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La libertad de expresión como idea fuerza de las sociedades democráticas de nuestro presente

8 abril 2018

La libertad de expresión como idea fuerza de las sociedades democráticas de nuestro presente.

Íñigo Ongay

Texto base de la intervención del autor en la II Jornadas de Nódulo Materialista en Talavera de la Reina celebradas en noviembre de 2014.

http://www.nodulo.org/ec/2014/n153p09.htm

1. Introducción: sobre la idea de «libertad de expresión» y sobre la idea de «idea fuerza».

El sintagma «libertad de expresión» o muchos de sus equivalentes en otras lenguas (freespeech por ejemplo, pero también Liberté de Expression o Meinungfreiheit, entre otras) constituye sin duda alguna uno de los rótulos más poderosos y cargados de prestigio de entre los que circulan en el ambiente ideológico de las sociedades políticas que aquí reconoceremos como «democracias homologadas». Ciertamente, se sobreentenderá en muchas ocasiones que al margen de la dicha libertad, cuyos contenidos en todo caso se darán por supuesto de un modo enteramente indefinido, la propia estructura democrática de la sociedad política de referencia quedará comprometida, aquejada diríamos de un profundo décifit que, al límite, llegará a descalificar dicha estructura como «no democrática», como «totalitaria» y aun como «barbárica» o «prepolítica».

Así por ejemplo, en España este sintagma habría quedado sancionado de la manera más rotunda a través de su consagración jurídica en el artículo 20 de la Constitución Española de 1978 a título justamente de «derecho fundamental y de libertad pública» que obligase a reconocer en todos los españoles el «derecho subjetivo» a «expresar libremente el pensamiento, las ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de difusión». Algo, que sin embargo ya habría aparecido recogido, y de modo mucho más indefinido políticamente por decirlo suavemente, en la Declaración Universal de los DDHH de 1948 ( art 6) y en la Convención Europea de DDHH (art 10) por mucho que tales «códigos» procedan reconociendo sin embargo, «límites» a tal «derecho subjetivo» �ningún derecho es absoluto según suelen decirse� aunque eso sí, esos «límites» se hagan consistir en la restante rapsodia de «derechos fundamentales». Esto es, sucede como si tales legisladores (de la Nación española o simplemente de la Humanidad) razonasen desde el supuesto de que los códigos jurídicos son sistemas axiomáticos autosuficientes capaces de quedar, por así decir, sostenidos sobre sus propios principios («lo que no está en el código, no está en el mundo»). Pero , como se verá, este mismo supuesto es el que constituye una muestra de idealismo político del que aquí comenzaremos por alejarnos.

Tiende a mantenerse asimismo, que la mencionada «libertad de expresión», tanto o más que un «derecho democrático» entre otros, haría las veces en realidad de un elemento constitutivo de la forma democrática de toda sociedad política digna de tal nombre, de suerte que cualquier democracia que mostrase graves violaciones de tal libertadestaría exhibiendo ciertamente una «baja calidad democrática», o dicho de otro modo, un déficit respecto de los estándares de una democracia plena. Así por ejemplo, parece presuponerlo en todo momento instituciones tan prestigiosas como la UNESCO o la Fundación para la Libertad de Expresión en multitud de documentos públicos en los que podemos leer cosas como las siguientes:

Sabemos que la libertad de expresión es un elemento crítico para la democracia, el desarrollo y el diálogo �sin ella ninguna de estas palabras podría funcionar o prosperar�. La libertad de expresión es un derecho universal que todo el mundo debe gozar. Todos tienen el derecho a la libertad de opinión y de expresión; éste incluye el derecho a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos.{1}

Y parecería ciertamente, que la propia noción de «Libertad de expresión» comparece como uno de los principios ético-políticos clave tallados por la tradición, según todas las apariencias arquetípicamente moderna, que muchos han conocido como «liberal» (así por ejemplo, Quentin Skinner en su Visions of Politics, o entre nosotros Fernando Vallespín, con su Historia de la Teoría Política) . Esto es, se diría que sin perjuicio de que tal idea, entre otras, se abre camino en el repertorio de nociones talladas por John Locke, o por Montesquieu o por John Stuart Mill{2}, nos esforzaríamos en vano por encontrarla en el pensamiento político de Aristóteles, o mucho menos en el de Platón, en su calidad de feroces impugnadores de la democracia ateniense del demo amathes según lo ha demostrado últimamente Luciano Canfora en su apasionante libro El mundo de atenas{3}. Y ello al menos en la medida en que parezca inexcusable , para el caso de Platónevitar con todo vigor interpretar in recto palabras tan irónicas en lo tocante a la «libertad de expresión» del «pueblo soberano» como las siguientes extraídas de un trámite esencial del Protágoras:

«Yo opino , al igual que los demás helenos, que los atenienses son sabios. Y observo, cuando nos reunimos en asamblea, que si la ciudad necesita realizar una construcción, llaman a los arquitectos para que aconsejen sobre la construcción a realizar. Si de construcciones navales se trata, llaman a los armadores. Y así en todo aquello que piensan es enseñable y aprendible. Y si alguien, a quien no se considera profesional, se pone a dar consejos, por hermoso, por rico y por noble que sea, no se le hace por ello más caso, sino que, por el contrario, se burlan de él y le abuchean, hasta que, o bien el tal consejero se larga él mismo, obligado por los gritos, o bien los guardianes, por orden de los presidentes le echan fuera o le apartan de la tribuna. Así es como acostumbran a actuar en los asuntos que consideran dependientes de las artes. Pero si hay que deliberar sobre la administración de la ciudad, se escucha por igual el consejo de todo aquél que toma la palabra, ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar; y nadie le reprocha, como en el caso anterior, que se ponga a dar consejos sin conocimientos y sin haber tenido maestro.»

De otro modo: lo que Platón estaría encareciendo en este texto , sin perjuicio de su ironía, precisamente es la «libertad de expresión» propia del vulgo amathes capaz de «expresarse», en las condiciones de una democracia que en efecto tenía mucho de «teatrocracia»{4}, sobre la administración de la ciudad sin necesidad de «conocimientos o de haber tenido maestro».

Ahora bien: es lo cierto justamente que en nuestros días, multitudes crecientes de conciudadanos se acogen , polémica o pacíficamente, al sintagma «Libertad de expresión», por ejemplo en sus protestas contra la ley de seguridad ciudadana impulsada por el Gobierno de Mariano Rajoy en los años centrales de la crisis económica. Y no es que quienes impugnan esa ley de referencia (la ley mordaza) lo hagan haciendo pie sobre aquellos contenidos expresables que la tal ley tendería a bloquear �puesto que tales contenidos, sean programas políticos o económicos o científicos o religiosos, etc, se dejan en la penumbra más indeterminada o simplemente se dan enteramente por supuestos� , dado que en realidad , y he aquí lo que nos parece más significativo, tales multitudes se oponen a la ley en nombre de la «libertad» general de expresar cualesquiera contenidos. Por ello, creemos que resulta central advertir en este sentido que la idea misma de «Libertad de expresión» estaría operando como un dispositivo ideológico formalista dotado del prestigio suficiente para ecualizar todo contenido posible precisamente en tanto que susceptible, se supone, de ser expresado. Una ecualización que representa, al mismo tiempo, el emborronamiento más enérgico de los contornos propios de dichos contenidos que ahora tenderán poderosamente a confundirse a la manera del que no distingue ocho de ochenta.

En resolución, la idea de «Libertad de expresión» se cuenta, en razón de su pregnancia en lo referente al repertorio ideológico propio de las sociedades democráticas avanzadas de nuestros días, entre aquel conjunto de ideas, en un número relativamente nutrido pero tampoco indefinidamente abundante, que el sociólogo francés del siglo XIX Alfredo Julio Emilio Foullié (cfr, La evolución de las ideas fuerza, 1890) pudo tipificar como «ideas fuerza»{5}. El propósito que va a orientar las páginas que siguen, no consiste tanto por nuestra parte en pronunciarnos de un modo más o menos terminante pero siempre gratuito sobre la conveniencia de reconocer una tal «libertad» o de recusarla (como si todo lo que nos cupiera decir sobre ella , a la manera del vasco del chiste, consistiera simplemente en que no somos partidarios �o que lo somos), cuanto en atender , por así decir, a la anatomía y a la fisiología no ya de la «libertad de expresión», sino de la idea misma de «libertad de expresión». Véamos.

2. Fenómenos de la libertad de expresión, conceptos de la libertad de expresión e ideas de la libertad de expresión.

Constataremos en primer lugar que este repertorio fenomenológico verdaderamente tan espeso concerniente a la libertad de expresión, tal y como él mismo se hace presente en las circunstancias más variadas entre las personas que reivindican su «libertad de expresión» (frente a la «ley mordaza» o frente a las decisiones ordinarias de los tribunales), los jueces que fundan sus sentencias en tal «derecho» o en sus pretendidos «límites», los periodistas que afectan ejercerla o la reclaman o simplemente, los individuos que se sienten «libres», no es, y ello sin perjuicio de su abigarramiento, suficiente para dar por sentada una noción general y coherente en sí misma de la «libertad de expresión». Esto se debe a que tales fenómenos jurídicos, periodísticos o psicológicos,se mantienen en general en un estado directamente impresentable de oscuridad y confusión, por no decir, directamente que resultan en muchos de sus tramos inconmensurables entre sí. Esto es, no ya sólo diferentes sino sencillamente incompatibles unos con otros. Y en todo caso, es lo cierto que al través de esta nebulosa ideológico fenoménica se abren camino al menos las siguientes determinaciones conceptuales de la «libertad de expresión»{6}:

a. Unas veces �y es, creemos, lo más común� aquellos quienes reclaman o defienden su derecho a la «libertad de expresión», entienden ésta misma como si se ajustara principalmente a un formato eminentemente negativo: a saber, como la propia liberación respecto de las trabas o censuras cuarteleras (de ahí la metáfora de la «mordaza») que comprometieran, asfixiándola acaso hasta el trámite de su desaparición, la posibilidad de expresión libre tal y como sucede, se dirá, en los regímenes autoritarios o aun totalitarios. A este respecto, el filósofo Gustavo Bueno ha tipificado a título de «libertad de» esta modulación conceptual de la noción de libertad que podríamos, por nuestra parte, coordinar con lo que Benjamin de Consant conoció en su momento como «la libertad de los modernos».

b. Pero otras veces, descontadas las trabas de referencia, la «libertad de expresión» podrá concebirse como la posibilidad positiva, real de sacar adelante un programa efectivo que involucre la «expresión» de un «pensamiento» dotado, aunque no sin duda en su mera condición de contenido mentalista, de un poder causal suficiente: es en este sentido como creemos que resulta necesario interpretar la célebre respuesta de Lenin al socialdemócrata filo-krausista Fernando de los Ríos («¿libertad para qué?»). Ciertamente no es que Lenin desdeñara el «valor de la libertad», como podría suponerse de una manera harto facilona desde las consabidas posiciones liberales (puesto que para empezar resultaría imprescindible comenzar por determinar tales valores en lugar de proceder dándolas por supuesto en una suerte de petición de principio), sino que más bien, apoyándose en una concepción materialista de la libertad, el autor de Materialismo y empirocriticismo habría acertado a sentar la prioridad del momento positivo («universal concreto» diríamos con Hegel) de la misma frente a las coordenadas indeterminadas y abstractas de don Fernando. En efecto, de muy poco puede valer la «libertad de expresión» en su negatividad abstracta a aquel que no tiene nada que expresar más allá de sus las más vulgares de sus regurgitaciones subjetivas a la manera como tampoco puede valerle de absolutamente nada la «libertad de pensamiento» a aquel cuyo «pensamiento» se resolviese justamente en un conjunto inconsistente de mitos oscurantistas.

Sea como sea, por mucho que tales determinaciones conceptuales de la noción general de libertad o de la idea de «libertad de expresión» comparezcan como en general disociables �tal y como de hecho las hemos disociado nosotros� , una tal disociabilidad sequndum quid no comportará una desconexión plenaria mutua entre ambos momentos. Y esta es precisamente la cuestión principal en el presente punto: que mientras que la libertad de expresión en su momento positivo parece implicar ordo essendi, el momento negativo de dicha libertad, la recíproca no se sigue de igual manera puesto que no siempre quien es «libre» negativamente para expresarse, supuesta la ausencia de «censura» o la relajación de las mismas, es de hecho capaz, positivamente, de iniciar una concatenación dotada de eficacia causal.

Asimismo, vistas ahora las cosas en el plano del ordo cognoscendi, es precisamente la «libertad de expresión» positiva �esto es: de algún modo la expresión misma cuando esta puede de hecho ser llevada a efecto� la que nos pone delante del componente negativo de dicha libertad. De otro modo, las trabas o la censura que tanto se abomina, sólo aparecerá como dotada de evidencia ante el proyecto «de expresión» que se viese comprometido por ellas, puesto que al margen de tal proyecto, y no ya cuando este simplemente se «delinea» sino cuando se lleva adelante, los límites negativos de la «libertad causal» no podrían siquiera tener lugar con un sentido mínimamente definido.

Y en todo caso , nos parecer esencial tener en cuenta la circunstancia de que muy lejos de figurar como una suerte de hipóstasis dada en lo eterno por imperativo de derecho divino por ejemplo o por derecho natural, tal y como todavía pudo entenderla J. Locke y a su través Thomas Jefferson, Benjamin Franklin o John Adams en su condición de firmantes de la Declaración unánime de los trece Estados Unidos de América en 1776), la misma libertad �incluyendo aquí desde luego la «libertad de expresión»� , resulta históricamente de la supresión real de terceras potencias que la amenazan o la bloquean. Y con ello, no estamos en modo alguno negando de plano que los hombres posean el «derecho « a la «libertad de expresión» en su sentido negativo, es decir, el «derecho a expresarse sin trabas o censuras» �un derecho que como decimos significa muy poco o directamente no significa nada al margen de la propia expresión positiva de un pensamiento consistente� , dado que en realidad lo que sostenemos es que ese «derecho» cuando efectivamente pueda darse por establecido sólo aparecerá como un resultado de la negación de la libertad causal de otros sujetos operatorios que pudiesen comprometerlo acaso hasta hacerlo desaparecer.

No perdamos de vista sea como sea que esta proximidad de la idea misma de la libertad respecto de la noción de causa, que iría orientada a subrayar los componentes , diríamos, causales de tal idea, nos obligan asimismo a mantenernos alejados de cualquier tentación de concebir la libertad como la mera elección arbitraria de alternativas como si tales alternativas operatorias no estuvieran, en todo caso, causalmente determinadas por cadenas muy firmes a efectos psicológicos, sociológicos, antropológicos, históricos o meramente etológicos, que deshacen en este punto cualquier acausalismo posible. Los escolásticos sin ir más lejos �ante todo los de tradición tomista� tendían a distinguir en esta dirección los «actos voluntarios» de los «actos libres» bajo la premisa, extraída de la Secunda secundae de la Summa Theologiae, de que sin perjuicio de las determinaciones más o menos arbitrarias que puedan mover a la «voluntad», los actos verdaderamente libres estarían orientados ad bonum pues es lo cierto, suponían, que nihil es volitum nisi praecognitum con lo que cualquier ordenación de la voluntad ad malum se resolvería en realidad en un «error» del intelecto. Y en esto , todo hay que decirlo, Santo Tomás{7} razona pisando los fundamentos que pudieron pisar Sócrates o Platón.

Bien está. Por nuestra parte no necesitamos sostener tanto, y ello por más que esta argumentación de signo intelectualista resulte, entiéndase bien este extremo, extraordinariamente aprovechable en tanto que barrenadora crítica de las pretensiones del irracionalismo voluntarista: en todo caso, será suficiente con advertir que la libertad operatoria, tal y como la entendemos desde las coordenadas del materialismo, es decir, como capacidad personal de causar sus propios actos dentro de ciertos circuitos muy determinados, no podrá desempeñarse ni bajo el peso de un «fatalismo» que desconociera la discontinuidad de los circuitos de concatenación causal ( puesto que «si todo estuviera, causalmente, conectado con todo» nadie podría estimarse como causa proporcionada de sus actos), ni tampoco en el contexto de un «acausalismo» que propendiera a sostener, por vía digámoslo así, enteramente mágica, gratuita, la desconexión universal de todas las cadenas causales posibles.

Ahora bien, esta conexión tan estrecha que mediaría entre las ideas de «libertad» y de «causalidad» según la cual toda concepción inteligible de la libertad, al menos cuando se procede desde el punto de vista de un racionalismo materialista mínimo a mil leguas de distancia de la magia en su sentido etnológico{8}, involucra por sí mismo la causalidad ( insistimos: al menos desde el momento en que tendemos a concebir la «libertad» no como la «elección» gratuita, indeterminista de unas alternativas frente a otras{9} , puede y debe hacernos reparar en lo siguiente: tal y como se entiende desde nuestras coordenadas, la idea de causalidad no podría quedar ajustada a un formato lógico binario, constituido por ejemplo por la causa y por el efecto. Sencillamente, cuando se entiende a la luz de un tal formato �y así se la ha interpretado en la mayor parte de las ocasiones a lo largo de una tradición filosófica muy nutrida que desembocaría en la crítica de D. Hume a la relación de causa a efecto�, la idea de causalidad quedaría vaciada de sus propios contenidos materiales con lo que la propia conexión material entre el determinante causal y el efecto tendería a disolverse hasta desaparecer (y no es otro , en efecto, el alcance de la terminante impugnación humeana). No. Más bien, habrá que concebir la causalidad de un modo que agradezca un tratamiento funcional que junto a un determinante causal y a un efecto, incluya también , y de modo inexcusable so pena de formalismo, un esquema material de identidad, respecto del cual el efecto mismo supondría una desviación, una interrupción o una ruptura{10}. Se comprende, de este modo, que tematizada de esta manera la propia noción de causalidad, tanto la «causa sui» o aseidad como la misma idea de «creación» en tanto «creatio ex nihilo sui et subjecti» comenzarán a aparecer como relaciones causales degeneradas, o, si se prefiere, acaso como pseudorelaciones causales. Y ello, entiéndase bien este extremo, bien sea porque la supuesta conexión causal se represente, en un caso, como posterior , según el orden cronológico, al efecto mismo ( con lo que el determinante autocausal tendría que comenzar por darse el ser agarrándose, por así decirlo, por sus propios cabellos a la manera del Barón de Münhausen), bien sea, en otro caso, por la circunstancia de que la idea de «creación» excluye formalmente todo esquema material de identidad posible diferente de la misma «nada del ser»: es decir, precisamente de aquello que en modo alguno puede subsistir como esquema material de identidad.

3. Crítica de la Idea de «libertad de expresión» como idea fuerza monadológica.

¿Y qué tiene todo esto, en cualquier caso, que ver con la «libertad de expresión?. Pues ahí está la cosa , en que tiene que ver, y mucho. Decimos esto, en la sabiduría de que la misma idea de «libertad de expresión» a la manera como suele entenderse en las sociedades democráticas de nuestro presente nos retrotrae, cuando se conceptúa en sus involucraciones con la noción de causalidad, a un horizonte ontológico en el que figuran necesariamente los pseudoconceptos causales de aseidad y de creatio ex nihilo. De otro modo: lo que vamos a defender en lo que sigue, es que la noción de «libertad de expresión» se encastra, inexcusablemente, en un sistema de coordenadas ontológicas que estaría muy próximo al delineado por Gottfried Wilhem Leibniz en su monadología. Y ello, de tal suerte, que cuando estas coordenadas monadológicas comiencen por desbloquearse, por su espiritualismo, la propia idea de «libertad de expresión» tenderá asimismo a desvanecerse hasta desaparecer sin que pueda en este sentido, subsistir entonces mayor motivo para «defender» tal libertad, pero tampoco para «oponerse» a ella a la manera como en geometría tampoco nos «oponemos» ni «defendemos» la existencia, ella misma imposible, de un sólido de diez lados regulares.

A fin de comprobar hasta qué punto es así, procederemos a advertir que la propia noción de expresión, cuando se sobreentiende que se aplica sobre contenidos, diríamos, mentales que sin perjuicio de su condición expresable{11} que en todo caso subsistirían, en una suerte de «fuero interno» intracraneano por así decir, con anterioridad e independencia de su propia expresión, cobra una forma muy próxima a la de una sustancia psicológica autocontenida que, sin perjuicio de su solapamiento sobre sí misma podría sin embargo, en un segundo momento, expresar ad extra su misma interioridad.Esto es justamente, si no nos equivocamos, lo que hacen las mónadas de Leibniz en su condición de puntos metafísicos inextensos (partes intra partes) cuya principal actividad consistiera precisamente, en su autoexpresión de tal modo que al través de la misma desplegasen ad extra lo que ellas, ya de suyo, contenían ad intra. A saber , principalmente ésto: una perspectiva de todas las otras, esto es, del universo monadológico mismo.

Ahora bien, lo que nos interesa en este punto es reconocer el grado en que concepciones del individuo como las que salen al paso , por ejemplo en el terreno de la Psicología, pero también y cada vez más abundantemente, en la Pedagogía o en la Psicopedagogía, &c, a través de consejas tales como «exprésate a ti mismo» o bien «es necesario realizar la propia personalidad», llevan aparejada una interpretación colindante con la metafísica monadológica. En efecto, « Admitir que la conciencia de los individuos es como una hoja de papel en blanco en la que podrían escribir los datos de los sentidos, pero también los propios maestros a través de aquellos, sería admitir las ilusiones de la filosofía vulgar (nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensi, nisi intellectus ipse), porque cada individuo trae ya en sí mismo el principio interno de su desarrollo (fundamento de su libertad de espontaneidad) . Y ningún aprendizaje, ningún condicionamiento de reflejos, podrán moldearlo desde fuera. Porque lo exterior, el medio, sólo suministra una materia. Pero esta materia será moldeada por cada espíritu según su propio programa.»{12}.

Pues muy bien. En esta situación se encuentra, según nos parece, quien reclama con toda la solemnidad posible, respeto por su su derecho a la «libertad de expresión», las más de las ocasiones, dicho sea de paso, sin reparar con demasiada claridad en la contradicción in adjecto, contenida en una «protesta» a pleno pulmón por la conculcación de la «libertad de expresión». Dado que, los mismos contenidos que se presupone podrían ser expresados, o bien se conceptúan como procedentes ad intra desde la interioridad subjetiva del individuo monadológico como si este pudiese de algún modo conformarlos por sí mismo a la manera de una causa sui o bien, alternativamente, proceden a entenderse como si proviniesen de la «libertad creadora» de la propia individualidad que, en este punto, comenzará a tematizarse velis nolis como una suerte de «mónada de mónadas», esto es, como la secularización misma �según las vías que la metafísica alemana adoptó a partir de su romanticismo postleibniziano� del Dios creador. Sólo entonces tendrá el menor sentido dar por supuesto que unos tales contenidos expresables son dignos de ser respetados por la razón formal de ser excogitados por alguien, cuando acaso, en virtud de su materia debieran ser considerados a título de opiniones frívolas (infundadas), delirantes (por caso: categorialmente arbitrarias en el sentido en que es arbitraria la «opinión» de quien defiende que la luna está compuesta de queso{13}) o simplemente sediciosas desde el punto de vista del buen orden de una sociedad política constituida que pueda quedar comprometida mediante la «expresión» pública en momento y lugar adecuados �por ejemplo parlamentarios� de una «opinión» secesionista.

A sensu contrario: si se defiende que todo contenido expresable, sea cual sea su naturaleza material, merece ser expresado por la mera razón formal de provenir de la inmanencia psicológica de un individuo ( «libertad de expresión de mi propio pensamiento»), será porque esa inmanencia misma se interpretará a la manera de una mónada metafísica cuya actividad consistiera en expresar su interioridad o en crear de la nada sus propias expresiones de suerte que estas quedasen, por así decirlo, inmediatamente legitimadas por su origen. Pero ello no es así, al menos fuera de la metafísica, dado que en realidad los propios contenidos de esa supuesta interioridad subjetiva proceden enteramente de la «exterioridad», por caso grupal o social o institucional, en la que ese mismo individuo estaría en todo caso necesariamente envuelto en cuanto persona. Al margen de un tal «envolvimiento», ni siquiera tendría sentido hablar de «libertad de expresión del pensamiento» toda vez que ni existiría ni podría existir un «pensamiento» lingüísticamente determinado. De ello se deduce asimismo, creemos, que si el sintagma «libertad de expresión» se hiciera coincidir con la «expresión», auto-causal o creadora, de la propia interioridad monadológica, nosotros no tendríamos por nuestra parte nada que decir en contra, pero tampoco a favor, de una tal pseudo-idea metafísica. Sino tal vez testar su pregnancia en las sociedades del presente como idea fuerza de signo monadológico. En principio, sin embargo, no cabrá como decimos mostrarse a favor, aunque tampoco en contra, de una idea de libertad de expresión entendida de este modo por la sencilla razón de que ella ni existe ni puede existir.

Ahora bien, esta es asimismo la razón principal por la que presuponemos que la «libertad de expresión» no puede establecerse en general, sobre cualquier género de contenidos expresables, sino que tendrá que definirse en función de estos mismos contenidos, según la materialidad ( científica, ética, religiosa o política) de los mismos y en virtud de sistemas de criterios muy diversos ( políticos, teológicos, morales, &c) que dependerán de los propios grupos de personas que envuelven al individuo. Tan absurdo según esto será sostener omnímodamente el «derecho universal y autoevidente» de la libertad de expresión en general, como negarlo de un modo igualmente general; y ni siquiera tendrá sentido «limitarlo» en función de su interferencia con otros «derechos» previstos en el ordenamiento jurídico, pues semejante operación , dada ante todo la indeterminación de sus presupuestos, no sería mucho más que una petición de principio. Será preciso en todo caso concluir que la «libertad de expresión» depende, en cuanto tal derecho, de la fuerza ( y no precisamente de la fuerza expresiva) causal de la persona capaz o incapaz de expresarse así como de la medida en la que los contenidos expresables puedan o no ser tolerados por la propia sociedad de personas.

Notas

{1} Oficina de la UNESCO en Montevideo: http://www.unesco.org/new/es/office-in-montevideo/comunicacion-e-informacion/libertad-de-expresion/. Hemos accedido a esta página web con fecha del 3 de noviembre de 2014.

{2} Nos referimos, por remitirnos a algunos de los lugares más clásicos, a contextos tales como puedan serlo los conformados por El ensayo sobre la tolerancia de John Locke ( más que sus Tratados sobre el gobierno civil), pero también por la Carta sobre la tolerancia de Voltaire, el Espíritu de las leyes de Montesquieu o Sobre la libertad de Stuart Mill. Así por ejemplo, Montesquieu en el capítulo 12 de la parte dos de su obra fundamental, sostiene en torno al problema de «Las palabras indiscretas» que «El delito de lesa majestad se hace aun más arbitrario cuando las palabras indiscretas se convierten en su materia. Se pueden dar tantas interpretaciones a las palabras , hay tanta diferencia entre la indiscreción y la malicia , pero tan poca entre las expresiones que emplean, que la ley no puede someter las palabras a la pena capital , al menos que declare expresamente cuáles quedan sometidas a ella.» ( cfr, El Espíritu de las leyes, Alianza, Madrid, 2003, p252), claro que poco después, el propio Montesquieu, ignorando acaso la lección platónica del Crátilo sobre lo que Austin conoció como «actos perlocucionarios», distingue de un modo netamente espiritualista, «palabras y acciones», del modo siguiente: «Así un hombre que va a la plaza pública a exhortar a los súbditos a una sublevación es reo de lesa majestad, porque las palabras van unidas a su acto y participan de él. No se castiga a las palabras, sino a un acto cometido y en el cual se emplean palabras; estas no se convierten en delito más que cuando preparan, acompañan o siguen a una acción criminal.» ( p. 253)

{3} Vid, Luciano Canfora, El mundo de Atenas, Anagrama, Barcelona, 2014. Para una revisión muy bien llevada a término por parte del investigador de la Universidad de Bari sobre las críticas a la democracia contenidas en la Constitución de los atenienses , con una reconstrucción muy fértil del trasfondo herodóteo de dichos argumentos, deben consultarse las pp 41 y ss.

{4} Volvemos a remitir para este punto a L. Canfora, op cit, pp 94 y ss.

{5} Nos han servido extraordinariamente a fin de aquilatar esta noción de Idea fuerza los magníficos análisis que Gustavo Bueno ha venido publicando en esta misma revista a lo largo del año 2014

{6} Resumimos en lo que sigue las ideas contenidas en Gustavo Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo, 1996, pps 244-248

{7} De este modo, sobre la conceptualización tomista del «acto libre» en cuanto que contradistinto en el sentido dicho del «acto voluntario», contamos recientemente con una exposición verdaderamente muy competente en : Manuel Ocampo Ponce, «Aspectos fundamentales del acto libre en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino», Sapientia vol LXX, 235, 2014

{8} Seguimos en esto, por ejemplo, el fecundo análisis ,ya clásico, de Marcel Mauss ( cfr Sociologie et Anthropologie, Presses Universitaries de France, París, 1950, vid particularmente el capítulo IV « Analyse et explication de la magie»). Para testar la medida en la que el indeterminismo acausalista nos pone delante de un irracionalismo que, sin embargo, puede cobrar históricamente efectos muy fértiles en la constitución de campos categoriales positivos , como es el caso de la mecánica cuántica, véase el célebre estudio de Paul Forman, Cultura en Weimar, causalidad y teoría cuántica 1918-1927, Alianza, Madrid, 1988.

{9} Un «indeterminismo» que, por cierto, cuando es tomado en serio nos conduce a situaciones muy próximas a las del célebre «asno de Jean Buridán», planteadas de un modo muy nítido desde sus premisas voluntaristas por los filósofos nominalistas del siglo XIV . Sobre estas temáticas, con consecuencias por cierto muy profundas en el contingentismo empirista de autores modernos como David Hume ( o bien, de una manera acaso aparentemente paradójica, el Descartes de las cartas a Merséne), quienes recibieron de lleno el influjo de los presupuestos franciscanos de un Guillermo de Occam, contamos en lengua española con una exposición muy nítida en el libro de Sergio Rábade Romeo, Guillermo de Ockham y la filosofía del siglo XIV, CSIC, Madrid, 1966. Más recientemente, Javier Pérez Jara ha dado cuenta del contigentismo nominalista presente en la concepción russelliana de la causalidad en su estupendo libro La filosofía de Bertrand Russell, Pentalfa, Oviedo, 2013.

{10} Remitimos al lector a la entrada «Efecto ( concepto de/ Esquema material procesual de identidad» del Diccionario filosófico. Manual de materialismo filosófico puesto a punto por Pelayo García Sierra.

{11} Pues si no lo fuesen, esto es, si fuesen directamente inefables al modo de la famosa segunda parte del Tractatus de Wittgenstein no tendría sentido reivindicar la «libertad de expresión respecto a ellos o dejar de reivindicarla , dado que en todo caso de lo que «no se puede hablar» ni siquiera tiene el menor sentido decir que «es mejor callar» discurriendo con ello, como si en el fondo cupiese sin embargo, «hablar de lo inefable».

{12} Cfr Gustavo Bueno, «Introducción a la Monadología de Leibniz», en Leibniz, Monadología, Pentalfa, Oviedo, 1981

{13} Por vía de ejemplo: damos por supuesto enteramente que nadie� salvo quizás un feyeberabendiano avant la lettre que procediese en nombre del principio de proliferación teórica� podría escandalizarse ante la «violación de la libertad de expresión» de conclusiones categorialmente tan extravagantes como pueda serlo esta, desde el punto de vista de la ciencia normal ( en el sentido kuhniano y post �kuhniano) , por parte, pongamos por caso, de una revista científica provista de refrees, &c, pertenecientes a una cierta comunidad científica. Adviértase en todo caso el isomorfismo estructural que mediaría entre argumentaciones en favor del «pluralismo teórico» en el Feyerabend de Against Method ( 1975) y la línea argumental de John Stuart Mill en el capítulo II ( «Of the Liberty of Thought and Discussion») de su libro On Liberty ( 1869). Acaso Richard Rorty , aunque sus razones no se dirijan directamente a estos autores, sea quien haya ido más lejos a la hora de poner negro sobre blanco el alcance, eminentemente escéptico de tal tradición pragmatista de sabor inequívocamente anglosajón: vid al respecto , el célebre texto de Richard Rorty, «Postmodernism Burgeois Liberalism», The Journal of Philosophy, vol 80 No 19, Octubre de 1983,

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sobre Céline

11 febrero 2018

Se hace eco el diario “El Mundo”, de Madrid, en su edición digital del 12 de enero, de la última polémica que se ha organizado en Francia por la obra de Céline, en este caso por el amago de publicación de sus tres folletos antisemitas: Bagatelles pour un massacre, École de cadavres y Les Beaux Draps. Hasta Édouard Philippe, el primer ministro que le han puesto al muñequito Macron, ha tenido que intervenir para condenar al hombre y salvar al escritor. Con poco éxito: tanto el escritor como el hombre son condenados irremisiblemente por la corrección política. Gallimard, ante la presión de los inquisidores de siempre, de las perpetuas víctimas, ha guardado los manuscritos en la gaveta para alborozo de los libreros de lance –que venden los volúmenes de los años treinta a precio de huevo de Fabergé– y de los piratas de la edición, que de nuevo tienen patente de corso para seguir inundando el mercado con su codiciado objeto del deseo.
[…] Céline suscita todo un complejo de reacciones neuróticas, de fobias, de histeria colectiva y de tics nerviosos. Si en el año 1944 no hubiese tomado el olivo junto a la inmortal Lucette, el espigado Le Vigan y el flemático Bébert (el gato más ilustre de la literatura del siglo XX), habría sido escabechado como plato principal por los “libertadores” anglomarxistas en el festín de asesinatos, violaciones y torturas que fue la Francia del maquis triunfante. A cambio de eso, pasó por la corte fantasma de Sigmaringen, viajó a la deriva por un Reich en ruinas y naufragó definitivamente en la puritana, hostil y desabrida Dinamarca, donde le obsequiaron con un hamletiano proceso de extradición que, al menos, le permitió salvar el pellejo. Semejante odisea nos ha valido tres tesoros literarios que ningún lector serio puede ignorar: D’’un château à l’autre, Nord y Rigodon. Por su ambiente apocalíptico y absurdo, Nord es mi favorito, pero para gustos hay colores.
¿Por qué esta fobia celiniana? […] El tabú celiniano entre la biempensancia gala merece un serio estudio psicológico. Drieu, Rebatet o Brasillach, mucho más cualificados “fascistas” que Céline, jamás han suscitado el rechazo visceral que éste provoca.
En el país más literario de Europa, famoso por su culto público a los escritores, el hecho de que su mejor prosista, posiblemente el mayor narrador europeo del siglo XX, haya sido un antisemita y un pretendido nazi es un trauma insuperable. De ahí que la fobia celiniana, hábilmente explotada por la corrección política, sirva para suscitar dos elementos básicos de esta nueva religión mundialista: el complejo de culpa y el horror al pasado, a la tradición cultural, estigmatizada con los pecados inexpiables de su carácter aristocrático, patriarcal y “racista”. Céline, además, es una incómoda paradoja por su carácter plebeyo, vanguardista y renovador del lenguaje: de ahí la plaga de sus imitadores, empezando por Sartre. Pero, pese a su carácter aparentemente revolucionario, Céline entronca con una tradición de las letras francesas que fue casi ahogada por el academicismo y los liceos, cuyo ejemplo extremo está en la proustificación de principios del siglo XX. Con Céline, en cambio, resurgen Rabelais, Villon, Scarron, Rétif de la Bretonne y Zola; es la lengua de la calle manejada con el rigor y el primor de un maestro, el argot popular transfigurado en petite musique, la Francia del pueblo exhibida en un retablo cervantino, una imagen de Épinal con letras, un cuadro de los Le Nain con tintes expresionistas, una Francia que se desahoga y se exhibe a gusto, tras pasar tanto tiempo acallada por la burguesía parlera y republicana: es el “Ça a débuté comme ça” [La cosa empezó así] que abre su Viaje al fin de la noche, insulto fundacional del mito celiniano. […].
Resulta todavía más interesante saber que su obra antisemita no gustó nada a los alemanes, que veían en la judeofobia de Céline algo desaforado y frenético, que ponía en evidencia la pretendida “cientificidad” del antisemitismo nazi. La edición alemana de Bagatelles, por ejemplo, es célebre por las mutilaciones de la censura. De nuevo surge la inquietante capacidad del prosista para sacar a la luz los fantasmas del inconsciente de sus lectores. Este escritor, que confesaba en carta a su detestado Robert Brasillach: “Soy racista y hitleriano”, no colaboró con los alemanes durante la Ocupación. Tanto la Propagandastaffel de Goebbels como la Rosenbergamt en Francia lo proscribieron y nunca cobró un franco de los alemanes ni de los organismos colaboracionistas. Sus críticas a Pétain fueron extremadamente virulentas y Vichy le correspondió excluyéndolo de la Anthologie de la Nouvelle Europe de 1942. Pese a todo, Céline es el antisemita por antonomasia y va a pagar un precio muy alto por ello. Desde 1943, es un homme traqué que se sabe mortalmente amenazado. Pese a que no sirvió con las armas a Vichy, como Juin o De Lattre; pese a que no fue condecorado por el Mariscal Petain, como Mitterrand; pese a que no fue un tecnócrata de la “Colaboración”, como Papon o Couve de Murville (el eterno ministro de Exteriores de De Gaulle); pese a que no se enriqueció gracias a los alemanes, como los patronos de las cementeras, de las fábricas de armamento o de las de motores, Céline fue perseguido con una saña judicial inaudita. Tout est bon pour qu’on me fusille [Todo es bueno para que me fusilen], escribirá en sus cuadernos de prisión. Será amnistiado sólo en 1951, tras siete años de exilio y persecuciones, pese a que quedó más que demostrado que nunca colaboró con los ocupantes.
Como ciudadano, a Céline sólo se le pueden reprochar sus opiniones. Como persona, además, resulta que no fue tan malo: atendió gratis o a precios irrisorios a los pacientes pobres, fue un declarado pacifista, amaba a los animales y supo mantener un núcleo de amigos fieles que sobrevivió incluso a la debacle del exilio y la soledad de sus últimos años. […].
Siguen prohibidos los folletos antisemitas de Céline

Tributo al genio

Decir Céline es mentar a la bicha en la islamizada, africanizada y meltingpoltizada Francia.

https://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=5912

CÉLINE

16 enero 2018

Se hace eco el diario “El Mundo”, de Madrid, en su edición digital del 12 de enero, de la última polémica que se ha organizado en Francia por la obra de Céline, en este caso por el amago de publicación de sus tres folletos antisemitas: Bagatelles pour un massacre, École de cadavres y Les Beaux Draps. Hasta Édouard Philippe, el primer ministro que le han puesto al muñequito Macron, ha tenido que intervenir para condenar al hombre y salvar al escritor. Con poco éxito: tanto el escritor como el hombre son condenados irremisiblemente por la corrección política. Gallimard, ante la presión de los inquisidores de siempre, de las perpetuas víctimas, ha guardado los manuscritos en la gaveta para alborozo de los libreros de lance –que venden los volúmenes de los años treinta a precio de huevo de Fabergé– y de los piratas de la edición, que de nuevo tienen patente de corso para seguir inundando el mercado con su codiciado objeto del deseo.
[…] Céline suscita todo un complejo de reacciones neuróticas, de fobias, de histeria colectiva y de tics nerviosos. Si en el año 1944 no hubiese tomado el olivo junto a la inmortal Lucette, el espigado Le Vigan y el flemático Bébert (el gato más ilustre de la literatura del siglo XX), habría sido escabechado como plato principal por los “libertadores” anglomarxistas en el festín de asesinatos, violaciones y torturas que fue la Francia del maquis triunfante. A cambio de eso, pasó por la corte fantasma de Sigmaringen, viajó a la deriva por un Reich en ruinas y naufragó definitivamente en la puritana, hostil y desabrida Dinamarca, donde le obsequiaron con un hamletiano proceso de extradición que, al menos, le permitió salvar el pellejo. Semejante odisea nos ha valido tres tesoros literarios que ningún lector serio puede ignorar: D’’un château à l’autre, Nord y Rigodon. Por su ambiente apocalíptico y absurdo, Nord es mi favorito, pero para gustos hay colores.
¿Por qué esta fobia celiniana? […] El tabú celiniano entre la biempensancia gala merece un serio estudio psicológico. Drieu, Rebatet o Brasillach, mucho más cualificados “fascistas” que Céline, jamás han suscitado el rechazo visceral que éste provoca.
En el país más literario de Europa, famoso por su culto público a los escritores, el hecho de que su mejor prosista, posiblemente el mayor narrador europeo del siglo XX, haya sido un antisemita y un pretendido nazi es un trauma insuperable. De ahí que la fobia celiniana, hábilmente explotada por la corrección política, sirva para suscitar dos elementos básicos de esta nueva religión mundialista: el complejo de culpa y el horror al pasado, a la tradición cultural, estigmatizada con los pecados inexpiables de su carácter aristocrático, patriarcal y “racista”. Céline, además, es una incómoda paradoja por su carácter plebeyo, vanguardista y renovador del lenguaje: de ahí la plaga de sus imitadores, empezando por Sartre. Pero, pese a su carácter aparentemente revolucionario, Céline entronca con una tradición de las letras francesas que fue casi ahogada por el academicismo y los liceos, cuyo ejemplo extremo está en la proustificación de principios del siglo XX. Con Céline, en cambio, resurgen Rabelais, Villon, Scarron, Rétif de la Bretonne y Zola; es la lengua de la calle manejada con el rigor y el primor de un maestro, el argot popular transfigurado en petite musique, la Francia del pueblo exhibida en un retablo cervantino, una imagen de Épinal con letras, un cuadro de los Le Nain con tintes expresionistas, una Francia que se desahoga y se exhibe a gusto, tras pasar tanto tiempo acallada por la burguesía parlera y republicana: es el “Ça a débuté comme ça” [La cosa empezó así] que abre su Viaje al fin de la noche, insulto fundacional del mito celiniano. […].
Resulta todavía más interesante saber que su obra antisemita no gustó nada a los alemanes, que veían en la judeofobia de Céline algo desaforado y frenético, que ponía en evidencia la pretendida “cientificidad” del antisemitismo nazi. La edición alemana de Bagatelles, por ejemplo, es célebre por las mutilaciones de la censura. De nuevo surge la inquietante capacidad del prosista para sacar a la luz los fantasmas del inconsciente de sus lectores. Este escritor, que confesaba en carta a su detestado Robert Brasillach: “Soy racista y hitleriano”, no colaboró con los alemanes durante la Ocupación. Tanto la Propagandastaffel de Goebbels como la Rosenbergamt en Francia lo proscribieron y nunca cobró un franco de los alemanes ni de los organismos colaboracionistas. Sus críticas a Pétain fueron extremadamente virulentas y Vichy le correspondió excluyéndolo de la Anthologie de la Nouvelle Europe de 1942. Pese a todo, Céline es el antisemita por antonomasia y va a pagar un precio muy alto por ello. Desde 1943, es un homme traqué que se sabe mortalmente amenazado. Pese a que no sirvió con las armas a Vichy, como Juin o De Lattre; pese a que no fue condecorado por el Mariscal Petain, como Mitterrand; pese a que no fue un tecnócrata de la “Colaboración”, como Papon o Couve de Murville (el eterno ministro de Exteriores de De Gaulle); pese a que no se enriqueció gracias a los alemanes, como los patronos de las cementeras, de las fábricas de armamento o de las de motores, Céline fue perseguido con una saña judicial inaudita. Tout est bon pour qu’on me fusille [Todo es bueno para que me fusilen], escribirá en sus cuadernos de prisión. Será amnistiado sólo en 1951, tras siete años de exilio y persecuciones, pese a que quedó más que demostrado que nunca colaboró con los ocupantes.
Como ciudadano, a Céline sólo se le pueden reprochar sus opiniones. Como persona, además, resulta que no fue tan malo: atendió gratis o a precios irrisorios a los pacientes pobres, fue un declarado pacifista, amaba a los animales y supo mantener un núcleo de amigos fieles que sobrevivió incluso a la debacle del exilio y la soledad de sus últimos años. […].
Siguen prohibidos los folletos antisemitas de Céline

FUENTE:
https://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=5912

el chocolatero / en er mundo

3 noviembre 2017




EL CHOCOLATERO


82 SABIOS CONSEJOS DE GURDJIEFF A SU HIJA

15 abril 2017

GURDJIEFF

82 SABIOS CONSEJOS DE GURDJIEFF (CUARTO CAMINO)

MARIA-ELVIRA ROCA BAREA descubre la verdadera historia del Imperio Español

15 abril 2017

MARÍA ELVIRA ROCA BAREA



IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA (María Elvira Roca Barea)


Imperiofobia y leyenda negra



Mª Elvira Roca Barea, en Televisión Española



MARÍA ELVIRA ROCA BAREA


HistoCast 132 – Imperiofobia y leyenda negra



La entrevista | María Elvira Roca, Historiadora y autora de “Imperiofobia y leyenda negra”



Cómo superar la hispanofobia



Entrevista de Paco Linares a María Elvira Roca Barea – EsRadio


Muere el banquero multimillonario David Rockefeller

21 marzo 2017

http://www.alertadigital.com/2017/03/20/el-mundo-respira-mejor-muere-el-banquero-multimillonario-david-rockefeller-uno-de-los-impulsores-del-nuevo-orden-mundial/

El mundo respira mejor: Muere el banquero multimillonario David Rockefeller, uno de los impulsores del Nuevo Orden Mundial
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David Rockefeller
El empresario David Rockefeller, representante de una de las familias impulsoras del mundialismo, murió este lunes a los 101 un años mientras dormía en su casa, según informó su portavoz.
Como nieto de John D. Rockefeller, cofundador de la petrolera Standard Oil, luego se convirtió en el administrado de los bienes del clan y jefe de una red de intereses comerciales familiares.
El conocido banquero presidió durante años el Chase Manhattan Bank y fue fundador de la Comisión Trilateral, creada en 1973 y considerada una de las organizaciones privadas más influyentes del mundo. El reciente cálculo de la revista Forbes cifró su fortuna actual en 3.300 millones de dólares, lo que lo ubicó 581 de las personas más acaudaladas.
Se calcula que durante su vida se reunió con más de 200 mandatarios en más de 100 países, donde su llegada tenía prácticamente el protocolo de una visita de Estado.
Fue también un férreo defensor del capitalismo. “El capitalismo estadounidense ha traído más beneficios a más gente que cualquier otro sistema en cualquier otra parte del mundo en la historia. El problema es verificar que el sistema corra eficiente y honestamente”, afirmó.
La niñez de David se desarrolló en su mansión de Tarrytown, en Westchester, en el estado de Nueva York. Como todos sus hermanos, sabía que pertenecía a una familia poderosa, distinta, y así fue educado, sin abandonar los principios tradicionales que tanto inculcó su abuelo.
Cada uno de ellos emergió de su adolescencia con una vocación diferente, aunque todos sobresalieron. John III siguió los pasos de su padre en cuanto personalidad y empuje empresario. Nelson, el segundo de la familia, fue un político reconocido que estuvo a punto de ser presidente de los Estados Unidos: perdió las internas republicanas con Richard Nixon. Sin embargo, lograría ser vicepresidente de Gerald Ford luego de que estallara el escándalo Watergate y su antiguo rival partidario debiera abandonar la Casa Blanca.
En su libro “Memorias”, publicado en el 2014, reconoció: “He tenido mucha suerte al vivir esta vida que me ha tocado y, sobre todo, comprender que las cualidades de cada persona como ser humano, la mayoría de las veces, no tienen nada que ver con el marco en el que la vida les ha colocado”.
Por su impulso y el de su hermano mayor, John III, -entre otros- fueron construidas las Torres Gemelas, que fueron apodadas con sus nombres los primeros años de vida. La construcción fue una de sus pasiones. No sólo por el aporte artístico que ofrecían a su amada Nueva York, sino también por la ayuda que representaba para la generación de empleo y como techo para familias de bajos recursos.
Fue también presidente emérito del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), entidad creada por su madre junto a otras dos amigas (Lillie P. Bliss y Mary Quinn Sullivan). “Mi propio interés en el arte se debe a mi madre”, reconoció el veterano multimillonario que cuenta con una de las colecciones de arte más importantes del planeta con obras de Picasso, Cezanne y Matisse.
Rockefeller y la Reserva Federal

David Rockefeller con Mandela.
Antonio Pérez.- En 1911, el Gobierno estadounidense ordenó que la petrolera Standard Oil of Ohio, propiedad del legendario magnate John Davidson Rockefeller, fuese dividida en varias compañías más pequeñas, para poner fin de este modo a la situación de monopolio que ejercía entonces la Standard Oil of Ohio. Las denominaciones de las nuevas compañías surgidas tras la parcelación, incluían siempre las iniciales «S.O.», las siglas de la Standard Oil. Así surgieron la SOHIO en Ohio, SOCONY en Nueva York y, por supuesto, ESSO que se convirtió, casi un siglo después, en EXXON-MOBIL.
En menos de dos años, desde su fundación en 1870, la Standard Oil había absorbido a 22 de sus 26 competidores en Cleveland, creando una situación de monopolio en el emergente mercado del petróleo. Los medios de los que se valió Rockefeller en sus negocios llevaron a que su compañía fuese rebautizada por sus competidores como la ‘Satandard Oil’ y podrían resumirse en la célebre frase de la película ‘El Padrino’: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”.
No obstante, sus negocios, aunque no fuesen ejemplares, le reportaron a Rockefeller una inmensa fortuna con la que creó 12 grandes bancos para canalizar las fabulosas ganancias devengadas de sus actividades industriales centradas en el petróleo y en los ferrocarriles, medio con el originariamente se transportaba el crudo desde los yacimientos hasta las refinerías, para su posterior distribución. Tal era la prosperidad y solvencia de los bancos de Rockefeller, que el Congreso decidió recurrir a ellos para que gestionasen en su nombre la recaudación de impuestos.
En poco tiempo, Rockefeller vio cómo sus ganancias se incrementaban espectacularmente gracias a los intereses que devengaban los impuestos que sus bancos recaudaban para el Gobierno de los EEUU, entonces el sagaz magnate concibió un plan magistral: el de controlar al Gobierno, para evitar que el Gobierno le controlase a él. Rockefeller comprendió inmediatamente que esto pasaba por intervenir más directamente en las finanzas públicas
Así fue como en 1914, en vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial, John Davidson Rockefeller y sus socios fundaban la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Siete años antes de fundarse la Reserva Federal, en 1907, se produjo un pánico bancario de gran relevancia fomentado por la Banca Morgan, una situación no muy distinta de la que tuvo lugar en septiembre de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers, que finalmente fue comprado, precisamente, por la Banca Morgan (J.P. Morgan), algo que ya había intentado infructuosamente en 1929, después de célebre ‘crack’ bursátil.
Tras el pánico financiero orquestado por John P. Morgan y sus bancos en 1907, Nelson Aldrich, testaferro de Rockefeller, consiguió el apoyo del Senado para presidir la Comisión Monetaria Nacional. Desde esa privilegiada posición, Aldrich organizó a finales de 1910 la reunión secreta más importante de la historia de los Estados Unidos.
En la isla de Jekyll se reunieron los banqueros Paul Warburg, Benjamín Strong, presidente del Bankers Trust (sindicato de banqueros), controlado por John P. Morgan; Henry R. Davison, miembro de la compañía J.P. Morgan; Frank A. Vanderlip, presidente del National City Bank, propiedad de Rockefeller, y R. Piatt Andrew, secretario del Tesoro.
Allí decidieron estos poderosos banqueros, según confesaría Vanderlip en sus memorias, la creación de un banco central estadounidense. Pero los participantes acordaron no emplear este nombre para evitar suspicacias del público y decidieron llamarle Reserva Federal de Nueva York. El informe de la Comisión Monetaria y la Ley Reguladora del Sistema de la Reserva Federal también fueron elaborados en dicha reunión.
Sin embargo, la Ley Aldrich no fue inmediatamente aprobada por el Congreso y los especuladores tuvieron que esperar un par de años para llevar a cabo sus planes. El problema se resolvió en las elecciones presidenciales, a las que concurrieron Roosevelt, Wilson y Taft. Los dos primeros fueron apoyados en su campaña por los mismos que idearon la Ley de la Reserva Federal. Cuando Wilson ganó las elecciones, inmediatamente consiguió que el Congreso aprobase la ley. Los especuladores controlaban ya el Banco Central de los Estados Unidos, lo que hoy conocemos como la Reserva Federal, pero que sigue siendo un banco ‘privado’ y no estatal, como muchos creen, y sobre el que el Gobierno de los Estados Unidos no ejerce ningún control.
El selecto grupo de banqueros que se habían conjurado en la mansión de Nelson Aldrich en la isla de Jekyll, apoyaron la investidura del presidente Woodrow Wilson, a cambio de que éste se comprometiera a hacer realidad sus sueños de implantar la Reserva Federal. Cuando Wilson llegó a la Casa Blanca en marzo de 1913, lo hizo acompañado por un inquietante personaje que se hacía llamar coronel sin serlo, y actuaba como su secretario personal. El presidente lo llamada mi otro yo. Su nombre era Edward Mandel House y era hijo de un oscuro representante de diversos intereses británicos en EEUU. Otro de los consejeros personales del presidente Wilson fue un tal Bernard Mannes Baruch, relacionado con el grupo de banqueros de la isla de Jekyll y asesor de varios inquilinos de la Casa Blanca que sucedieron a Wilson: Hoover, Roosevelt, Truman y Eisenhower. Mandel House y Mannes Baruch fueron los encargados de recordarle a Wilson que cumpliera su parte del pacto y que “demostrara su progresismo modernizando el sistema bancario”.
En aquella época, 1913, la mayoría de congresistas seguían estando en contra de cambiar el modelo financiero y, cuando Wilson anunció que presentaría de todas formas su propuesta, se prepararon para rechazarla, pero no pudieron hacerlo gracias a una treta urdida por el presidente de la Cámara, Carter Glass, que convocó un pleno exclusivamente dedicado a la aprobación del nuevo sistema de la Reserva Federal el 22 de diciembre, cuando la mayoría de los parlamentarios habían tomado ya las vacaciones de Navidad, porque el mismo Glass les había prometido, sólo tres días antes, que no convocaría ese pleno hasta enero de 1914, después de las fiestas navideñas y de las de Año Nuevo.
Pese a que no existía el indispensable quórum parlamentario y, por tanto, no podía aprobarse la ley, Glass echó mano de la legislación según la cual “en caso de urgente necesidad nacional” el presidente de la Cámara de Representantes podía obviar ese obstáculo y dar vía libre a una ley concreta. La artimaña fue posteriormente denunciada por el congresista Charles A. Lindbergh (padre del célebre aviador que cruzó en solitario el Atlántico por primera vez), el cual declaró que “este acto establece el más gigantesco ‘trust’ sobre la tierra. […] Cuando el presidente lo firme, el Gobierno invisible del Poder Monetario, cuya existencia ha sido probada en la investigación del ‘trust’ del dinero, será legalizado”.
El presidente Wilson por su parte, se apresuró a aprobar la ley presentándola como “una victoria de la democracia sobre el trust del dinero” cuando la realidad era justamente todo lo contrario: los principales beneficiarios y defensores del sistema eran aquellos a los que se suponía que había que desplazar de los oscuros pasillos del poder en la sombra; los devotos defensores de la banca privada y el ‘libre’ mercado controlado por ellos a través de sus oligopolios industriales, también privados.
Pese al enfado de los congresistas, la decisión tomada era legal. Se pensó en revocarla, pero el trámite parlamentario era complejo y había asuntos más importantes sobre la mesa, como el riesgo inminente de guerra en Europa, que acabaría materializándose en el verano de aquel mismo año 1914, así que el debate sobre el nuevo sistema monetario fue posponiéndose ‘sine die’ hasta que sus defensores lograron consolidar definitivamente sus posiciones.
El consejo ejecutivo de la Reserva Federal ni siquiera se molestó en guardar las formas de cara a la galería. Habían tomado el control asegurando que con su sistema se pondría fin a la inestabilidad financiera, las recesiones y las depresiones económicas. Fenómenos inéditos hasta entonces, y que no se produjeron hasta que, en 1907, a través de la denominada “circular del Pánico”, los socios de Morgan y Rockefeller saturaron súbitamente el mercado de dinero barato, para después retirarlo bruscamente.
Entre 1923 y 1929 la oferta de dinero subió más de un 60%, y la mayor parte fue a parar a la Bolsa. Ya sabemos cómo acabó la fiesta en 1929. Exactamente lo mismo que han venido haciendo la Reserva Federal y el BCE (Banco Central Europeo) en los años previos a la crisis que ahora estamos padeciendo, iniciada en 2008, y cuyo alcance final, todavía desconocemos.
El 2 de octubre de 1919 Woodrow Wilson sufrió un infarto cerebrovascular que le provocó una hemiplejia. Este ataque le incapacitó para desarrollar su cargo presidencial, pero su vicepresidente, Thomas R. Marshall, asombrosamente, no utilizó el derecho constitucional vigente para asumir el poder, por lo cual, y pese a su manifiesta incapacidad, Wilson siguió como presidente de los Estados Unidos hasta la finalización de su mandato en marzo de 1921.
Aquel mismo año, Wilson fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su impulso a la Sociedad de Naciones –precursora de las actuales Naciones Unidas- y por la promoción de la paz después de la Primera Guerra Mundial mediante el Tratado de Versalles. Woodrow Wilson murió en Washington el 3 de febrero de 1924, pero lo más importante estaba hecho: la Reserva Federal era ya una realidad. Pero ¿era realmente necesaria?
Los primeros colonos no estaban sujetos a un sistema fiscal concreto. Después de obtener su independencia de Gran Bretaña en 1783, los norteamericanos establecieron un Gobierno que rechazaba los impuestos directos y se limitaba a imprimir papel moneda para pagar las obras civiles y el mantenimiento de las infraestructuras y servicios públicos. A fin de mantener la estabilidad de los precios y el pleno empleo, el Gobierno se limitaba a controlar que el papel moneda en circulación no excediera en valor los bienes y servicios ofrecidos por el mercado, y con este sencillo sistema, los Estados Unidos alcanzaron una envidiable prosperidad en apenas ciento treinta años (1783-1914), beneficiándose de una política de precios estable en productos y servicios, y con una bajísima tasa de desempleo. Todo esto cambió a partir del momento en que quedó instituida la Reserva Federal. Luego, la pregunta que nos hacíamos en el párrafo anterior, queda así contestada.
“Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”

David Rockefeller
“Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”.
El magno objetivo de estas sagas de banqueros internacionales lo enunció perfectamente uno de sus máximos exponentes, David Rockefeller: “De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional, que se ha practicado durante siglos en el pasado, por la soberanía de una elite de técnicos y de financieros mundiales”.
David Rockefeller fue el conspirador mundial por excelencia, el Rey de los cenáculos ocultos. A sus órdenes trabajaron los agentes secretos de la CIA, el MI6, el MOSSAD y especialmente la INTERPOL, que es obra suya.
Ningún medio de comunicación masivo se atrevería jamás a desvelar los planes secretos de Rockefeller y sus amigos. Siempre guardaron un sospechoso silencio en torno a las secretas actividades de las dinastías de banqueros norteamericanos: los Morgan, los Davison, los Harriman, los Khun Loeb, los Lazard, los Schiff o los Warburg y, por supuesto, los Rockefeller.
En 1991, en referencia al informe del Centro para el Desarrollo Mundial, David Rockefeller confesó: “estamos agradecidos con el Washington Post, el New York Times, la revista Time, y otras grandes publicaciones cuyos directores han acudido a nuestras reuniones y han respetado sus promesas de discresión (silencio) durante casi 40 años. Hubiera sido imposible para nosotros haber desarrollado nuestro plan para el mundo si hubieramos sido objeto de publicidad durante todos estos años”.
El excéntrico y supuestamente filantrópico David Rockefeller, que tiene ya casi un siglo de vida, es sin duda el personaje más trepidante y controvertido de esta casta de usureros a la que nos referimos. Muy pronto, cuando los diarios anuncien su fallecimiento, tendremos ocasión de conocer su insólita biografía. Descubriremos datos que nos apabullarán.
El fundador de la dinastía Rockefeller fue el abuelo de David, de nombre John Davison Rockefeller, descendiente de judíos alemanes llegados a EEUU en 1733. Junto con la saga de los Morgan y el grupo bancario Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb, constituyó el triunvirato plutocrático del llamado Eastern Establishment. Su imperio económico se gestó durante los años de la Guerra de Secesión (1861-1865) que enfrentó a los terratenientes esclavistas del sur con los comerciantes e industriales del norte y que se saldó con 600.000 muertos.
Los grandes triunfadores de aquella guerra fueron cuatro familias oligárquicas, los Vanderbilt, los Carnegie, los Morgan y los Rockefeller, que se beneficiaron del conflicto como proveedores de bienes y servicios y acrecentaron su imperio económico después con la concentración monopolista que sucedió a la contienda, llegando a controlar en 1880 el 95% de la producción petrolera norteamericana. La fortuna de los Vanderbilt se diluyó con el tiempo, la de los Carnegie fue en parte succionada por los Morgan, y la de los Rockefeller se dispersó entre los muchos y mal avenidos descendientes del viejo John Davison, petrolero y banquero, fundador de la Standard Oil y del Chase National Bank, luego denominado Chase Manhattan Bank, cuya emblemática sede en Nueva York fue el primer edificio construido en Wall Street. El Chase se convirtió en un pilar central en el sistema financiero mundial, siendo el Banco principal de las Naciones Unidas, y llegó a tener 50.000 sucursales repartidas por todo el mundo. Los presidentes del Banco Mundial John J. McCloy, Eugene Black y George Woods trabajaron en el Chase anteriormente. Otro presidente, James D. Wolfensohn, también fue director de la Fundación Rockefeller.
David Rockefeller, el más famoso de la saga, es nieto del mítico John Davison Rockefeller e hijo de John D. Rockefeller junior, que se casó con la hija de Nelson Aldrich, líder de la mayoría republicana en el Senado y al que se le conoció como “gerente de la nación”. La madre de David era una enamorada de la pintura y por iniciativa suya se construyó el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, ubicado en la mansión en la que nació David y sus hermanos.
David, el menor de seis hermanos, todos ya fallecidos, tuvo también seis hijos y diez nietos que, junto a los hijos y nietos de sus hermanos, forman el actual clan Rockefeller.
David Rockefeller, banquero y petrolero como su padre y su abuelo, trabajó en los servicios secretos durante la II Guerra Mundial y abrió el camino para la creación de la ONU en 1945, cuya sede principal se encuentra en un terreno donado por él en Nueva York. Se codeó con los principales mandatarios del siglo XX. Dirigió los lobbys más poderosos del mundo, como el CFR, el Club de Bilderberg y la Comisión Trilateral.
Como buenos banqueros sin escrúpulos, los Rockefeller apoyaron y financiaron a los nazis alemanes. Incluso se permitieron reescribir la historia. La Fundación Rockefeller invirtió 139.000 dólares en 1946 para ofrecer una versión oficial de la II Guerra Mundial que ocultaba la realidad acerca del patrocinio de los banqueros internacionales con el régimen nazi, que también obtuvo los favores de su empresa más emblemática: la Standard Oil. Las iniciativas de esta Fundación, que también ha financiado grupos como los Hare Krishna o los rosacruces de AMORC, son a veces sorprendentes.
David es hermano del que fuera Senador, Gobernador de Nueva York y vicepresidente de EEUU (con Gerald Ford, tras la dimisión de Nixon) Nelson Rockefeller, que heredó de su abuelo materno la vocación política.
En 1962 Nelson declaró: “los temas de actualidad exigen a gritos un Nuevo Orden Mundial, porque el antiguo se derrumba, y un nuevo orden libre lucha por emerger a la luz… Antes de que podamos darnos cuenta, se habrán establecido las bases de la estructura federal para un mundo libre”.
David Rockefeller, al que el presidente Carter le ofreció dirigir la Reserva Federal (declinó a favor de su amigo Volcker), se rodeó de lugartenientes tan poderosos como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Lord Carrington y Etienne Davignon, que también merecen ser citados aquí.
Abraham ben Elazar, más conocido como Henry Kissinger, es considerado como uno de los cerebros del Nuevo Orden Mundial. De origen judío-alemán, empezó como asesor de Nelson Rockefeller en los años 50, ostentó altas responsabilidades en la Administración en los años 60 y 70, con Kennedy, Jhonson, Nixon y Ford. Llegó a ser Vicepresidente de los Estados Unidos con Ford, secretario personal de Nixon, Jefe del Consejo Nacional de Seguridad y del Departamento de Estado, y Ministro de Asuntos Exteriores en repetidas ocasiones.
Colaboró estrechamente con David Rockefeller en el elitista Consejo de Relaciones Exteriores, del que fue presidente. Del CFR han salido desde entonces todos los presidentes de los Estados Unidos excepto Ronald Regan, cuyo equipo estuvo formado mayoritariamente por miembros del CFR. También pertenece a la Comisión Trilateral, el Club de Bilderberg y otras organizaciones de la órbita Rockefeller. Su compañía de consulting Kissinger Associates, tiene como clientes a Estados deudores y a multinacionales acreedoras.
El polaco Zbigniew Brzezinski, casado con una sobrina del que fuera Presidente de la República Checoslovaca Eduard Benes, fue reclutado por Rockefeller en 1971. Llegó a ser Consejero de Seguridad Nacional del gobierno de los Estados Unidos durante la Administración Carter, pero ya con anterioridad había sido nombrado director de la Comisión Trilateral, a la que él mismo definió como “el conjunto de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca”.
Afirma que: “la sociedad será dominada por una elite de personas libres de valores tradicionales que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán con todo detalle a la sociedad, hasta el punto que llegará a ser posible ejercer una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del planeta”. En otro momento dijo: “esta elite buscará todos los medios para lograr sus fines políticos tales como las nuevas técnicas para influenciar el comportamiento de las masas, así como para lograr el control y la sumisión de la sociedad”. Ni siquiera George Orwell, autor de la terrorífica novela “1984”, lo hubiera expresado mejor.
En una entrevista publicada por el New York Times el 1 de agosto de 1976, Brzezinski afirmaba que “en nuestros días, el Estado-nación ha dejado de jugar su papel”. En cierta ocasión pronosticó “el ocaso de las ideologías y de las creencias religiosas tradicionales”.
Brzezinski es especialista en métodos de control social, sus ensayos publicados dibujan un horizonte orwelliano en el que el Gran Hermano vigila y controla permanentemente a cada individuo. Predijo la existencia de gigantes bases de datos donde se almacenan ingentes cantidades de información sobre cada ciudadano (como la que tienen los servicios de inteligencia españoles en El Escorial, Madrid), la instalación masiva de cámaras de vigilancia en las calles y edificios (que ya es un hecho en todas las ciudades del mundo), la generalización de satélites espía de increíble precisión (como los que usan las tropas de EEUU desde la Guerra del Golfo) y la puesta en funcionamiento de documentos de identidad electrónicos (como lo son los modernos pasaportes y carnés de identidad, que contienen un microchip con abundante información del propietario).
La fascinación de Brzezinski por la tecnología aplicada al control social encaja perfectamente con los planes de la elite plutocrática, que ya ha desarrollado nuevos y espeluznantes artilugios, como el microchip subcutáneo con localizador que pretenden hacer obligatorio para toda la población mundial y que sustituiría, unificándolos, a los actuales carnés de identidad, pasaportes, tarjetas de crédito, carnés de conducir, tarjetas de la Seguridad Social, etc., posibilitando la desaparición del dinero físico.
Otro invento terrible que ya nos tiene preparado la elite ha sido diseñado por la compañía estadounidense Nielsen Media Research en colaboración con el Centro de Investigación David Sarnoff (organismo controlado por el CFR y la Sociedad Pilgrims). Se trata de un dispositivo que, una vez instalado en el televisor, permite observar e identificar desde una estación de seguimiento a los espectadores sentados frente a la pequeña pantalla. Este dispositivo evoca “el ojo que todo lo ve”, el Horus egipcio que aparece en los billetes de dólar. El “ojo que todo lo ve” no es sólo un recurso literario en la novela de Orwell 1984. Ya existen millones de cámaras instaladas en carreteras, calles, empresas y locales públicos, y millones de webcam en hogares de todo el mundo. Sin contar con los modernos sistemas operativos del monopolio Microsoft, como el Windows Media, que rastrea sin cesar todos nuestros movimientos a través de la red y permite leer nuestros correos privados de Outlook, el estado de nuestras cuentas corrientes cuando accedemos a la web de nuestro Banco, las palabras clave que utilizamos en los buscadores como Google y el contenido de las páginas que visitamos en Internet.
Lord Carrington, cuyo verdadero nombre es Peter Rupert, fue ministro británico en sucesivos gobiernos, miembro destacado del RIIA (el equivalente al CFR en Gran Bretaña) y de la Sociedad Fabiana, Secretario general de la OTAN, directivo del Barclays Bank y del Hambros Bank y, a partir de 1989, presidente del siniestro Club de Bilderberg.
El cuarto lugarteniente Rockefeller y Secretario General del Club de Bilderberg es el vizconde Etienne Davignon. Su currículum lo dice todo: presidente y fundador de la European Round Table (Mesa Redonda de Industriales, lobby de las multinacionales europeas), ex vicepresidente de la Comisión Europea, miembro de la Trilateral y del Center for European Policy Studies, ministro belga de Exteriores, presidente de la Asociación para la Unión Monetaria en Europa, primer presidente de la Agencia Internacional de Energía, presidente de la Société Générale de Belgique, presidente de Airholding, vicepresidente de Suez-Tractebel, administrador de Kissinger Associates, Fortis, Accor, Fiat, BASF, Solvay, Gilead, Anglo-american Mining, entre otras corporaciones.

http://www.alertadigital.com/2017/03/20/el-mundo-respira-mejor-muere-el-banquero-multimillonario-david-rockefeller-uno-de-los-impulsores-del-nuevo-orden-mundial/

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LAS SIETE REGLAS DE PARACELSO

4 septiembre 2016

Veleda Ar compartió la publicación de Rls La Cantera.
Ayer a la 1:38 ·

Paracelsus01 (1)

Rls La Cantera
20 de agosto a las 4:28 ·
LAS SIETE REGLAS DE PARACEL1º.- Lo primero es mejorar la salud. Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un tratamiento. Bañarte diariamente, es un hábito que debes a tu propia dignidad.

2º.- Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza.

Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman la base de sus discursos u ocupaciones. La observancia de esta regla es de importancia decisiva, se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma. Es único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos.

El azar no existe.

3º.- Haz todo el bien posible. Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.

4º.- Hay que olvidar toda ofensa, más aún: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo. Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así de pronto, tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para curarse, la carne flaca.

5º.- Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada. Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con las buenas influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos a veces luminosas ideas, susceptibles de cambiar toda una existencia. Con el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiara en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el daimón (destino) del que habla Sócrates.

6º.- Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.

Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. Por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.

7º Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el día de mañana.

Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque hay detrás de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños.

Si elevas tu espíritu no habrá mal que pueda tocarte.

El único enemigo a quien debes temer es a ti mismo.

El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre.

Si estudias atentamente a las personas de buena suerte, verás que intuitivamente, observan gran parte de las reglas que anteceden. Muchas de las que allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el sentido recto, pero poseen muchas virtudes que arriba se mencionan. Por otra parte, la riqueza no es sinónimo de dicha; Puede ser uno de los factores que a ella conduce, por el poder que nos da para ejercer grandes y nobles obras; pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos; allí donde nunca impera el antiguo Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es el egoísmo. Jamás te quejes de nada, domina tus sentidos; huye tanto de la humildad como de la vanidad. La humildad te sustraerá fuerzas y la vanidad es tan nociva, que es como si dijéramos: pecado mortal contra el Espíritu Santo.

AUTOR: THEOPHRASTUS PHILLIPPUS AUREOLUS BOMBASTUS VON HOHENHEIM (PARACELSO)

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FUENTE:
https://www.facebook.com/veleda.ar?fref=ts


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