado de Derecho se afirmó a la par que el deísmo, con una teología y una metafísica que destierran del mundo el milagro y no admiten la violación  con carácter excepcional de las leyes naturales implícita en el concepto del milagro y producido por intervención directa, como tampoco admiten la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente. El racionalismo de la época de la Ilustración no admite el caso excepcional en ninguna de sus formas”. Del mismo modo que el deísmo mantiene la existencia de un Dios, pero de un Dios inactivo, el constitucionalismo liberal mantiene al monarca, pero impotente y paralizado por medio del Parlamento. El deísmo pronto se diluirá, ora en un panteísmo más o menos claro fundado en su inmanencia, ora en la indiferencia positivista frente a la metafísica en general. Todas las identidades que reaparecen en el siglo XIX descansan sobre la noción de inmanencia: la teoría democrática de la identidad de gobernantes y gobernados, la teoría orgánica del Estado y su identificación de la soberanía con el orden jurídico y la teoría de Kelsen sobre la identidad del Estado y el orden jurídico. Precisamente la concepción kelseniana de la democracia como la expresión de una actitud científica relativista e impersonal responde a la línea inmanentista seguida por la filosofía y la teología del siglo XIX.
Esta concepción impersonal del Estado (que para algunos es la forma propia de entender el Estado, frente a las formas preestatales) no esconde para el más importante teórico de la democracia, sin embargo, su carácter ficticio. Como bien advierte Kelsen, “la autocracia tiene por gobernante a un hombre de carne y hueso, aunque elevado a categoría divina, mientras que en la democracia funciona como titular del poder el Estado como tal”. Para el fundador de la Escuela de Viena, “la apariencia del Estado como persona inmaterial oculta el hecho del dominio del hombre sobre el hombre (subrayado nuestro), intolerable para el sentir democrático”. Lo grave de ello es que pueda concluirse que “una vez eliminada la idea de un hombre que gobierne sobre los demás, cabe admitir que el individuo obligado a obedecer el orden político carezca de libertad” y que “no debe ser libre el ciudadano individual en sí, sino la persona del Estado (subrayado de Kelsen)”.

3. La crítica de los valores.
En un artículo importantísimo habló Schmitt de la “tiranía de los valores”. La crítica a los valores ya había sido realizada por Heidegger, desde el campo de la Metafísica, como veremos, por Weber desde la Sociología y por Forsthoff, desde el Derecho. Aunque ya Nietzsche hablara de ellos en un sentido, por cierto, cercano al de Schmitt, la terminología y la idea de los valores surgió primero en la filosofía a comienzos de este siglo, para introducirse después en la Filosofía del Derecho y en el Derecho Constitucional y acabando por entrar en la Teología y en el lenguaje eclesiástico. En este último aspecto ha sido capital la torcida traducción que se hizo de una expresión utilizada por Juan XXIII en la Pacem in terris: ordo bonorum se tradujo por jerarquía de valores, algo bastante distinto, ciertamente. En los documentos pontificios posteriores, sobre todo en los del Concilio (pastoral, que no dogmático) Vaticano II esta tendencia no hace sino acentuarse, para llegar al paroxismo con Juan Pablo II quien, no en vano, se doctoró en filosofía con una tesis acerca de “La posibilidad de fundar una ética cristiana sobre la base filosófica de Max Scheler”.
Ya Zaragüeta dijo en 1948 con toda claridad que con la filosofía de los valores se abría paso una nueva actitud filosófica, que no es tanto la del que trata de “conocer” el “ser” del mundo y de la vida cuanto de “estimarlos” en su auténtico “valer”. Pudo decir así el filósofo español que “en estas cuatro palabras, conocer y ser, estimar y valer, se contiene toda una revolución del pensamiento actual, que no deja de serla también para el antiguo”. Heidegger, por su parte, afirma que “el valor y lo válido llega a ser sustitutivo positivista de lo metafísico”.
Schmitt, autor de muy buena formación filosófica, parte de que los valores no tienen un ser, sino una validez. El valor no es, sino vale. Ahora bien, Schmitt va más allá. A su juicio, el valor, sin embargo, implica un afán muy fuerte a la realización. No es real, pero está relacionado con la realidad y está al acecho de ejecución y cumplimiento. La validez de un valor tiene que ser continuamente actualizada, es decir, hacerse valer, pues si no, se disuelve en vana apariencia. Quien dice valor quiere hacer valer e imponer. Las virtudes se ejercen, las normas se aplican, las órdenes se cumplen; pero los valores se establecen y se imponen. Quien afirma su validez tiene que hacerlos valer. Esta agresividad es la consecuencia lógica de la estructura tética y subjetiva del valor y se produce continuamente por la realización concreta del valor. Esto se intentó solventar pretendiendo un carácter “objetivo” de los valores, pero así no se hizo más que introducir un nuevo momento de agresividad en la lucha de las valorizaciones, sin aumentar lo más mínimo la evidencia objetiva para los que piensan de manera distinta. En consecuencia, no se superó la teoría subjetiva de los valores. No se consiguen valores objetivos simplemente con el truco de velar los sujetos y silenciar quienes son los portadores de valores cuyos intereses suministran puntos de vista y puntos de ataque del valor. Nadie puede valorizar sin desvalorizar, revalorizar, valoricidar o explotar.
Según la lógica del valor, se observa la siguiente norma: el precio supremo no es demasiado para el valor supremo y hay que pagarlo. El pensamiento de los valores convierte automáticamente la lucha contra un determinado enemigo concreto en lucha contra un sinvalor (abstracto). El sinvalor no tiene ningún derecho frente al valor, y para imponer el valor supremo no hay precio demasiado excesivo. Todas las categorías del clásico Ius publicum Europaeum -enemigo justo (justus hostis), motivo justo (justa causa), proporcionalidad de los medios y procedimiento ordenado (debitus modus)- serán, sin esperanza alguna, víctimas de esta lógica de valor y sinvalor. Lo mismo ocurre con la dignidad humana: al principio se decía que las cosas tienen un valor y las personas tienen una dignidad. Valorar la dignidad se consideró indigno. Hoy día, en cambio, también la dignidad se ha convertido en un valor.
Desde el momento en que cualquier principio o ente (Dios o la religión, lo mismo que el Estado o la libertad), se convierten en valores, pierden su dimensión ontológica, para tener una mera dimensión ideal. Pero además, al entrar en la dinámica de los valores, al entrar en el juego de la cotización propio de la Bolsa de valores, corren el consiguiente riesgo de poder desvalorizarse, y de esta suerte no puede extrañar que en ese mercado el valor Dios pudiera ser considerado inferior al valor indiferencia, el valor libertad al valor igualdad, el valor matrimonio al valor pareja (homo o heterosexual), el valor fidelidad al valor volubilidad, el valor sacrificio al valor comodidad, etc. Pero no sólo es que esos valores, al cotizarse a la baja en el mercado de las ideas, se conviertan en valores inferiores a otros, sino que en la medida en que un valor desvalorizado no se puede imponer, deja de valer, como afirma Schmitt. Un valor inferior, esto es, que no consigue ser superior, es algo inoperante. La dinámica de los valores destruye los principios firmes, las distinciones ontológicas (Bien/Mal, virtud/vicio, honradez/corrupción, p. ej.) que presuponen que uno de los términos no puede llegar a ser el otro. Sin embargo, convertidos en valores, esas realidades se sitúan en una escala común móvil a través de la cual pueden convertirse la una en la otra. De esta forma, los dogmas sufren un proceso de disolución. Del mismo modo, las categorías y los principios jurídicos, las decisiones políticas fundamentales, experimentan un similar falseamiento y corrupción. Así, todo (incluso la religión) cae bajo la visión ideológica. Los valores son a las ideologías lo que los dogmas a las religiones (cuando éstas, por mor de los valores no se han “ideologizado”).

IV. CONCLUSION.

Este breve examen de la relación de Schmitt con el catolicismo permite seguramente afirmar que Schmitt fue siempre católico. Nadie duda tampoco del influjo de los dogmas  de la Teología católica en la obra de Schmitt. La cuestión de si su filosofía política puede ser considerada como católica es, sin embargo, mucho más ardua. D?Ors ha negado que la obra de Schmitt constituya una Teología política, pues a su entender una Teología política debe partir de claros dogmas y obtener conclusiones políticas racionalmente necesarias, lo que no ocurre con ciertas derivaciones de los dogmas que tienen un carácter metafórico (como a su juicio derivar del dogma de la Realeza de Cristo la necesidad de la monarquía, etc.). Lo que se discute es si esa obra puede ser considerada en sí misma, y no por sus influjos, como católica. La calificación de tal puede verse perturbada por elementos un tanto extraños al debate, como la relación de Schmitt con el nacionalsocialismo, insuficientemente conocida y comprendida, y que ha sido ocasión para que Schmitt fuera objeto de difamaciones. En cualquier caso, nos atrevemos a afirmar que la tesis de que el pensamiento político de Schmitt puede ser considerado como una filosofía política católica, no puede ser descartada, bien entendido que el Catolicismo no impone un  único programa o filosofía políticos.

el etnomasoquismo o el desprecio de la propia identidad

29 diciembre 2008

El etnomasoquismo es, aunque mucha gente no es consciente, es el  pensamiento igualitario llevado hasta las últimas consecuencias: Está previamente autocensurada cualquier crítica y denuncia  que pueda molestar a cualquier raza, cultura, religión, etc. que no sea la propia. Es decir, por ejemplo: está mal considerada la “islamofobia” pero es perfectamente legal la “cristofobia”; es casi delito el “antisemitismo” y es casi obligada la “albofobia”, es decir la crítica feroz contra la civilización, cultura o raza de los “blancos”. 

Esto es más o menos lo que viene a decir Guillaume Faye en un artículo que hemos copiado de fuegofrío y cuyo título es:

EL ANTIRACISMO COMO RELIGIÓN DE ESTADO

El antirracismo tiene la misma obsesión por la raza que el cura puritano por el sexo. Hoy, el sexo se muestra tanto como una industria como la raza es violada y disimulada. Pero en realidad este disimulo esconde una presencia obsesiva del concepto. El antirracismo ha devenido una especie de meta-religión, una forma perversa e inconsciente de racismo, en todo caso el signo de una obsesión racial. ¿Pero qué es en el fondo el racismo? Nadie lo sabe explicar ni definir. Como en todos los vocablos abusivos y con fuertes cargas afectivas, la palabra en sí carece de significación. Se le confunde con la xenofobia, y se habla así del racismo mutuo de los croatas, los serbios y los albaneses, cuando sus disputas son de carácter nacional y religioso, pero no racial

Aquí las posiciones interesantes son las de Claude Lévi-Strauss en su opúsculo “Raza e Historia” y de Zoulou Kredi Mutwa, autor del famoso ensayo “My People”, que fue la más pertinente crítica tanto del apartheid sudafricano como del modelo de la sociedad multirracial. Pero esta fue igualmente la opinión de Léopold Sedar Senghor, que teorizó sobre las nociones de “civilización negro-africana” y “albo-europea”. Estas opiniones son clasificadas en la actualidad como gravemente incorrectas. Sus tesis pueden resumirse en estos puntos:

1) La diversidad biológica de las grandes familias de la población humana es un hecho incontestable; esta diversidad es una riqueza, es el núcleo de civilizaciones diferentes.

2) Negar el hecho racial es un error intelectual peligroso, pues niega los mismos fundamentos de la antropología e instala el concepto “raza” en el rango de tabú, en paradigma mágico, cuando en realidad es una realidad banal.

3) El antirracismo obsesivo es al racismo lo que el puritanismo a la obsesión sexual. Una sociedad multirracial es por necesidad una sociedad multirracista. No se puede hacer cohabitar sobre el mismo territorio y sobre la misma área de civilización mas que a poblaciones biológicamente emparentadas, con un “mínimum” de diferencias étnicas Globalmente, las tesis de Levy-Strauss, de Kredi Mutwa y de Léopold Senghor concluyen que la humanidad no es una “mobylette”, y que no marcha con mixturas. Así, mientras que la ideología oficial niega el concepto de raza, en verdad lo está reconociendo y fortificando. La sociedad francesa no reconoce que el hecho racial se le impone, se proclama por todos sitios, empezando por los inmigrantes. En los suburbios y en las “zonas sin derecho”, los franceses autóctonos son tachados despectivamente como “galos”, o, más frecuentemente, como “quesitos” (“petit fromages”).Mientras que las razas son censuradas como inexistentes y no se les reconoce ninguna realidad, la cuestión racial está más presente que nunca.

Es evidente que las “razas puras” no existen y que el concepto no tiene sentido biológico, pues toda población es producto de un “phylum” genético muy diverso. Pero esto no quita existencia al “hecho racial”, ni a las razas. Incluso una población mestiza constituye un hecho racial, y no se puede decir que en Sudamérica o en las Antillas el mestizaje haya creado nuevas razas. Los antirracistas, que niegan la realidad del concepto de raza, son favorables al “mestizaje”, militan por la “mezcla de las razas”, y niegan por tanto su propia realidad. ¿Entienden quizás que con el mestizaje las razas dejarán de existir? De forma dogmática se empeñan en demostrar “científicamente” que las razas no existen, y que por lo tanto la modificación del sustrato biológico en Europa no tendrá consecuencia alguna, sino tan solo influencias benéficas. Esta es la tesis envenenadora del “totum cultural”, en la que ni siquiera sus propagadores creen con seriedad.

De una parte la ideología oficial niega la existencia de las razas humanas, señalan las diferencias insignificantes en los cromosomas personales, pero por el otro la ley prohibe las discriminaciones raciales “en nombre de la pertenencia o no pertenencia a una raza, étnia o religión”. Entonces, ¿las razas existen o no existen? En la simple lógica aristotélica o leibniziana, es un absurdo reprimir a quienes cometen un delito contra un sujeto jurídico que no existe de hecho. Por otra parte se proclama la inutilidad de las distinciones raciales, pero se aplican legalmente cuotas de favoritismo racial. Se niegan las “diferencias raciales” pero se pone el punto en las “discriminaciones raciales positivas”. (…) Como toda realidad antropológica y, más generalmente, natural, el hecho racial no es un “hecho absoluto”, pero es un hecho. Su negación actual por la ideología dominante constituye el signo y la prueba de que la cuestión racial ha devenido fatídica. Toda civilización enferma tiende a censurar la realidad de su mal y a hacer de ella un tabú. No se habla de sogas en la casa del ahorcado. La ideología hegemónica procede así con un trabajo de silencio, con un secreto de familia

El sociólogo negro sudafricano, de etnia zulú, Kredi Mutwa, escribía en su revelador libro “My People” (Penguin Books, Londres, 1977): “Negar las diferencias fundamentales entre los negros y los blancos, las dos grandes familias raciales de la humanidad, es negar la naturaleza y la vida. Es tan estúpido como afirmar que la feminidad y la masculinidad no existen. Aquí se descubre una falta de sentido común en el espíritu occidental. El hombre negro acusa en sí mismo más que el blanco su personalidad racial, y es por naturaleza más reticente a aceptar la utopía de un hombre universal”

En el mismo sentido, Léonine N´Diaye, en su obra “Le Soleil” (Dakar, 021121987), escribe: “Al igual que existen diferencias entre los pueblos blancos, entre los hispanos y los nórdicos, por ejemplo, también existe esa diferencia entre las etnias tribales africanas. La humanidad está dividida en grandes familias con su propia personalidad, cultura y hecho biológico”. Entre los africanos, como entre los asiáticos la naturalidad del hecho racial no ofrece problemas. Se reivindica con toda tranquilidad. La negación psicótica del hecho racial en Europa se apoya en la esperanza de que disimulando el hecho racial puede purgar el pecado original del racismo y crear al mismo tiempo una sociedad idílica, un paraíso extraterrestre. (…)

En el censo de la población francesa de 1999, el Instituto Nacional de Estadística no hizo ninguna referencia al origen étnico ni a la religión. Los franceses no debían conocer las cifras reales, Max Clos, presidente del instituto, explicó en Le Figaro (05/03/99): “Una comisión de sociólogos explicó que la menor referencia sobre el carácter étnico o religioso de una ciudad o un barrio podría provocar reacciones racistas. Las gentes tienden a creer que una mayoría de población magrebí o africana crea inseguridad”. ¡Fantástico!… como si “las gentes” no se percataran ellas mismas de la realidad al andar por las calles. Este es un perfecto ejemplo de engaños al pueblo, de negligencia del poder y de “transparencia democrática”

¿Por qué el enfermo desconoce su fiebre, por qué se niega a mirar el termómetro? ¿Porqué los poderes niegan que la inmigración es de hecho un cataclismo social, que está en marcha una colonización, por qué se comportan como si la emigración no existiese?. El estado se ha vuelto de nuevo censor, a veces se refiere a las poblaciones afro-magrebíes como “representantes de la población que vive en la periferia”… asombroso eufemismo. El Instituto de Estadística niega el hecho étnico y racial y se niega a hacerse pregunta alguna sobre este hecho. Los poderes públicos, atontados por la psicosis antirracista y el tabú étnico, disimulan voluntariamente las cifras de la inmigración. Pero al mismo tiempo, remarca sus contradicciones, como corresponde a toda ideología alejada de la realidad, pues implícitamente reconocen el carácter étnico de la colonización, reconocen que los inmigrantes rechazan la asimilación. Los poderes públicos colaboran con los inmigrantes colonizadores para moldear la opinión pública. Pues en una sociedad mediática las gentes creen menos en lo que ven que en lo que les inculcan los mass-media.

 

la perversión democrática

31 agosto 2008

Este es el título de un libro que se ha publicado en Argentina por un autor cuyo catolicismo  militante es sin duda molesto para quienes pretenden simultánear su fe cartólica con su ideología demócrata.

El Dr  Antonio Caponnetto, a lo largo de 336 páginas demuestra que ambas doctrinas son incompatibles y concluye con un anexo titulado “La posibilidad de una democracia tradicioinal”.

Este libro sirve para que quienes presumen de ser cristianos y a la vez demócratas comprueben si sus intereses mundanos son o no más fuertes que su pretendida fe religiosa.  Ocurre que hoy, cuando quien declara  declara abiertamente no creer en la democracia como sistema viable de gobierno es convertido en paria, todos quieren beneficiarse de alguna forma de las ventajas de estar con el “poder”… Incluso nadie se atreve a afirmar que las presuntas democracias son un fraude, una ilusión…  Todo el mundo sabe que la última guerra mundial se hizo para imponer la democracia en el mundo… pero pocos llegan a pensar que imponer algo a sangre y fuego no es precisamente democrático…

En fin, no vamos a divagar más. Aquí está un resumen del contenido del libro que comentamos. Quien lo quiera leer tendrá que pedirlo a la revista Cabildo.

Este es el índice analítico:
Capítulo I:
Reflexiones doctrinales
sobre la perversión democrática.
La polémica con Cosme Beccar Varela

1. La democracia es una religiosidad subvertida

2. La democracia es un conglomerado de perversiones

3. La democracia y el Magisterio de la Iglesia

4. Lo principal y lo subalterno en la perversión democrática
5. La elección de los gobernantes

6. La democracia en concreto

7. Epílogo provisorio

8. Las reacciones de dos hombres de bien

9. La reacción de un obtuso

10. Las enseñanzas de Sardá y Salvany

Capítulo II:
Los principios olvidados

1. Un católico no puede ser democrático

2. Un católico no puede profesar una religiosidad subvertida

3. Un católico no puede aprobar el sufragio universal

4. Un católico no puede admitir la soberanía popular

5. Un católico no puede creer en el constitucionalismo moderno

6. Un católico no puede integrar la partidocracia

7. Un católico dedicado a la política, no puede omitir
la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo,
ni el carácter confesional de su misión

8. Juicio moral conclusivo

Capítulo III:
Cuestiones disputadas

1. La inevitabilidad del sistema y del presente,
y el carácter de medio de algunos hechos políticos,
como la formación de partidos, otorgan legitimidad

2. Los hechos políticos como el sufragio universal
y el ordenamiento constitucional liberal,
impuestos por el tiempo,
hallan su legitimidad en tal imposición
y en su perdurabilidad cronológica

3. La obligación moral de votar
y de participar en el sistema es el remedio
para evitar el error del abstencionismo político

4. Los partidos políticos son irreemplazables
y el único medio que tenemos de participar en la vida cívica

5. El mal menor

6. La apelación a los personajes prestigiosos

7. El relativismo pragmatista

 

 

¿ES YA DELITO DEFENDER LA IDENTIDAD EUROPEA?

29 marzo 2008

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Las dos fotografías, tomadas de El Manifiesto, sólo pretenden que tomemos nota de un cambio que se está produciendo en Europa: la segunda fotografía -tabién de la selección de futbol de Francia-, es de fecha muy reciente.  Suponemos que, por ejemplo,   en Sudafrica o en Zimbabue, países de los que han sido expropiados y expulsados miles de  ciudadanos “blancos”, es lógico y natural que la selección de futbol de esos países esté compuesta por jugadores de origen africano, o mejor dicho, de alguna etnia “negra”. Sin embargo, en Europa parece que hemos asumido que cualquier habitante del planeta Tierra tiene derecho de ciudadanía, y así ocurre que  en  Alemania, por ejemplo, un ciudadano alemán, de origen, Udo Voigt, presidente el NPD y además ex-oficial del Ejército, ha sido acusado en un tribunal de Berlín de “delito” de “incitación al odio racial” porque el  NPD editó hace dos años un calendario en el que se manifestaba que “Blanco nosólo debe ser el color de las camisetas del equipo alemán de futbol”… La acusación fiscal interpreta que se alude al jugador número 25, que efectibamente no es blanco, porque es hijo mestizo de padre nigeriano y madre alemana.   Lo que agrava el “delito” de Udo Voigt es que en Alemania cualquier crítica hacia inmigrantes “de color” es considerado “odio racial”, pero no el caso inverso, por ejemplo los insultos graves hacia los alemanes, proferidos por inmigrantes.  A esto hay que agregar que dos miembros destacados del NPD, (cuya prohibición ha vuelto a ser solicitada por el SPD), Klaus Beier y Frank Schwerdt, serán , junto con él, también juzgados por un “delito” que consite en  una broma:  A los tres inculpados alemanes se les acusa  de confeccionar un calendario para el próximo Campeonato Mundial de Futbol. En una fotografía “virtual” aparecen diez jugadores de “color” y un undécimo jugador “blanco”. En el pie de la foto figura el lema “¿Once nacional para 2010?”

En un comunicado hecho en su propia defensa, Frank Schwerdt, argumenta que, al parecer, “cualquier crítica contra la infiltración extranjera en Alemania ó contra la sociedad multicultural se ha convertido en un crimen”. Previamente habñia declarado:  

Wir lehnen es grundsätzlich ab, dass auswärtige Spieler in der deutschen Fußball-Nationalmannschaft tätig sind.” Dann könne man auch nicht ein Nationalmannschaftsspiel Italien gegen Deutschland mit einem Spiel wie Zaire gegen Kongo verwechseln. (“Rechazamos por principio que jugadores foráneos jueguen en la selección alemana de fútbol. Pues pudiera ocurrir que confundieramos un partido Italia-Alemania con uno de Zaire-Congo.”)

Nota de IRANIA: Para el diario “El Mundo”, Madrid 28 de marzo de 2008, lo relevante de esta información es que “el NPD está en bancarrota”, pues titula “Malos tiempos para los neonazis alemanes”. Evidentemente, cualquiera que sea la ideología de un ciudadano europeo que tenga la ya “osadía” de defender sus opiniones, está claro que no debería ser  sancionado por el Código Penal. Opinar no debería ser delito…, pero por lo que vemos en el mundo sigue vigente la ley del más fuerte o de quienes imponen la ley del miedo. En castellano decimos que sigue rigiendo la “ley del embudo”: Para unos,  permisividad absoluta…, para otros,  “mano dura”.


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