1789, una degollina llamada revolución

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Uno de los mitos sagrados de la “progresía” son los acontecimientos ocurridos en Francia en 1789 y años sucesivos, hasta culminar con la etapa política llamada “el Terror”, y que incluso pretendió recomenzar la historia creando el llamado calendario republicano, que se suponía tendría que haber substituido al calendario hoy comunmente aceptado y que data su origen el el año del nacimiento de Jesucristo.

Esos acontecimientos, que todavía hoy se glorifican en todos los ambientes “democráticos”, dieron en llamarse “revolución  francesa”.  Por la importancia histórica que tuvo merece leerse un libro que se atreve a poner el claro algunos aspectos poco conocidos de aquella “revolución”.

En un blog hemos leído que  la  oleada de destrucción y saqueos revolucionarios fue voluntariamente planeada.  Copiamos algunos párrafos de un artículo publicado  por José María Marco en libertad digital::

¿Sabían ustedes que durante los años del Terror, tras la expropiación de los llamados “bienes del clero” (eufemismo para no hablar de bienes de la Iglesia), se puso a la venta Notre Dame de París… y que no encontró comprador? En París se demolieron, por odio anticristiano, multitud de iglesias y conventos, entre ellas algunos tan prestigiosos como Cluny. Como la tarea de destrucción era ardua, un arquitecto frustrado inventó un sistema para destruir iglesias… ¡en diez minutos!
Hubo cosas aún peores que la destrucción y el robo del patrimonio artístico y cultural. La Revolución llevó a cabo un sistemático “memoricidio”, (…), sobre los símbolos de la realeza, de la aristocracia y de la iglesia. Hubo torres de iglesia que cayeron por ser un desafío a la igualdad. La Revolución, por otra parte. destruyó para siempre la primacía de los Borbones (franceses y españoles) en el mar y abrió paso al dominio de Gran Bretaña. Francia sufrió un serio retraso económico y un bajón demográfico aún más grave. Se expoliaron los bienes de la Iglesia de forma al mismo tiempo despótica y chapucera, sin el menor intento de elaborar una argumentación jurídica seria que justificara el robo. Y obviamente, se llevó a cabo una represión brutal, sistemática, que llevó al asesinato y a la tortura de decenas de miles de personas cuyo único delito era, o ser sacerdotes, o ser aristócrata o, más simplemente, pertenecer a una ola revolucionaria prescrita por la brutalidad de la nueva.
Claro que ha habido una tradición crítica (hacia la Revolución francesa), iniciada con la obra crítica que François Furet publicó en 1965, aunque la historia se remonta mucho más lejos, por ejemplo a la historia de la Revolución firmada por Pierre Gaxotte en 1928 y que nunca ha dejado de reeditarse desde entonces, sin contar con historiadores ingleses como Hilaire Belloc.
Ahora acaba de aparecer un nuevo volumen “revisionista”: Se trata de Le Livre Noir de la Revolution Française, que aspira a ser un balance de aquel período criminal de la historia europea. Está compuesto de capítulos breves, muchos de ellos de intensidad extraordinaria, que ofrecen un compendio desmitificador de algunos de algunos de los altos símbolos de la Révolution (la toma de la Bastilla y el 14 de julio de 1789, por ejemplo). Hay algunos apartados fascinantes, como los dedicados al martirio de la familia real, al genocidio de la Vendée.(…).

 

 

La obra incluye una antología de textos , con páginas como el discurso de Robespierre exigiendo que se procediera a ajecutar al Rey sin juicio, porque el juicio suponía la posibilidad de inocencia del Monarca y por tanto la culpabilidad o la deslegitimación de la República…

El balance de estas páginas es desolador. Lo que se ha mitificado como la clave de la modernidad europea fue una gigantesca estafa, sin paliativo alguno, que a la torpeza y a las bajas pasiones añadió la voluntad criminal. Es imposible, y así lo recuerdan los autores en varias ocasiones, no evocar lo que habría sido de la dulce Francia, y del resto de Europa, si se hubiera conseguido detener esta carrera al abismo..

Entre los autores, encontramos algunos tan prestigiosos como Emmanuel LeRoy-Ladurie, Pierre Chaunu, Jean de Vigerie, Ghislain de Diesbach o Jean Sévillia.

 

 

 

 

 
 
 
 

 

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