Archive for 27 marzo 2020

coronavirus ….precedente en 2015

27 marzo 2020

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Now I understand why there are no repeats of The Paul Hogan Show. Tim

19 marzo 2020

La acción como resorte de la vida feliz

2 marzo 2020

La acción como resorte de la vida feliz

Nada tan importante como saber manejar la enmarañada red activa- formada por pensamientos, palabras y
actos- de que hablábamos en el capítulo anterior, saberse mover con soltura en ella y con ella.
Encontrar un sentido a esa compleja constelación de hechos o actividades que forman la vida diaria de los
hombres y la sustancia misma de la cultura, descubrir el camino que conduce a la perfecta realización de
todos ellos, dándoles al mismo tiempo orden y unidad, constituye un objetivo nada despreciable; pues
significa, en definitiva, encauzar la vida hacia la perfección y la plenitud. Puesto que la vida es acción, dar
sentido a la acción significa dar sentido a la vida.
Por eso, quien asimile los principios de la recta acción y los ponga en práctica, no tardará en comprobar los
beneficiosos efectos que de ello resultan. Pocas cosas con una repercusión tan inmediata en el propio vivir
como la formación en el correcto espíritu activo, la reeducación en la actitud justa e inteligente ante las
actividades o acciones a desarrollar. A medida que vayamos aplicando a nuestra manera de actuar cotidiana
las orientaciones, directrices y reflexiones aquí recogidas, iremos constatando cómo nuestra vida va
ganando en peso, riqueza, profundidad e intensidad; en una palabra, ganando en sentido, eso que hoy tanto
se hecha a faltar y cuya ausencia provoca tanta angustia, tanto hastío de vivir y tantas crisis existenciales.
Es la felicidad del ser humano lo que aquí está en juego. Al fin y al cabo, es la adecuada ejecución de los
actos y operaciones que forman el entramado de la existencia humana lo que determina el feliz desarrollo
de esta última. De ello dependen el orden, la paz, el bienestar, la estabilidad y la armonía en la vida personal
y social. Ya Boecio señalaba que el bien, el cual se identifica con la felicidad, “es la recompensa común
establecida para todo acto humano”. Recompensa, precisaba, que está reservada a los buenos; pues sólo
aquellos que adopten una conducta virtuosa y encaucen sus acciones por el sendero recto serán felices: “los
buenos son felices justamente por el simple hecho de ser buenos”.1
Para Platón, la felicidad, que viene a coincidir con la vida ética, rectamente vivida, es el fin de todas las
acciones que realizamos. En ella está la razón de ser de aquello que el hombre piensa, dice o hace en
1. Boecio, Consolación de la filosofía, Libro IV, Prosa 3, 3-10
esta vida. Como señala un cualificado comentarista, en la doctrina platónica “la vida feliz es el principio de
“lo bueno” en la actividad consciente, dirigida por y desde uno mismo (self-directed)”; es decir, aquella forma
de actuar que “realiza la mayor cantidad y calidad posible de valor” derramándose en buenas acciones.
Desde la perspectiva platónica, la vida feliz es “la vida que se dedica, de forma libre y gozosa, al máximo
desarrollo de sus posibilidades de valor, en sí misma y en su entorno, de acuerdo con la visión ideal”.2
La tesis central de La República (o El Estado, como quizá fuera más exacto traducir su título) es que los
esfuerzos de los seres humanos deben ir enfocados hacia la felicidad, la eudemonía, la cual se consigue
haciendo cada cual la labor que le está destinada, la que le corresponde por vocación y destino. En esto
consiste precisamente la justicia: en “hacer cada uno lo suyo”, esto es, aquella función para la que está
mejor dotado y que, por consiguiente, podrá hacer de la manera más perfecta, reportándole a él la mayor
satisfacción personal y a la comunidad el mayor provecho, que resulta de la obra bien hecha. La finalidad de
la vida política y de la acción de gobierno es “hacer a la ciudad lo más feliz posible”, construirla de tal
modo que cada ciudadano pueda hacer aquello que le hace feliz. “Fundemos nuestra ciudad para que todos
sean felices”, proclama Platón por boca de Sócrates. Y añade que esto se logra cuando cada ciudadano
realiza a la perfección la acción que le es propia. Entonces alcanza su felicidad, al tiempo que constituye a la
felicidad de la polis o comunidad de la que forma parte.3
Como puede apreciarse, las ideas de justicia y felicidad intervienen de manera decisiva en la argumentación
de Paltón, configurando su concepción de la vida activa del hombre. Con lo cual el hacer justo se perfila
como un hacer la felicidad, en el más estricto sentido de la expresión.
En la misma línea va el pensamiento de Aristóteles, quien afirma que la felicidad es “el fin de los actos
humanos”, siendo la vida feliz “la que es conforme a la virtud”, o sea, la que está integrada por actos
virtuosos, hechos como es debido. Puesto que la vida es actividad, arguye el Estagirita, la vida feliz temen
que identificarse por fuerza con aquella actividad en la que entra en acción nuestra parte mejor y más
noble, que es la inteligencia, y por ello, la vida más feliz será “la vida según la inteligencia”, que es para el
hombre “lo mejor y lo más deleitoso”, por ser lo propio de su naturaleza. Y el mismo Aristóteles añade que
esta vida vivida con rectitud no es algo que haya que ser tomado a broma, sino algo muy serio; lo que
debemos tomarnos más en serio, dado lo mucho que en ella está en juego: “es más serio el acto de la parte
superior del hombre o del hombre superior; pero el acto de lo que es mejor es por sí mismo superior y
contribuye más a la felicidad”. 4
2. R.C. Lodge, Plato´s Theory of Ethics, Kegan Paul, London, 1928, pp. 390s.
3. Platón, República, 420 c, 466 a.
4. Aristóteles, Ética a Nicómaco, X, 6.
El cumplimiento del deber es, para Cicerón, la condición de la felicidad. Conociendo la verdad y haciendo
“lo que tiene que hacerse”, tendremos cuanto necesitamos “para vivir bien y felizmente”, nos dice el autor
romano en su célebre obra De los deberes o De los Oficios (que, en su traducción alemana, Karl Büchner titula
Vom rechten Handeln, “Del recto obrar”). Cicerón considera que las acciones humanas buscan conseguir los
bienes que el hombre necesita, y el mayor de todos ellos es la virtud, la cual se identifica con la “vida feliz”
(vita beata) y “el bien vivir” (bene vivendi), “la mejor de todas las cosas”. Este es “el sumo bien al que todas las
acciones van referidas”, que consiste en la perfección de la naturaleza y que es alcanzado ateniéndose al
orden natural de las cosas.5
Reflexiones muy oportunas, que es conveniente recordar y tener muy presentes en estos tiempos,
dominados por el inmoralismo y un hedonismo irresponsable, en los que el concepto de virtud ha caído en
bochornoso descrédito y la idea del deber se halla en total decadencia, relegada y casi sepultada por la
insistencia obsesiva en los derechos.
En los mismo conceptos abunda San Tomás de Aquino, para quien la felicidad- beatitudo o felicitas- es el fin
de la actividad humana, el horizonte al que tiende el hombre por naturaleza en todo cuanto hace. Según la
doctrina del Aquinate, los actos humanos estarán “racionalmente ordenados” en la medida en que lleven al
hombre a la felicidad, y dejarán de estarlo “en cuanto aparten al hombre de ella y obstaculicen su
consecución”.6 Como explica el dominico Walter Farrell en sus comentarios a la Suma Teológica, la felicidad
no es otra cosa que “la consumación de las acciones humanas”, siendo por tanto algo que el hombre realiza
y porta dentro de sí mismo cuando su obrar se encamina al fin al que está destinado por naturaleza, que es
la visión y el gozo de Dios. La vida de una persona será feliz o infeliz, según logre o no dicho fin, según se
aproxime o se aleje de él. Y sólo puede acercarse al mismo por medio de la acción adecuada, ajustada a la
razón. “El hombre- escribe Farrell- gana su felicidad mediante la actividad; pero no mediante cualquier
actividad, antes bien mediante la actividad que va a alguna parte, que va al lugar debido”.7
“Nuestro deber es nuestra perfección y felicidad”, sentencia el neoplatónico inglés Benjamín Whichcote,
quien descubre una estrecha conexión entre ambas nociones, la de deber (duty) y la de felicidad (happiness),
por ser ambos “actos vitales” (vital acts), que tienen que brotar de “principios vitales” (la razón y el
entendimiento, la voluntad y los afectos).
5. Cicerón, De Officiis, Libro I: I, 6; Academica, Libro I: V, 19-21; VI, 22-24.
6. J. García López, Tomás de Aquino, maestro del orden, Cincel, Madrid, 1985, p. 183.
7. W. Farrell, Guía de la Suma Teológica, trad., Morata, Madrid, 1962, pp. 26-33.
En varios de sus sabios y penetrantes aforismos, Wichcote sostiene que la felicidad se alcanza cuando
nuestra vida y acción discurren en conformidad con la Voluntad divina, siguiendo “la ley de lo recto y la
regla de la razón” (the law of right and rule of reason). El principio de la felicidad es, según el místico y filósofo
británico, “la obediencia a las leyes inalterables de la rectitud”. De ahí que se pueda afirmar que “el recto
uso de nuestro poder y privilegio”- el poder y privilegio inherente a nuestra naturaleza humana, hecha a
imagen y semejanza de Dios, dotada de inteligencia y voluntad- es no sólo “la esencia de nuestro deber”,
sino también “el fundamento de nuestra felicidad”.8
En su breve y hermoso cuento iniciático que lleva por título El viaje de Kosti desde el amanecer hacia el
mediodía, Karl von Eckartshausen afirma que la felicidad (Glückseligkeit), el contento (Zufriedenheit) y la
satisfacción o el placer consumado (Vergnügen) se alcanzan cuando la conducta humana se atiene a las leyes
del Orden. Para poder ser feliz, el hombre tiene que someterse o abrirse al Orden, permitiendo que penetre
en su ser, hasta que llegue a “hacerse algo esencial en él”, lo cual únicamente se logra si el pensamiento, la
voluntad y la acción práctica forman una unidad, si operan al unísono poniéndose al servicio de la Verdad,
le Bien y la Belleza. Somos dichosos, proclama el místico y escritor bávaro, “cuando actuamos como
arreglo al Orden eterno de las cosas”, es decir, cuando nos acomodamos al Orden en lo que pensamos,
queremos y hacemos, siendo este el camino para infundir armonía, proporción y regularidad en nuestras
ejecuciones o realizaciones, y hacer así de nuestra vida una obra racional, buena y noble.9
No otra es la tesis sustentada por Teodoro de Almeida en su obra El hombre feliz, jugoso tratado sobre la
felicidad escrito en forma de relato dialogado- obra publicada en el siglo XVIII y que fue ampliamente
difundida a lo largo de todo el siglo XIX, siendo traducida a numerosas lenguas europeas-. Almeida asevera
que la felicidad se alcanza haciendo lo que se debe hacer y que el hombre feliz es el que orienta bien sus
acciones y cumple con su deber. El recto obrar o buen hacer es, según el filósofo portugués, “el camino de
la verdadera felicidad”, “la senda de la dulce alegría”. La tristeza y la infelicidad se ceban, en cambio, en el
hombre que obra mal, que actúa de manera incorrecta. No hagas nada malo ni hagas nada mal, haz el bien
y haz todo bien, y “serás verdaderamente dichoso”: he aquí la enseñanza que, de acuerdo con el milenario
legado filosófico y religioso del Occidente, extrae Almeida. Resumiendo esta doctrina, el protagonista de su
poema didáctico-filosófico, el Príncipe Miseno, en un momento clave de su andadura vital, cuando tiene que hacer frente a una situación especialmente problemática y le asaltan las sombras de la duda, exclama
para sus adentros: “obre Miseno como debe obrar, y Miseno será siempre feliz”.10
8. B. Whichcote, Moral and Religious Aphorisms, 312, 321, 772, 853-873, 1005.
9. K. von Echartshausen, Kostis Reise von Morgen gegen Mittag, Leipzig, 1795, pp. 164-175.
10. T. de Almeida, O Homem feliz, Cap. X, 20.


FUENTE:

Haz clic para acceder a La-accion-como-resorte-de-la-vida-feliz-Antonio-Medrano.pdf


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