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Entrevista inédita de Ayn Rand (1967) completa

20 enero 2017

Entrevista inédita de Ayn Rand (1967) completa

¿QUiÉN SOY YO?, por Antonio Medrano

21 mayo 2016

“¿Quién soy yo?” He aquí la pregunta que nos asalta acuciante, a veces de modo incluso
angustioso, en los momentos críticos de la vida, planteándonos el interrogante de nuestra
verdadera naturaleza, del sentido de nuestra vida, del origen y destino del ser que constituimos.
Pregunta ésta, tan sencilla como profunda, que, empleada de forma intencionada y
metódica, figura como elemento clave en toda vía de realización espiritual.

Un maestro japonés contemporáneo, en un libro que lleva precisamente por título “Watashi
ga dare ka?” (¿quién soy yo?), ha podido afirmar que todo el secreto de la doctrina Zen se
halla contenido en esa escueta fórmula interrogativa. Son muchas en la historia del Zen las
anécdotas que nos hablan del empleo por los maestros de esta fórmula, bajo una u otra
variante, como poderosa palanca para provocar en el discípulo el despertar interior. Así, al
acercarse Nagaku al sexto patriarca, fue recibido con la siguiente pregunta: “¿Qué es eso que
viene así hacia mí?”, pregunta a la que Nagaku tardó ocho años en encontrar la respuesta
adecuada. En cierta ocasión, el maestro Sekito preguntó a su discípulo Yakusan: “¿qué estás
haciendo aquí?” A lo que éste último respondió: “no estoy haciendo nada”. La réplica de
Sekito fue inmediata: “¿quién es entonces ese que no está haciendo nada?”. Observación que
provocó en Yakusan el satori.
En la tradición hindú, la repetición intensa y sistemática de tal interrogante sobre el propio
ser constituye la técnica que se conoce con el nombre de vichara ; término que significa
“discriminación”, y que alude al conocimiento discriminante entre la Realidad y lo irreal,
entre el Yo real y el yo ilusorio. Ramana Maharshi recomendaba a uno de sus discípulos:
“Prosigue la indagación ¿quién soy yo? Inexorablemente. Analiza tu personalidad entera.
Trata de descubrir por donde empieza la idea del Yo”. A otro de sus devotos que le interrogaba
sobre como conseguir la salvación, el gran yogui de nuestro siglo respondía: “Por una
incesante pregunta dirigida a ti mismo: ¿Quién soy yo?, llegarás a conocerte a ti mismo y con
ello alcanzarás la salvación”.
Es toda una empresa de búsqueda y hallazgo interior loque tal pregunta conlleva. La empresa
que encontramos como núcleo del esoterismo cristiano. “Búscate y encuéntrate”, era el consejo
que daba Jakob Böhme, incitando a plantearse, de un modo u otro, semejante interrogante.
Lo más necesario –decía- es “buscarnos a nosotros mismos antes de buscar el adorno
terrenal”, y aprender así cual es nuestro verdadero hogar. Y acto seguido, aclarando que tal
tarea no tiene nada que ver con el análisis sicológico, aclaraba que dicha búsqueda debía
efectuarse no “en el reino terreno”, sino teniendo a la vista “el reino de Dios”, “el misterium
divino y celestial”. Los hombres, decía Claude Saint-Martin, se ahorrarían muchos errores y
sufrimientos “si lejos de buscar la verdad en las apariencias de la naturaleza material” (como
pretenden hacer la ciencia moderna y la civilización individualista del confort), se determinasen
a “descender en sí mismos”, tratando de “explicar las cosas por el nombre, y no el
hombre por las cosas”; pues “es en él mismo y en la antorcha que le acompaña –añadía el
teósofo francés- donde el hombre debe encontrar sus consejos y todas sus luces”.
Formularse la pregunta “¿quién soy yo?” es romper la costra de condicionamientos, prejuicios
e ilusiones que recubren los ojos del alma y nos ocultan nuestra propia realidad. Es ir
directamente al centro, al fondo de nuestro ser, a la raíz misma de nuestra vida. Al plantearnos
tan decisivo y enigmático interrogantes –tan enigmático como insoluble por medio de
nuestros habituales mecanismos mentales, lógicos y racionales- nos situamos cara a cara
frente al misterio del ser, pasando por encima de los estereotipos, esquemas conceptuales y
opiniones insustanciales entre los que se desenvuelve la vida diaria. Traspasamos el telón
engañoso de lo que en la doctrina hindú se conoce con el nombre de nama-rupa (el nombre y
la forma) o como shin-jin (la mente y el cuerpo) en la tradición extremo-oriental; esto es, los
elementos constitutivos y característicos de la individualidad. Se trata, ni más ni menos, de
aquél “ver en la propia naturaleza” de que habla el Zen; o, dicho de otro modo –y para
expresarlo en términos propios dela tradición occidental-, de la puesta en práctica de la
célebre norma apolínea “conócete a ti mismo”.
Vivimos habitualmente una vida demasiado superficial, en la que el continuo sucederse de
hechos intrascendentes atraen nuestra atención hacia la periferia, impidiéndonos encarnar la
realidad que tenemos más a mano y que para nosotros es prioritaria: nuestra propia realidad
personal. Nuestra posición social, nuestro prestigio y buen nombre, nuestro bienestar y
seguridad, nuestras ocupaciones y preocupaciones nos tienen demasiado atareados para
permitirnos mirar lo que se oculta tras tales fenómenos y constituya su base y raiz. Todo ello
nos lleva a identificarnos con lo que de más irreal hay en nosotros; con la superficie de
nuestro ser: nuestra individualidad, nuestro yo efímero y contingente. “El hombre común
-escribe Hubert Benoit- vive únicamente en función de su Ego, pero no se pregunta nunca a
sí mismo sobre su Ego”. En otras palabras: el hombre ordinario, que jamás se ha interrogado
sobre lo legítimo o ilegítimo de sus pretensiones egotistas, vive ciego con respecto a sí
mismo, esclavizado por el yo, cegado por ese mismo yo que pretende afirmarse por encima y
a costa de todo.
Nuestra vida es una permanente esclavitud a nuestro yo individual. Esclavitud tanto más
tiránica, violenta e indestructible cuanto que reposa sobre un substrato subconsciente. La
tiranía del yo se afianza en la medida en que la aceptamos inconscientemente y con complacencia;
nos aferra tanto más cuanto menos es examinada y reconocida. Más aún: la ignorancia
egolátrica que nos domina, nos hace creer ilusoriamente que en esta tiranía de nuestro yo
radica nuestro bien y nuestra libertad. No hay peor esclavitud que la del que está convencido
de ser plenamente libre en medio de la abyección de su estado servil.
Si queremos lograr la verdadera libertad, y, con ella,, la plena realización, hemos de tomper
semejante círculo vicioso y acabar con esta situación; pues en la identificación con el yo está
la raíz de todo mal y de toda ignorancia. Para llegar a ser libres hemos de encontrar la verdad
que se encierra dentro de nosotros –“la verdad os hará libres”, enseña la doctrina evangélicay
descubrir lo que realmente somos. Como dice el Abad Stéphane, en una reciente obra, de la
máxima altura, en la que se exponen algunos aspectos de la doctrina metafísica cristiana, “el
peor error es confundir nuestra esencia verdadera -nuestro <> inmortal- con nuestro
ego perecedero” (Traducimos por Si, la voz francesa Soi, pronombre reflexivo que hace
referencia al Absoluto, al Principio trascendente). Y pocas herramientas hay tan poderosas
para poner fin a semejante situación cono la autoindagación de que tratamos. La pregunta
“¿quién soy yo?” actúa aquí como una espada tajante, fulmínea y luminosa, que corta de un
golpe el nudo gordiano que atenaza nuestra existencia.
Cualquier situación es buena para plantearnos la pregunta. Especialmente propicios son
aquellos momentos en que nuestra alma se ve sacudida por una u otra razón, en sentido
favorable o desfavorable. Cuando nos asalte una preocupación, suframos una humillación,
nos invada el temor o la angustia, nos aflija un dolor físico o moral, nos domine una
sensación de desbordante alegría, despierte en nosotros una sensación de triunfo o aliente una
esperanza, es la hora de hacer surgir en nosotros la radical interrogación. Preguntémonos,
situando como objeto de indagación el sujeto que somos: ¿quién es el que sufre? ¿quién se ve
acosado por la ansiedad? ¿quién es realmente el que se ve angustiado, abatido y humillado?
¿en quién despierta el miedo? ¿quién eres tú que te afanas por ganar la vida y prosperar
siempre más y más? ¿quién es este ser que siente el aguijón de la ambición, de la ira, del
odio, de la envidia, o en el que despunta el amor, la compasión, la buena voluntad? ¿qué
individuo es éster que experimenta esta sensación de felicidad, que se siente orgulloso y
triunfador? ¿quién el que siempre responde: yo?
Yasutanni-roshi, célebre maestro zen de nuestros días, aconsejaba tener siempre presente,
durante las horas del día, esta enigmática pregunta: desde el despertar por la mañana hasta el
momento de ir a dormir por la noche; al andar, al comer, al trabajar, al hablar, al descansar, al
lavarse, al afeitarse, etc.… “Esta forma dinámica de autointerrogarse –decía- constituye el
camino más rápido hacia la autorrealización”. Y Sri Ramakrishna, el iluminado santo hindú
de la era moderna, observaba a este respecto, con su sabia palabra: “Aun cuando estemos
cegados por toda clase de deseos mundanos, puede surgir en nosotros la pregunta: ¿quién soy
yo que gozo de todo esto?. Ese puede ser el momento en que comience la revelación del
secreto.
Ni que decir tiene que la pregunta de que tratamos no tiene por qué ser formulada
verbalmente, articulada con palabras sonoras e inteligibles. Como bien observara Ramana
Maharshi no se trata de un mantra, en el que lo esencial es la repetición de unas determinadas
palabras con un determinado ritmo. Ha de ser ante todo y sobre todo un interrogante
existencial, que se haga presente como incógnita vivida en la existencia ordinaria, que
arranque de lo más hondo del ser como poderoso anhelo de saber lo que somos y de resolver
el problema radical de nuestra vida.
Prosigamos incansablemente tan importante indagación. Mantengamos permanentemente
viva en nosotros esa pregunta. Y no admitamos respuestas a medias. Exijamos una respuesta
auténtica, total y definitiva.
No tardaremos en descubrir que la fórmula en cuestión encierra una insospechada potencia
transformadora y puede llegar a convertirse en la llave que nos abra las puertas del templo de
la sabiduría.
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FUENTE: http://www.antoniomedrano.net/doc/Medrano%20Antonio%20-%20Quien%20soy%20yo.pdf

…comprender a Heidegger…

25 marzo 2013

Cualquier “explicación”, “resumen” o “introducción” a Heidegger que no sea experimentada y vivenciada en las propias carnes como un shock, un auténtico colapso para nuestra existencia y, en fin, como la urgencia de un compromiso total, no es Heidegger. Opónense “comprender” (verstehen) y “conocer” (wissen) en el filósofo alemán. El saber es el negocio de los intelectuales; en el mejor de los casos, la exigible ciencia positiva. El filósofo en cuanto tal, en cambio, no “sabe” nada. Más todavía, comprende (versteht), precisamente, la nada. Así las cosas, empecemos por el principio. IRRUMPIR EN LA EXISTENCIA HISTÓRICA El Dasein somos nosotros, y “nosotros” se traduce como “ser ahí”, el “ahí del ser”, de la verdad, no mi cuerpo, ni mi mente, ni el “yo” individual… La filosofía entraña tomar las riendas de nosotros mismos y, por ende, irrumpir en la tempestad de la existencia histórica. Veremos que la verdad y el ser-para-la-muerte son como dos caras de la misma moneda; ésta en sí misma condénsase en el tiempo finito, un fenómeno que no podemos ver o tocar, pura proyección de fugitivas posibilidades fácticas, que cabe elegir o traicionar. Eso somos. Nuestra sustancia es el Zeit, pero no entendido como la imagen de una línea de puntos en el espacio (que se puede recorrer en las dos direcciones), sino como aquella fatalidad destinal que experimentamos al proyectarnos. ¿Pretenderá alguien que el tiempo no es real? ¿No más real que los objetos físicos? El tiempo no pasa, somos nosotros los que pasamos, dijo el poeta. ¿Qué implica hoy “nuestra existencia histórica” y qué relación tiene el Dasein así entendido -en tanto que temporalidad originaria de la historicidad– con la verdad de la muerte? Hasta la caída del muro de Berlín cualquier persona racional podía justificar el imaginario simbólico antifascistaapelando simplemente a la intrínseca criminalidad, hasta entonces nunca superada supuestamente en la historia, del sistema político nazi. Se trataba de una situación cómoda desde el punto de vista intelectual y moral, y existía una casi absoluta unanimidad sobre el valor universal del antifascismo. En la condena de Hitler confluían, en efecto, personas, grupos e instituciones de todas las ideologías, sensibilidades filosóficas, religiones y corrientes políticas, con la única y comprensible excepción de la denominada “extrema derecha” (siempre y cuando no fuera la extrema derecha judía). El antifascismo definía sin resistencias la ideología de Occidente, pero también la de los países con regímenes inspirados por Marx, de donde por lo demás era oriundo el discurso antifascista, y por supuesto la ideología desarrollista de un Tercer Mundo que se definía obligatoriamente en los términos del lenguaje políticamente correcto impuesto a todo el planeta por la poliarquía vencedora en la segunda Guerra Mundial. De suerte que, oculto tras la pugna por el dominio mundial y la confrontación ideológica entre el liberalismo y el comunismo, se detectaba un consenso axiológico, simbólico y doctrinal, algo así como la identidad en negativo de un significante hegemónico común: la maldad absoluta y metafísica de una entidad denominada “fascismo”. Semejante afirmación, que los intelectuales hacían misteriosamente compatible con el rechazo de todos los absolutos, el relativismo moral e incluso el menosprecio hacia la idea de libertad y culpabilidad aplicada a los delincuentes, se fundamentaba en una definición casi deíctica: la realidad de Auschwitz, es decir, el exterminio “industrial”de seis millones de judíos, atrocidad cuya dimensión y naturaleza superaba todos los crímenes cometidos doquiera en toda la historia de la humanidad y frente a la cual los “excesos” de los aliados angloamericanos y soviéticos empalidecían hasta desaparecer totalmente del campo de visión. Pero todo esto no era más que una fórmula para escapar a la experiencia de la temporalidad originaria, para embozarla y, con esta maniobra, alienar de sí misma la existencia de los sometidos, es decir, convertirlos en dóciles esclavos. Porque sólo el “ser para la muerte” (Sein-zum-Tode) es completamente libre.
Faurisson: la respuesta de los “demócratas”. ¿Escrache o kale borroka?

Cierto que ya antes de que se retirara el velo de la ceguera voluntaria manifestada por los intelectuales, algunas llamémosles “circunstancias” de fácil comprobación podían haber hecho reflexionar a unas personas cuya vocación profesional era supuestamente el pensamiento crítico. Por ejemplo, que la identificación entre fascismo y mal absoluto entrañaba ya un abuso del lenguaje, visto que el régimen de Mussolini, del cual procede el término “fascismo”, no había cometido ningún genocidio y ni siquiera podía ser considerado responsable de genocidios o incluso de haber impuesto un sistema totalitario (tratándose, técnicamente hablando, como reconocían los propios especialistas, de una simple dictadura donde la etnia judía aparecía ampliamente representada en el seno del propio partido fascista). Además, el caso del fascismo originario no era el único. De aceptarse, en efecto, el término para designar una amplia familia de movimientos e ideologías políticas, resultaba difícil, cuando no imposible, convertir a todos los fascistas en criminales contra la humanidad, que era lo que no obstante se pretendía. Frente a tales evidencias, cabía esperar algún signo de honestidad. Sin embargo, los intelectuales no tenían la más mínima intención de servir a la verdad pues el “fascismo” les negaba en calidad de tales, el fascismo era un “enemigo”frente al cual su capacidad de distinción y finura conceptual quedaba de pronto como bloqueada, resolviéndose inmediatamente el asunto en el lenguaje propio de un folleto de propaganda.
Un breve excurso sobre la extrema derecha. Puede haber otros motivos, y no sólo los de los intelectuales, para negarse en redondo a aceptar la verdad. Y ya hemos visto que la extrema derecha no se sumaría en principio al consenso del antifascismo, pero de ahí no se sigue, y ya explicaremos las razones, que la extrema derecha se comprometa con la verdad hasta las últimas consecuencias. Nunca lo ha hecho. Ocurre, más bien, que la extrema derecha es absolutamente incapaz de ejercer la crítica de la ideología dominante. El radicalismo derechista “de raza blanca” tiene sus propias ortodoxias y compromisos intangibles, cuya familiaridad con los de la ultraderecha judía (no podía ser de otra manera) la desautorizan completamente. De ahí que la extrema derecha europea u occidental no haya podido desmentir jamás el relato del sistema oligárquico de forma convincente, limitándose a contraponer, frente a las mentiras del poder, sus propias mentiras y dogmas incuestionables, más ridículos, si cabe, que los del judaísmo. Coherente al fin con esta realidad, una parte de la extrema derecha está ya apoyando abiertamente al Estado de Israel, es decir, haciendo causa común contra el “islamofascismo” y, por ende, con el imaginario antifascista. El destino de la destra (Fini) y de Marine Le Pen resulta a la postre de sobra conocido; antójase ocioso hurgar más en semejante bochorno. Evola: dogmática de la extrema derecha. La única excepción en todo el planeta de la que tengamos noticia empezó en este sitio. Aquí, por primera vez, y lo demostraremos día a día, fue emprendida en 2007 la crítica ilustrada integral de la ideología oligárquica sin concesión alguna a los tópicos ultraderechistas. La verdad racional es la muerte. En dicho precepto encuéntrase inviscerada la entera doctrina crítica como un comprimido semántico que sólo cabe desplegar. Ni dios, ni mito, ni raza aparecen por estos pagos. Existen algunos blogs próximos, pero a la postre estamos solos. Lejos de atribuirlo a méritos própios, el fundamento de este proyecto es la filosofía de Heidegger. Nosotros no tenemos la culpa de que en el concepto mismo de racionalidad vayan implícitos otros filosofemas, valores e instituciones que, como tales, quedan vinculados al simple ejercicio de la crítica veraz. Nos hemos limitado, conviene subrayarlo una vez más, a ser consecuentes. La otra opción sería argumentar desde las dogmáticas mágicas, paganas (“tradicionalistas”) o cristianas (en España, católicas) y, a la postre, desde un irracionalismo cualquiera, pero en esta casa nos lavamos cada mañana. Despellejar a los “intelectuales de izquierda”, acusándoles de mentirosos y cobardes, pero, en nombre del éxtasis chamánico, proclamar al mismo tiempo una nueva fe “pagana”, va más allá de nuestras posibilidades higiénicas. Que el cerdo con monóculo se ocupe de tales abyecciones.
La catadura moral de los autodenominados intelectuales no se mide, empero, sólo por la circunstancia de haber aceptado un difuso lenguaje criminal obra de aquel carnicero que fue Stalin, esto es, el lenguaje del antifascismo, ajeno a toda vocación científica y al menor asomo de rigor ético, político o filosófico, sino por haber vuelto la espalda de forma deliberada a unos hechos que llamaban insistentemente a las puertas de sus conciencias, unas aterradoras evidencias que, en función de su potencial efecto ideológico devastador sobre el imaginario simbólico del sistema político demoliberal, decidieron ignorar y silenciar. Con ello renunciaban, insistamos en este punto crucial, a la crítica y, en consecuencia, a su condición de intelectuales. Ésta comportaba ab initio el deber de desafiar los fraudes e interesadas manipulaciones del poder en aras de la ilustración, la racionalidad y la transparencia, pero al parecer tamaña impostura no les avergonzó.
Desde entonces viven cautivos de su propia decisión, un acto obsceno que explica las repetidas campañas contra la idea de verdad que salpican la historia intelectual de Occidente desde el año 1945 y que culminan en mayo de 1968, para detenerse sólo ante el Holocausto, la súbita excepción, y no precisamente casual, al patrón conductual de una forma de vida, el oficio de la objetividad, declarado obsoleto en sus ensayos de pensamiento. Así, única y exclusivamente Auschwitz sería “lo real” e incluso una realidad susceptible de ser amparada por la policía y el código penal (ese mismo “sistema represivo” que, por lo demás, en cuanto guardián de una realidad objetiva independiente o construida por las mismas instancias explotadoras hegemónicas que pagaban sus nóminas cada mes, no dejaban aquéllos de denostar en aras de la alegre transgresiónestética, política y moral). Por contra, hechos como los descritos en la obra de Solzhenitsyn les inspiraron, ya mucho antes de la caída del velo de Berlín, la socarrona sonrisa del viejo profesor posmarxista cuando pronunciaba la palabra“realismo ingenuo” ante el inocente estudiante de filosofía que todavía preguntaba por la verdad. Los intelectuales se fueron convirtiendo consecuentemente enadministradores de  información, pero no tanto en el sentido de determinar qué es o no es verdad a tenor de unos criterios racionales, cuanto en el de decidir sobre el catálogo de temas que admiten el marchamo de información válida, excluyendo aquéllos sobre los cuales sería inapropiado pretender seguir empleando el “lenguaje de la metafísica”, la “verdad”. Renunciaron voluntariamente, en definitiva, los intelectuales a ser intelectuales para convertirse en tibios híbridos, funcionarios de la burocracia docente y sacerdotes de una religión cívica universal, el antifascismo. Como vacas sagradas de la “cultura”, oficiaron la liturgia del mal radical, ejerciendo en homilías mediáticas o conmemorativas la estigmatización de las ideas, personas o grupos presuntamente fascistas, mientras dejaban reposar para siempre en el estante de la literatura de ficción los gruesos volúmenes de Archipiélago Gulag.
Comprendieron (verstanden) la verdad.
En la actualidad disponemos de una amplia documentación, aunque todavía insuficiente, sobre el mayor genocidio de la historia de la humanidad, esto es, el perpetrado, sin ninguna excepción relevante y a diferencia de los movimientos fascistas, por todos los regímenes comunistas (y sus aliados sionistas) allí donde han dispuesto del poder suficiente para llevarlo a cabo. La cifra de víctimas oscila entre los cien y los ciento sesenta millones de personas, asesinadas de forma sistemática e industrial en nombre de una ideología que no sólo se pretendía científica, sino la encarnación misma de la racionalidad. Ahora bien, si los hechos ya no se niegan, como no sea en el ámbito residual de los propios partidos comunistas, la reflexión que se deriva de tales hechos en lo que respecta a la ideología antifascista permanece encallada. El motivo es que esa reflexión conduce a una nueva serie de crímenes, a saber, los del propio liberalismo sionista occidental, y este hecho afecta directamente a la versión oficial del holocausto y, por ende, a las cátedras de quienes tendrían el deber de asumir la verdad como un acto heroico. Ante la demanda del sacrificio personal, del heroísmo, los intelectuales se escabullen, pues ¿no era eso el fascismo? Porque el heroísmo, por mucho que la extrema derecha intente explicarnos algunos mitos (cuentos) al respecto, no consiste en andar por el mundo con una espada. El héroe no es alguien que lleve en su cabeza la imagen estilizada (que incluye las dimensiones corporales y hasta el peso recomendable) de un guerrero espartano. El héroe es, para decirlo con Felipe Martínez Marzoa, “aquel que osa ser, que se atreve con la verdad y la experimenta en la forma de la ruina, la oscuridad y la muerte”. Observamos, así, un clamoroso y cobarde silencio que se prolonga ya más de una década y que sólo ha sido interrumpido aquí y allá por heroicas voces aisladas. Pues el caso es que los intelectuales no sólo no se han retractado de sus pasadas militancias, no sólo no han pedido perdón por haber legitimado con sus plumas a los mayores criminales que la memoria humana evocar pueda –sí, más incluso, por el volumen, la intencionalidad y la sistematicidad de sus fechorías, que los propios nazis-, sino que pretenden seguir ejerciendo el sacerdocio antifascista como si nada hubiera sucedido tras el hundimiento del comunismo. Para decirlo brevemente, la intelectualidad ha admitido a regañadientes la “realidad” del genocidio marxista, pero no considera cuestionable la vigencia del lenguaje y del dispositivo de valores, significantes y conceptos que hizo posible y justificó ese mismo genocidio y todos los que vinieron después bajo el dominio de la oligarquía filosionista. De ahí que pueda perpetuarse el lenguaje antifascista, herramienta principal del genocidio, incluso con declaraciones tales como que Stalin –el inventor de la jerga antifascista- era, en realidad, un fascista y no un “auténtico” marxista. Exoneración devenida lugar común pese a su incapacidad de explicar que el genocidio comenzara ya con el propio Lenin y continuara, mucho después de la desestalinización, en la obra exterminadora de Mao y de tantos otros matarifes comunistas. Por no hablar del hecho de que las propias víctimas eran calificadas, por sus victimarios, de fascistas, y que ese sigue siendo el lenguaje de las democracias liberales de occidente en tanto que instrumentos del sionismo.
Es en este contexto histórico que detectamos una creciente insistencia mediática y cultural en promover la memoria del Holocausto y  remachar su, por decirlo así, intangible irrebasabilidad criminológica. Ahora bien, en la actualidad no se trata ya sólo de sancionar penalmente la negación de los crímenes nazis, amordazando la libertad de expresión de unos cretinos ultraderechistas amantes de Jesús o de las hadas,  que, sin embargo, deberían tener derecho a exponer incluso sus ridículas pretensiones (otra cosa sería la instigación o la inducción directa a repetir dichos crímenes), sino del concepto de banalizacióndel Holocausto, en virtud del cual se fiscalizaría toda consideración sobre el lugar jerárquico que los crímenes nazis deben ocupar en la escala de las fechorías humanas, penalizando aquellas manifestaciones públicas susceptibles de cuestionar la valoración oficial emitida por las autoridades. Con ello la clase política blinda el núcleo ideológico de sus fuentes de legitimación y lanza a los intelectuales un mensaje asaz diáfano, a saber, que el reconocimiento de los crímenes perpetrados en nombre de unos valores que son al mismo tiempo, para el poder, los valores humanistas, incuestionablemente válidos, no puede ir acompañado de una consideración ética sobre su criminalidad intrínseca y que, por lo tanto, a despecho de las cifras y de las realidades, los crímenes nazis y losvalores fascistas deberán seguir siendo, en adelante y para siempre, los crímenes y los valores criminógenos por excelencia. Evidentemente, con ello se paraliza toda reflexión sobre las consecuencias éticas y políticas de los “genocidios olvidados”, refrendando estructuralmente desde las instancias políticas y las instituciones “democráticas” la que ha sido la postura psicológica espontánea de los intelectuales progresistas: admitir los hechos en silencio y actuar como si tales hechos carecieran de toda significación filosófica.

COMPRENDER HEIDEGGER

De lo dicho se desprende que, en la presente coyuntura histórica, la tarea primordial de la filosofía y de los filósofos no será sólo abundar en la objetividad de la investigación historiográfica, evidentemente imprescindible para poder emitir juicios éticos sobre la realidad política actual, sino en transgredir las interdicciones irracionales del poder y comenzar la ingente tarea de extraer las conclusiones fulminantes que se siguen de la probada idiosincrasia criminógena de los valores vigentes. Criminalidad de la ideología, la clase política y de los intelectuales que han legitimado el asesinato de masas y su encubrimiento, o sea, en una palabra, la institucionalización de la mentira como normalidad humana cotidiana que hace posible semejante atrocidad sin par. Ya sabemos que dicha tarea no será emprendida donde debiera, a saber, en las instituciones que representan en nuestra sociedad presuntamente democrática los principios y preceptos de la ciencia, sino en los márgenes institucionales y por parte de personas ajenas a la casta intelectual profesional. De ahí no se puede concluir que todos los intelectuales profesionales, por el simple hecho de serlo, merezcan total descrédito, ni mucho menos. Pero la profesionalidad, siendo un mérito en el filósofo, sólo podrá serlo si a la condición de profesor añade la de auténtico filósofo. No puede ser de otra manera, dado que los intelectuales sólo han llegado a conquistar su estatus social después de una selección o criba político-administrativa que incluye el compromiso tácito, y a esto se llama “corrección política”, de sacrificar la verdad cada vez que “convenga” hacerlo.
Por otra parte, los interdictos políticos que sancionan la defunción definitiva de la crítica en el marco de las corruptas instituciones demoliberales, suponen al mismo tiempo el cambio del centro de gravedad de la vida cultural, la decadencia del intelectual en cuanto figura cívica y la creciente importancia de los procesos de formación de la opinión pública ajenos a la crítica. Porque ya no se trata de fijar el campo de batalla de los procesos de legitimación del poder oligárquico en el terreno de una constatación objetiva de hechos que sólo puede traer malas noticias a las élites hegemónicas. Ahora, la casta de gángsteres que nos gobierna necesita erigir y acotar ante todo un emplazamiento institucional donde ya no se decide qué hechos merecen el calificativo de tales, sino antes bien qué hechos deben ser considerados importantes al margen de todo criterio de racionalidad o equivalencia con lo que en su día fueron los criterios éticos y políticos de estigmatización del fascismo. La valoración del peso axiológico, relativo o absoluto, de los hechos probados, no puede depender así de criterios controlables desde un punto de vista racional, sino de criterios políticos definidos por el imaginario simbólico antifascista y, por lo tanto, fuera del espacio académico, condenado al silencio o, en su defecto, a la chapuza propagandística. El marco idóneo donde fijar los dispositivos de legitimación ideológica es así el llamado “mundo de la cultura”,el periodismo, los medios de comunicación, la radio, el cine, la televisión y la literatura de ficción, primando en todo momento el factor cuantitativo sobre una exigencia de calidad que limitaría los apetecidos efectos de creación de opinión a escala de masas. De manera que los intelectuales se ven paulatinamente condenados a la marginalidad, encadenados como están a lahumillante cautividad de discursos reducidos a imágenes cinematográficas cuyo epicentro simbólico es Hollywood y entorno a las cuales se construye nuestra realidad social en cuanto mundo del antifascismo.Aquí aparece la figura de Heidegger, cima del pensamiento secular y, al mismo tiempo, militante nacionalsocialista depurado por las autoridades de ocupación. Heidegger encarna el compromiso con la verdad que como tenebroso astro negro de fondo pone en evidencia, en términos de silenciosa denuncia, el perfil del podrido intelectual “progresista”.
La primera pregunta que acude a la mente es sin duda alguna la que versa sobre los motivos de una crítica del antifascismo. Criticar el antifascismo, ¿no equivaldría a legitimar el fascismo? Por tanto, dicha tarea sólo podría presuntamente plantearse desde posturas tácita o expresamente fascistas, lo que implicaría un insulto a las víctimas del Holocausto y por lo tanto un delito. Sin embargo, a  nuestro entender, es perfectamente plausible criticar el antifascismo a partir de la herencia de los valores ilustrados, los derechos humanos y la democracia, sin negar que el nazismo fuera efectivamente un sistema político criminal. En efecto, lo que se cuestiona es el grado de criminalidad genocida del nazismo por comparación con otros regímenes políticos que la historiografía oficial ampara por acción u omisión. Lo que se cuestiona también es la intrínseca criminalidad del fascismoentendido como familia de movimientos políticos e ideologías cuyo denominador común sería la negación de los valores hedonistas, la cual categoría genérica, a diferencia del marxismo-leninismo, está muy dudosamente lastrada de una acusación generalizada de genocidio. Por tanto, lejos de legitimar los crímenes del nazismo y por ende de insultar a las víctimas del genocidio perpetrado por los secuaces de Hitler, la crítica del antifascismo rechaza la utilización abyecta de esas mismas víctimas como pantalla para encubrir otro genocidio de proporciones todavía mayores. Efectivamente, la crítica del antifascismo parte de la sospecha, bien fundada, de que la reiterada e interminable condena de los crímenes nazis por parte del dispositivo publicitario antifascista no obedece a razones morales o humanitarias, sino a móviles bochornosamente  políticos. En definitiva, si la sensibilidad presuntamente ética de los operadores del antifascismo se fundamentara en la piedad hacia las víctimas, ¿cómo se explicaría entonces el olvido de los 100-160 millones de víctimas de los regímenes marxistas? ¿Y Dresden, Hiroshima, la Nakba, Vietnam o Irak? Ergo, las razones del antifascismo no puedenser morales sino de otra índole, más siniestra. Quod erat demonstrandum.
Ahora bien, una vez admitido el factum de que la “sensibilidad democrática y progresista” debería ser absolutamente incompatible -pero es compatible de facto– con el silencio entorno a los mayores genocidios de la historia, cuya impunidad clama al cielo entre los cánticos ensordecedores del humanismo institucionalizado, la siguiente cuestión que debería plantear la crítica filosófica sería la de los motivos realesde la constante campaña propagandística alrededor de “el Holocausto”. Y dichos motivos son, por una parte, de índole política, y por otra, perfectamente criminales, pues suponen ocultar, con imágenes cinematográficas de perversos alemanes asesinando judíos, la realidad de los delitos contra la humanidad, perpetrados, legitimados, silenciados o banalizados por quienes desde el año 1945 hasta la actualidad detentan el poder en el mundo. Bien entendido que el dispositivo de lavado de cerebro no consiste en negar que los vencedores hayan cometido crímenes, sino en afirmar que el mayor crimen, el crimen absoluto –tan absoluto que, según el propagandista Elie Wiesel, se ubicaría más allá del pensamiento y del lenguaje meramente humanos, en el limbo de un “silencio” místico- es el cometido contra los judíos. Este planteamiento obscenamente racista, que una vez más no versa sobre los hechos en cuanto tales sino, como ya hemos adelantado, sobre una cuestión filosófica, a saber, su importancia relativa según criterios éticos, jurídicos y humanitarios, convierte los “genocidios olvidados” (Kolymá, pero también Dresden o la Nakba) en cuestión susceptible de banalizaciónpenalmente no sancionada y socialmente promovida. La naturaleza metafísica del genocidio de los judíos posibilita la construcción social de una imagen del mal absoluto que relativiza todos los crímenes que la clase política dominante haya podido cometer y que  comete y seguirá cometiendo en el futuro con total desparpajo y en nombre del humanismo. Así, el antifascismo se nos aparece ahora, aunque ya lo fuera desde sus orígenes estalinianos, como una patente de corso para la promoción de los más turbios intereses antidemocráticos e incluso para el asesinato masivo de segmentos enteros de la población, aunque, eso sí, siempre en nombre de los valores hedonistas que el fascismo, imprudentemente, osó conculcar. Pues bien, este fenómeno, que fija los parámetros del “estado de interpretado” (Heidegger) vigente, sólo puede ser comprendido (verstehen) por y desde la filosofía de Heidegger. El pensamiento heideggeriano es el envés filosófico del haz historiográfico de la problemática que define nuestra “irrupción en lo histórico” en tanto que acceso a la verdad. CONTRA LOS INTELECTUALES
Una nueva crítica que permita salvar el proyecto ilustrado en tanto que compromiso con la verdad no puede limitarse a la revisión fáctica de la historia: tiene que reflexionar sobre los fundamentos de valores que han hecho posible el mayor fraude informativo y científico perpetrado jamás, pero, precisamente, perpetrado en plena “sociedad de la información”. No en vano habla Heidegger de la información como de “lo informe”: la extinción de la verdad. Porque esta barbarie que avanza cada día (“el desierto crece”, Nietzsche dixit) no sólo se cobra como víctima la historiografía científica en nombre de una memoria histórica manipulada, sino que con ella arrastra la idea misma de verdad, la ciencia en cuanto tal, el pensamiento libre (es decir, no sujeto a observancias dogmáticas de ninguna clase incluida esa coacción permanente denominada Auschwitz, pero también de los dogmas de la extrema derecha no antifascista). Porque, precisamente, el atentado a la civilización que se comete mediante la coartada del dogma “fascismo=mal absoluto” tiene sólo  una finalidad política: servir a la extrema derecha judía, o sea, abonar la exégesis o lectura extremista de una tradición religiosa concreta, la autointerpretación radical de una etnia como pueblo elegido, el racismo, el supremacismo e imperialismo colonialista de un determinado nacionalismo, antidemocrático por esencia, que no se detendrá hasta someter todo el planeta o provocar una debacle nuclear. ¿Cómo puede la extrema derecha “no antifascista” responder a ese proyecto cuando opone al déficit democrático la supresión pura y simpe de la democracia, al dogma antifascista, un nuevo dogma (llámese magia, experiencia de la suprema identidad, fe católica, héroe indoeuropeo o cualquier otra conditio sine qua non), al pueblo elegido, la raza superior y a la prostitución masónica del proyecto ilustrado, la regresión al catolicismo preconciliar o, peor todavía, al chamanismo? La cosa, en efecto, no cambiaría mucho si en lugar de los judíos colocáramos a santa Alemania y el “héroe” del Tsahal fuera desplazado por el “héroe” de la Wehrmacht en nuestro imaginario. Aquéllo que define al héroe es “lo que hace” efectivamente y no una imagen estética. El héroe es la ética, no la literatura épica. El heroísmo no consiste, como cree el skin-head uniformado o su equivalente libresco, en ir por la vida paseándose con una espada en la mano (no me cansaré de repetirlo), sino en una cuestión de orden estrictamente axiológico y espiritual (de cuya sacralidad, ciertamente, puede surgir la legitimidad de la espada, llegado el momento, pero sólo a posteriori). Héroe será quien irrumpa en la existencia histórica y esto significa: quien haga suya la verdad y nada más que la verdad, sin condiciones. Es menester comprender (verstehen) -y no sólo inteligir a la francesa, cartesianamente- cómo ha sido posible el fraude cósmico en que vegetan narcotizadas las sociedades occidentales y la relación de la impostura sionista con otros valores que acompañaron al valor verdad en la fundación del proyecto ilustrado. Comprender Heidegger significa, por tanto, ir más allá del mero “relato de los hechos”. La filosofía de Heidegger no puede, por ende, ser resumida en forma de un mero quantum de información. Heidegger no es un intelectual. Si alguien quiere “información” sobre Heidegger, puede encontrarla en cualquier enciclopedia al uso. Pero la finalidad de la información es dar por satisfecha una curiosidad, tras lo cual el efecto antipedagógico de esta operación  deformativa será el contrario al presuntamente buscado si de veras se pretendía facilitar la comprensión de Heidegger: desmotivar a los que creen que ya “saben” qué es  Heidegger y añadir la ficha correspondiente de la colección a las de Aristóteles, Platón, Kant, Hegel… No obstante, ya para el propio Heidegger comprender (verstehen) es otra cosa que memorizar unos datos, nada que ver la adquisición de información con la verstehen, acto que comporta una suerte de “conversíón” del existente, del Dasein, a la verdad. Los intelectuales encarnan, de todo punto, la negación, la subversión descarada y a veces consciente de semejante proceso. La enseñanza institucional académica de la filosofía es así una prueba, no de un aprendizaje, sino de cómo se destruye el sentido mismo del filosofar. El pensamiento heideggeriano aporta, por el contrario, las claves para que la experiencia de la verdad desencadene esa transmutación interna, de carácter ontológico-constituyente, que equivale al surgimiento ante nosotros de un mundo nuevo, de nuestra enterrada patria ancestral.
En consecuencia, no “resumiré” en diez frases o cien o mil la filosofía de Heidegger para aplacar de cualquier manera, y a la postre saciar, la saludabilísima sed de “comprender Heidegger” expresada por jóvenes disidentes que han encontrado en este filósofo un camino hacia su liberación frente al dispositivo oligárquico. Y añado: este anhelo no lo van a cumplir en ninguna institución oficial gestionada por intelectuales profesionales. Sólo a uno puedo recomendar y es a Eugenio Gil Borjabad. El propio Heidegger intentó transformar la universidad de su tiempo, pero las inercias del cuerpo docente abortaron el proyecto. Las grandes aportaciones a la filosofía hace ya décadas que proceden del exterior de la universidad. Casi todos los pensadores relevantes, después de Hegel, eran filósofos, no profesores de filosofía (=funcionarios): Marx, Kierkegaard, Nietzsche… Una excepción es Heidegger, pero precisamente la característica diferencial de Heidegger consiste en el intento de introducir de nuevo el pensamiento filosófico, devenido exangüe  a manos de los intelectuales, en una institución académica refundada. El Discurso del Rectorado, famosa pieza de oratoria de Heidegger, refleja esa voluntad, erróneamente confundida con la del nazismo más mostrenco, pero “fascista” a la postre.
Nosotros no creemos ya en las instituciones oligárquicas actuales y el propio Heidegger se dio cuenta muy pronto de que poco quehacer quedaba en ellas. El abajo firmante lo ha comprobado también una y otra vez, tras amargas experiencias que le muestran a catedráticos de filosofía como seres capaces de mentir a sabiendas con la más alegre ligereza. Uno de ellos es Alberto Buela, pero podría dar una lista muy larga de mendaces profesionales de la “verdad”. Los intelectuales, incluso cuando se pretenden heideggerianos, redúcense por lo general a meros administradores de una información y a funcionarios deseosos de promoción jerárquica al servicio del poder de turno (o de cualquier otro que le sustituya, por mezquino que sea, en el ámbito de la “extrema derecha”). No son libres, ni pueden serlo, para el compromiso incondicional -existencial- con la verdad, de ahí que la mayoría de ellos puedan mentir sin sentir que hayan traicionado nada.  El intelectual encarna la secularización moderna del sacerdote cristiano, léase: del mentiroso por excelencia, pues todo su ser arraigó en la fábula de la resurrección de Cristo (tras de Jesús, como sabemos, otras fábulas judías ocuparán su lugar…). Necesita, el intelectual, una vida tranquila, unas pautas cotidianas que no van a variar, en lo sustancial, tanto si en su cabeza circula  “información” relativa a Heidegger, como si es Kant, Platón, Marx (o la mismísima figura del héroe) el objeto de sus elucubraciones… Siempre será, al margen de los contenidos teóricos, idénticos contenidos prácticos, la misma vida, a saber, la del intelectual. El estamento sacerdotal es tan antiguo como la civilización y se remonta al Egipto faraónico, donde los sacerdotes controlaban valiosas informaciones matemáticas que les permitían manipular la entera sociedad egipcia. En la actualidad, poco ha variado el rol del sabio, siervo de los poderosos. Pero semejante figura del espíritu nada tiene que ver con la filosofía porque la filosofía es ya una forma de vida en las antípodas del somnoliento rumiar del intelectual y de las servidumbres políticas inherentes a ése su planteamiento existencial constitutivo.
El proyecto “Comprender Heidegger” que se está llevando a cabo en este sitio no se limita, en fin, a proponer un “cursillo” de filosofía, sino a promover aquéllo que Heidegger entendía por existir filosófico, una decisión heroica que reclama romper con la institución filosófica oficial y sus sempiternos modelos humanos de erudición académica. Las fantasías épico-heroicas acompañan a la existencia burguesa (por supuesto, en el desván de la imaginación), pero el héroe filosófico es un héroe trágico, no épico. De ahí que nos hayamos dirigido a militantes nacional-revolucionarios para emprender el proyecto, porque no se trataría de una propedéutica ahormada a una ideología política, sino de algo completamente diferente, a saber, que la filosofía de Heidegger, la filosofía como tal, condujera por sí sola sin distorsión externa al compromiso nacional-revolucionario porque es ese compromiso el que constituye la condición de posibilidad hermenéutica -y epistemológica- de la comprensión (he expuesto esta cuestión en el ensayo Verdad y muerte I. Introducción a los fundamentos filosóficos del nacionalismo revolucionario, Madrid, 2012).  De tal suerte que el Discurso de Rectorado no se concibe aquí como un elemento extraño, “político”, añadido al pensar “propiamente” filosófico de Heidegger, sino como filosofía en estado puro, con el mismo rango que el resto de su obra. La meta de Heidegger: acabar de una vez por todas, y para siempre, con el dominio de los intelectuales en la universidad, para que la verdad sin condiciones pueda volver a ser posible. Y este evento no significa sólo producir una nueva teoría, sino, repitámoslo por última vez, la irrupción en la existencia histórica (inseparable, hoy, del tema de “el Holocausto”) y, por ende, las consecuencias políticas represivas que de ese acto se derivan, el riesgo de muerte. Quienes tengan miedo o deseen “vivir felices”, eviten pues “comprender Heidegger” o consuélense con “información” sobre sus textos.
Jaume Farrerons
22 de marzo de 2013
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13 comentarios:

Vailos Laros dijo…

[Parte 1 de 2.]
Ha sido una buena coincidencia que este texto de Jaume Farrerons, “Comprender Heidegger”, tan interesante como revelador, se publicara cuando todavía estaba leyendo otros que Eugenio Gil Borjabad había publicado en su blog Todo fluye, todo fluye… (http://www.todofluyetodofluye.blogspot.com.es/):  “¿Heidegger difícil?” y otros.  Tras la lectura de “Comprender Heidegger” me gustaría plantear algunas dudas, a la par que hacer algunas puntualizaciones.  En el instituto prácticamente no tocamos nada de Heidegger, así que con mis preguntas y puntualizaciones sólo pretendo acercarme al pensamiento de Heidegger (que es casi un gran desconocido para mí) y captar mejor la esencia de su mensaje.
¿Verdad y ser-para-la-muerte se corresponden, respectivamente, con Sein (“ser” o “estar”) y Dasein (“ser-ahí” o “estar-ahí”)?  ¿Zeit (“tiempo”), en cuanto sustancia, se correpondería con la verdad, esto es, con el Sein?  Si el tiempo no pasa, sino que somos nosotros los que pasamos una existencia acotable (histórica), ¿entonces es que el tiempo es el ser por antonomasia?
¿Debo inferir que la pregunta que se plantea al principio (“¿Qué implica hoy ‘nuestra existencia histórica’ y qué relación tiene el Dasein así entendido –en tanto que temporalidad originaria de la historicidad— con la verdad de la muerte?”) queda respondida, tras una exposición de una especie de “estado de la cuestión” de la ideología antifascista, en el hecho de que el poder actual rehúye esa “existencia histórica” para evitar que surjan héroes verdaderos, es decir, hombres libres conscientes de la “tragedia” de su “temporalidad”, de su condición de ser-para-la-muerte, y, de esta manera, dominar a una masa de esclavos?  Si es así, entonces lo que yo, por paráfrasis, llamaría el “olvido del ‘ser-ahí’ (o del ‘estar-ahí’)” ¿lleva implícito el “olvido del ser”?  ¿O el proceso es a la inversa?
Más adelante se dice:  “Pues bien, este fenómeno, que fija los parámetros del “estado de interpretado” (Heidegger) vigente, sólo puede ser comprendido (verstehen) por y desde la filosofía de Heidegger.  El pensamiento heideggeriano es el envés filosófico del haz historiográfico de la problemática que define nuestra ‘irrupción en lo histórico’ en tanto que acceso a la verdad”.  Y también:  “(…) en la presente coyuntura histórica, la tarea primordial de la filosofía y de los filósofos no será sólo abundar en la objetividad de la investigación historiográfica, evidentemente imprescindible para poder emitir juicios éticos sobre la realidad política actual, sino en transgredir las interdicciones irracionales del poder y comenzar la ingente tarea de extraer las conclusiones fulminantes que se siguen de la probada idiosincrasia criminógena de los valores vigentes“.  Me pregunto entonces si esto no se practicaba también antes que Heidegger; quiero decir que si, por ejemplo, Sócrates, con su dialéctica (y, por tanto, con su búsqueda racional de la verdad), hubiera vivido en la época actual, no sería un héroe al enfrentarse al stablishment actual como se enfrentó al de su tiempo (y por lo que fue condenado a muerte por envenenamiento con cicuta).  En definitiva, estos párrafos me hacen plantear la siguiente cuestión: ¿qué diferencia hay entre el simple mortal que, en pos de la verdad, y sin ser heideggeriano, emplea el rigor científico o la filosofía crítica (racional),  y el que adopta la filosofía heideggeriana?
8:03 p.m.

Vailos Laros dijo…

[Parte 2 de 2.]
Sabía que en Italia había fascistas de etnia judía, como también que había incluso algunos jefes de la mafia en puestos del Partido Nacional Fascista (eso sí, en el sur de Italia sobre todo, donde la mafia tenía –y sigue teniendo– más arraigo); pero ¿tan “ampliamente representada” estaba esta etnia?  El fascismo italiano no se había planteado el “problema judío” porque, sencillamente, no existía.  Sin embargo, en 1938, poco después de la visita de Hitler a Mussolini, se dictó en Italia una Ley de Defensa de la Raza casi a imagen y semejanza de las leyes raciales de Núremberg de 1934.
Es curioso que el hecho de que esos “intelectuales” vendidos eliminaran la objetividad es sus ensayos, coincida con el fin de la “modernidad” y con el principio de la “postmodernidad”, que, como se sabe, defiende la subjetividad.
Y respecto a la “mutación” de Stalin en “fascista” en virtud de la ingeniería semántica asumida por esos “intelectuales”, me gustaría añadir que incluso en las “democracias”, el “fascista” era el que torturaba, el sádico, el violento…  Dos películas pueden servir como ejemplo de ello: Fuerza bruta (1947), dirigida por Jules Dassin y protagonizada por Burt Lancaster, y Brigada 21 (1951), dirigida por William Wyler y protagonizada por Kirk Douglas.  Se diría que los críticos de cine se pusieron de acuerdo en calificar al villano de la primera y al protagonista de la segunda de “fascistas”.  Y es que el demócrata liberal, por definición, es un ser de comportamiento impecable y que nunca ha roto un plato, y, por lo visto, la tortura, el sadismo, el machismo y demás maldades sólo nacieron con el fascismo…  A este respecto, no puedo evitar recordar una frase de Drieu La Rochelle:  “Debemos recuperar la palabra ‘fascista’ de la boca de nuestros adversarios, de toda la palabrería democrática y antifascista, y hemos de retomar esta palabra como un desafío”.
Sobre el énfasis en los crímenes de los fascistas y la relativización de los crímenes de los antifascistas (tanto liberales como comunistas), hay un “argumento” que suelen esgrimir a menudo los “intelectuales” al servicio del poder:  “Se puede pensar el marxismo sin el gulag, pero no el nazismo sin Auschwitz”.  Sin embargo, frente a esto ¿sería válido argüir que el strasserismo (o sea, el “nacionalsocialismo de izquierdas”) vendría a demostrar que el nacionalsocialismo fue una cosmovisión de la que el hitlerismo sería sólo una interpretación, errónea a su juicio?
Efectivamente, los judíos se hallan hoy situados en un plano superior respecto de los demás, y para nada en un plano de igualdad.  Cuando alguien hace un comentario despectivo sobre los rumanos o sobre los andaluces, por ejemplo, aquí no pasa nada; sin embargo, cuando lo hace sobre los judíos, ya es un “antisemita”, y el antisemitismo ha sido elevado al rango de categoría a tener en cuenta en el ámbito legal o penal.  Primero se instituye la “palabra maldita” (“antisemitismo”), y, a partir de ahí, por sugestión, se condiciona la libertad para expresarse…
Me ha sorprendido el comentario sobre Alberto Buela.  Hace un tiempo leí de él un libro publicado por ENR (y cuyo nombre no recuerdo ahora), y también lo he escuchado en unas Jornadas de la Disidencia, y por eso pensaba que, como nosotros, era un disidente; pero, igual que me ha pasado con Alain de Benoist, tal vez me he perdido algún texto suyo donde se ponga en evidencia que no es de los nuestros.  ¿Entonces Alberto Buela es un intelectual que, en el fondo, sirve al poder de turno?
Es posible que mis preguntas resulten impertinentes, pero sólo intento…, pues eso: comprender a Heidegger.
Un saludo.
8:07 p.m.

Augusto dijo…

Alberto Buela y Marcos Ghio (traductor y editor de Evola) son de los pocos ideólogos que le quedan vivos a la extrema derecha argentina. Ambos en nombre de la filosofía, claudican, uno al integrismo católico antisemita (Buela), y el otro a la defensa del fundamentalismo islámico con argumentos evolianos (Ghio). Comparten una visión religiosa de fondo, antidemocrática, y están en las antípodas de lo que se plantea aquí en Filosofía Crítica. Marcos Ghio raya lo delirante y por ello está cada vez más sumergido en la soledad de su desierto proislámico. Buela es más peligroso porque sabe como llenarse la boca de palabras seductoras para los que no tienen suficiente formación filosófica. Sigue las temáticas de moda en la europa ‘identitaria’, y reformula esas temáticas en un tono ‘criollo’ para vender en el mercado de habla hispana. En España podrá pasar por disidente (habría que preguntarle de qué), pero en Argentina las cosas son distintas porque se nutre y surge del ámbito de ultracatólico y reaccionario vinculado a la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, organización clandestina muy similar a la Red Gladio europea y antecedente represivo inmediato de la última dictadura militar). Esto le impide tener algún eco. En Argentina esta gente es letra muerta, por suerte. Los verdaderos nacional revolucionarios ya ni hablamos de ellos más que para reirnos. De más está aclarar que no tienen NINGÚN TIPO DE RECONOCIMIENTO ACADÉMICO en la Universidad de Buenos Aires, ni en el ámbito de la filosofía en general. Tengan cuidado también con la letra de Juan Pablo Vitali, otro escriba del MSR, que se perfila como un ‘sucesor’ de Buela. La exportación del peronismo que hacen ambos, a la medida del MSR y el sitio ‘el manifiesto’, y el tufillo nostálgico-conservador con que habla de la hispanidad lo vuelve realmente patético. Cualquier autor marxista de la Izquierda Nacional argentina es mucho más nacional-revolucionario que éstos payasos. Es que el peronismo, pero en general, la historia argentina es mucho más rica que lo que expresan estos sectarios, y lo es en la actualidad también. Así lo demuestra a cualquiera que se interese por leer un poco que pasa en nuestro país y compararlo con las sesudas opiniones de estos dinosaurios. No vivimos en el paraíso (como quisieran los Buela) pero si en una realidad más dinámica y pujante, que la del país en ruinas del 2001 que dejó el neoliberalismo. La crisis que hoy tienen en España parece un calco de lo que fue aquella, la nuestra. Saludos.
9:35 p.m.

Anónimo dijo…

He leído muy poco de Ceresole, apenas un libro, “CAUDILLO, EJÉRCITO, PUEBLO. LA VENEZUELA DEL COMANDANTE CHÁVEZ.”, pero no lo tenia dentro de la concepción, ni siquiera remota, de que fuese sionista, o no se si a eso se refería con “Pero se trata de una minoría dentro del radicalismo religioso y, por razones obvias, Naturei Karta no puede ser incluida en el concepto de extrema derecha judía o nacional-judaísmo postsionista (Norberto Ceresole).” Si es así, me gustaría, por favor, que me remitiesen a algunas fuentes para comprobar dicha cuestion. Gracias.
10:40 p.m.

Vailos Laros dijo…

Augusto: muchas gracias por tu aportación.  Sencillamente es que no conocía mucho a Buela, y menos todavía a Ghio.
3:20 a.m.

ENSPOdijo…

Primero quisiera aclarar el tema de Norberto Ceresole. Cuando se le cita es para hacer nuestro su concepto de nacional-judaísmo postsionista. O sea que la cita entre paréntesis de su nombre es sólo una referencia a la oriudez del concepto en cuestión.
3:46 a.m.

ENSPOdijo…

Por lo que respecta a Buela. Nuestra crítica a este señor en el texto de la entrada se refiere a una cuestión personal, a saber, nos consta que Buela, siendo filósofo profesional, miente con una facilidad bochornosa, pero también lo hacen otros profesionales de la filosofía. Cuando hablo de mentiras me refiero a cosas que han dicho y que puedo probar documentalmente que son falsas y que ellos saben falsas, a pesar de lo cual no tienen empacho en sostenerlas.
Esta crítica PERSONAL no quería entrar en las posturas filosóficas y políticas de Buela, pero ya otro usuario ha hecho una aportación al respecto con la cual muestro mi total acuerdo en términos generales.
Saludos.
3:50 a.m.

ENSPOdijo…

Respondiendo a Vailos Larios:
Cuando hablo de que nuestra sustancia es el tiempo, la palabra sustancia es totalmente inadecuada, pero lo hago a efectos pedagógicos, puesto que en el lenguaje imperante el sustancialismo se ha identificado siempre con: somos nuestro cuerpo, nuestros brazos, piernas, corazón, cerebro o, a lo sumo, psique, mente. Incluso cuando se habla del alma, ésta es una especie de sustancia tenue, y a eso se le denomina “espiritualidad”, un materialismo atenuado de un ente que se separa del cuerpo y garantiza la inmortalidad (que es uno de los más produndos deseos del cuerpo y nada espiritual, por cierto…).
Por tanto, se trata de una metáfora. Somos tiempo significa que nuestro ser es la temporalidad, pero no una temporalidad concebida en términos espaciales (línea de puntos sucesiva), como hace el sustancialismo, sino esa temporalidad que experimentamos en la proyección histórica de posibilidades del “nosotros” en tanto que “ahí del ser” o Dasein. Empleo el lenguaje sustancialista y digo que esa es nuestra única  “sustancia” para enfatizar la prioridad, pero ahora aclaro que el tiempo es el fenómeno más alejado posible a cualquier fundamento ontológuco de un  sustancialismo. De hecho, el sustancialismo se ha basado siempre en la percepción presente de la cosa “ante los ojos” y define la antípoda del filosofar  heideggeriano.
La conclusión no es que el tiempo sea el ser por antonomasia, sino que el problema de la temporalidad representa la puerta de acceso a la cuestión del ser. Significa que hemos de pensar en términos no sustancialistas o caeremos en versiones malas de cosmovisionalismos científicos. El filósofo no es un generalista de tesis científicas, sino que se plantea la pregunta por el SER de la verdad, el tema de en qué consiste que la verdad SEA. Éste es su “único” “objeto”, empleando otra vez un lenguaje incorrecto, pero sólo para que me entiendan a título provisional.
4:01 a.m.

ENSPOdijo…

Siguiendo con Vailos Larios:
La cuestión del Dasein no queda respondida con la descripción del “estado de interpretado” de nuestra situación histórica. Pero es inseparable de ésta. Lo que quiero que entiendan es que comprender Heidegger, además de entender conceptual e intelectualmente algunos conceptos filosóficos, que también, es ante todo una auto-interpretación constituyente del propio Dasein comprensor, una suerte de CONVERSION, y aquel sólo puede realizar esta aprehensión existencial de sí mismo, que precede a la reflexión teórica y a la autoconciencia intelectual, por medio de la inmersión en historicidad yy la resolución del “ser para la muerte”. Les he descrito cuál es la “tempestad” que define nuestra historicidad y es en el marco de esa tempestad que uno “comprende” Heidegger, además de “conceptualizar” o “saber”, en el sentido teórico, unos contenidos doctrinales (por ejemplo, los que resume Eugenio Gil).
Respondo pues a su pregunta: la experiencia del “estado de interpretado” del “nosotros” es un requisito o condición necesaria de posibilidad de recuperar la memoria, de “superar” el olvido del ser, pero no es condición suficiente. Digamos que hay que pasar por ella para llegar allí donde tenemos que llegar en tanto que filósofos que no sólo “experimentamos” la verdad sino que la conceptualizamos racionalmente. Pero sin previa experiencia del paisaje trágico de la patria ancestral germánica de donde brotan los filosofemas heideggerianos, no hay pensamiento teórico que valga.
Hay que hacer un viajecito a la Alemania espiritual, invisible para el pensar sustancialista.
4:11 a.m.

ENSPOdijo…

Tercera respuesta al primer post de Lairos Valios.
Como ya le digo en el post anterior, tenemos por un lado la experiencia de la verdad y luego su conceptualización. Para el no filósofo, esa experiencia es posible al margen de la filosofía. Pero el filósofo conceptualiza la experiencia y la hace consciente, expresa, un camino por el que ha de pasar si quiere institucionalizarla. En la Grecia presocrática no era necesario institrucionalizar lo trágico porque la cultura ya era trágica por sí misma. Nosotros tenemos que hacer la revolución y no la haremos si no elevamos la experiencia de la verdad a doctrina filosófica y, en un segundo paso, a doctrina política.
Creo que con ello respondo a todos sus planteamientos, pero también advierto que estas cuestiones hay que empezar a tratarlas en el foro cerrado del blog.
Saludos.
4:15 a.m.

ENSPOdijo…

Respondo al segundo post de Vailos Larios:
La etnia judía estaba muy representada en el fascismo por motivos evidentes a poco que se reflexione. El fascismo inicial era nietzscheano y nacional, pero el Vaticano había sido uno de los principales obstáculos para la unificación de Italia como nación y además un enemigo de los judíos. Los judíos italianos querían una nación italiana lo más nietzscheana posible para poder respirar, o eso pensaban ellos. Preferían un entorno social nietzscheano a un entorno católico tradicional.
Respondiendo a otra cuestión que plantea expresamente: sí, creo que el nazismo hitleriano es como la versión estalinista del comunismo, una posición política concreta, y que la tarea de la izquierda nacional es reconstruir el nacionalismo revolucionario originario y a partir de este “suelo” plantear una alternativa “fascista” sin complejos, aunque no parece muy recomendable el uso del vocablo en cuestión como rótulo o sigla política.
El señor Buela es un “trepa” que tiene contactos en el Opus Dei de Barcelona y que, para hacer un favor a esos contactos, sacrificó a un alumno nacional-revolucionario de doctorado en el contexto de la venganza de un profesor al que dicho alumno había denunciado por plagio. Puedo ACREDITAR y acredito que Buela no merece ninguna confianza política o siquiera moral, y que su presunta filosofía ni siquiera es digna de un comentario, si no fuera porque el hecho de haber estudiado en La Sorbona le da mucho caché entre los grupos de extrema derecha, poco acostumbrados a tratar con gentes que ostentan títulos. Pero si usted lee lo que escribe Buela verá que eso no es filosofía, como mucho es periodismo nacional-católico y antisemita de sacristía.
4:24 a.m.

ENSPOdijo…

Confirmo el comentario de Augusto.
4:25 a.m.

ENSPOdijo…

No ha habido ninguna pregunta impertinente, sólo les animo a debatir estos temas en un foro cerrado, pues los materiales que debo manejar comienzan a ser demasiado delicados y especializados para ventilarlos en un blog.
Para que se pueda abrir el foro cerrado, necesito sus currículos académicos resumidos, que ya les he solicitado y sigo a la espera de recibir.
También aclarar que no es una coincidencia el tema de “Heidegger difícil” con Eugenio Gil Borjabad. Simplemente he querido matizar algunas de las cuestiones que Gil expusiera en su blog. Es evidente que los planteamientos pedagógigos de Gil y los nuestros son casi opuestos, y esto sin entrar en la materia espinosa de las respectivas interpretaciones de Heidegger.
Pero si beben de ambas fuentes, por lo demás complementarias, pueden obtener una visión más rica de Heidegger. Nosotros no sólo le hemos ofrecido a Gil un puesto de profesor en el curso, sino que le propusimos nada menos que la presidencia del grupo de investigación, y ello a pesar de las señaladas diferencias interpretativas y pedagógicas  existentes. Gil ha rechazado todas estas generosas ofertas nuestras por razones personales en las que no puedo entrar aquí por motivos de privacidad.
Saludos.
4:36 a.m.
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Fuente: FILOSOFIA CRÍTICA

10 blogs vitalistas que hay que ver

23 septiembre 2012

fuerte, débil; rico, pobre; bueno, malo; bello, feo; verdad, mentira; alto, bajo,…etc

9 mayo 2010

En estas dualidades, no por casualidad, la cualidad preferente se enuncia en primer lugar… Con relación a esta

serie de valores opuestos, me hizo gracia oir, en una ocasión, una máxima que –apócrifamente– se atribuyó a Jesucristo:

“Amad a los pobres, pero casaros con los ricos”….

En relación con estas consideraciones creo que vale la pena leer lo que hoy copio del excelente blog qbitácora:


DEBILIDAD Y MALDAD

Introducción.

El cristianismo produjo una involución de la moral natural existente antes del cristianismo. Con el cristianismo, el débil pasó a ser el bueno, y el fuerte pasó a ser el malo, por lo que al débil hay que compadecerlo y ayudarlo. Es cierto que el débil probablemente sufre más que el fuerte, pero eso no quiere decir que sea mejor o más bueno. Sobre esa primera lluvia que fue el cristianismo, vino luego la segunda lluvia, que llovió sobre mojado: el progresismo, reforzando esta perniciosa involución moral, con sus subideologías, como el feminismo

Voy a demostrar que la verdad y la realidad es justo la contraria: El débil es más malo que el fuerte:

  • La debilidad es el mayor pecado en la moral natural, como expliqué en “Moral natural contra moral artificial”.
  • La debilidad ya es en sí misma una carencia de virtudes. Por lo tanto:
  • La debilidad implica subterfugios de comportamiento (trampas).

Esta maldad está disfrazada de pasividad y tranquilidad, con lo que tiende a confundirse con bondad. Gran error. No hay que confundir la pasividad con la bondad, ni la violencia con la maldad.

Resumiendo: La gente es mala por naturaleza.


1. Defectos morales.

Al fuerte le basta emplear sus virtudes para enfrentar a los débiles y a los problemas.

Por el contrario, el débil, debido a su debilidad y siendo conocedor de ella, necesita echar mano de todos los recursos posibles en su favor para enfrentar a los que son más fuertes que él. Esto incluye todo tipo de trucos y sucias argucias.

Un buen ejemplo es la película Ben-Hur, en la que el protagonista confía en sí mismo y en su habilidad, por lo que participa en la carrera sin preocuparse de sus rivales. Por el contrario, Masala, al saberse inferior, usa trampas para ganar la carrera, como azotar a Ben-Hur, o destruirle la rueda de su carro con un mecanismo erosionador.

La debilidad va por tanto, asociada a la maldad, y el débil acumula toda clase de defectos morales. Veamos algunos de ellos:

a) Envidia.

El débil envidia al fuerte sus capacidades y sus éxitos.

La envidia es muy mala. Suele enmascararse de muchas maneras distintas y causar toda clase de perjuicios.

Recuerdo haber encontrado gente de ideología comunista que reconocía que el motivo era el ser pobres, y que si fueran ricos no tendrían esa ideología. Además de no entender la auténtica naturaleza del comunismo, confirmando así su mediocridad, demostraban que los motivos que les mueven no son idealistas sino egoístamente interesados, por envidia.

b) Rencor y resentimiento.

Los fracasos del débil ante el fuerte generan en el débil rencor y resentimiento, es decir, odio. Y el odio es un motor muy potente para producir toda clase de maldades.

c) Hipocresía.

Siendo el débil poseedor de defectos como la envidia y el resentimiento, debe enmascararlos, para no quedar al descubierto, y también, para no quedar al descubierto cuando planea alguna maldad.

d) Victimismo.

El victimismo sirve para intentar generar en los demás compasión, y como consecuencia de ella, ser ayudado y obtener así algún tipo de ventaja.

También sirve para que el que gobierna finja estar oprimido, y así disimular su gobierno sin que se le eche en cara. Ver el artículo “Victimismo”, con ejemplos en la política y el fútbol.

e) Borreguismo.

La debilidad del individuo, física o intelectual, hace que use como estrategia de supervivencia renunciar a su libertad, independencia de pensamiento, etc., e imitar en todo al rebaño en el que se integra. Por medio de la cantidad, de hacer bulto, de ser muchos, pretende compensar la falta de calidad.

El borreguismo es un comportamiento extraordinariamente perjudicial y dañino en todo tipo de cosas, como muchas veces he comentado, y más que lo haré. Por ejemplo, el borrego es capaz de negar las cosas más obvias con tal de no contradecir la opinión generalizada del rebaño, y es capaz de marchar al matadero con tal de ir junto a los demás borregos.

El borreguismo de la gente ha ido en aumento en la especie humana con el paso de los siglos, según el animal humano se iba “modernizando” más, y por lo tanto, se iba apartando cada vez más de la moral natural, y se iba volviendo cada vez más débil. No ha habido “progreso”. Eso es un mito falso. La realidad es la contraria: llevamos un camino de involución.

f) Inseguridad. Complejo de inferioridad.

Lógico. El que es inferior y lo sabe, es más inseguro que el que no lo es.


2. Incapacidad para gobernar.

Hay un proverbio español extraordinario que en pocas palabras dice muchísimo: “Si quieres conocer a fulanillo, dale un carguillo”. Yo, antes de conocer este proverbio, usaba un dicho inventado por mí que significa lo mismo: “Hay gente a la que le dan un uniforme de botones y se cree general”.

La palabra “fulanillo” expresa dos ideas importantes. Por un lado, “fulano” expresa la insignificancia del individuo. Un individuo que es un don nadie, un cualquiera, un individuo que no destaca por nada, anónimo, prescindible, sustituíble. Y luego el diminutivo -illo le rebaja aún más la importancia al individuo, pues para eso es un diminutivo, y así fulanillo es menos que fulano. La palabra “carguillo”, con el mismo diminutivo de nuevo, expresa que el cargo es poco importante, a la insignificante medida del personaje. Y el verbo “dale” expresa que fulanillo no se merece en realidad el cargo, pues se lo dan, se lo regalan, y más que por merecimientos propios, con el objetivo de conocerle mejor, cuando el carguillo se le suba a la cabeza por vanidad.

Así, este brillante proverbio nos dice que es muy malo que alguien débil alcance un puesto en el que tiene que gobernar, aunque sea un puesto poco importante. Y cuanto más débil es alguien, menos se merece gobernar, y cuanto más importante el cargo, peor y más dañino será para todos. Por eso, los peores tiranos son los que son débiles. Y los buenos gobernantes los que son fuertes. Y ojo, no hay que confundir fuerza con ostentación. La ostentación la realizan precisamente los débiles, para encubrir su debilidad. Así, los débiles continuamente están abusando de su poder, para verse a sí mismos como fuertes a través de los efectos de su ostentación del poder. Pero son débiles en realidad. Dominados por sus defectos, no se dominan ni a sí mismos. Lo saben y lo encubren pisoteando a los que tienen por debajo.

Ni tampoco hay que confundir tener poder o dinero con ser fuerte. Lo primero pertenece al dominio del Tener, y lo segundo al del Ser.

Un mito del buen gobernante es el de Salomón en la Biblia, que era justo y ecuánime. Otro ejemplo más relacionado con el nacionalismo blanco son los que aparecen en “El Señor de los anillos” de Tolkien: los monarcas tradicionales, que se dedican a servir al pueblo, no a servirse del pueblo. El mayor ejemplo y el que está presente en la obra todo el tiempo es Aragorn. Y quien sepa de Historia podrá encontrar reyes en nuestro pasado que cumplan el arquetipo.

No es sólo cuestión de poder, de que el más fuerte vence a los débiles y así consigue el poder. Es que, junto con su fuerza física o intelectual que ha hecho que alguien venza a sus rivales y ocupe el poder, van asociadas una serie de cualidades que le hacen capacitado para ejercer el gobierno. Esto sucede en todo tipo de cosas. Por ejemplo, las mujeres tienen las cualidades no sólo físicas para la maternidad, sino también psicológicas. Y los hombres, más que las mujeres, para el gobierno.


3. La maldad femenina.

Las mujeres son más débiles que los hombres, y por eso, son más malas que los hombres, tanto en la ausencia de virtudes morales como en la mayor cantidad de maldades. Tan fácil como eso. Por eso, y por lo dicho antes sobre la incapacidad para gobernar de los débiles, es por lo que las mujeres no deben gobernar.

Una característica de esa debilidad es su inseguridad, incluso en las que son guapas y atractivas.

Las mujeres destacan también por su mayor borreguismo en comparación con los hombres. Basta ver lo influídas que están por el qué dirán, o por la moda (que es seguidismo en la manera de vestir, calzar o peinarse).

a) Virtudes.

Por un lado, virtudes como la nobleza, el sentido del honor, la grandeza, la generosidad, la caballerosidad, etc., son más propias de los hombres que de las mujeres.

b) Defectos.

Por otro lado, la hipocresía, el rencor, el victimismo, etc., son más propias de las mujeres que de los hombres.

Ejemplo: En el fútbol masculino se producen trampas y hasta agresiones, pero nunca se llega a barbaridades como las del fútbol femenino, y eso que el fútbol femenino es poco practicado, con lo que debería ser más improbable que se produjeran cosas como estas descaradas agresiones de Elizabeth Lambert:

c) Machismo mejor que feminismo.

Siendo esta sociedad una sociedad feminista y afeminada, es normal que sea una sociedad más maligna que una sociedad tradicional, calumniosamente llamada “machista”, y digo calumniosamente, porque una sociedad tradicional es algo más cercano a la moral natural que la sociedad feminista, moderna y degenerada actual.

Y no sólo esta sociedad feminista es más maligna, sino que lo es en las cualidades malignas propias de lo femenino y de la debilidad: Hipocresía, victimismo, doble moral, manipulación del lenguaje, rencor (rencor entre sexos, rencor de clase social y rencor histórico). Cualidades todas ellas que se resumen en trampas y engaños. Suciedad moral, no ir de frente.

La malignidad propia de las mujeres hace que esta sociedad feminista genere más injusticias en calidad y cantidad que una sociedad tradicional. En una sociedad tradicional se busca la justicia, valor moral masculino. En una sociedad feminista, se busca satisfacer el resentimiento feminista, el ventajismo, a costa de la justicia, con leyes discriminadoras contra los hombres nunca antes vistas en la Historia, violando el principio de presunción de inocencia.

Esto produce injusticias flagrantes como las denuncias falsas contra los hombres en los procesos de separación matrimonial, demostrándose así cuál es la naturaleza femenina basada en el resentimiento y la maldad. La responsabilidad de estas desgracias está en la mentalidad progre según la cual el débil (la mujer) es el bueno y el fuerte (el hombre) es el malo, y que en vez de buscar la justicia hay que buscar la equiparación artificial de fuerzas (la igualdad). Así, el resultado es contraproducente, es esta ruina.

Para más ejemplos de maldad femenina, ver mi “Diccionario mujer-español”.


4. La maldad española.

Hace unos días leí en un blog a un comentarista español que vive en Noruega explicar que los noruegos son más inocentes que los españoles. Pero lo que más me llamó la atención fue que las mujeres cuando se separaban de los maridos separaban los bienes a partes iguales y listo, sin emplear las mezquinas tácticas de España, sin denuncias falsas, sin pretender quedárselo todo, etc. Eso me hizo pensar que las mujeres noruegas son más nobles que las españolas.

Pero en general eso se aplica a toda la población, porque España es el país de la picaresca, de las trampas, y no digamos de la envidia, la maldad que llevo comentando, asociada a la debilidad. Es decir, hay un % de la población en el bando de la picaresca y los chanchullos mayor que en otros países europeos, y esa parte de la población es un estorbo, una rémora para España (y que no me hablen de la Leyenda Negra que lo tengo más que comprobado). Así, España es un país de gente más degenerada y débil que otros europeos, y toda esa maldad, picaresca y trampas no sirve para destacar, no hace que España sea mejor. Toda esa mezquina maldad se vuelve en contra o no es suficiente, porque sólo sirve para paliar un poco la debilidad, igual que la maldad femenina no es suficiente para evitar que sean los hombres los que siguen siendo más fuertes que ellas. De donde no hay, no se puede sacar.


5. La maldad infantil.

Los niños son los más débiles, así que deberían ser más malos. ¿Lo son? Desde luego que sí. La inocencia infantil no existe. Existe la ignorancia infantil, pues por su poca edad todavía no han aprendido la mayoría de las cosas, pero no son inocentes. No hay que confundir que infundan en los adultos sentimientos de afecto y ternura con que los niños sean buenos o generosos. No lo son. Igual que la belleza está en el ojo del que mira, (ejemplo: una mujer es guapa para los hombres, pero para los leones es solamente comida), así sucede con el falso mito de la inocencia infantil, que está solamente en el ojo del adulto y de los padres.

Algunos ejemplos de maldad infantil:

  • Los niños suelen martirizar y maltratar a otros niños en el colegio, con cualquier excusa. Es cuando se van haciendo mayores y van madurando cuando ese comportamiento va desapareciendo.
  • Humor para niños: El humor y entretenimiento para niños contiene altas dosis de sadismo, pues eso es lo que les gusta a los niños. Moler a palos a un personaje en teatros de guiñol les divierte mucho. Toda clase de golpes y agresiones continuas a personajes de dibujos animados les encanta. Etcétera.
  • Cuentos infantiles: Siempre han contado espeluznantes historias, como ogros que comen niños, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, etc., con un doble objetivo: Entretener a los sádicos de los niños mientras aprenden sobre los peligros del mundo y de la vida. Los imbéciles de los progres, con su inversión moral, intentan tergiversar los cuentos infantiles tradicionales, suavizándolos, para “no traumatizar a los niños”. Qué idiotas. Los niños no se traumatizan con esas historias, sino que les son de mucha utilidad, y entretenimiento, todo lo contrario que un edulcorado pseudocuento infantil progre.


6. La maldad futbolera.

Basta entrar en un foro de algún equipo de fútbol de los habituales perdedores y segundones para encontrar un espeluznante despliegue de odio, rencor, resentimiento, envidia, malos deseos, etc. Gente que se alegra cuando un rival se lesiona. Gente que quiere que un futbolista rival se muera. Gente con ganas de matar. Etcétera.

No hay sitio en Internet con más concentración de maldad y odio que un foro de fútbol. Sobre todo antimadridista.

Al mismo tiempo, los escasos sitios y la poca gente que realiza análisis más racionales y menos emocionales, demostrando su superior inteligencia, están exentos de esa carga tan grande de odio y de maldad en comparación con la inmensa mayoría de futboleros borregos y maliciosos, demostrando claramente la relación entre debilidad y maldad.

La propaganda mediática pone a Cristiano Ronaldo en el papel de malo por ser un gran futbolista, llamándole chulo y prepotente. Vemos cómo molesta a los mediocres que alguien destaque. La propaganda presenta a otros futbolistas superpagados de otro equipo como “humildes”, lo cual es falso, como se comprueba en su comportamiento cuando pierden (hace poco). Pero lo importante no es en este caso el habitual doble rasero de la propaganda, sino darse cuenta de que para ser aceptado en la mentalidad progre actual hay que ser o aparentar ser “humilde”, para que la plebe llana que no destaca te acepte. El fuerte, el superior que se enorgullece de serlo, es valorado como malo, mientras que el humilde, ese valor cristiano heredado y potenciado por el progresismo, es valorado como bueno.


7. La maldad del votante.

El votante es un ser egoísta sin conciencia de nación, que vota por su mezquino interés exclusivamente, y que olvida toda clase de maldades cometidas por aquéllos a los que vota, sufridas por sus compatriotas. Veamos unas cuantas maldades del votante:

  • Sectarismo: Doble moral según España participe en guerras según el partido que esté en el gobierno, o en la gestión de catástrofes como incendios o petroleros hundidos.
  • Poca memoria: Apoyo electoral a los que obstaculizan las investigaciones de atentados como el 11-M, así como “olvido” ruin de sus víctimas.
  • Complicidad criminal: Apoyo electoral a simpatizantes de asesinos etarras (partidos separatistas).
  • Insolidaridad: Apoyo electoral a los que no han solucionado el problema de ETA, o han fomentado directa o indirectamente el separatismo desde 1975.
  • Desinterés: Por los problemas de su nación, de sus vecinos o por la política. “Aunque no te ocupes de la política, la política sí se ocupa de ti”.

Luego el votante se queja. Se queja de todo. Sólo sabe quejarse, cuando es culpable de eso y más.

Artículo relacionado: Debilidad y egocentrismo.

Etiquetas: debilidad, maldad.

comentarios para “Debilidad y maldad”

  1. León Riente Dice:
    6 Mayo 2010 en 4:09 am | Responder Excelente trabajo. De momento sólo quiero comentarte esto que dices en el apartado de La maldad española: “Así, España es un país de gente más degenerada y débil que otros europeos, y toda esa maldad, picaresca y trampas no sirve para destacar, no hace que España sea mejor”.

    Yo veo aquí un problema racial y de rebote cultural. Existe en muchas grandes ciudades de España, y más frecuentemente y en más cantidad en el sur, una tipología racial de gente que poseyendo el DNI y siendo sus ascendientes españoles legalmente desde hace mucho no pertenecen realmente al grupo de los españoles de sangre.

    Esa rémora que tú identificas como “% de población en el bando de la picaresca” yo lo hago coomo: % de población gitana, agitanada (que muchas veces es gente mezclada racialmente con gitanos), población mezclada con negros (quizás de la época del tráfico intenso con América, la Casa de Contratación y demás) o con moros (residuos de la Reconquista, una Reconquista incompleta), etc. Gente, en fin, que no pertenecen a la raza blanca ni a la población de sangre española, pero que aquí están desde hace demasiado tiempo.

    En el sur de Italia se da un fenómeno similar. Lo mismo que en Portugal. Es la gran rémora de los países mediterráneos y la principal causa real de su decadencia y atraso histórico.

    Y digo “de rebote cultural” porque luego resulta que en países como España esta gente grotesca parece que tiene cierta influencia en la conformación de la cultura popular y demás. Ejemplo: hacer pasar el flamenco, puajjj, como algo típico de Andalucía o de España, cuando es sólo una manifestación cultural de un grupo de inmigrantes masivos de hace seis siglos, el de los gitanos. Esta mentira de que el flamenco es algo español se potenció mucho en el franquismo y más aún con la dictadura plutocrática actual.

  2. espartano Dice:
    6 Mayo 2010 en 1:30 pm | Responder Gitano Ronaldo es un puto wigger, muerdealmohadas y chulo de cojones. Me importa 3 hostias que ayer metiese 3 goles, en toda la temporada ha demostrado que no sabe ser humilde ni buen compañero y que quiere todo el protagonismo para el, no hay mas que verle la cara de flipado que tiene.
    Al gitanuzo hay que reconocerle que entrena mucho y por eso tiene ese cuerpo del que presume y le hace tan seguro de si mismo, pero para mi eso no es ningun sacrificio, yo trabajo 8 horas y media y despues suelo hacer una hora de ejercicio aunque me gustaria hacer mas pero por el tiempo no puedo. Ese bujarra no es ejemplo de nada se lia con putitas de mierda, tiene mansiones y ferraris y ademas se va de fiesta con negros con los que tan buena relacion tiene (con el mejor que se lleva en el madrid es con marcelo,diarra,etc)porque se siente identificado con ellos y por eso suele ponerse gorritas a un lado y mierdas de esas.
  3. qbit Dice:
    6 Mayo 2010 en 4:17 pm | Responder León Riente: Sí, desde que me hice consciente del hecho racial, con el paso de los años he ido observando y adquiriendo experiencia, y la conclusión es esa que dices, de un problema racial. Y por supuesto, que el flamenco no es algo español.

    espartano: De este texto bien largo que trata un asunto bien claro, el comentario que pones es sobre un detalle secundario, que voy a responder de todas maneras:

    Cristiano no es más chulo ni tiene más defectos que los demás futbolistas y en cambio sí es mejor futbolista, de los mejores del mundo, por lo que tiene más motivos que los demás para no ser humilde. Sus defectos los tendrá que tratar el entrenador, si vale o le dejan ejercer el mando.

    Y sí es ejemplo de algunas cosas: De esfuerzo, de superación, de voluntad de ganar, a diferencia de otros futbolistas pasotas. También es ejemplo de poner demandas judiciales para proteger su imagen contra la chusma periodística mentirosa y calumniadora. Y es ejemplo de cómo se comporta la propaganda, difundiendo la humildad como si de un valor moral sagrado se tratara, cuando la humildad suele ser solamente el disfraz del mediocre y no una humildad real. Como si la humildad fuera algo importantísimo, mientras lo que sí es importante se deja de lado.

    Tus críticas sobre que tiene coches y mansiones muestran envidia. Deportistas de otros deportes ganan más dinero, como los de baloncesto de la NBA o los tenistas y se les echa menos en cara. Claro, pero es que esos no juegan en el Madrid.

  4. espartano Dice:
    7 Mayo 2010 en 2:15 pm | Responder Jajaajajaja como se nota que si el gitanuzo jugase en el farsa no dirias lo mismo, estas defendiendo lo indefendible, la humildad es hacer las cosas con sacrificio y bien y no alardear de ello, eso no es nada malo no vengas con gilipolleces de mediocridad. Ronaldo ha jugado bien contra el osasuna y el Mallorca y ha salvado al madrid pero en los anteriores partidos no ha hecho mas que bicicletas circenses para lucirse y despreciar al adversario, solo sabe poner cara de flipado cuando marca y subirse la camiseta enseñando los abdominales, pero cuando marca un compañero como por ejemplo cuando marco Higuain no fue ni a felicitarlo.
  1. qbit Dice:
    7 Mayo 2010 en 4:33 pm | Responder Yo fui el primero en criticar a Cristiano en un foro madridista por individualista cuando falló todas las ocasiones de gol que le dieron los centrocampistas en el partido contra el Valencia, y por eso he dicho antes sutilmente que sus defectos los tiene que tratar el entrenador, añadiendo “si vale o le dejan”. Pero eso no tiene nada que ver con lo que digo de que se le critica por ser del Madrid, por haber sido un fichaje carísimo, con el arma progre-cristianoide de la humildad y la prepotencia.Cuando marcó Higuaín no fue a celebrarlo porque sólo se suelen celebrar los primeros goles. Los que cierran una goleada apenas se celebran, los meta quien los meta, porque son goles menos importantes.

    El fútbol es un buen ejemplo en el que todos los resentidos, segundones y perdedores salen a la luz mostrando su auténtico careto, mostrando el doble rasero de medir, y repitiendo como loros la propaganda farsera del club separatista.

    Y dejad de hablar de fútbol en este hilo, que este es un hilo de MORAL, no de fútbol.

  2. León Riente Dice:
    7 Mayo 2010 en 9:14 pm | Responder Y si vamos a lo general del asunto veo en este artículo, sobre todo en sus apartados iniciales, una buena contribución a la diVULGAción del tratado II de La genealogía de la moral, de Nietzsche. Tratado que a mí me ha influído bastante en lo que respecta a moral y demás.No quiero decir que el artículo sea sólo una digestión de ese tratado, pues hay otras ideas que no se hallan en el tratado, lo mismo que el tratado tiene cosas que no se reflejan aquí. Igual no lo has leído, o hace mucho que lo leíste, pero lo mejor es que veo paralelismos importantes, y es que hay ideas que flotan en el ambiente, siempre y cuando este sea bueno. Y poner en lenguale popular algunas ideas que también se encuentran en un texto árido, y de pesadas digestiones para la mayoría, junto a otras que no están allí pero que están muy bien traídas es necesario.

    Yo soy de los que creen que el progresismo, más que una segunda lluvia, es realmente una herejía del cristianismo, una segunda fase de una misma primera lluvia. Todas las ideologías de la modernidad (liberalismo, marxismo economicista, progresismo o marxismo cultural) lo serían. El mejor Alain de Benoist sostiene en un célebre artículo que el cristianismo es el comunismo de la Antigüedad, y no le falta razón.

    “La debilidad va por tanto, asociada a la maldad, y el débil acumula toda clase de defectos morales”.

    Prefiero, en cambio, utilizar la dicotomía que se hace en el tratado II del que hablo entre “malo” y “malvado”. Malvado sería, simplificando, la manera en que los débiles ven al fuerte: lo ven como malvado porque le temen. Malo queda reservado para el individuo bajo, ruín, mezquino, resentido o sea, ese tipo débil, rencoroso y envidioso que a los griegos clásicos les infundía, más que otra cosa, conmiseración, dado que consideraban que era una forma bastante imperfecta de estar en el mundo.

    Esa actitud noble, de no ser capaz nunca de desconfiar de otro y de esperar que lo que tenga que hacer tu enemigo lo haga a la cara, es la que llevó finalmente a la derrota a los pueblos paganos, frente a los pillos cristianos, hábiles en todo tipo de subterfugios morales y de otros tipos, dada su debilidad. Ejemplo palmario: la estratagema del cristiano Carlomagno contra los paganos sajones.

    Me he extendido un poco, pero no te voy a pedir perdón por ello, jejeje. No te tomes en serio los perdones del jabalí Daorino. Lo conozco y es un individuo que se acerca bastante a esta forma de ser noble, ingenua (es decir, in gens, en la estirpe) a la vez que brusca y enérgica. Un sajón del siglo VIII.

  3. daorino Dice:
    8 Mayo 2010 en 3:57 am | Responder Le di sin querer a “enviar comentario” sin poner mi Nombre y demás…Bien, he cogido el artículo y lo he imprimido, un trabajo que te habrá llevado sus horas, Qbit, merece detenerse en él y estudiarlo con cierto detalle.

    Para empezar te recomiendo este artículo mío, que quizá pueda aportar algo y que publiqué un 25 de abril de 2008, hace poco más de dos años.
    http://www.mundodaorino.es/2008/04/seneca-el-sabio-y-la-compasin-la.html

    Sigamos con tu artículo. Me gusta mucho eso de que el débil porque sufra no es más bueno. Ten en cuenta que el sufrimiento es parte del chantaje emocional. Ejemplos:

    “El gay piensa que tiene más derechos que los demás porque se piensa no aceptado en sociedad, se cree sufridor, mártir: pide una compensación como si por ser homosexual se le debiera algo. Lo mismo pasa con las mujeres, como si ellas fueran unas sufridoras, como si tener una familia fuera un mal, los hijos una maldición y el marido un canalla, un cabrón y un dictador. Luego estas mujeres más cristianas que ninguna. sumisas al superhombre dios, pero no a su marido, que es el que le da lo que ella necesita, como esposa y como hembra. Las mujeres se creen con más derecho que tú porque tienen la menstruación y el parir duele y engorda, ¡¡por favor!!, así de estúpidas son las mujeres que no son capaces de sufrir en esta sociedad anestesiada que no es capaz de ni padecer un dolor que precede a la vida, a lo más glorioso”.

    Y así podríamos mencionar más ejemplos. Pero hay un denominador, todos luchan por la libertad. La libertad es la panacea de los débiles. Mediante la emancipación piensan que podrán equipararse al fuerte, al fuerte en valores y en ética: de hecho está sucediendo. Pero la libertad no puede ser cualquier libertad. Un hombre con voluntad no cree en la libertad porque lo primero que piensa es en mandarse a sí mismo. Los cuerpos tienden a caer al suelo, sólo la voluntad lo mantiene firme y hace que ande. Pero el que sueña con la libertad no tiene ni siquiera compromiso consigo mismo, es un ser que sólo piensa en su ociosidad y no obedecer nada. Para empezar a hablar de libertad, en definitiva, habrá que pensar en que no hay libertad posible: sólo mandar y obedecer. Por ello eso que dices de que “no hay que confundir la pasividad con la bondad, ni la violencia con la maldad”. Hoy en día parece que castigar es ser cruel: castigar es cobrarse una deuda, restituir el orden, hacer que el equilibrio no desaparezca.

    En cuanto a la máxima “LAGENTE ES MALA POR NATURALEZA”, no estoy deacuerdo. La gente es lo que tiene que ser y punto, decir que es mala por naturaleza es asumir que la maldad existe en la naturaleza, cuando no es así: ¿no hablamos de derecho natural? ¿de moral natural? Pues seámoslo con el hombre y la naturaleza: amoralidad.

    Muy bien dicho que la debilidad se compensa ante al fuerte mediante subterfugios, trampas y demás. ¿No pensáis que los fuertes han creado su propio monstruo? Un ser débil cuya única superioridad no se basa en la individualidad, sino en una resentida y pusilánime masa. Así ocurrió en Alejandría… El ejemplo de Benhur es buenísimo, por eso el judío mediante sus películas y propaganda y formas de cristianismo profano como el ateísmo y el feminismo ataca sobre todo, cuando quiere atacar al hombre blanco, a sus mujeres, pues son las más débiles, caprichosas y volubles, por no decir excesivamente emocionales, lo que viene al dedo al judío de Hollywood para inocular su veneno cinematográfico, adulterador de la moral natural.

    Una persona fuerte, en definitiva, sabe de sus debilidades y fortalezas (eso es lo que le hace estar seguro) y sólo se fija en los demás para superarse o tenerlos como paradigma (lo de ejemplo, el ser ejemplar, es algo que escasea hoy: los griegos y romanos tenían a sus héroes, a sus dioses, ¿nosotros qué tenemos?, ¿a Belén Esteban?, jaja), pero en ningún momento quiere ser el otro, se gusta a sí mismo.

    Muy acertado eso que dices: “por un lado, virtudes como la nobleza, el sentido del honor, la grandeza, la generosidad, la caballerosidad, etc., son más propias de los hombres que de las mujeres”. Un hombre es más dado a renunciar a cosas por el honor, las mujeres no, por caprichosas. Una mujer necesita de un hombre para ser mejor, para aprender valores, porque mientras que entre ellas se matan a palos, los hombres, no todos, aún cultivamos la amistad, la camaradería, y demás (Aún así no deberíamos generalizar porque hay individualidades femeninas excepcionales). De ahí que muchas personas que conozco tengan un recuerdo hermoso de la mili. Yo no la hice, soy de la generación de la nintendo de 16bits, jajaja… Pero qué pasa, hoy los hombres se dejan mandar por las mujeres, hacen todo lo que ellas quieren, y eso es una estupidez… conozco a más de uno, y me da asco, repugnancia, le estaría dando collejas todo el día. ¿Cómo te puedes dejar dominar así? Una cosa es que tu mujer pueda pensar libremente, tomar ciertas decisiones, pero no que dirija tu vida. Siempre me responde que lo hace para no escucharla: yo prefiero discutir con mi mujer, me prepara para la guerra, jajaja…

    Un rasgo de maldad en la mujeres es el amor, por que el amor lo han reducido a la simpleza de que “un hombre que me regale flores”, “un hombre que me compre vestidos”… así son las mujeres, sin valores que no sean los propios materiales. Quedan pocas mujeres bien constituidas.

    Eso que dices de Cristiano Ronaldo es una gran verdad (aunque también estoy deacuerdo con lo que dice Espartano en algunas cosas, lo que no quita negarle el valor de que Cristiano sea un hombre seguro y orgulloso, que me parece positivo). A la gente le molesta que alguien destaque. En el colegio destacaba en filosofía e historia y mis compañeros, al ver que me ganaba las simpatías de los profesores, me decían que era un pelota, que quería destacar, que era un sabihondo (sentido peyorativo), y demás tonterías. También me decían que era un prepotente porque tenía respuesta para todo… En fin, parece que cuando alguien se muestra con seguridad y autosuficiencia (en mi caso siempre he sido muy individualista y solitario, pero es porque no he encontrado a mis iguales, jeje, quizá a un par de ellos, jaja) despierta los odios, recelos e envidias de los demás. Eso pasa con un club vencedor como el Real Madrid (y te lo dice uno que tira más para el Atlético de siempre)… ¿te has fijado como el Barsa va de humilde? Van como no creyéndose los mejores y eso a la gente le gusta. También pasa con Fernando Alonso, en España hay más antialonsistas que en el resto del mundo. (jaja) EN ESTE PAÍS LO QUE HACE FALTA NO ES HUMILDAD, SINO HONESTIDAD.

    Me alegro de que todos estemos deacuerdo de que en España hay un problema racial y que el flamenco no es nada español.

    A Espartano: ser humilde no es necesariamente “hacer cosas con sacrificio y bien y no alardear de ello”. Ser humilde puede ser eso pero aparte es presumir de lo pobre que eres y de la pechá de trabajar que te das. Ser egocéntrico no es lo mismo que estar orgulloso, el primero depende de los demás, el seguro de sí mismo.

    Por lo demás, extraordinaria radiografía que has hecho del débil, enhorabuena.

    A la última parrafada de León Riente en su comentario anterior a éste, decirle que me hace mucha gracia lo de sajón del siglo VIII, jajaja… Yo me veo más como un soldado macedonio o un fornido celta.

    Hasta pronto.

  4. qbit Dice:
    8 Mayo 2010 en 9:00 pm | Responder Bueno, qué nivelazo de comentarios. Me va a costar responderlos, jajaja.León Riente: No he leído “La genealogía de la moral” de Nietzsche.

    Este texto forma parte de una tendencia en la que llevo desde hace un tiempo de pensar y escribir sobre lo natural contra lo artificial: Moral, sabiduría, política, medicina, etc. Hace poco creé la categoría Moral en el blog y me dije a mí mismo que cómo era posible que no se me hubiera ocurrido crearla antes. He movido ahí bastantes textos que me ha gustado escribir (aunque no sé si unificarla con Religión; creo que no, pues la religión la veo como algo de creer, de fé, mientras que la Moral es más abordable racionalmente, filosóficamente, sin que la fé influya nada).

    Sobre la relación entre progresismo y cristianismo, aunque digo que es como una segunda lluvia, en realidad, y escribiré sobre ello, lo considero un ejemplo de dialéctica hegeliana, pero no me quiero adelantar. En la práctica viene a ser lo mismo, con los mismos resultados. Conozco ese texto de Alain de Benoist.

    Daorino: Leeré tu artículo, que pinta interesante. ;)

    Es muy cierto eso de que los que sufren se creen ya más legitimados a exigir derechos que no les corresponden. Es una idea interesante a añadir al asunto.

    Sobre la libertad, hay mucho que decir. La libertad está mitificada en la actualidad, y cuando uno piensa en ello se descubre el porqué en diversos asuntos.

    En cuanto a la máxima “LAGENTE ES MALA POR NATURALEZA”, no estoy deacuerdo. La gente es lo que tiene que ser y punto, decir que es mala por naturaleza es asumir que la maldad existe en la naturaleza, cuando no es así: ¿no hablamos de derecho natural? ¿de moral natural? Pues seámoslo con el hombre y la naturaleza: amoralidad.

    Decir que la gente es mala por naturaleza no significa que exista la maldad en la naturaleza, sino que la gente es débil, debido a la asociación entre debilidad y maldad, especialmente en esta época de vida comodona y tecnificada, como expliqué en “Moral natural contra moral artificial”.

    Y es que una cosa es que la naturaleza sea amoral en comparación con la moralina inventada por los humanos, y otra que el animal humano no tenga culpas o virtudes según esa moral natural. Y en la época actual, tiene más de lo primero que de lo segundo.

    Como dijistes hace unos días, el progre es un individuo-masa que forma un bloque de cemento. Mejor comparación es la del rayo láser: Muchos fotones todos oscilando en la misma frecuencia y viajando en la misma dirección, con más fuerza que la desorganizada luz ordinaria (de hecho, iba a escribir hoy sobre lásers pero ya no me da tiempo hoy, entre responder aquí y ver el partido de fútbol de Cristiano, jajaja).

    “¿te has fijado como el Barsa va de humilde? Van como no creyéndose los mejores y eso a la gente le gusta”

    Claro, es una estrategia perfectamente calculada y estudiada, conociendo la mediocridad generalizada de la gente. Y lo peor es que no son humildes. Pero el borreguismo de la gente, de repetir lo que dice la prensa y la televisión, hace el resto de considerarlos humildes. Gente como Cristiano por lo menos van de frente. ¿Y tú te has fijado en la cantidad de gilipollas que para sentirse importantes se hacen aficionados de un equipo de fútbol en cuanto ganan algo, aunque sean un club separatista? No hay conciencia de nación. Qué diferencia con judíos, gitanos o chinos.

  5. daorino Dice:
    9 Mayo 2010 en 5:33 am | Responder Bien Qbit, que sepas que ya estoy con ganas de leer tu próximo artículo, jeje… Gracias por valorar mi comentario. Creo que hablo en nombre de León Riente también si digo que cuando comentamos en tu blog intentamos estar al nivel del propio artículo. A estas alturas que se entienda esto como unas palabras sinceras, no como adulación, eso algo típico de los débiles.Te recomiendo que te leas en cuanto puedas la Genealogía de la Moral. No te arrepentirás, si acaso te arrepentirás de no haberlo leído antes, jeje… Leyendo a Nixe uno disfruta como un niño.

    En lo de LA GENTE ES MALA POR TU NATURALEZA me ciño a tu aclaración porque ahora entiendo el significado pleno de lo que quieres expresar. Tampoco es que estuviéramos muy en desacuerdo, decimos casi lo mismo.

    Lo que dices al final, lo de la gente chaquetera, uff, lo he visto muchas veces. Y no confundamos ser chaquetero con simpatizar con otros equipos. No lo digo porque tu lo confundas. Sé que res del Madrid pero también te gustarán otros equipos, como el Inter de Mou… (jajajaja)

    Dices: “Es muy cierto eso de que los que sufren se creen ya más legitimados a exigir derechos que no les corresponden. Es una idea interesante a añadir al asunto”. Te animo a que estrujas la idea, puede aplicarse a muchas cosas.

    Hasta pronto.

  6. daorino Dice:
    9 Mayo 2010 en 5:36 am | Responder He visto una errata en mi anterior comentaro. Evidentemente no quería decir LA GENTE ES MALA POR TU NATURALEZA, jajaja, sino que LA GENTE ES MALA POR NATURALEZA.¡Aveces tengo unos despistes!

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Nota de IRANIA:  En mi opinión se puede ser cristiano de religión y al mismo tiempo suscribir los planteamientos

filosóficos y morales que se exponen en este post.  Incluso lo aparentemente contradictorio… es conciliable y asumible.  Los contrarios se complementan, como ocurre con masculino y femenino, arriba y abajo, etc… Por otra parte…  Ser “debil” es relativo…   un virus puede matar a un hipopótamo!.

carl schmitt, católico

24 febrero 2010

IRANIA, presumiendo permiso del autor © Carlos Ruiz Miguel, reproduce íntegramente de una web el siguiente

estudio titulado CARL SCHMITT, TEORIA POLITICA Y CATOLICISMO

I. SOBRE EL CATOLICISMO DE SCHMITT.

Carl Schmitt (Plettenberg, 11.7.1888 + Plettenberg, 7.4.1985) es uno de los más importantes juristas y teóricos de la política del siglo XX. Pero es menos conocido que fue siempre católico y que el catolicismo estuvo constantemente presente en su obra. La relación de Schmitt con el catolicismo ha sido estudiada en varias ocasiones, si bien no de modo sistemático. En cualquier caso, según advierte Galli, es preciso plantear dicha relación desde diversas perspectivas. En primer lugar, la investigación debe centrarse en el perfil biográfico del autor, dando cuenta de la situación histórica y familiar de Schmitt, su formación juvenil, sus amistades y sus relaciones con intelectuales católicos. En segundo lugar, habría que abordar el aspecto personal-político de Schmitt, principalmente sus relaciones con los partidos católicos alemanes (que, aunque inicialmente buenas, fueron empeorando). En tercer lugar, debe examinarse la cuestión religiosa, tomando en cuenta no sólo la calidad de la cultura teológica de Schmitt, sino también la congruencia de su imagen de la Iglesia respecto a los problemas contemporáneos. En cuarto lugar, podría estudiarse la perspectiva teórica para comprobar en qué medida ha influido el catolicismo en la elaboración de las principales categorías a través de las que ha interpretado Schmitt la Modernidad, en relación con el Derecho, la Teoría del Estado y de la Política y la Filosofía de la Historia (en la que ha realizado interesantísimas investigaciones en torno al Anticristo y al Kat-Echon como fuerzas históricas). Las perspectivas apuntadas por Galli no agotan, sin embargo, un posible estudio de las relaciones de Schmitt con el Catolicismo. Aún se ha apuntado otra posible línea de investigación: el influjo de Schmitt sobre el catolicismo alemán de su tiempo, documentable en las principales revistas católicas y en la obra de las grandes figuras católicas alemanas, sobre todo a raíz de la publicación en 1923 de su estudio sobre “Catolicismo romano y forma política”. En conexión con esta última línea, y quizá como una visión distinta, podría estudiarse además, no ya sólo el influjo de la teología católica en Schmitt, sino el de Schmitt en la Teología católica, perceptible en la obra de algún importante teólogo canonista como Hans Barion, discípulo de Schmitt. La brevedad de este trabajo y la gran envergadura del tema obligan a examinar sólo algunas de las líneas de investigación anotadas.

II. CARL SCHMITT, CONFESOR CATOLICO

Nació Schmitt en el seno de una familia católica que vivió en Plettenberg, pueblo de fuerte implantación protestante en Renania, país católico, por lo que, como indica Schwab fue muy consciente de la controversia ocasionada por la Kulturkampf que, a pesar de ser un acontecimiento pasado, era todavía un  tópico capaz de suscitar la violencia entre católicos y protestantes. Pese a que algún autor afirma la ausencia de fervor religioso en Carl Schmitt, los datos parecen indicar lo contrario. Schmitt perteneció a una familia muy religiosa. Su padre, por el que sentía una profunda veneración, al llegar a Plettenberg impulsó con su trabajo y su dinero la construcción de una iglesia católica en un lugar donde sólo existía una iglesia protestante. Schmitt  trataba de ser un creyente fiel practicante de la religión, como lo apuntan las personas que lo trataron directamente. Carl Schmitt gustaba de hablar de Teología en sus conversaciones, y en su obra se constata su profunda formación teológica. En ocasiones, animaba sus tertulias con cantos religiosos como el de los peregrinos alemanes a Tierra Santa.
Sin embargo, es en una situación límite, en un caso excepcional -aquel que según Schmitt descubre la esencia de las cosas-, el de su encarcelamiento (al ser objeto de un “arresto automático” en calidad de testigo que puede ser convertido en acusado) donde puede apreciarse su profunda fe católica. En una obrita singularmente lograda en lo literario, escrita en prisión entre grandes dificultades, encontramos el testimonio más importante de la hondura y sinceridad de su fe. El autor renano ve en dos figuras de la mitología clásica (Prometeo y Epimeteo) la postura que puede adoptar el hombre ante Dios. Prometeo, que quiere robar a los dioses su atributo divino, el fuego, evocaría al ser humano soberbio que quiere comer el fruto del árbol del bien y del mal para ser como Dios. Epimeteo sería, sin embargo, el hombre que es obediente a los preceptos divinos. Schmitt señala en repetidas ocasiones que él es un Epimeteo cristiano y declara su rechazo a lo prometeico. Esa idea de lo prometeico, nunca aceptada por Schmitt, se percibe, a su juicio, en la gnosis, en el gnosticismo, que aparece así como una religión del Hombre y, por tanto, satánica. Pero además, lo satánico aparece en otro campo, en la Técnica, que pretende hacer al hombre como Dios. Esta última idea la había expuesto ya en una conferencia dada en Barcelona en 1929, donde se refirió al espíritu maléfico y satánico de la técnica basado en la fe en “el poder sin límites y el señorío absoluto del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la humana” y en “el vencimiento de las fronteras naturales”. Para Schmitt, todo ese despliegue de las fuerzas de la técnica “tiene algo de maravilloso” y “es digno de la intervención de potestades infernales”.
Schmitt cree en la resurrección de los muertos, reza por el alma de los difuntos, admira a los Padres de la Iglesia, manifiesta su devoción por la Inmaculada Virgen María, madre auxiliadora de la que dice Schmitt, escritor líricamente que “un soplo de su clemencia celestial” puede disolver el rígido lamento de la tumba del poeta Kleist. Confiesa como cristiano la divinidad de Cristo de forma artística, pero sincera: “el último refugio para un hombre torturado por los hombres es siempre una oración, una jaculatoria al Dios crucificado. En el dolor lo reconocemos y nos reconoce. Nuestro Dios no fue lapidado como judío por los judíos, ni decapitado como romano por los romanos. No podía ser decapitado. Sufrió la crucifixión, muerte de los esclavos, que un conquistador extranjero le infligió”.
Ese católico que fue Carl Schmitt terminó sus días en la tierra un 7 de abril de 1985. Aquel día, hecho simbólico, era Domingo de Resurrección.

III. ALGUNAS TESIS DE SCHMITT Y EL CATOLICISMO

1. El concepto de lo político.
Una de las más importantes aportaciones de Carl Schmitt al pensamiento político es su concepto de lo político. Para él, “la distinción propiamente política es la distinción entre el amigo  y el enemigo”. Se cuida de advertir que enemigo en sentido político no es un adversario privado, sino público, es decir, es una totalidad de hombres situada frente a otra análoga que lucha por su existencia, o mejor, por su propia forma de existencia, frente a otra análoga, por lo menos eventualmente. El precepto evangélico del amor por los enemigos (Mt. 5,44 y Lc. 6,27) señala Schmitt tras un examen etimológico, se refiere sólo al enemigo privado, no al público, al inimicus/        y no al hostis/        . Por ello, dice nuestro autor, en la milenaria lucha entre el Cristianismo y el Islam, a ningún cristiano se le ha ocurrido, movido por su amor a los sarracenos o a los turcos que debiera entregarse Europa al Islam en vez de defenderla (notemos que Schmitt escribe en 1929, antes del Concilio Vaticano II y de la asunción por éste del ecumenismo y de la libertad religiosa). El enemigo en sentido político no tiene por qué ser odiado en la esfera privada y personal. Como recuerda Galán, nadie puede sostener que la guerra resulte condenada en los Evangelios: si lo sostuvieron en los primeros siglos algunos padres de la Iglesia bien pronto la Iglesia misma reaccionó contra esa tesis llegando a declarar como herética la opinión de que toda guerra es, sin más, ilícita, anatematizando al que deserta del servicio militar por pretextos religiosos y santificando a muchos hombres de armas (reiteramos la advertencia sobre la fecha del escrito de Schmitt). Ciertamente, en este punto, como en muchos otros de su pensamiento, Schmitt se inspira en el catolicismo tradicional, tridentino si se quiere, que no se parece al que conforma el Concilio Vaticano II.
Schmitt es ante todo realista y se aleja de toda suerte de utopías, sentimentalismos o racionalismos que ignoran la realidad de las cosas. Su pensamiento es, ante todo, pensamiento concreto, no abstracto, en el sentido de estar en contacto con la realidad y no alejado de ella. Su formulación de lo político se inscribe en esa línea. Por ello, concordamos con Galán en que se puede pedir que un renovado sentido cristiano de la vida suavice las crudezas y rigores de una época intensivamente politizada en todos los órdenes, mas lo que no se puede pedir al hombre es su despolitización porque eso es utopía: el hombre es en esencia y potencia animal político, y por los siglos de los siglos el hombre se conducirá como lo que es, y la política seguirá siendo el destino trágico e inexorable de su existencia. No poder pensar que la división de los hombres en amigos y enemigos sea una reminiscencia atávica de épocas bárbaras llamadas a desaparecer un bello día de la tierra es, ciertamente, algo descorazonante: a saber, una descorazonante verdad, como otras tantas de la vida.
La realidad de la oposición amigo-enemigo tiene una evidente raíz teológica. Satán significa “el adversario”, esto es, el enemigo. La oposición amigo-enemigo no es, por otra parte, maniquea como a menudo se dice, pues se trata de una descripción real, existencial, de algo presente en la vida y no una afirmación del carácter eterno e increado del principio maligno. En la teología católica, el enemigo nace en un momento determinado como consecuencia de la rebelión de Luzbel y será derrotado definitivamente al final de la historia: no es eterno como Dios. Pero entre esos dos momentos, inicial y final, existe y actúa en la historia. Afirmar que esa contraposición es maniquea supone ignorar en qué consiste el maniqueísmo, la doctrina de Mani que afirma la existencia eterna del Bien y del Mal como principios irreductibles, eternos y con sustancia propia. Schmitt al formular su concepto de lo político no es un maniqueo, sino que se mantiene dentro de la más pura ortodoxia (tradicional) católica.

2. La noción de soberanía.
Según Schmitt, “soberano es el que decide sobre el estado de excepción”. Esta noción de soberanía tiene para él raíces teológicas. El propio Schmitt declara que “todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Ello se explica porque “la imagen metafísica que de su mundo se forja una época determinada tiene la misma estructura que la forma de la organización política que esa época tiene por evidente”. Conclusión ésta que comparte su gran adversario Kelsen quien sostiene que hay una correlación entre visión filosófica del mundo y defensa de la autocracia o de la democracia. De ahí que la imagen que tenga de Dios una sociedad suela ir aparejada con una determinada forma política.
Sentados estos precedentes, examina Schmitt qué forma política acompaña a la noción de un Dios personal y providente que interviene directamente en el mundo, cual es Cristo y también qué concepto de Dios (si es que lo hay) se asocia con la forma política del Estado de Derecho democrático. Cree Schmitt que la noción de un Dios personal y providente, como la que él profesa, que interviene directamente en el mundo, no se cohonesta con esa forma política del Estado de Derecho democrático, sino con otra distinta. Como afirma Schmitt, “está dentro de la tradición del Estado de Derecho contraponer al mandato personal la validez objetiva de una norma abstracta”. En la teoría del Estado del s. XVII que supone todavía la trascendencia de Dios frente al mundo, el monarca se identificaba con Dios y el Estado (o si se quiere, el Monarca) ocupaba una posición análoga a la atribuida a Dios, considerado como unidad personal y motor supremo. El constructor del mundo es al mismo tiempo creador y legislador, es decir, autoridad legitimadora. La concepción de la soberanía consecuente con esta idea de Dios es de tipo personalista, concreta, y no abstracta o diluida en órganos abstractos. Esta concepción concreta es la defendida por Hobbes cuando dice que “si uno de los poderes ha de someterse al otro, esto significa simplemente que quien detenta el poder ha de someterse al que tiene el otro”, pues la sujeción, la orden, el derecho y el poder son accidentes de las personas, no de los poderes”. Por ello, Hobbes siempre fue personalista y postuló una última instancia decisoria concreta. En última instancia, la consideración de un poder personal supone la existencia de una responsabilidad, que resulta muy difícil de exigir, cuando no imposible, respecto de un poder impersonal o abstracto. No sólo subyace aquí, pues, la idea de un Dios personal y providente que interviene directamente en los asuntos humanos, sino también la idea del hombre como persona, al que en virtud de su libertad se le pueden exigir responsabilidades, esto es, la idea católica del hombre capaz de salvar o condenar su alma.
Frente a lo anterior, el autor alemán afirma que “la idea del moderno Estado de Derecho se afirmó a la par que el deísmo, con una teología y una metafísica que destierran del mundo el milagro y no admiten la violación  con carácter excepcional de las leyes naturales implícita en el concepto del milagro y producido por intervención directa, como tampoco admiten la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente. El racionalismo de la época de la Ilustración no admite el caso excepcional en ninguna de sus formas”. Del mismo modo que el deísmo mantiene la existencia de un Dios, pero de un Dios inactivo, el constitucionalismo liberal mantiene al monarca, pero impotente y paralizado por medio del Parlamento. El deísmo pronto se diluirá, ora en un panteísmo más o menos claro fundado en su inmanencia, ora en la indiferencia positivista frente a la metafísica en general. Todas las identidades que reaparecen en el siglo XIX descansan sobre la noción de inmanencia: la teoría democrática de la identidad de gobernantes y gobernados, la teoría orgánica del Estado y su identificación de la soberanía con el orden jurídico y la teoría de Kelsen sobre la identidad del Estado y el orden jurídico. Precisamente la concepción kelseniana de la democracia como la expresión de una actitud científica relativista e impersonal responde a la línea inmanentista seguida por la filosofía y la teología del siglo XIX.
Esta concepción impersonal del Estado (que para algunos es la forma propia de entender el Estado, frente a las formas preestatales) no esconde para el más importante teórico de la democracia, sin embargo, su carácter ficticio. Como bien advierte Kelsen, “la autocracia tiene por gobernante a un hombre de carne y hueso, aunque elevado a categoría divina, mientras que en la democracia funciona como titular del poder el Estado como tal”. Para el fundador de la Escuela de Viena, “la apariencia del Estado como persona inmaterial oculta el hecho del dominio del hombre sobre el hombre (subrayado nuestro), intolerable para el sentir democrático”. Lo grave de ello es que pueda concluirse que “una vez eliminada la idea de un hombre que gobierne sobre los demás, cabe admitir que el individuo obligado a obedecer el orden político carezca de libertad” y que “no debe ser libre el ciudadano individual en sí, sino la persona del Estado (subrayado de Kelsen)”.

3. La crítica de los valores.
En un artículo importantísimo habló Schmitt de la “tiranía de los valores”. La crítica a los valores ya había sido realizada por Heidegger, desde el campo de la Metafísica, como veremos, por Weber desde la Sociología y por Forsthoff, desde el Derecho. Aunque ya Nietzsche hablara de ellos en un sentido, por cierto, cercano al de Schmitt, la terminología y la idea de los valores surgió primero en la filosofía a comienzos de este siglo, para introducirse después en la Filosofía del Derecho y en el Derecho Constitucional y acabando por entrar en la Teología y en el lenguaje eclesiástico. En este último aspecto ha sido capital la torcida traducción que se hizo de una expresión utilizada por Juan XXIII en la Pacem in terris: ordo bonorum se tradujo por jerarquía de valores, algo bastante distinto, ciertamente. En los documentos pontificios posteriores, sobre todo en los del Concilio (pastoral, que no dogmático) Vaticano II esta tendencia no hace sino acentuarse, para llegar al paroxismo con Juan Pablo II quien, no en vano, se doctoró en filosofía con una tesis acerca de “La posibilidad de fundar una ética cristiana sobre la base filosófica de Max Scheler”.
Ya Zaragüeta dijo en 1948 con toda claridad que con la filosofía de los valores se abría paso una nueva actitud filosófica, que no es tanto la del que trata de “conocer” el “ser” del mundo y de la vida cuanto de “estimarlos” en su auténtico “valer”. Pudo decir así el filósofo español que “en estas cuatro palabras, conocer y ser, estimar y valer, se contiene toda una revolución del pensamiento actual, que no deja de serla también para el antiguo”. Heidegger, por su parte, afirma que “el valor y lo válido llega a ser sustitutivo positivista de lo metafísico”.
Schmitt, autor de muy buena formación filosófica, parte de que los valores no tienen un ser, sino una validez. El valor no es, sino vale. Ahora bien, Schmitt va más allá. A su juicio, el valor, sin embargo, implica un afán muy fuerte a la realización. No es real, pero está relacionado con la realidad y está al acecho de ejecución y cumplimiento. La validez de un valor tiene que ser continuamente actualizada, es decir, hacerse valer, pues si no, se disuelve en vana apariencia. Quien dice valor quiere hacer valer e imponer. Las virtudes se ejercen, las normas se aplican, las órdenes se cumplen; pero los valores se establecen y se imponen. Quien afirma su validez tiene que hacerlos valer. Esta agresividad es la consecuencia lógica de la estructura tética y subjetiva del valor y se produce continuamente por la realización concreta del valor. Esto se intentó solventar pretendiendo un carácter “objetivo” de los valores, pero así no se hizo más que introducir un nuevo momento de agresividad en la lucha de las valorizaciones, sin aumentar lo más mínimo la evidencia objetiva para los que piensan de manera distinta. En consecuencia, no se superó la teoría subjetiva de los valores. No se consiguen valores objetivos simplemente con el truco de velar los sujetos y silenciar quienes son los portadores de valores cuyos intereses suministran puntos de vista y puntos de ataque del valor. Nadie puede valorizar sin desvalorizar, revalorizar, valoricidar o explotar.
Según la lógica del valor, se observa la siguiente norma: el precio supremo no es demasiado para el valor supremo y hay que pagarlo. El pensamiento de los valores convierte automáticamente la lucha contra un determinado enemigo concreto en lucha contra un sinvalor (abstracto). El sinvalor no tiene ningún derecho frente al valor, y para imponer el valor supremo no hay precio demasiado excesivo. Todas las categorías del clásico Ius publicum Europaeum -enemigo justo (justus hostis), motivo justo (justa causa), proporcionalidad de los medios y procedimiento ordenado (debitus modus)- serán, sin esperanza alguna, víctimas de esta lógica de valor y sinvalor. Lo mismo ocurre con la dignidad humana: al principio se decía que las cosas tienen un valor y las personas tienen una dignidad. Valorar la dignidad se consideró indigno. Hoy día, en cambio, también la dignidad se ha convertido en un valor.
Desde el momento en que cualquier principio o ente (Dios o la religión, lo mismo que el Estado o la libertad), se convierten en valores, pierden su dimensión ontológica, para tener una mera dimensión ideal. Pero además, al entrar en la dinámica de los valores, al entrar en el juego de la cotización propio de la Bolsa de valores, corren el consiguiente riesgo de poder desvalorizarse, y de esta suerte no puede extrañar que en ese mercado el valor Dios pudiera ser considerado inferior al valor indiferencia, el valor libertad al valor igualdad, el valor matrimonio al valor pareja (homo o heterosexual), el valor fidelidad al valor volubilidad, el valor sacrificio al valor comodidad, etc. Pero no sólo es que esos valores, al cotizarse a la baja en el mercado de las ideas, se conviertan en valores inferiores a otros, sino que en la medida en que un valor desvalorizado no se puede imponer, deja de valer, como afirma Schmitt. Un valor inferior, esto es, que no consigue ser superior, es algo inoperante. La dinámica de los valores destruye los principios firmes, las distinciones ontológicas (Bien/Mal, virtud/vicio, honradez/corrupción, p. ej.) que presuponen que uno de los términos no puede llegar a ser el otro. Sin embargo, convertidos en valores, esas realidades se sitúan en una escala común móvil a través de la cual pueden convertirse la una en la otra. De esta forma, los dogmas sufren un proceso de disolución. Del mismo modo, las categorías y los principios jurídicos, las decisiones políticas fundamentales, experimentan un similar falseamiento y corrupción. Así, todo (incluso la religión) cae bajo la visión ideológica. Los valores son a las ideologías lo que los dogmas a las religiones (cuando éstas, por mor de los valores no se han “ideologizado”).

IV. CONCLUSION.

Este breve examen de la relación de Schmitt con el catolicismo permite seguramente afirmar que Schmitt fue siempre católico. Nadie duda tampoco del influjo de los dogmas  de la Teología católica en la obra de Schmitt. La cuestión de si su filosofía política puede ser considerada como católica es, sin embargo, mucho más ardua. D?Ors ha negado que la obra de Schmitt constituya una Teología política, pues a su entender una Teología política debe partir de claros dogmas y obtener conclusiones políticas racionalmente necesarias, lo que no ocurre con ciertas derivaciones de los dogmas que tienen un carácter metafórico (como a su juicio derivar del dogma de la Realeza de Cristo la necesidad de la monarquía, etc.). Lo que se discute es si esa obra puede ser considerada en sí misma, y no por sus influjos, como católica. La calificación de tal puede verse perturbada por elementos un tanto extraños al debate, como la relación de Schmitt con el nacionalsocialismo, insuficientemente conocida y comprendida, y que ha sido ocasión para que Schmitt fuera objeto de difamaciones. En cualquier caso, nos atrevemos a afirmar que la tesis de que el pensamiento político de Schmitt puede ser considerado como una filosofía política católica, no puede ser descartada, bien entendido que el Catolicismo no impone un  único programa o filosofía políticos.

un libro que hay que leer: una HISTORIA DE ESPAÑA diferente…

19 diciembre 2009

Me he  enterado de la aparición de una novedad editorial en el ámbito de la historiografía que por su sobresaliente calidad hay que leer. Se trata de un libro contra corriente y que precisamente por decir lo que pocos autores osan decir es un desafío frente a los manipuladores de la historia de España. Su título es TEORIA DE LAS ESPAÑAS que nos hará comprender, con meridiana claridad, lo que significa el ser de ESPAÑA, es decir, de las ESPAÑAS  entendidas como una manifestación de Europa, nuestra Madre Europa.    Me atrevería a considerar que una vez leído este compendio de las Españas se entiende mejor lo que significa pertenecer y ser hijo de la Tierra de nuestros Padres, es decir, de la gran Patria hispana y europea.

Sin mas preámbulos paso a copiar textualmente un informe publicitario de esta obra de investigacón histórica, cuyo autor, Antonio Hernández, muy conocido  en ambientes de su especialidad, en lo sucesivo será un referente al que tendremos que recurrir:

TEORÍA DE LAS ESPAÑAS

por Antonio Hernández

Iniciamos una nueva Colección, en este caso se trata de una Biblioteca de temática histórica, donde se abordarán problemas y propuestas para dar solución a diferentes aspectos de tan amplia y relevante materia como es la Historia. Como siempre, nuestro títulos serán innovadores y polémicos para muchos de nuestros lectores pero no por ello menos interesantes. Una vez más, Editorial Retorno, rompe una lanza en favor del entendimiento y por la Cultura en su sentido más amplio, nos deslastramos completamente de pensamientos y teorías caducas para apostar por propuestas novedosas y conciliadoras con la Historia y las personas, siendo pragmáticos entre teoría y realidad pero aportando un campo más de discusión para el presente y el futuro.

Comenzamos nuestra andadura histórica con un ensayo conciliar y realista sobre la organización de los pueblos de la Península Ibérica para que sirva de reflexión a todos aquellos interesados. Partiendo de hechos objetivos históricos, el autor, nos da una explicación causal con entidad histórica suficiente para entender la actualidad como también claves fundamentales para preparar el futuro.

Una vez más, damos la posibilidad a los lectores de habla castellana de leer y estudiar un texto completamente inédito con propuestas novedosas imbrincadas en la más remota historia penínsular, abiertas todas ellas a discusión y cambio.

En este caso, como aporte novedoso en la encuadernación y diseño del libro disponemos de todas las páginas a papel couche de 115 gramos, algo que lo hace imperecedero no sólo como ensayo de pensamiento que es sino también  materialmente; además continúa  en nuestra línea editorial de altísimas calidades de encuadernación en tela, termosellado, marca páginas en tela, maquetación muy cuidada…

En definitiva, con este libro el lector tendrá a su disposición las claves del pasado peninsular para entender el devenir de la convivencia de nuestros pueblos, y además, aportará una hipótesis más entre una de la multitud de propuestas actuales y venideras.

Autor: Antonio Hernández

ISBN: 978-84-935077-3-2

Tamaño: 24 x 17 x 3 cm
Características: 238 páginas de papel couche de 115 gr.. Contiene 81 páginas con imágenes a todo color donde, 28 páginas son mapas históricos explicativos de la península ibérica y 53 páginas contienen escudos y banderas a todo color como propuesta. Encuadernación de tapa dura en tela verde oscuro con grabado color oro en portada y lomo, además con marca páginas de tela color verde cosido al lomo.

Sinopsis: En un mundo sumido en las tinieblas de la globalización, irrumpe, como un rayo de luz, esta obra; “Teoría de Las Españas”, sin duda, una teoría revolucionaria que no se limita a cuestiones territoriales, va más allá, pues no está exenta de un componente espiritual que ataña no sólo a los pueblos peninsulares sino a todos los que forman parte de Europa y tienen a su tierra un sano arraigo que el feroz mundialismo pretende aniquilar.

Nos encontramos pues, ante una propuesta territorial armónica, cimentada en aspectos histórico-biológicos y no en intereses dinásticos o conceptos jacobinos, cuya misión ha sido desnaturalizar Las Españas. Por esta razón, el autor, en clara ruptura con la idea de Estado-Nación, plantea un modelo federal integrado en una gran Confederación Europea.

Este libro es además, un completo atlas heráldico e histórico que lo convierte en una excepcional obra de consulta y en un     referente para el lector consciente de que no basta con respetar los pueblos. Es preciso amarlos. En palabras del propio Hernández: “La nación, cualquier nación, es y está antes que cualquier Estado”.

La voraz política “castellanizante” aplicada por el Conde Duque de Olivares en el siglo XVII y continuada desde entonces por las clases dirigentes, constituyó una lamentable agresión a la diversidad hispánica y una actitud incompatible con la fraternidad      necesaria entre nuestros pueblos. No le faltaba razón a Ortega y Gasset cuando afirmaba que España es una espada cuya empuñadura se encuentra en Castilla y su punta en todas partes.

En una época donde parece que todo debe ser un producto del marketing, celebramos ver publicada una obra que denuncia verdades incómodas pero que hará un gran servicio a las futuras generaciones. Un viaje a través de la historia más apasionante que podamos concebir: Nuestra Historia.

Índice:

Exordio…………………………………………………………………………………….. 13

Prólogo……………………………………………………………………………………… 15

Primera Parte: Teoría, Conceptos e Ideas

I. Introducción………………………………………………………………………….. 23

II. Prolegómenos necesarios y una propuesta revolucionaria…………………. 25

III. Una nueva terminología política……………………………………………….. 29

IV. Nuestra Península tal como es………………………………………………….. 33

V. Mapas geográficos y etnológicos de Las Españas…………………………… 39

Regiones naturales………………………………………………………………………. 39

Áreas etno-antropológicas………………………………………………………………. 41

Áreas lingüísticas……………………………………………………………………….. 43

VI. El concepto de Nación…………………………………………………………… 45

VII. De “Monarquías” a “Naciones”  o cómo se tergiversa la Historia…….. 47

VIII. Aplicación de los conceptos identitarios a la idea de España………… 49

IX. Las Españas: Conceptos previos……………………………………………… 51

X. Claves para entender Las Españas……………………………………………. 53

XI. Orígenes históricos de las nacionalidades españolas…………………….. 61

XII. Sinopsis cronológica y Mapas históricos…………………………………… 65

Sinopsis cronológica de la formación histórica de los pueblos hispánicos………. 65

Iberia antigua……………………………………………………………………………..67

Hispania romana………………………………………………………………………… 69

Hispania en el siglo V…………………………………………………………………. 71

Consolidación de los visigodos en Hispania……………………………………….. 73

Administración visigoda (años 600 a 711)…………………………………… 75

Irrupción y ocupación musulmana (Primera mitad del siglo VIII)………… 77

Situación de La España visigoda (años 711 a 714)………………………………… 79

España cristiana (años 714 a 750)……………………………………………………. 81

España cristiana (años 750 a 850)……………………………………………………. 83

El naciente Reino de Pamplona y los condados pirenaicos en el siglo IX…. 85

España cristiana (años 850 a 950)……………………………………………………. 87

España cristiana (años 950 a 1050)………………………………………………….. 89

España cristiana (años 1050 a 1150)…………………………………………………. 91

España cristiana (años 1150 a 1230). La Hispania de “Los Cinco Reyes”.. 93

España cristiana (años 1230 a 1492)…………………………………………………. 95

Las Españas de los Austrias (siglos XVI y XVII)………………………………….. 97

La “España” de los Borbones (siglo XVIII y XIX hasta 1833)……………… 99

División de España en “Provincias” (desde 1833)…………………………….. 100

Cartografía Hispano-científica…………………………………………………………. 101

Proyecto de regionalización de España de 1973………………………………… 102

XIII. Organización política de Las Españas según la historia………………. 103

XIV. Problemas territoriales…………………………………………………………. 109

Segunda Parte: De la Teoría a la Praxis: Federación de Las Españas

I. Introducción………………………………………………………………………….. 113

II. Mapa político de Las Españas según nuestra propuesta………………….. 119

III. Ámbito de los Países Celtas………………………………………………… ….. 121

IV. Ámbito de la Meseta Ibérica o “Castellano-leonés”……………………. 127

V. Ámbito hispánico meridional…………………………………………………… 135

VI. Ámbito lusitano o de Portugal…………………………………………………. 141

VII. Ámbito navarro-vascongado o “Euskal-Herría”………………………….. 145

VIII. Ámbito de los Paises Íbero-Mediterráneos ó

“Països Iberic-mediterranis” 151

IX. Ámbito hispano-atlántico o “Insular canario”…………………………….. 157

X. La capital federal………………………………………………………………….. 161
XI. Nuevos símbolos para Las Españas…………………………………… 163

XII. Heráldica y vexilografía de Las Españas………………………………….. 167

Anotaciones sobre la heráldica y vexilografía hispánica……………………. 167

Espacio Geopolítico de Las Españas…………………………………………………. 170

Ámbito de los Países Celtas y sus Áreas Identitarias…………………………. 175

Ámbito de la Meseta Ibérica y sus Áreas Identitarias………………………… 179

Ámbito Hispánico Meridional y sus Áreas Identitarias………………………. 186

Ámbito de Portugal y sus Áreas Administrativas………………………………. 191

Ámbito de Euskal-Herría y sus Áreas Identitarias…………………………….. 201

Ámbito Ibero-Mediterráneo y sus Áreas Identitarias………………………… 208

Ámbito de Canarias y sus Áreas Identitarias Isleñas…………………………. 215

XIII. La bandera rojo y gualda……………………………………………………. 223

Tercera Parte: Conclusiones Finales

Epílogo………………………………………………………………………………….. 229
Bibliografía…………………………………………………………………………. 235

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lo evidente a veces no se ve

3 abril 2009

Es conocida la anécdota de los peregrinos que tras, ímprobos esfuerzos llegan a la cima de una montaña para pedir consejo a un santón tibetano.

Cuando es el turno de hacer las preguntas, Homer aún habiendo leído que el sabio gurú sólo dispone de tiempo para atender a una pregunta, dice:

_¿Es usted el venerable Ramana…?

–Por supuesto…

–Entonces… querría ¿  saber cómo llegar a ….?

El guru, con clara y rotunda voz, le interrumpe:

–Que pase el siguiente…

 

Y es que el simple y desconfiado Homer ya había hecho su pregunta.

 

Paralelamente, los hombres y mujeres de hoy, pese a la evidencia que les rodea y lo que contundentemente muestra la naturaleza y el cosmos, siguen creyendo que “la verdad, la belleza, la fealdad, el bien y el mal son relativos!!— es decir que no existen verdades absolutas.

Sin embargo, Jesucristo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

 

¿Habrá que pensar que quienes opinan que la verdad no existe o que depende del criterio de la mayoria tienen más razón que un Santo?

En relación con este razonamiento, un jocoso cínico o humorista escribió: “40.000 millones de moscas no pueden equivocarse: comamos mierda!”… ó…:  “prohibido prohibir”… ó… “muera la intolerancia”… etc.   Curiosamente hay muchas personas que se tienen por sensatas  e informadas que proclaman con toda seriedad que hay que prohibir las ideas “no democráticas”, etc… y que se escandalizan de que  Millán Astray (que  escribió un estudio sobre el bushido, código del honor de los samurai) gritara –según dicen–… “¡Muera la Inteligencia!

Como es obvio… el grito de “Muera la inteligencia”… como el hecho de que  los legionarios que se consideran “novios de la muerte” y que exclaman “¡Viva la muerte!” son conceptos que tienen sentido en un contexto determinado.  Si se entiende que la muerte no es el final de la vida sino parte del proceso que transita de la vida terrenal a la vida futura o del “más allá”… entonces la muerte existe y es una forma especial de “vida”..  Por otra parte, si se admite que nada se destruye sino que se transforma… entonces es que nada muere realmente…

 

Julio Sanz, 3 de abril de 2009, viernes

atentan contra la naturaleza del hombre y de la mujer

17 marzo 2009

Irania tiene el honor de copiar parcialmente el siguiente artículo editorial de EL CRUZADO:

La semana del 22 de Diciembre del 2008, SS. Benedicto XVI habría hecho una declaración pública contra la teoría de género. Esta teoría, es un sofisma que busca lograr la aceptación de la conducta homosexual y otros vicios en la sociedad contemporánea.
La teoría de género desvincula el concepto de sexo masculino/femenino de la naturaleza de hombre/mujer. Esta teoría (que siendo tal, se define como “no demostrada”) sostiene que el rol sexual –”género”- es cultural y no biológico; es social y no determinado en la propia naturaleza humana por un designio de Dios; es una construcción social o un paradigma y no una condición natural del hombre. Así, el rol masculino puede ser tomado por una mujer o viceversa.
Un lector optimista, se manifestaba extasiado por la noticia en un correo que nos envió, ya que su esperanza – nos comentaba – era que Benedicto XVI fuera un restaurador de la Iglesia Católica en estos momento de profunda crisis en el mundo católico y en quienes dirigen el rebaño.
La agencia ANSA (el 22 de Diciembre recién del 2008) informó que Benedicto XVI “recordó hoy la naturaleza humana de ‘hombre’ y ‘mujer’, contra la categoría ‘gender’ (género)”. Dijo aún el Pontífice, en el discurso a la Curia romana, en la audiencia de intercambio de felicitaciones con motivo de la Navidad: “No es una metafísica superada si la Iglesia habla de la naturaleza del ser humano como hombre y mujer y pide que este orden de la creación sea respetado”(1) .
Concordamos plenamente con lo que indica Su Santidad. En un mundo en el que el relativismo moral rige a la opinión pública – incluso en los medios católicos más “conservadores” – una declaración del Papa orientando a los católicos frente a la teoría de “género” y sus desviaciones, es más que acertada. ¡Cómo no alegrarse al oír un Papa conservador haciendo eco, cual catedral medieval, del infalible Magisterio Tradicional de la Iglesia! Sin embargo, esta conclusión podría ser prematura…
 

¿Cómo comprender entonces, la postura del Vaticano apoyando la despenalización de la sodomía frente a la ONU?
 Segundo, debe comprenderse qué implica que la sodomía sea despenalizada 
Las normas derivadas del Magisterio Tradicional de la Iglesia, invariablemente, benefician al hombre. Lejos de impedir el ejercicio de la verdadera libertad (y no el endiosado libertinaje), estas enseñanzas son un medio para que los hombres se perfeccionen y alcancen el fin por el cual han sido creados.
Estas normas enseñadas por la Iglesia, constituyen, adicionalmente, barreras “de contención” – podríamos llamarlas así – para alejar a los hombres del error. Entendido así, la despenalización de la sodomía constituye un enorme triunfo estratégico para la causa pro-homosexual en el mundo, ya que es el primer paso para la aprobación total de las demandas de estos grupos de presión. Es por constituir un enorme triunfo estratégico para esa causa, que consideramos particularmente desconcertante la declaración de la delegación vaticana en la ONU, por la cual pidió a las naciones que la sodomía sea despenalizada.
El efecto de ese apoyo es análogo al efecto de agrietar un dique.
En cuestión de tiempo, el dique se romperá y las aguas avanzarán. La pregunta, simplemente, es cuándo. Con una fuerza multiplicadora – también análoga a la fuerza hidráulica – proseguirá (como ha sido hasta ahora) la escalada homosexual. La protección jurídico-legal tiende a ampliarse: derechos laborales, derechos civiles (como herencia), seguro social, etc. El paso siguiente, (evito decir “naturalmente”) claramente, será la legalización del llamado “matrimonio” homosexual, equiparado al legítimo matrimonio cristiano entre hombre y mujer. Después de esos triunfos de reconocimiento, le sucede el triunfo que contempla la adopción de niños (¡!) para formar una “familia”…
Preguntas que un católico debe hacerse frente al apoyo del Vaticano para la despenalización de la sodomía
Entendemos que la delegación del Vaticano en la ONU representa, naturalmente, la posición de la Santa Sede (y la del Papa, por supuesto).
 Siendo esto así, cabe preguntarse:
¿Desconoce el Vaticano la enseñanza tradicional de la Iglesia respecto al pecado contra natura?
¿O no comprende la Santa Sede qué clase de éxito estratégico constituye su declaración por la “despenalización” de la sodomía para los grupos de presión pro-homosexual?
¿Por qué el Vaticano apoya, con su declaración, el lobby homosexual?
 
¿Qué pensar frente a este confuso y trágico escenario?
Sin duda, hemos documentado malas noticias para quienes se ilusionaron, para aquellos que pensaron, de buena fe, que Benedicto XVI sería un baluarte del conservadurismo. La ambigua posición vaticana y la contradicción de su delegación, se traduce en un apoyo para la propagación del pecado contra natura.
Desde el Concilio Vaticano II, es cada vez mayor la propagación de una nueva moral permisiva y relativista, tanto en el rebaño como en los pastores. Y es tal vez bajo las normas de esa nueva moral – que desconocemos como auténtica – que se puede explicar la posición de la delegación vaticana frente a la ONU. Tal vez bajo los preceptos de esa supra moral universal – de corte mundialista y dictatorial- intenten justificar los abominables casos de pedofilia en el alto clero norteamericano, últimamente denunciados. O tal vez se intente explicar el apoyo que innumerables autoridades de la Iglesia han venido dando al comunismo, al socialismo y otras sectas anticristianas en las últimas cinco décadas. E incluso se intente explicar el misterioso silencio de la conferencia episcopal norteamericana respecto a las elecciones que darían por vencedor a un senador oficialmente “abortista”; silencio, dicho sea de paso, que tuvo como consecuencia el apoyo del 54% de los católicos a dicho candidato (7). Los límites que definen la extensión de este artículo, dejan fuera cientos de otros “tal vez” que podrían – infundadamente- ser explicados por esa nueva moral mundialista y totalitaria.
Y si ha habido un colaborador por omisión a este proceso de dictadura mundialista y “seudo-moralista”, han sido todos los católicos que confiados en vivir cómodamente en el “nuevo orden mundial”, permiten indiferentes el avance de las puertas del infierno. ¿Hasta cuándo ocurrirá esto?
Esto ocurrirá, naturalmente, hasta que Nuestra Señora, la Reina del Cielo y de la Tierra, quiera, con su voluntad soberana hacer realidad la promesa que hizo al mundo en Fátima: “Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará”. Hasta ese triunfo, cuya fecha y hora está fijada en los designios de María, los católicos auténticos deberán resistir de frente. ¿Qué resistir? Resistir con heroísmo católico la aceptación de la impureza desatada. Rechazar con sabiduría cristiana, la nueva orientación pastoral cuya contradicción vital, tanto aleja a las almas de Dios.
 
NOTAS:

 

 

(1) ANSA, 22 de Dic. 2008.

 

(4) III Concilio Ecuménico de Letrán (Lateranense), cán. 11, In Mansi, XXII.

(5) Cfr. San Alberto Magno, In Evangelium Lucae XVII, 29, apud. J. Mc Neill

(6) S. Th. Il-IIae, q. 154, a. 11; Graciano, D. II, XXXII, 7, caps. 12 y 14

 

Enviado por jzamora el Mar, 03/17/2009 – 00:14.

 

(3) Concilio de Ancira (Ancyrense), Decreto 16, 17. Cfr. C. H. Turner, Ecclesiae occidentalis monumenta iuris antiquissima, Oxford 1909, Vol. IX, p. 19.

 

(7)  http://pewforum.org/docs/?

 
(2) Agencia Reuters

¡Dios salve a la Razón!”

4 enero 2009

bueno 

 

 

 

 

 

 

 

Gustavo Bueno   comenta el discurso pronunciado en Ratisbona por el Papa Benedicto XVI y,  una vez más, escandaliza a  los profesionales del ateísmo al decir  que está “traduciendo”  el pensamiento del pontífice al lenguaje de su “materialismo filosófico”.

El diario de Oviedo “La Nueva España” (4 enero 09) publica una crónica en la que dice:

«Es el Dios de los cristianos quien ha salvado a la razón humana a lo largo de la historia de Occidente». La frase, literalmente apoteósica, es la culminación del capítulo que el filósofo Gustavo Bueno ha titulado «¡Dios salve la Razón!», dentro del libro del mismo título en el que ocho pensadores de diferentes países glosan la célebre conferencia del Papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, en septiembre de 2006.

Aquella alocución pontificia se hizo famosa por haber desatado las iras de amplios sectores del Islam, ya que el Papa resaltó la relación de razón y fe, y la racionalidad del cristianismo, frente a la irracionalidad posible de otras creencias.
En el citado capítulo, Bueno sostiene que esa racionalidad ha consistido en que el Dios de los cristianos ha salvado a la razón de sucumbir en «desviaciones o trastornos» como las supersticiones -fetiches, talismanes, horóscopos, adivinaciones, sectas-, «que renacen con inusitado vigor en las sociedades industriales de nuestros días». Pero la razón también ha sido salvada, agrega Bueno, de «mitologías o ideologías delirantes», de «desviaciones escépticas o nihilistas», del «relativismo, la trivialización y el posmodernismo», o de «dogmatismos y fundamentalismos institucionales».

Si en la presentación del referido libro, el pasado 12 de diciembre, Gustavo Bueno afirmó que «extiendes la vista por el mundo y ves que el Papa Benedicto XVI es de lo poco aprovechable que anda por ahí», en el preámbulo de su capítulo reconoce una «admiración no meramente retórica» por el Papa, y de ahí que «el mejor homenaje que creo poder rendir a S. S. Benedicto XVI» es «este mi comentario, amablemente pedido por Ediciones Encuentro, a la lección magistral por él pronunciada en la Universidad de Regensburg (Ratisbona en alemán)».

Además de la de Bueno, la obra contiene las reflexiones al respecto de Wael Farouq, André Gluksmann, Jon Juaristi, Sari Nusseibeh, Javier Prades, Robert Spaemann y Joseph Weiler. En el capítulo introductorio, Prades, sacerdote y catedrático de Teología Dogmática en la Facultad de Teología San Dámaso (Madrid), destaca del filósofo asturiano que «no podemos menos que compartir una por una tales denuncias» de Gustavo Bueno, puesto que «en el clima cultural de nuestra España es inusitado encontrar una postura así, que por ello mismo desvela un espíritu libre y amante de la razón».

Metido ya en materia, Bueno explica al comienzo de su capítulo que trata de «traducir» la conferencia papal «a las coordenadas del materialismo filosófico que profeso». Por tanto, lo primero que hace el filósofo es «poner mis cartas boca arriba» a la hora de precisar cuál es su idea de razón y cuál su idea de Dios. Por tanto, Gustavo Bueno, ateo, no se va a referir a Dios, sino a la idea de Dios, acortando para ello las distancias respecto a la Teología y a la Iglesia católica con simpatía y ninguna virulencia.

Así, en la primera parte de su escrito establece que «la racionalidad no puede ser predicada de Dios», porque «Dios no necesita hacer silogismos», lo que en palabras de Santo Tomas equivale a decir que «in scientia divina nullus est discursus». En esta línea, «el universo no puede recibir el atributo de racional». Sin embargo, «el dios del monoteísmo es acaso originariamente, antes que una idea religiosa, una idea filosófica, prefigurada». Ahora bien, al avanzar sobre la idea de Dios, Bueno afirma que «el cristianismo representa una auténtica subversión de la Teología natural aristotélica, porque el Dios de los cristianos ya no es una sublime soledad, sino una trinidad de tres personas divinas, la segunda de las cuales, además, se une hipostáticamente con el hombre a través de Cristo».

Tras dichos preámbulos, Bueno aclara cómo abordar el asunto de la razón salvada por Dios según «posiciones materialistas». Y lo plantea al considerar un «proceso de degeneración de la razón», no individual -demencias, esquizofrenias…-, sino «a escala histórica», y consistente en esos episodios en los que la razón cae por la pendiente de supersticiones, nihilismos, fundamentalismos, etcétera. En esas caídas, es posible «atender a la fórmula teológica que reconoce a Dios como un principio de salvación de la razón humana degenerada», ya que se trata de «desviaciones susceptibles de recibir la influencia correctora de instituciones también precisas, y, entre ellas, la influencia de esa “institución divina” característica que es la Iglesia católica».

Por ejemplo, respecto a las supersticiones, la Inquisición supuso un «principio de racionalidad», ya que, «frente a los ardides perversos de los genios malignos capaces de aterrorizar a los hombres, el Dios cristiano ofrecía una garantía de economía, de sobriedad y de seguridad entonces inexpugnable».

Lo mismo sucedió frente al «delirio gnóstico», pues «la supresión de la Inquisición y de otros controles comparativamente más racionales del Antiguo Régimen permitió, sin duda, el desbordamiento, en la época industrial de los dos pasados siglos, de las corrientes más delirantes que actúan todavía en nuestro siglo: espiritismo, mormonismo, satanismo, culto a los extraterrestres, cienciología, teosofía, parapsicología, horóscopos, adivinaciones, quiromancias, profecías, escatologías, etcétera».

Y ello afecta «no solamente a los grupos analfabetos de nuestra sociedad, sino también a los grupos semicultos, y aun a los que están provistos de una formación tecnológica especializada, incluso científica». Por ello, Bueno critica «el panfilismo humanista» de «los gobiernos que encuentran en el laicismo el cauce infalible para una educación racional».

En otro apartado, el filósofo se refiere al «fundamentalismo religioso en su forma de fideísmo dispuesto a acatar las revelaciones y mandatos de un Dios voluntarista, irracional y atrabiliario -el Dios de Calvino, que Max Weber puso en los orígenes de un capitalismo movido por la desesperación». Este fundamentalismo «encontró su correctivo salvador en el Dios sensato, racional y prosaico de la Teología católica». Se trata de «un Dios que está mucho más cerca del racionalismo económico desplegado en el curso del capitalismo moderno, tal como lo explicó, no ya Max Weber, sino Carlos Marx».

En definitiva, va concluyendo Gustavo Bueno, «el Dios trino del cristianismo tiene una estructura similar a la de las personas humanas, que han desarrollado formas de racionalidad más potentes a través de su instituciones históricas», gracias a que la racionalidad «no es solitaria, ni autista, como lo es el Dios de Aristóteles o el de Mahoma».

Y hay reglas para el mundo halladas en el Dios cristiano, «ante las cuales las grandes masas populares pueden mantenerse dentro de unos límites capaces de defenderse del pánico, del delirio, de la superstición, del horror».

Y el Dios cristiano «podrá seguir salvando la razón en los momentos impredecibles, pero inexcusables, en los cuales los contactos de las sociedades occidentales con las sociedades orientales, o de cualquier otra estirpe, pongan a la racionalidad históricamente conquistada ante el peligro de sus mayores extravíos», pronostica finalmente Gustavo Bueno.

 

 

 

GRAMSCI…. ¿ATEO?

8 diciembre 2008

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El periódico La Nueva España, de Oviedo (6.XII.08), ha publicado la siguiente información:

El arzobispo italiano Luigi de Magistris, durante la presentación del nuevo «Catálogo de santos y estampitas», en Radio Vaticana, ha revelado que Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano en el año 1921, abrazó la fe católica antes de morir en el año 1937.

El filósofo y presidente de la Fundación del Instituto Gramsci, Beppe Vacca, ha indicado que «los documentos éditos e inéditos sobre las últimas horas y la muerte de Antonio Gramsci son muchos y en ninguno de ellos consta la tesis de su conversión.

“La Nueva España” ha recabado la opinión al respecto de Gustavo Bueno:
«No me sorprende nada». Bueno explicó que Gramsci veía a la Iglesia católica como un conjunto de intelectuales orgánicos. «Su materialismo está muy influido por Croce que a su vez está influido por Hegel. Considera que tenemos conciencia del mundo exterior porque nos lo han enseñado no porque lo sepamos y eso es bastante raro en un materialista. Enlaza con el pensamiento cristiano de Malebranche, según el cual sabemos del mundo por lo que dice la Biblia. Es su tesis frente a Descartes para quien el mundo es pura deducción. Para Malebranche es pura revelación. Incluso se dice que en Malebranche está el embrión del idealismo. De ahí deduce Gramsci su teoría de la superestructura y de los intelectuales orgánicos».
Bueno cree que «el materialismo dialéctico comete un gran error al ver el arte y demás como resultado de los planes quinquenales. Es interesante que, al contrario que Gramsci, Lenin consideraba tonto combatir a la Iglesia, a la religión, porque iba a desaparecer sin más como resultado de la revolución. Pero Gramsci, no. En su día, a inicios de los 70, cuando se publicaron los “Grundrisse” de Marx escribí en “Sistema” un artículo diciendo que el materialismo histórico tiene el mismo campo que la Filosofía del Espíritu de Hegel. Me tacharon de pequeño burgués. Pero es que el marxismo no tiene sentido sin Hegel. Esa tesis me situaba frente a Althusser y su conocida teoría del corte epistemológico. Por eso no me extraña que Gramsci se haya convertido al catolicismo al final de su vida».

Por otra parte, con fecha de 28 de noviembre de 2008, en un blog se informa de lo siguiente:

Roma. La presunta vuelta al cristianismo, en el lecho de muerte, de Antonio Gramsci (1891-1937), fundador del Partido Comunista Italiano, ha ocupado numerosas páginas de la prensa italiana en la última semana. En realidad, no existen documentos que certifiquen tal conversión, sino varios relatos –de hace unos decenios– que fueron rememorados por el arzobispo Luigi de Magistris, penitenciario emérito de la Santa Sede, en el curso de la presentación del primer catálogo internacional de estampas de santos.
Según esos relatos, en los largos meses que pasó ingresado en la clínica romana Quisisana, que concluirían con su muerte, el 27 de abril de 1937, Gramsci mantuvo junto a sí una estampa de Santa Teresa de Lisieux. Además, durante su última Navidad quiso besar la imagen del Niño Jesús que las monjas que atendían la clínica ofrecían a los enfermos y que, en un primer momento, no llevaron a su habitación hasta que el propio Gramsci lo pidió. Las fuentes citadas por De Magistris son dos testigos presenciales: sor Gertrude, de origen suizo, y otra monja, hermana de monseñor Giovanni Maria Pinna, que fue secretario de la Segnatura Apostólica. A diferencia de los testimonios anteriores, monseñor De Magistris habló explicitamente de conversión.

 

 

 


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